Que tras la difusión en redes sociales de un video donde se evidencian presuntas prácticas de extorsión por parte de personal del Instituto Nacional de Migración, mostrando a agentes solicitando pagos bajo el argumento de supuestas cuotas aduanales, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió actuar de inmediato y destituir a los responsables; sin embargo, cuando vino la instrucción desde Palacio Nacional, la separación ya se había ejecutado por parte del titular del instituto, Sergio Céspedes, pues al menos uno de los agentes señalados fue retirado de sus funciones como parte de las acciones iniciales mientras se desarrolla el procedimiento correspondiente. (Redacción, Milenio Puebla, Opinión Local, p. 9)
Trato humano a migrantes
Nota persistente de primera plana a lo largo del 2025 han sido los problemas que enfrentan los compatriotas que viven en Estados Unidos y que han sido víctimas de la xenofobia de la Casa Blanca. Han padecido temor y ansiedad.
Muchos de ellos eligen las fiestas decembrinas para regresar a casa, recibir el apapacho de los seres queridos, recargar pilas y regresar a las tierras inhóspitas del Tío Sam. Para colmo de males, regresan a su país para ser víctimas de agentes de migración mexicanos que los extorsionan. De no creerse.
No son todos, por fortuna. Un puñado de agentes descompuestos que no representan a la institución. La instrucción presidencial es clarísima, trato humano a los migrantes, ni un ápice de tolerancia la corrupción. (Redacción, La Crónica, La Dos, p. 2)
Los paisanos en Estados Unidos seguirán siendo un gran tema durante el próximo año. Aun con un entorno en el que la migración a territorio estadunidense ha dejado de ser prioritaria para los gobernados por Trump, este insiste en mantener vivo el tema, con propuestas que encierran una gran intolerancia y que golpean incluso a sectores económicos de su propia nación. (Redacción, La Crónica, P.p.)
Aumenta el incentivo
Al parecer no tuvo un buen recibimiento el “incentivo” del gobierno del presidente Donald Trump que ofrecía mil dólares a los migrantes para auto deportarse antes del 31 de diciembre, por lo que ayer lo elevó a 3 mil dólares. La secretaria de Seguridad de aquel país, Kristi Noem, recordó que el ofrecimiento incluye boleto de avión. (Redacción, El Heraldo de México, LA2, p. 2)
En el marco del Día Internacional de las Personas Migrantes, conmemorado el 18 de diciembre, es necesario detenernos a mirar con seriedad algo que parece avanzar sin resistencia: la normalización de narrativas antimigrantes. Lo que hace unos años habría sido inaceptable —criminalizar públicamente, ridiculizar, discriminar a las personas por su identidad o país de origen— hoy se ha vuelto un recurso político rentable. La violencia simbólica ya no se disfraza; se exhibe, se multiplica, se aplaude. Y esto importa, porque ese lenguaje no se queda en el aire: abre la puerta a agresiones reales, a leyes restrictivas, a políticas que hieren cuerpos y destruyen vidas.
Estas narrativas no surgieron en América Latina. Son tecnologías políticas importadas del norte global: de Estados Unidos, de Europa, de su obsesión por construir muros visibles e invisibles. Pero hoy, ese manual se imita con entusiasmo al sur. Lo que comenzó como discurso termina convertido en norma y la norma acaba legitimando prácticas que violentan la dignidad humana. No es nuevo, pero en 2025 estamos en un punto de inflexión.
En la última década, el “efecto espejo” Trump marcó un antes y un después. Su brutalidad retórica demostró que la xenofobia da votos. Trump no inventó el odio al migrante, pero lo convirtió en capital político. Lo que antes se decía en voz baja, ahora se grita desde mítines, tribunas y redes. Ese lenguaje se ha exportado —literalmente— a nuestra región.
Y México no es la excepción. Aquí convivimos con una contradicción profunda: mientras en el discurso oficial se enaltece a las personas migrantes —incluso se les menciona en las celebraciones patrias—, en la práctica la política migratoria está subordinada a la agenda de Estados Unidos. El resultado es una política que detiene, persigue, desgasta, impide acceder a derechos básicos y, en muchos casos, coloca a las personas migrantes en situaciones de riesgo y violencias extremas como la desaparición o muerte. Una narrativa pública que celebra a la población migrante mientras, en los hechos, se le bloquea, encierra o expulsa, no es una política humanitaria: es un espejismo.
Este clima ocurre además en un contexto global de democracias debilitadas, sociedades polarizadas y crisis estructurales que obligan a millones a desplazarse: cambio climático, violencia criminal y política, conflictos socioambientales, desigualdad económica. En un mundo así, cualquiera podría verse obligado a migrar. El pastor luterano Martin Niemöller lo advirtió con lucidez: cuando la violencia contra “los otros” se normaliza, tarde o temprano esos otros podemos ser nosotros.
Frente a este panorama, y en el marco de la conmemoración del Día Internacional de las Personas Migrantes, vale recordar algo esencial: la xenofobia es ruidosa, pero no mayoritaria. Todos los días, a lo largo del país y la región, hay comunidades que reciben, organizaciones que protegen, personas que actúan desde la hospitalidad. Esa es la base ética que debemos fortalecer.
Hoy, más que nunca, urge rechazar la deshumanización como estrategia política y apostar, sin titubeos, por la hospitalidad, la solidaridad y el reconocimiento pleno de la dignidad humana. Porque la migración no es la amenaza. La amenaza es permitir que nos acostumbremos al odio. (Margarita Nuñez, El Universal, Opinión, p. A14)
Anunció el Gobierno de la República que en la Semana Santa de 2026 –del 29 de marzo al 5 de abril-, se podrá recorrer en el tren que irá de la estación de Buenavista al Aeropuerto Felipe Angeles, el AIFA, traslado que se hará en 43 minutos … Igualmente se informó que el próximo enero se inaugurará la autopista a Toluca … Como fiel reflejo de una economía con dificultades que en los tianguis de CDMX se multiplican las peluquerías con paisaje … Las autoridades federales han expedido 681 permisos para autorizar a los migrantes a trabajar en México, de los más de 100 mil que se expidieron … A quienes quieren hacer historia dejó Konrad Adenauer esta reflexión: “La historia es la suma de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”… (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, p. 33)
Donald Trump, después de acusar sin la más mínima vergüenza ni rubor por decir tantas mentiras que “los migrantes indocumentados inundaron ciudades y pueblos, destruyeron los ahorros de las familias trabajadoras, presionaron los programas sociales, llegaron delincuentes violentos para depredar a la población y provocar una situación horrible en el mundo”, se ufana de que ha logrado algo inesperado: “en pocos meses pasamos de lo peor a lo mejor en la frontera, un total de cero migrantes han cruzado la frontera sur en siete meses y comenzó a registrarse una migración inversa”. Es decir, personas no nacidas en Estados Unidos regresando a sus países de origen como resultado de las políticas que ha implementado. Todo ello, acompañado y aderezado con el Corolario de la Doctrina Monroe de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, a partir de la cual pretende, ahora sin máscaras, profundizar lo que de suyo ha sido una constante bajo la señalada doctrina desde 1823. Es decir, el marco para una política injerencista, esa sí “horrible”, contra los pueblos latinoamericanos que deciden avanzar hacia caminos que les permitan la emancipación económica, política y social.
Habría que preguntarse dos cuestiones. Por un lado, si las políticas antinmigrantes puestas cruelmente en marcha por Donald Trump, convertidas en obscenas cacerías racializadas contra países, algunos de los cuales este personaje considera soezmente como basura, son la manifestación no sólo del declive hegemónico de Estados Unidos, sino de que la crisis capitalista sigue sin resolverse, lo que tendría consecuencias importantes en relación con lo que llama “migración a la inversa”.
Vale la pena recordar que fue el demócrata Barack Obama quien en su administración enfrentó la grave crisis estructural de los años 2008-2009 y puso en marcha, como han hecho siempre los países receptores, deportaciones masivas. Pero en su caso, fueron de tal envergadura que se le motejó como “jefe deportador”. En ese periodo se empezó a hablar de “migración cero”, la cual indicaba que por primera vez salían más migrantes de los que entraban a Estados Unidos. De hecho, algunos autores y periodistas (Michael Cave, del New York Times) consideraron que se iniciaba una nueva era migratoria porque las condiciones de los países de origen habían mejorado.
Desde mi punto de vista, había dos cuestiones que no se tomaban en cuenta. Por un lado, que efectivamente los flujos migratorios se inhiben cuando se militarizan las fronteras, pero lo que realmente inhibe los flujos migratorios es cuando el desempleo se incrementa a niveles críticos en el destino. Por lo tanto, la llamada “migración cero” se revertiría, tal como sucedió, en el momento en que el desempleo situado en 10.6 por ciento bajó a 4.5 por ciento en Estados Unidos. En el caso mexicano, las condiciones del origen, por más que Felipe Calderón se ufanaba de haber logrado la migración cero, la realidad es que lo único que consiguió es que su política de seguridad convirtiera al país en un verdadero cementerio.
Las consecuencias de una “migración inversa” o de retorno, repatriados o deportados, tiene repercusiones importantes en sus países de origen porque los migrantes son actores sociales que generan transformaciones para el cambio; el retorno no sólo es demográfico, sino político. Los migrantes son literalmente expulsados de sus países de origen, combinando con las necesidades de los países receptores, cuyo fin es el de reducir los posibles conflictos sociales derivados de modelos que sólo benefician a las élites. Se explica por qué no sólo “permiten” la migración, sino que la gestionan como política implícita. Por lo tanto, el peligro no es el migrante que se va, sino el que vuelve porque visibiliza el fracaso del modelo interno, aumenta la demanda de derechos y oportunidades locales, y genera condiciones para posibles cambios.
Hay que recordar que a comienzos del siglo XXI, América Latina vivió una coincidencia histórica, por cierto, poco analizada desde la perspectiva migratoria: el retorno de los migrantes, el ascenso de gobiernos progresistas y el intento de construir una integración regional autónoma como fueron la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), organismos que buscaban una región sin tutela externa. La migración comenzó a verse, al menos discursivamente, como una cuestión latinoamericana estructural: trabajo, desarrollo, soberanía.
Nada de esto fue casual ni la reacción posterior. La derecha latinoamericana contemporánea no combate a la migración porque quiera detenerla, sino porque teme su potencial político, que cuestiona las fallas del modelo económico y la desigualdad. Se busca neutralizarla a partir de su criminalización y se le trata como un asunto de seguridad. La ofensiva antinmigrante de la derecha latinoamericana busca no sólo disciplinar la movilidad, sino desarticular cualquier intento de regionalizar políticamente la migración, bloqueando proyectos como la Celac.
La migración es uno de los pocos fenómenos sociales que revelan simultáneamente las contradicciones del capitalismo global y del Estado nación, superación que pasa inevitablemente por el cambio al socialismo. (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p. 12)
El programa de periodismo de investigación más prestigiado de Estados Unidos decidió no transmitir un segmento sobre el Centro de Confinamiento para el Terrorismo (Cecot). Se hicieron promocionales y, según los periodistas que hicieron la investigación, había pasado por todos los filtros legales y editoriales para salir al aire.
La reportera Sharyn Alfonsi, que entrevistó a reclusos que denunciaban abusos sufridos dentro del penal, escribió a su equipo que se trató de una decisión política, basada en la negativa de la Casa Blanca de comentar sobre lo documentado.
Mientras se aclara, vale la pena revisar lo que ocurrió en el último año con el Cecot, la cárcel de máxima seguridad del presidente salvadoreño Nayib Bukele.
La prisión diseñada para albergar a los pandilleros más peligrosos de El Salvador, sentenciados por los crímenes más atroces, se transformó por unos meses en la cárcel migratoria de Trump.
Antes de que eso ocurriera visité el Cecot. Su director me aseguró que nada de lo que vimos era distinto al día a día de quienes estaban ahí privados de su libertad.
Vi las acciones tortuosas a las que los someten, como dormir con la luz prendida, bañarse e ir al baño frente a decenas de compañeros de celda y comer con las manos. Resultaba bastante denigrante, pero sin exceso de la fuerza, y supuestamente ninguno había estado en las celdas de castigo.
Dudé si todo era una escenificación para la televisión porque, como incluí en el reportaje, defensores de derechos humanos y expertos en seguridad me aseguraron que el Cecot tenía muchas interrogantes.
Poco después, el gobierno de Trump ofreció al de Bukele millones de dólares para enviarle más “pandilleros”, pero lo que envió fueron migrantes sin evidencia de pertenecer a organizaciones criminales. Algunos salieron y han denunciado el maltrato y los abusos que vivieron en el Cecot.
Como el salvadoreño Kilmar Ábrego García. Hace unos días, la televisora PBS publicó el testimonio de tres migrantes venezolanos, que terminaron en el Cecot acusados de ser parte del Tren de Aragua. Fueron golpeados, encerrados en la celda de castigo y más.
Hasta ahora ninguna autoridad, estadunidense ni salvadoreña, ha ofrecido disculpas a los migrantes enviados por “error”.
Lo de 60 minutes alarma porque parece que algo de esto se quiere ocultar. ¿Qué frenó el reportaje que ni El Salvador ni Estados Unidos quieren que se sepa? (Alejandro Domínguez, Milenio, Al Frente, p. 2)