Opinión Migración 171225

Kast: seguridad, migración, economía

Como era previsible el triunfo de José Antonio Kast en la segunda vuelta de las elecciones en Chile sigue redefiniendo el perfil ideológico de América latina. Si los comicios del año próximo en Colombia y Brasil confirman esta tendencia hacia gobiernos conservadores, sería la primera vez en décadas en que casi todo el continente estará gobernado por hombres (no hay mujeres en esta historia) que provienen de esa corriente política.

Hay muchas razones para explicar por qué ganó con tanta amplitud Kast contra la candidata de izquierda, proveniente del Partido Comunista, Jeannette Jara. Ganó por una combinación de miedo a la creciente inseguridad, por el malestar económico ante un crecimiento menor al que había tenido el país en los últimos años y por el rechazo a la migración descontrolada, sobre todo de venezolanos, que coincidió con la penetración en el país de integrantes del Tren de Aragua.

En todas las encuestas, el tema del crimen aparece como la principal preocupación de los chilenos, por encima del empleo o la inflación, con alrededor de dos tercios de la población mencionando la violencia y la inseguridad como su mayor temor. Aunque algunos indicadores, como el de los homicidios, mostraban una leve baja en 2024-2025, la percepción de inseguridad creció asociada al incremento de secuestros y el crimen organizado frente a un gobierno percibido como débil, rebasado. No nos confundamos: los números de inseguridad y violencia en Chile son mucho más bajos que en México, unas diez veces menores, pero en un país donde la violencia y la inseguridad eran mínimas, se generó una percepción que no pudo ni quiso (porque no se tomaron las medidas necesarias) contrarrestar el gobierno de Boric, mucho menos la candidatura de Jara.

Algo similar sucede con la economía. Chile se acostumbró a tasas de crecimiento de 7% anual, con Boric, la economía creció el último año cerca de 1.7%, bastante superior al que tendremos este año, por ejemplo, en México. Pero la percepción es de estancamiento con un clima de incertidumbre regulatoria y altos impuestos para pagar apoyos sociales. Kast prometió un “gobierno de emergencia” con recortes de impuestos, desregulación y señales promercado, que le ganaron apoyo empresarial y de los amplios sectores medios que demandaban estabilidad y orden.

El tema migratorio se relaciona con ello. La percepción es que la migración, sobre todo venezolana, potencia al crimen organizado y el narcotráfico, aunque los datos duros no lo confirman plenamente. Lo que detonó la inseguridad es la presencia en Chile de células del Tren de Aragua, y de grupos criminales con origen en otros países, entre ellos México, cuyos socios locales capitalizaron el ambiente de abrazos y no balazos para instalar sus centros de operaciones y explotar el mercado interno, y también para expandirse a Oriente y Oceanía. La inseguridad, la delincuencia y la migración se transformaron en una sola narrativa.

Pero hubo otras razones que explican ese triunfo conservador. Una de ellas, que no es menor, es que se impuso el voto obligatorio: votó más de 85% de los electores, cuando antes la participación rondaba en 50%, como en México. Eso llevó a un electorado mucho más amplio y desligado de los partidos y sus clientelas. Otro factor es la segunda vuelta electoral, que permitió que la candidatura de Kast se quedara con los electores desde el centro hasta la extrema derecha. Somos una de las pocas democracias del mundo que no tiene segunda vuelta electoral, lo que distorsiona la existencia de mayorías y minorías. Sin segunda vuelta, en Argentina en lugar de Javier Milei, hubiera ganado el peronista Sergio Massa; en Chile, hubiera ganado Jara, ambos con menos de 30% de los votos. La segunda vuelta permite construir mayorías en electorados que están fraccionados. Kast en esta elección (era la tercera vez que participaba) moderó su discurso, se movió hacia el centro y se topó con una candidata que, sin ser radical, estaba a la izquierda del propio Boric.

El movimiento hacia la derecha de América Latina, sumado a los enormes fracasos de Venezuela, Cuba y los populismos de izquierda, más la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos con su Doctrina Monroe 2.0, pueden generar una presión que atempere las ansias más radicales de la 4T, que simplemente se está quedando sin interlocutores en la región. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 10)

Día con día / Cuba

Cuba es una ruina viva, una ruina de seres humanos llevados al límite social de la supervivencia, a la enfermedad y al hambre, tanto como a la resignación, a la falta de horizontes.

La dictadura ha sido más destructora de lo que nadie previó. Ahora tiene a la isla en una cruenta combinación de pobreza extrema con aguda aparición de enfermedades curables.

Por las condiciones de insalubridad que privan en la isla, dice El País, han surgido sobre sus habitantes epidemias, antes erradicadas, producidas por piquetes de moscos:

Dengue, chinkunkuya, oropouche, zika, además de Influenza H1N1, del Virus Sincicial Respiratorio (VSR) y variantes nuevas del Covid, a todo lo cual el cubano común llama “El Virus”, un enemigo invisible contra el que no hay vacunas , ni otro desenlace que la autocura, la discapacidad o la muerte.

La productividad de Cuba es la más baja de América Latina, dice, por su parte, The Economist. El salario mensual es de 14 dólares. Un cartón con treinta huevos, un huevo diario para cada mes, cuesta la mitad de eso. Según el Social Rigths Observatory, think tank español, el 89% de los cubanos vive en pobreza extrema.

La falta de luz y de agua empieza a ser una constante de la vida diaria. El transporte público casi ha desaparecido, el privado es un lujo poco accesible, pues no hay combustible en las gasolineras.

Millones de cubanos viven de lo que reciben de sus familias en el exterior; pocos, de lo que hay que llamar el sector privado, un archipiélago de pequeños negocios, como restaurantes, donde los salarios, pese a todo, son mayores.

Emigrar es una renovada obsesión, la única ventana de futuro mejor que hay en la isla.

Desde 2020 han emigrado 2 millones 750 mil cubanos, casi todos los profesionistas, la mitad de los médicos y hasta miembros del cuerpo de ballet de la isla.

El deterioro, la basura y los drenajes rotos dominan el paisaje y el olor de La Habana. El dólar es la moneda de la sobrevivencia. Y la sobrevivencia es tan difícil, que no deja energía para la protesta, ni espacio para la esperanza. (Héctor Aguilar Camín, Milenio, Al Frente, p. 3)

Presidente ultraderechista Kast enfrentará la doctrina de León XIV

José Antonio Kast, candidato bajo la sombra de Pinochet, ganó las elecciones presidenciales con una victoria aplastante, muy por delante de Jeannette Jara, de centroizquierda. Ambos encarnan modelos radicalmente distintos. La ola de extrema derecha sigue recorriendo América Latina, bajo la era Trump, mal haría la 4T de no tomar nota sobre el ascenso de la ultraderecha en la región. El triunfo de Kast representa la decepción y el desencanto del gobierno progresista de Gabriel Boric.

Cincuenta y dos años después del golpe fascista que culminó con la muerte de Salvador Allende y una aterradora represión a la población. A 35 años del fin de la dictadura militar de Augusto Pinochet, triunfa en las urnas José Antonio Kast, su autoproclamado heredero pinochetista.

El presidente electo chileno se benefició del apoyo de dos sectores importantes de la derecha: la histórica y la ultra del Partido Libertario. Su oferta de campaña es orden y seguridad ante las principales preocupaciones de los chilenos: la delincuencia, la migración irregular y falta de crecimiento económico. ¿Qué propone Kast? Orden y disciplinamiento institucional mediante medidas estrictas de seguridad, reducción del gasto público, reformas laborales proempresa y una política migratoria centrada en expulsiones masivas, así como de control fronterizo portentoso. Su proyecto se alinea con tendencias globales de derecha radical presentes en Estados Unidos y Europa.

Más a la ultraderecha el presidente chileno electo no puede estar. Hijo de un militante alemán nazi. Militante del catolicismo más rancio del país. Su hermano Miguel Kast fue ministro del gobierno de Augusto Pinochet. Miguel formó parte de los llamados Chicago Boys, corriente político-económica de actores chilenos formados en la Universidad de Chicago bajo la influencia de Milton Friedman, quienes aplicaron políticas neoliberales radicales en Chile durante la dictadura de Pinochet. Implementaron privatizaciones, liberalización económica y reformas de mercado, buscando crear un “milagro económico”, pero también generando alta desigualdad y controversia que culminó en protestas sociales.

Dada la composición actual del Poder Legislativo, donde la oposición de izquierda tendrá peso, José Antonio Kast deberá gobernar negociando con diversos poderes de la sociedad civil, mediáticos y de la Iglesia. En términos religiosos, José Antonio Kast cuenta con la simpatía de sectores ultraconservadores en la que aún resuena el anticomunismo. Desde hace mucho, Kast ha declarado: “Primero soy católico, después soy político”. Es adherente del movimiento católico de Schoenstatt, movimiento mariano alemán, y de ahí se desprenden sus posturas conservadoras, como la oposición al aborto, al matrimonio igualitario y antiderechos contra el feminismo, alineados con sus creencias y prácticas religiosas.

A pesar de su explícita filiación católica, en los diversos procesos electorales ha contado con el apoyo de diferentes conformaciones pentecostales y neopentecostales chilenas. El respaldo se basa en coincidencias en temas valóricos como la defensa del derecho a la vida, el matrimonio tradicional, la libertad de culto y la oposición a las ideologías de género en la educación.

José Antonio Kast tiene la misma disyuntiva de Pinochet, esto es, buscar la legitimidad de la Iglesia católica. En el régimen militar de Pinochet, la jerarquía católica se mostró ambivalente ante la dictadura. Obispos conservadores amparados por Juan Pablo II apoyaron a Pinochet, así como importantes congregaciones como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. En cambio, en la capital de Santiago se conformó la Vicaría de la Solidaridad arropada por el entonces cardenal Raúl Silva Enríquez (1907-1999). Ésta defendió los derechos humanos, cuestionó los excesos del pinochetismo y se convirtió en espacio de protección y agregación social abrigando a sectores de oposición perseguida.

Según el analista chileno Aníbal Pastor, el gobierno de Kast profundizará las divisiones dentro de la Iglesia, algo que debería preocupar a la jerarquía y al próximo gobierno. Le llama un conflicto inevitable. Mientras parte del laicado celebraría el giro conservador, otro sector, especialmente en el mundo popular y en las periferias pastorales, vería en este proyecto un retroceso ético y social.

La Iglesia chilena ya no está bajo la sombra de los pontífices conservadores como Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora el papa León XIV tiene una agenda muy distinta en favor de los pobres y de los vulnerables condensadas en su primera Exhortación Apostólica Dilexi te. Seamos claros, el episcopado chileno coincide con Kast en términos de valores y principios como la defensa de la vida, el rechazo al aborto y la protección de la familia tradicional. Una parte significativa de los obispos siente afinidad con el ideario ultraderechista del presidente electo. Sin embargo, en materia social, los obispos están en contra de la narrativa de mano dura para expulsar sin miramientos a migrantes.

Los obispos publicaron una carta de felicitación donde marcan su firme oposición a la criminalización de los migrantes, señalando: “Nos preocupa la creciente denigración de migrantes y personas vulneradas, y reiteramos nuestro compromiso por la vida, la dignidad humana y la protección de los más débiles, recordando las palabras del papa León XIV en su Exhortación Apostólica Dilexi te: ‘en el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes'”. Quizá la frase más fuerte remata así: “En este contexto, la elección presidencial renueva la esperanza de avanzar hacia un país más justo, fraterno y solidario, donde la fuerza de la razón prevalezca siempre sobre la razón de la fuerza”.

Veremos el desenlace y el comportamiento de la Iglesia chilena. (Bernardo Barranco V. La Jornada, Opinión, p. 15)

México SA

PARA CENTROAMÉRICA SE prevé un avance de 3 por ciento en 2026, tras crecer 2.6 en 2025 y 2.8 en 2024. Esta subregión ha sido la más afectada por el debilitamiento de la demanda agregada externa, en particular de la proveniente de Estados Unidos. Sin embargo, economías como las de Guatemala, Panamá y República Dominicana, tres de las más grandes de la subregión, han mostrado una relativa resiliencia en 2025 y se prevén tasas de crecimiento cercanas a 3.5 0 más, gracias a la dinámica del sector de los servicios, el comportamiento del consumo privado y la expansión de los envíos de remesas.

No obstante las mejores perspectivas para el próximo año, esta área geográfica se mantiene muy vulnerable a los choques externos debido a su dependencia estructural de la economía estadunidense en los ámbitos comercial, financiero y migratorio, así como a su exposición a los posibles efectos adversos del cambio climático.

EN MÉXICO, SE espera un crecimiento de 0.4 por ciento en 2025, debido al debilitamiento de la demanda interna, como consecuencia de un menor flujo de remesas y la caída del consumo privado y la inversión. Para 2026 se prevé un avance de 1.3 por ciento, aunque, pese a la mejoría esperada, su economía sigue siendo vulnerable a choques externos derivados de la política comercial, financiera y migratoria de Estados Unidos. (Carlos Fernández-Vega, La Jornada, Economía, p. 20)

Desde el biopoder / Regreso por fiestas decembrinas

Ante las fiestas navideñas de 2025 y el inicio del año nuevo, más de 20 mil migrantes poblanos regresan a sus comunidades de origen con el objetivo de convivir con familiares y amigos.

Más de 85 por ciento de los migrantes poblanos regresan a través de vuelos de avión, muchos de ellos, a través del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y de la terminal aérea ubicada en Huejotzingo.

Durante la presente temporada, los migrantes poblanos estarán aprovechando las conexiones áreas del Aeropuerto Internacional Hermanos Serdán con los destinos de Tijuana, desde donde se puede cruzar la frontera norte y llegar a San Diego, California; con la ciudad Houston, en el estado de Texas; y el vuelo a Nueva York, conocida como Puebla York, por la alta cantidad de personas nacidas en la entidad.

Parte de los originarios del estado de Puebla optan por visitar a sus seres queridos viajando en sus autos o camionetas; sin embargo, resulta un riesgo ante la inseguridad que se vive en diferentes carreteras del país.

Ricardo Andrade Cerezo, presidente de la Fundación Pies Secos, organización que brinda apoyo a los migrantes en Estados Unidos, destacó que, durante tiempos de la pandemia, se redujo la cantidad de migrantes que regresaban; sin embargo, ya está aumentando el flujo en el marco de las fiestas decembrinas.

La mayoría de los poblanos que se fueron en busca del sueño americano, regresan a visitar a sus familias en zonas de la Sierra Mixteca, a la región de las Cholulas y, en menor medida, hacia la Sierra Norte y Negra.

La visita que realizan los migrantes a sus familiares y amigos se traduce en un reencuentro y, al mismo tiempo, en una manera de reiterar que la distancia y el tiempo no rompen los lazos de cariño y amor. A la par, los migrantes activarán diferentes cadenas productivas durante su estancia como las relacionadas con alimentos y con el turismo.

En conclusión, durante las temporadas de fin de año, el regreso de quienes se fueron en busca de cumplir el llamado sueño americano es una recarga emocional y una forma de recargar la energía para seguir luchando por los objetivos en medio de diferentes adversidades y complicaciones. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Online)

Un autogol norteamericano camino al Mundial 2026

Bill Shankly, el legendario y mordaz entrenador del Liverpool a principios de la década de los setenta, en alguna ocasión sentenció que mientras algunos pensaban que el futbol era una cuestión de vida o muerte, era en realidad algo mucho más importante que eso. El futbol -y sobre todo cuando de mundiales se trata- nunca es solo una cuestión de futbol; refleja las corrientes culturales, sociales y geopolíticas en una coyuntura internacional dada. Por ello, para México, Estados Unidos y Canadá, la propuesta de una candidatura conjunta para la Copa Mundial 2026 también se trataba de algo más que simplemente futbol.

Por primera vez en la historia, tres naciones albergarán conjuntamente el mayor espectáculo del fútbol, ​​recibiendo a millones de visitantes en 16 ciudades sede de la región para 104 partidos. Cuando como embajador ante la Casa Blanca empecé en 2011 a formular públicamente mi propuesta en torno al mérito que encerraba una candidatura binacional México-EE.UU para 2026 (posteriormente elevada a norteamericana por Barack Obama en la Cumbre de Líderes de Norteamérica), subrayaba cuatro cosas en particular. Primero, que uno de los mayores retos que enfrenta la política exterior –y los esfuerzos de diplomacia pública– de ambas naciones es cómo convencer a estadounidenses y mexicanos de que cada una debe asumirse como socia de la otra y que en estos esfuerzos por ganar “mentes y corazones” de otra sociedad, pocas herramientas lo podrían hacer de manera tan eficaz como el futbol. Segundo, que el torneo y esa candidatura representaban una oportunidad sin precedentes para enviar una señal al mundo acerca de lo que representaba la alianza norteamericana y su “marca región”, su convergencia e integración económica ante el mundo, proyectando con ello un norte geoestratégico ante el mundo.

Por ello precisamente insistía en la importancia de que Claudia Sheinbaum asistiera al sorteo de grupos del mundial en Washington, y celebro el que lo haya hecho. Tercero, el que exista la enorme diáspora mexicana en EE.UU y en México habite el mayor número de estadounidenses en el exterior, y que el principal destino turístico de los estadounidenses sea México y el de los mexicanos EE.UU, imprimía a la propuesta un valor e impacto social y cultural relevantes. Cuarto, que a diferencia de Sudáfrica, Brasil, Rusia o Qatar que tuvieron que construir la mayoría de los estadios para sus mundiales, EE.UU y México sólo tendrían que modernizar y adecuar estadios existentes en las ciudades sede seleccionadas, y que nuestra infraestructura fronteriza y nuestras redes de transporte, claramente inadecuadas para nuestros flujos comerciales de siglo XXI, se podrían modernizar e integrar.

Sin embargo, a seis meses de que arranque este torneo histórico, la negligencia flagrante y la ausencia de acciones convergentes amenazan con desperdiciar lo que podría ser el momento de proyección de poder blando más poderoso del siglo XXI para nuestra región: una estrategia unificada de diplomacia pública. Más allá de la inacción gubernamental y la inercia desde 2018, cuando la candidatura norteamericana salió triunfadora, los obstáculos han sido reales y se han agudizado con el rumbo que ha tomado la agenda norteamericana desde el retorno al poder de Donald Trump; hoy las prioridades y sensibilidades políticas en torno a la inmigración, el comercio y la soberanía complican la coordinación. Los silos burocráticos dentro de cada gobierno se resisten a la cooperación transfronteriza; los intereses comerciales priorizan la competencia sobre la colaboración. Y es que el 11 de junio comenzará a rodar el balón en la Ciudad de México, pero no aparentemente las ideas.

Los datos duros dan cuenta de la oportunidad ante nosotros. Se estima que cinco mil millones de personas verán el campeonato en todo el mundo y se prevé que aproximadamente seis millones de aficionados crucen las dos fronteras norteamericanas; la derrama económica entre junio y julio de 2026 podría superar los $11 mil millones de dólares. Estas cifras representan más que una oportunidad comercial: constituyen una oportunidad única para transformar la percepción global de Norteamérica como una región que, a pesar de sus asimetrías y diferencias, posee una visión integradora, dinámica y sinérgica en lugar de tres naciones con anteojeras cada vez más divididas por la retórica política, la falta de ambición o la negligencia profesional en la conducción de la política exterior. Pero no parece haber el más mínimo esfuerzo trilateral por desarrollar una estrategia y narrativa conjuntas y sinérgicas, ni entre los tres gobiernos ni de la mano de los respectivos sectores privados. Cada país está desarrollando visiones, campañas y estrategias distintas cara al torneo.

Consideren lo que podría lograr un enfoque coordinado trilateral, gubernamental y de la iniciativa privada. En momentos de enorme fluidez y volatilidad geopolítica aliñadas con la incertidumbre en torno a las amenazas y guerra arancelaria de Trump y el proceso de revisión del T-MEC en 2026, una narrativa norteamericana unificada podría enfatizar las oportunidades de inversión y competitividad de los tres socios norteamericanos. Campañas promocionales conjuntas mostrarían la extraordinaria diversidad turística de la región como un patrimonio colectivo o el enorme potencial que encierran nuestras instituciones culturales e industrias creativas -en español, inglés y francés. O un programa de intercambio educativo entre los tres países. Pero quizá uno de los mayores legados podría estar en la facilitación de los flujos de viajeros norteamericanos, no solo cara al movimiento de aficionados y turistas el próximo verano. Estados Unidos tiene dos sendos programas de viajero seguro, con Canadá vía NEXUS y con México vía Global Entry, que me tocó negociar para viajeros mexicanos durante mi gestión como embajador en Washington. Lo lógico, sobre todo con una administración estadounidense hoy en el poder focalizada en controles fronterizos y migratorios, sería armonizar e integrar los dos sistemas para derivar en un solo programa de viajero seguro norteamericano que permita de ahora en adelante el cruce agilizado, seguro y confiable de ciudadanos mexicanos, estadounidenses y canadienses entre los tres países. La facilitación coordinada en este rubro podría demostrar que la cooperación norteamericana realmente funciona en aspectos puntuales y concretos, contrarrestando narrativas de disfuncionalidad regional.

Las oportunidades geopolíticas perdidas con la inacción y falta de ambición y apetito de los tres gobiernos van mucho más allá del fútbol. En un momento en que China invierte miles de millones en diplomacia pública (a través de sus institutos Confucio) y Rusia lanza sofisticadas campañas de desinformación, propaganda y polarización, usando de paso a México como caballo de Troya de esos esfuerzos, América del Norte ha tenido dificultades para proyectar una identidad cohesionada. La Unión Europea, a pesar de sus propios desafíos, ha utilizado con éxito eventos como los Juegos Olímpicos y los campeonatos de la UEFA para reforzar narrativas de integración y propósito compartido. El fracaso de Norteamérica en hacer lo mismo con la Copa Mundial claramente representa un autogol. Las implicaciones diplomáticas podrían ser muy significativas. En una era de creciente chovinismo y política exterior transaccional, el Mundial ofrece una plataforma para demostrar que la cooperación internacional produce beneficios tangibles y la diplomacia pública coordinada podría presentar la integración norteamericana como un modelo exitoso ante otras regiones. Esto es especialmente importante ahora que tanto México como EE.UU enfrentan cuestionamientos externos, el primero sobre la inseguridad y ambos sobre su trayectoria democrática, y Canadá navega en un panorama internacional incierto, y cuando las percepciones públicas a cada lado de las fronteras parecen ir a contracorriente, dominadas en Canadá por el rechazo al hostigamiento diplomático de Trump y sus amagos de convertirla en el estado 51, y en EE.UU por la convicción de que su frontera sur es la fuente de una serie de males que lo aquejan y la principal vulnerabilidad de seguridad nacional.

No faltarán quienes en las tres capitales argumenten que la comunicación coordinada y unificada es una suma-cero, amenaza la soberanía nacional o diluye identidades distintivas, lo cual revela de paso una profunda incomprensión acerca del propósito de diplomacia pública y marca norteamericanas. Una campaña efectiva de diplomacia pública para la región no buscaría encubrir diferencias; las enmarcaría dentro de narrativas más amplias y convincentes. El lema de la Unión Europea “Unidos en la Diversidad” muestra cómo esto funciona. Norteamérica podría adoptar su propia versión -quizás “Tres Naciones, Un Balón, Infinitas Posibilidades”- sin sacrificar las respectivas identidades nacionales.

Lo que se necesita es voluntad política al más alto nivel, de la mano del sector privado. Queda todavía un resquicio de tiempo, pero la ventana se cierra rápidamente. Los líderes de Norteamérica deberían reconocer lo que está en juego: la historia rara vez ofrece oportunidades tan claras a nuestra región para moldear la percepción global, sobre todo con una región que necesita desesperadamente contar una mejor historia sobre sí misma. Por ende, la pregunta que tendrían que estarse haciendo es cómo asegurar que en todas las esferas de interacción pública o privada, social o cultural, México, Estados Unidos y Canadá pasemos de ser cómplices del fracaso a socios del éxito. El Mundial se celebrará independientemente de si Norteamérica aprovecha o derrocha su potencial diplomático. La pregunta relevante es si tres naciones vecinas capitalizarán este momento para proyectar fuerza, unidad, visión estratégica y propósito compartido. (Arturo Sarukhan, El Financiero, Mundo, p. 27)

Migración y extremismo: un debate ineludible

Doscientos 81 millones de personas viven fuera de su país de origen (OIM, 2024), casi el doble que en 1990; 117 millones son desplazados que huyen de conflictos, violencia o catástrofes. En cualquier caso, son las cifras más altas de la historia reciente. En algunos países, las remesas internacionales superan a las inversiones. La migración es una de las realidades estructurales del siglo XXI.

Durante mucho tiempo, los países receptores —más desarrollados— asumieron la migración como una compensación demográfica necesaria. Las personas migraban en busca de mejores oportunidades, mientras que sociedades con bajas tasas de natalidad encontraban en los flujos migratorios la fuerza laboral que sus economías exigían. Era una visión pragmática de beneficio mutuo.

El reconocimiento del derecho a migrar y su desarrollo en el derecho internacional convirtió a la migración en un imperativo de dignidad humana. Lamentablemente, ese desarrollo jurídico ha servido, en buena medida, como sustento para el uso ideológico de las migraciones. Por un lado, quienes muestran su apertura como una credencial moral ante un electorado progresista; por el otro, quienes responsabilizan a las comunidades migrantes de prácticamente cualquier agravio social. En el fondo, ambas posiciones simplifican un fenómeno complejo para lucrar políticamente.

A esto se suman las oleadas migratorias detonadas por conflictos específicos, pero de grandes reverberaciones. Quizá la más importante del siglo inició con la guerra civil en Siria, y más recientemente a causa de la invasión rusa a Ucrania y la guerra en Gaza. Esto ha incrementado el número de refugiados y puesto a prueba la capacidad —política y material— de acogida de más de una sociedad, principalmente en Europa.

Casi al mismo tiempo, el debate sobre la asimilación cultural se ha vuelto un tabú. Anteriormente, había un acuerdo implícito en el que los migrantes preservaban sus creencias y tradiciones, pero estaban dispuestos a aceptar el núcleo cultural básico de sus países de residencia. Ahora, hablar de asimilación puede fácilmente malinterpretarse como discurso de intolerancia. La multiculturalidad reconoce las diferencias, pero también puede eludir la cuestión sobre qué valores o principios compartidos son indispensables para la convivencia armónica. Es precisamente esa indefinición la que beneficia a los extremistas.

El atentado del domingo pasado en Sídney es una muestra de los graves peligros de los extremismos convergentes. Dos hombres armados asesinaron a 15 personas en una celebración judía. Se documentó que ambos eran simpatizantes del Estado Islámico y habían viajado a Filipinas, presumiblemente, para recibir entrenamiento militar. Uno de ellos era inmigrante; el otro era su hijo, quien nació y creció en ese país. En medio de la tragedia, el heroísmo de Ahmed al-Ahmed —un musulmán de origen sirio que arriesgó su vida para desarmar a uno de los agresores— es un recordatorio de que el extremismo no define a ninguna comunidad. Este caso, no obstante, también ilustra el costo de que las autoridades ignoren temas incómodos: los actos antisemitas en Australia habían estado aumentando, pero no se atendieron.

La migración se ha convertido en una herramienta de disputas políticas. Se atiende con paliativos –como legislaciones para parecer más progresista o restrictivo, dependiendo del electorado– pero sus desafíos persisten. Evadimos realidades por temor a las etiquetas, pero ese silencio es uno de los ingredientes en el “caldo de cultivo” de los extremismos.

Este 18 de diciembre se conmemora el Día Internacional de las Personas Migrantes. En ese contexto, vale la pena reflexionar sobre nuestra responsabilidad ante este escenario. La migración no es —nunca será— en sí misma un problema. Pero sí representa desafíos que debemos reconocer sin eufemismos. No podemos resolver lo que no somos capaces de nombrar.

Sin voces responsables que abanderen esta discusión, tanto los debates como las políticas públicas al respecto quedarán en manos de personas y grupos que —desde izquierdas y derechas— sólo buscan réditos electorales. Nuestra encrucijada es asumir la complejidad con valentía o refugiarnos en la comodidad mientras los extremismos siguen avanzando. (Claudia Ruiz Massieu, El Heraldo de México, Desde el Legislativo, p. 12)