Opinión Migración 081125

Los migrantes lloran por su México ensangrentado

Tras el asesinato del alcalde de Uruapan y las elecciones en Estados Unidos, la comunidad migrante expresa dolor, miedo y decepción ante la violencia que no cesa en México.

Esta semana, mientras en Estados Unidos se celebraban elecciones locales —y Nueva York sorprendía al mundo con la victoria del joven Zohran Mamdani, hijo de inmigrantes y símbolo de apertura política—, en México las balas apagaban otra vida pública: la del alcalde de Uruapan, Michoacán. Dos realidades que se cruzaron en las conversaciones de los migrantes: un país donde se vota y otro donde se mata.

En redes y llamadas familiares, los comentarios se repiten: orgullo por el dinamismo político del norte, tristeza por la sangre derramada en casa. “Allá cambian las cosas con votos; acá las cambian con balas,” escribió un michoacano en Chicago. “Nos da gusto ver que un hijo de migrantes llega tan lejos… y al mismo tiempo duele saber que en nuestro pueblo ni los alcaldes sobreviven.”

El alcalde de Uruapan cayó abatido en medio del Festival de las Velas. La plaza estaba llena de familias, de turistas, de música… hasta que las ráfagas rompieron la noche. El crimen no solo estremeció a su pueblo: también a miles de michoacanos que viven fuera, que desde Chicago, Dallas o Los Ángeles sintieron que la herida de su tierra volvió a abrirse.

Algunos, mientras preparaban su viaje para pasar Navidad con los suyos, escribieron en redes: “¿Y si mejor no vamos este año? Allá ya ni los alcaldes están seguros.” Lo decían con miedo, pero también con una tristeza resignada, esa que mezcla el amor a la patria con la impotencia de verla perderse entre balas y promesas vacías.

Michoacán ha sido, por décadas, una de las tierras que más hijos ha mandado al norte. Los que se fueron siguen enviando remesas, recuerdos y esperanza. Pero también mandan mensajes cada vez más dolidos: “Nos fuimos para vivir, no para olvidar.” Este asesinato —a plena luz, en un acto público— les recordó que allá, en los pueblos donde nacieron, la violencia sigue mandando más que la autoridad.

Los migrantes no condenan: describen. En sus palabras se escucha la decepción. “Prometieron seguridad y tenemos más miedo que nunca,” dice un líder comunitario en Los Ángeles. Otros comparan el silencio oficial con la rapidez de las condolencias que llegaron desde el extranjero. “Parece que a otros países les duele más que al nuestro,” escribe una mujer desde Nevada.

En los foros y redes de la diáspora, el luto se mezcló con la rabia. “Cada semana matan a alguien valiente,” repite otra voz en Las Vegas. “¿De qué sirven las remesas si el gobierno no cuida a nuestras familias?” Para ellos, la distancia no borra el vínculo: lo hace más punzante.

Dicen que el México que los expulsó por pobreza y violencia ahora los aleja también por miedo. Ya no temen solo al secuestro en las carreteras: temen a la impunidad. Ven caer alcaldes, periodistas, sacerdotes y defensores… y se preguntan qué esperanza queda para el ciudadano común.

Desde fuera, los migrantes observan un país que sangra y un gobierno que sonríe. Muchos ya no confían en la política. “Allá ya ni llorar es consuelo,” comenta un hombre en Nueva Jersey. “Pero seguimos mandando dinero, porque aunque duela, sigue siendo nuestro México.”

Para muchos migrantes, el asesinato del alcalde de Uruapan no fue solo un hecho local. Lo ven como el espejo de un país donde el valor se paga con la vida y donde los criminales parecen moverse con impunidad.

Las velas del festival que se apagaron en Uruapan encendieron otras a miles de kilómetros. En casas de migrantes en Houston, Phoenix o Nueva York se rezó por el alcalde caído. Esas llamas simbolizan más que dolor: son la resistencia de quienes, pese a todo, se niegan a dejar de amar a su patria.

Y en los mensajes que siguen circulando, una frase resume el sentimiento de muchos:

“Lloramos por un México ensangrentado… pero seguimos creyendo que algún día volverá a sanar.” (Juan Hernández, El Sol de México, Online)

Mamdani en NY: inspiración electoral continental

El reciente triunfo de Zohran Kwame Mamdani como alcalde electo de Nueva York no es un episodio aislado, sino una señal inequívoca de los tiempos que cambian. Hijo de migrantes ugandeses de origen surasiático y apenas con 34 años, Mamdani representa el relevo generacional que muchas democracias habían aplazado.

Su ascenso no proviene de los circuitos financieros ni de las élites mediáticas, sino de las comunidades organizadas, de la juventud consciente y de la lucha cotidiana por la igualdad. En su discurso de victoria evocó una idea que condensa su filosofía política: “la política debe volver a su propósito esencial: servir a las mayorías”. Esa afirmación, sencilla y poderosa, es la síntesis de un movimiento global que busca reconciliar la técnica con la ética y el gobierno con la gente.

La historia política reciente de Nueva York ayuda a comprender la magnitud de su llegada al poder. En los años noventa, Rudolph Giuliani (1994–2001), republicano y exfiscal federal, impuso el paradigma del control absoluto. Su política de “tolerancia cero” redujo las tasas delictivas y proyectó una imagen de eficacia, pero a costa de un profundo deterioro social. Bajo su mando se criminalizó la pobreza, se institucionalizó el acoso policial y se fragmentó el tejido comunitario. Aquella mano dura que prometía seguridad terminó sembrando desconfianza y miedo. Su posterior degradación moral, al ponerse al servicio del trumpismo, no hizo sino confirmar que la disciplina sin justicia degenera en autoritarismo.

Le sucedió Michael Bloomberg (2002–2013), magnate financiero y tecnócrata refinado, quien gobernó bajo la premisa del progreso económico y la modernización urbana. Su administración convirtió a Nueva York en capital del capitalismo digital y en laboratorio del urbanismo inteligente. Los rascacielos se multiplicaron, los parques se embellecieron y el turismo creció, pero con ello también se dispararon los precios de la vivienda, la precarización laboral y la desigualdad estructural. Bloomberg encarnó la eficacia sin empatía: una ciudad moderna, sí, pero cada vez menos habitable para las clases trabajadoras. Su legado fue el espejo de una época en la que el mercado sustituyó al Estado y el éxito individual se erigió como dogma cívico.

En Bill de Blasio (2014–2021) se depositaron las esperanzas de un viraje humanista. Demócrata progresista, impulsó la educación preescolar universal, amplió derechos sociales y colocó en la agenda pública el combate a la desigualdad. Su discurso de inclusión y justicia resonó entre los sectores populares, pero su gestión enfrentó resistencias estructurales y una prensa implacable. Aun con sus titubeos administrativos, De Blasio marcó el inicio de un cambio de paradigma: el intento de reconciliar la eficiencia gubernamental con la compasión política. Su mayor mérito fue haber devuelto a la política neoyorquina la palabra “equidad”, casi proscrita durante las dos décadas anteriores.

El siguiente capítulo lo escribió Eric Adams (2022–2025), exoficial de policía afroamericano que prometió conciliar la seguridad con la justicia social. Su mandato se desarrolló en medio de una crisis migratoria, económica y sanitaria, y aunque logró ciertos avances en materia de empleo y movilidad, su gobierno quedó atrapado entre la burocracia y la polarización mediática. Adams representó el intento —no del todo logrado— de transitar de la retórica de la seguridad a una visión integral del bienestar ciudadano. Su administración, con luces y sombras, abrió paso a una nueva generación que ya no teme hablar de derechos humanos, de diversidad o de justicia racial como ejes de gobierno.

De ese terreno, surcado por décadas de contrastes, emerge Zohran Mamdani, con un discurso renovador y transnacional. Su triunfo encarna la posibilidad de que la política vuelva a ser una herramienta de transformación colectiva. Mamdani no solo simboliza el relevo generacional, sino el regreso del pensamiento crítico y del humanismo al poder local. Nueva York, la ciudad donde se forjó el capitalismo moderno y donde florecieron sus excesos, hoy se convierte en el epicentro de una tendencia que opone al populismo autoritario una visión ilustrada, empática y comunitaria del poder. Su liderazgo propone un Estado que protege, una economía que distribuye y una sociedad que abraza la diversidad como principio civilizatorio.

Más allá de su dimensión local, la victoria de Mamdani tiene resonancia continental. Para los millones de migrantes latinoamericanos —en especial los mexicanos— su elección representa una esperanza tangible de representación y respeto. Su agenda, centrada en derechos, sostenibilidad y justicia social, reivindica la contribución cultural y económica de las comunidades migrantes y redefine el concepto mismo de ciudadanía en la nación más poderosa del planeta. En su voz se escucha la de quienes durante décadas fueron invisibles: los trabajadores, las mujeres, las juventudes, los pueblos del sur global que exigen reconocimiento en el norte.

El vínculo político con México adquirió un carácter simbólico tras las declaraciones del propio Mamdani, quien reconoció públicamente a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo como “un ejemplo de liderazgo progresista que inspira a toda América”. Ese gesto trasciende la cortesía diplomática: es el reconocimiento de una afinidad ideológica que entiende el gobierno como una tarea científica y humanista a la vez. Tanto Sheinbaum como Mamdani conciben el poder no como privilegio, sino como responsabilidad moral; no como espacio de dominio, sino de servicio. Ambos representan una nueva corriente de pensamiento político que recorre el continente: la del progresismo racional, ético y profundamente popular.

Nueva York vuelve así a situarse en el centro del mapa moral del mundo. Si en sus avenidas nació el capitalismo moderno y desde sus rascacielos se dictó la agenda financiera del siglo XX, hoy, desde su nuevo liderazgo, se vislumbra una revolución ética y social. Zohran Mamdani no solo será recordado como el alcalde más joven de su generación, sino como el símbolo de un viraje ideológico y civilizatorio que vuelve a colocar en el centro lo esencial: la dignidad del ser humano, la solidaridad entre los pueblos y el deber moral de gobernar con amor, justicia y razón. (Ricardo Peralta, El Sol de México, Análisis, p. 11)