Opinión Migración 271225

EU y el negocio del odio

El gobierno del presidente Donald Trump pretende habilitar almacenes industriales para encerrar hasta 80 mil personas, al tiempo que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) impulsa un programa de cazarrecompensas que genera millones de dólares en ganancias a empresas privadas. De acuerdo con The Washington Post, los almacenes estarían ubicados cerca de importantes centros logísticos a fin de concentrar a decenas de miles de personas en un mismo punto y acelerar su deportación, mientras The Intercept dio a conocer que los contratos asociados a estos programas superan los mil millones de dólares, a entregarse de aquí a 2027.

Se trata de los más recientes ejemplos del negocio multimillonario creado o potenciado por la cruzada antimigrante del trumpismo. Como todo en Estados Unidos, localizar, secuestrar, encarcelar y deportar de manera ilegal a personas en situación migratoria irregular –o a quienes se acusa falsamente de estarlo– se ha privatizado y puesto en manos de empresas muchas veces afines a la agenda de la Casa Blanca. Mantener a una sola persona detenida cuesta 150 dólares al día, y la tarifa puede elevarse hasta los 300 dólares si se le mantiene en “instalaciones especializadas”.

Así, el costo de encarcelar a 80 mil personas asciende a entre 12 y 24 millones de dólares diarios. Además, la política de mover a los secuestrados arbitrariamente de un centro de confinamiento al otro a fin de desarraigarlos de sus comunidades y dificultarles el acceso a servicios legales supone sucesivas facturas para los contribuyentes. Antes del regreso de Trump al poder, el ICE ya gastaba alrededor de 600 millones de dólares en vuelos de traslado y deportación, un monto que sin duda ha crecido conforme aumentan las operaciones de la agencia. Como los traslados se realizan en vuelos chárter, cada uno cuesta entre 25 mil y 100 mil dólares, sin importar que a bordo viajen dos o cien personas.

En la era digital, gran parte de las tareas recaen en empresas de software como Palantir, del millonario ultraderechista Peter Thiel, quien aboga abiertamente por sustituir la democracia por un totalitarismo encabezado por los titanes tecnológicos. Su compañía integra datos de escuelas, hospitales, registros de tráfico y redes sociales para crear perfiles detallados de “objetivos”, un modelo de vigilancia distópica por el que recibe contratos de cientos de millones de dólares. Anduril, de Palmer Luckey, recibirá 250 millones de dólares por erigir el “muro virtual”, consistente en cientos de torres operadas por inteligencia artificial, desplegadas a lo largo de la frontera con México para detectar a cada ser humano en el área y alertar a las autoridades.

Lo anterior es sólo una pequeña muestra de la maquinaria de persecución aceitada con billetes que se enmarca en el presupuesto sin precedentes otorgado a ICE este año, el cual es mayor al de cualquier otra agencia policiaca estadunidense y, de hecho, supera al presupuesto militar de la práctica totalidad del planeta: si el ICE fuera un ejército, sólo los de 16 países (incluido el del propio Estados Unidos) dispondrían de más recursos.

Todo ello, mientras el presidente y sus correligionarios republicanos le dicen a la gente que no hay dinero para financiar sus seguros médicos, escuelas ni la infraestructura más deteriorada entre las naciones “desarrolladas”. Si a ello se suma el impacto económico que deja la pérdida de habitantes y de la mejor mano de obra de que dispone el país, está claro que la política de odio es un enorme negocio para un puñado de millonarios a expensas de hacer a la superpotencia cada vez más pequeña. (Redacción, La Jornada, Editorial, p. 2)

Del miedo al terror en 2026

El 2025 fue un año terrible para los inmigrantes y los latinos en Estados Unidos. Y el 2026 viene peor.

La crueldad se ha convertido en la política migratoria del presidente Donald Trump. Las escenas de horror se repiten una tras otra. Hay dos niños que me causan pesadillas. Dicen, simplemente, que la migra agarró a su mamá y los siento tan vulnerables, tristes y solos, que se me resbala el celular de la mano. A una mujer, quien un testigo dice que está embarazada, un agente enmascarado la arrastra por un brazo sobre la nieve. Familias separadas en largos pasillos de edificios gubernamentales mientras los hijos se aferran de la ropa de los padres, llorando y sin entender lo que está pasando. Su vida cambió en segundos.

Y todo porque alguien les cambió las reglas del juego. El gobierno de Trump ha creado, de un plumazo, a cientos de miles de indocumentados. Eran refugiados y perseguidos de dictaduras como la de Cuba, Venezuela y Nicaragua, o que huyeron de las pandillas en Centroamérica, o de la violencia y extorsión de los narcocárteles en México y Colombia, y de pronto, ese papelito que les permitía adelantar su proceso migratorio ya no vale nada. Nada. Trump, desde su cursi oficina dorada, hace su lista de naciones “basura” o indeseables y con absoluto desdén cierra las puertas a quienes creían que Estados Unidos era la tierra de las segundas oportunidades. Ya no lo es. Ahora es la tierra de la persecución.

Es que millones de inmigrantes entraron ilegalmente, dicen los trumpistas cegados de odio, y hay que echarlos de aquí. Pero yo siempre les digo que hay una solución mucho más fácil: legalicemos a todos los que no tienen un récord criminal. Estados Unidos necesita inmigrantes, para darnos de comer, para construir nuestras casas, para cuidar a nuestros niños, para hacer lo que nadie más quiere hacer. Legalizar siempre -¡siempre!- será una mejor opción que perseguir, arrestar y deportar. Olvidamos la historia: en Estados Unidos casi todos venimos de otro país. En su diversidad está su fuerza. Trump y sus tropas aplaudidoras no lo ven así.

Hay tantos latinos que se tragaron el cuento trumpista y que ahora se sienten traicionados. Y, como en un duelo, ya pasó el momento de la negación y ahora están en el del arrepentimiento. Todas las ganancias que había logrado Trump entre los votantes latinos se han esfumado. Los números lo dicen.

Siete de cada 10 hispanos desaprueban el trabajo de Trump como Presidente, según una reciente encuesta del Centro Pew. Y seis de cada 10 rechazan sus políticas migratorias y económicas. Los latinos que votaron por Trump con su cartera ahora la tienen más vacía y ven esconderse a sus familiares, amigos y vecinos. ¿Cómo celebrar con bailes y cantos la Navidad y el Año Nuevo cuando te da miedo salir a la calle? ¿Cómo explicarles a los niños que sus padres no son malos aunque los esté persiguiendo la policía?

Esto está causando, sin duda, un trauma generacional.

Trump ha expulsado de Estados Unidos a más inmigrantes en menos de un año que cualquier otro Presidente; medio millón de deportados y 1.6 millones de autodeportados, según cifras oficiales. Son más de dos millones que Trump ha sacado del país desde que regresó a la Casa Blanca en enero. Pronto le quitará el título de “deportador en jefe” al expresidente Barack Obama, quien deportó a más de tres millones en sus ocho años de gobierno.

“Y esto es solo el principio”, dijo en un comunicado la subsecretaria del Departamento de Seguridad Interna, Tricia McLaughlin. Si el 2025 fue el año del miedo, el 2026 promete ser el año del terror.

En el año que acaba de terminar, las redadas se concentraron en las personas más fáciles de apresar: en cortes y sitios públicos. Y sospecho que en el 2026 los agentes de la migra (ICE) serán mucho más agresivos y se meterán, con y sin permiso, a casas y sitios privados, separando dolorosamente a más familias.

Soy muy pesimista; el 2026 será un año terrible para los inmigrantes en Estados Unidos. Pero nunca olvidaremos lo que está haciendo Trump, ni el silencio que están guardando ante la crueldad diaria casi todos los políticos de su partido. Cuando quieran nuestro voto y nuestro apoyo, les recordaremos lo que hicieron con nosotros. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)

CARTONES

Fiestas de Fin de Año

jornada

(El Fisgón, La Jornada, Política, p. 5)