La comunidad migrante poblana se encuentra en alerta y extremando precauciones ante las nevadas y el frío extremo que está afectando diferentes poblaciones del noreste de Estados Unidos.
La llamada colosal tormenta invernal ya cobró la vida de, al menos 30 personas y está dejando sin electricidad y con problemas de traslado en el transporte púbico a miles de personas.
De acuerdo con la Fundación Pies Secos, hasta el momento no se tienen registros de poblanos fallecidos ante las bajas temperaturas y destacó que se están siguiendo las recomendaciones de las autoridades para evitar desgracias.
Desde el pasado fin de semana se comenzó a sentir un marcado descenso de las temperaturas ante la tormenta invernal y desde Arkansas hasta Nueva Inglaterra se registraron nevadas.
En la región de Nueva York, donde se tiene el registro de la presencia de más de un millón 300 mil poblanos, se presentó uno de sus días más nevados, con acumulaciones de 20 a 38 centímetros.
Ante el fenómeno, las escuelas permanecieron cerradas y diferentes escuelas volvieron a implementar las clases a distancia como sucedió durante la pandemia de covid-19, explicó Ricardo Andrade Cerezo, presidente de la Fundación Pies Secos.
“En Nueva York, las autoridades informaron que al menos 10 personas fallecieron en la vía pública durante el fin de semana. Sin duda, una situación lamentable y las casusas se están investigado. Por ahora, afortunadamente, no se tienen registros de migrantes fallecidos”, explicó.
Migrantes mexicanos dieron a conocer que, en Pittsburgh, la nieve superó los 30 centímetros, lo que se tradujo en la sensación de un intenso frío y dificultades para acudir a centros de trabajo. La nieve dejó como saldo la caída de árboles y cables en el norte de Misisipi y en diferentes zonas de Tennessee.
Por ahora, los pronósticos del gobierno federal destacan que el frío extremo persistirá durante los próximos días ante una nueva masa de aire ártico y la posibilidad de otra tormenta invernal.
Ante las bajas temperaturas en el país vecino del norte, los migrantes poblanos mantienen canales de comunicación para establecer redes de apoyo en caso de que se presente alguna complicación. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Online)
Lo que hoy cantan Los Tigres del Norte: “yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó” comenzaron a decirlo en 1848 las y los mexicanos que vivían en los que ahora son los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Texas, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, cuando el gobierno de Estados Unidos, para convertirse en imperio y cumplir su “destino manifiesto”, nos arrebató la mitad de nuestro territorio.
Después de anexarse Texas, en la que sería su primera incursión armada en América Latina, los estadunidenses lanzaron, de manera simultánea, tres grandes fuerzas militares contra México; la primera avanzó hacia el oeste para conquistar la costa del océano Pacifico, la segunda entró por el norte hasta la Ciudad de México y la tercera, una fuerza anfibia, invadió Veracruz.
De esa guerra —gracias a la cual EU se convirtió en potencia mundial— no se habla en las escuelas, no hay héroes, ni monumentos, ni efemérides oficiales en aquel país. De uno de los mayores atracos en la historia de la humanidad los estadunidenses no tienen memoria, se las borraron. Nosotros, por el contrario, estamos obligados a mantenerla viva.
Allá estábamos entonces, esa era nuestra tierra y ahí estamos ahora, contribuyendo al progreso de esa nación.
No hay en el mundo una masa mayor de migrantes en un solo país receptor que la de las y los mexicanos en EU. Entre los nacidos aquí y sus descendientes nacidos allá, representamos entre 11% y 12% de la población total de nuestro vecino. Por eso en las últimas marchas en Minnesota pudo escucharse a los manifestantes corear en español “el pueblo unido jamás será vencido”.
Ni Donald Trump puede pasar por alto esta realidad histórica, demográfica, cultural y económica.
Pesan las y los mexicanos en EU mucho más de lo que el magnate y los racistas que lo apoyan reconocen, tanto como pesa esa larguísima frontera que puede ser, como decía Carlos Fuentes, herida abierta que nos desangre a ambos países o cicatriz que nos sane, nos una y nos defina.
A Washington fue a proponerle Andrés Manuel López Obrador a Trump volver “bendición” el estar tan “inexorablemente atados”. Eso mismo propone Claudia Sheinbaum Pardo para el bien de ambas naciones y de sus pueblos. La historia, la razón y el derecho la asisten y la inmensa mayoría de quienes vivimos, tanto allá como acá, la respaldamos. (Epigmenio Ibarra, Milenio, Al Frente, p. 2)
La mayoría de la violencia en el ciclo de noticias que sigo viene de México. En la última semana, ha sido apabullante la cantidad de información sobre la violencia en Minnesota, en las Ciudades Gemelas, Minneapolis y Saint Paul.
Siguiendo en X a Pam Cerdeira, me enteré con escasos 25 minutos de que ocurriera, del asesinato del Sr. Alex Pretti, un enfermero en un hospital de veteranos de guerra en Minnesota, quien en vídeo parece defender a una mujer de los agentes de ICE (Immigration and Customs Enforcement). Hay otra persona con una mochila naranja en el piso. Los agentes (unos siete u ocho) neutralizan al Sr. Pretti, quien tenía un celular en una mano. Hay reportes de que el Sr. Pretti les dijo que estaba armado. De un segundo a otro, vemos a un agente disparando una pistola contra Pretti repetidas veces. Yo conté ocho tiros; hay otros reportes de nueve.
Otras fotos y tomas muestran que Pretti no estaba armado, que estaba boca abajo contra el piso, y que le dispararon por la espalda. Pero las autoridades federales de Estados Unidos han asegurado que el Sr. Pretti era un terrorista doméstico, y que el agente disparó porque percibió un riesgo inminente contra su vida.
En Minnesota, nadie les cree esa historia. También hace unos días hubo otra historia de una mujer asesinada en su auto, mientras intentaba huir de agentes de ICE, embozados.
Muchos demócratas y republicanos anti-MAGA que son partidarios de las políticas de expulsión de inmigrantes, están indignados. El candidato republicano a la gubernatura de Minnesota, Chris Madel, el día de ayer se bajó de la contienda, diciendo que no puede representar al partido del gobierno federal actual. Barack y Michelle Obama acaban de emitir un comunicado repudiando los hechos de Twin Cities, en especial el asesinato de Pretti.
Los señores Trump y Vance, presidente y vicepresidente de la nación estadounidense, han dicho que los agentes de ICE tienen inmunidad en sus acciones. También así lo ha dicho Kristi Noem, quien hoy encabeza Homeland Security, patrón del ICE, y el consejero presidencial Stephen Miller, quien es el más radical nacionalista antimigración del equipo de Donald Trump. Hay reportes que aseguran que Miller es el autor de la narrativa de inmunidad de los agentes de ICE. En ese país nadie estaba “por encima de la ley”. Según la nomenklatura trumpista, los agentes de ICE, gracias a una resolución de la Corte Suprema que permite el perfilamiento racial y la detención para cuestionamiento, son inmunes como en los peores regímenes policiacos de la historia.
Muchos estadounidenses comparan a ICE con la Gestapo, la policía política nazi. En realidad, son más parecidos a las SA, un cuerpo de violencia política que era el grupo de seguridad privada del NDASP, el partido de Hitler, desde antes de la famosa asonada de Münich. Lo cierto es que un cuerpo armado que no es militar, pero se comporta como militar, se viste como militar, y anda desfilando en las ciudades americanas en vehículos blindados, es un cuerpo paramilitar. ¿Para qué la parafernalia digna del frente en Afganistán? Blindajes y camuflajes innecesarios.
Vance ha dicho varias veces que los servidores públicos allá en su país deben ser gente “de ellos”. Por “ellos” se refiere a gente marginada, de origen escocés-irlandés, de las zonas más pobres de los Estados Unidos, con un origen parecido al del vicepresidente americano. Hay reportes de que reclutan a gente que no está preparada para tareas de policía, y que los recién reclutados son agentes de la “ley” dignos de cualquier país del tercer mundo: beben alcohol durante el trabajo y disfrutan acosando gente.
¿Por qué Minnesota? Probablemente es un experimento político. Los demócratas antimigración dicen que en Florida y Texas hay más migrantes. Pero, las Twin Cities son el modelo de ciudad santuario para los inmigrantes que Trump y sus acólitos quieren proscribir. Ya hay connatos de enfrentamiento entre autoridades locales y federales, y abogados muy serios empujando litigios desde el Estado de Minnesota a la Federación.
La última teoría conspiratoria es que Trump quiere esta violencia para declarar un estado de emergencia y cancelar las elecciones legislativas de mitad de su período. Ojalá no sea cierto, y ojalá Estados Unidos no esté deslizándose hacia el autoritarismo. Sería gravísimo para países como México. Después de todo, si allá el Estado puede hacer lo que ha estado haciendo en Minnesota este invierno, ¿qué no podría hacer un sátrapa tropical?
“Ojalá Estados Unidos no esté deslizándose hacia el autoritarismo. Sería gravísimo para países como México” (Manuel J. Molano, El Financiero, Economía, p. 15)
Hacía mucho tiempo, quizá demasiado, que el mundo no veía, dentro del grupo de países que se presumen civilizados, legales y constitucionalistas, escenas como las que hoy se repiten un día sí y otro también en Estados Unidos. Redadas, razias y persecuciones ejecutadas como si la fuerza bastara y la ley estorbara. Operativos que, más que aplicar normas, parecen diseñados para producir miedo. Y cuando el miedo se convierte en método, el Estado de derecho deja de ser un principio y pasa a ser un estorbo.
No es una comparación hecha al aire. La historia ya mostró cómo se degradan las democracias cuando se normaliza la caza del “otro”. En la Alemania de los años treinta, las camisas pardas no fueron solo un símbolo: fueron el instrumento callejero de una política que después se vistió de legalidad. Las Leyes de Núremberg de 1935 institucionalizaron la exclusión; la Kristallnacht de 1938 exhibió, sin máscaras, el salto de la discriminación a la violencia organizada. Hoy no es 1938, pero la lógica es inquietante: se allanan casas, se destruyen vidas, se instala la sospecha como identidad y se normaliza la humillación pública como advertencia.
Ser inmigrante, ilegal o indocumentado, en un país construido por oleadas de inmigración, se ha vuelto el signo más visible de un cambio de régimen. No por la discusión legítima sobre fronteras, sino por el mensaje de fondo: la ley ya no se entiende como garantía, sino como permiso del poder. Y cuando la ley se convierte en permiso, cualquiera queda expuesto.
Siempre me ha parecido que, entre todas las guerras civiles latentes que hoy recorren el planeta, la más peligrosa era la que se iba incubando dentro de la sociedad norteamericana. No una guerra declarada, sino una fractura moral e institucional. Una tensión que no se resuelve en urnas, sino en calles. Una erosión lenta que, de pronto, encuentra una chispa.
Tras la elección de Barack Obama, una parte del país no reaccionó con madurez democrática, sino con un repliegue hacia sus demonios más antiguos. Esa reacción, alimentada por polarización, resentimiento y miedo identitario, abrió espacio para justificar lo que antes era impensable. Lo que ocurre ahora en Minnesota es un ejemplo de esa deriva: protestas crecientes, fricción abierta entre autoridades estatales y federales, y un clima social que recuerda que la violencia institucional nunca se queda donde empezó.
Los hechos son graves y no admiten eufemismos. En enero de 2026, una ciudadana estadounidense, Renee Good, murió tras un tiroteo en Minneapolis durante un operativo federal vinculado al control migratorio, y el caso detonó indignación nacional. A esto se sumó, después, un segundo episodio mortal en la ciudad que avivó aún más la crisis. No se trata solo de muertes: se trata de la narrativa oficial, de la opacidad, de la distancia entre los videos que circulan y las versiones institucionales, y de la sensación –cada vez más extendida– de impunidad.
La fractura se vuelve más peligrosa cuando la institucionalidad se bloquea a sí misma. Minnesota ha denunciado obstáculos para acceder a evidencia y para sostener investigaciones conjuntas. Y cuando el Estado –o parte de él– impide que otra parte investigue, el mensaje es devastador: la rendición de cuentas ya no es obligación, sino opción. En un país con la mayor concentración de armas en manos privadas del mundo, ese cóctel es gasolina.
Minnesota, además, no es un lugar cualquiera. Es el territorio donde la indignación por el abuso policial se convirtió en estallido nacional con Black Lives Matter. Por eso, el foco no puede reducirse al caso de un inmigrante. Ni siquiera al caso de una víctima en particular. El problema es otro: el problema es el precedente.
Porque hoy la alarma ya no se limita a los márgenes sociales. Hoy el problema es que el estadounidense promedio –el ciudadano “de pura cepa”, el que se asumía protegido por el entramado jurídico– empieza a entender que también puede ser vulnerable. Accidentes puede haber siempre. Lo que no puede haber es un sistema donde nadie puede defenderse, donde la presunción se invierte y la fuerza sustituye al debido proceso. Eso no es seguridad. Eso es arbitrariedad con uniforme.
Bajo los auspicios políticos de Donald Trump, la ofensiva migratoria ha ido tomando la forma de una cruzada: sin límites claros, sin frenos visibles y con un lenguaje que deshumaniza. Pero la inmigración no vive fuera de la sociedad estadounidense. Vive dentro. Trabaja dentro. Convive dentro. Por eso, cuando se normaliza la excepción, la excepción termina por tragarse a la norma.
La pregunta entonces no es retórica, es de supervivencia democrática: ¿donde están los jueces? ¿Dónde están los fiscales? ¿Dónde están los contrapesos? ¿Dónde está el instinto de conservación de una nación que se define, desde hace más de dos siglos, por la centralidad de su Constitución?
Y aun suponiendo –que es mucho suponer– que todo esto responde a una estrategia meditada, queda la última pregunta, la más inquietante, la que ningún gobierno controla cuando ya soltó al tigre: ¿quién está midiendo el costo de desmantelar, paso a paso, más de 250 años de garantías constitucionales en el país que nació bajo la frase fundadora de “Nosotros el pueblo estadounidense”? (Antonio Navalón, El Financiero, Enfoques, p. 25)
La política exterior no se construye con simpatías ni con ocurrencias; se construye con prioridades. En vísperas de una renegociación del T-MEC, México parece actuar no desde un mapa, sino desde la sed de popularidad política. No hay jerarquía clara de intereses, sólo decisiones de bote pronto que buscan quedar bien —con alguien— en el corto plazo.
El caso de Cuba es ilustrativo. La pregunta no es ideológica ni moral, es estratégica: ¿quién es más importante para México en términos de comercio, cruces fronterizos, seguridad y migración? ¿Estados Unidos o Cuba? La respuesta es obvia, pero el Gobierno insiste en comportarse como si no lo fuera. Mantener o insinuar apoyos energéticos a La Habana puede satisfacer afinidades políticas, pero ha irritado innecesariamente a Trump justo cuando México necesita certidumbre, no fricciones. La afinidad ideológica no debería imponerse sobre la conveniencia nacional, y menos cuando el costo potencial se mide en aranceles, presión migratoria o condicionamientos comerciales.
El problema no es Cuba. El problema es la incapacidad de priorizar. Una política exterior seria entiende que no todos los gestos valen lo mismo ni todos los interlocutores pesan igual. Confundir solidaridad con cálculo es una forma elegante de improvisar.
En el frente de seguridad ocurre algo parecido. La cooperación con EU es indispensable, por lo que no debe confundirse con herramientas mediáticas. El objetivo estratégico tendría que ser claro: aprovechar la colaboración bilateral para atacar problemas compartidos —tráfico de armas, lavado de dinero, la estructura del crimen organizado— y para desmantelar el sistema de violencia que México padece. Eso requiere inteligencia, planeación y respeto al debido proceso.
En cambio, lo que se ofrece es otra cosa: entregas aceleradas de “delincuentes”, encabezados en los medios y decisiones que parecen pensadas más para producir una “nota” que para construir una política sostenida. Sin embargo, los expertos indican que no se ha seguido el debido proceso en la extradición de dichas personas y que no obedece a una estrategia integral de seguridad. ¿Con base en qué se detuvieron a esas personas? ¿Lo conveniente es enviarlas a EU obviando el debido proceso? Cooperar no es complacer. Ayudar no es ceder.
Más allá de gestos, necesitamos objetivos y resultados. México tampoco gana nada con sacrificar procedimientos legales si eso no se traduce en una reducción estructural de la violencia. La cooperación estratégica fortalece; la cooperación improvisada sólo exhibe urgencia.
Mientras se prende una vela en La Habana y se entrega una ofrenda en Washington, México confirma el mismo problema en dos frentes distintos: decisiones tomadas al calor del momento, no como parte de un plan de política exterior coherente. En tiempos de renegociación, eso no es pragmatismo; es vulnerabilidad.
Porque si seguimos prendiendo velas en Cuba para luego apagar incendios en Washington, terminaremos sin luz… y sin casa. (Antonio Michel Guardiola, La Razón, México, p. 10)
CAMBRIDGE – La estrategia de “inundar la zona” de la administración Trump puede impedirnos percibir que se ha llegado a un punto de inflexión en la caída de Estados Unidos en el autoritarismo. Se dirá que eso es un objetivo de la estrategia (que se basa en un avance gradual sobre los derechos de las personas y los controles institucionales). Pero es posible que la muerte de dos ciudadanos estadounidenses a manos de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) este mes en Minneapolis sea exactamente ese punto de inflexión.
Una de las características principales de los gobiernos autoritarios es la facilidad con que pueden usar una fuerza excesiva contra sus oponentes. Aunque todos los gobiernos usan tácticas coercitivas en el mantenimiento del orden público, existen límites evidentes. El gobierno británico puede usar la fuerza para despejar manifestaciones en algunos lugares. Pero una variedad de controles institucionales y la fortaleza de las normas contra el autoritarismo hacen inimaginable una matanza indiscriminada de manifestantes por parte de las fuerzas policiales en el Reino Unido.
En cambio, la respuesta asesina del entonces presidente sirio Bashar al‑Assad a las protestas de la Primavera Árabe no sorprendió a nadie. Se da por sobreentendido que los gobiernos autoritarios utilizarán ese tipo de fuerza contra opositores, medios de comunicación independientes y otros pilares de la sociedad civil.
En sociedades democráticas o mayoritariamente no autoritarias, varios impedimentos se alzan contra la represión violenta de la oposición. En primer lugar, provocaría estupor e indignación en otras ramas del gobierno y en la sociedad civil, de modo que por lo general sería contraproducente. En segundo lugar, el gobierno ni siquiera puede estar seguro de que sus fuerzas de seguridad acatarán la orden. Durante la primera presidencia de Trump, los mandos militares estadounidenses dejaron claro que no lo harían.
Pero el ICE tuvo un crecimiento significativo en 2025, y todo indica que reclutó a jóvenes muy cercanos a la versión más extrema de la agenda antiinmigratoria de Trump. También se le dio un mandato demasiado amplio, con licencia para usar tácticas que en el pasado hubieran sido inimaginables para cualquier agencia federal. El Departamento de Justicia muestra un apoyo inquebrantable a acciones probablemente ilegales del ICE e incluso se niega a investigarlas.
El simbolismo de lo sucedido en Minnesota es inconfundible. El ICE ya mató a dos civiles inocentes: Renée Good, madre de tres hijos que acababa de dejar a uno de ellos en la escuela, y ahora Alex Pretti, un enfermero de cuidados intensivos que estaba observando y grabando una de sus redadas. Que agentes federales usen amenazas y tácticas violentas contra manifestantes que documentan sus actividades es habitual. Pero lo más significativo es que otorgando al ICE inmunidad de facto, la administración Trump le dio luz verde para intensificar esa violencia.
ramas del gobierno que presuntamente deberían poner controles a la presidencia (el Congreso y la Corte Suprema) ya se han mostrado muy complacientes con la agenda de Trump. Y el no menos importante control institucional por parte de organismos independientes también está debilitado, sobre todo por la facilidad con que el presidente ha podido nombrar a aliados y secuaces en puestos clave. Como sostengo en otro lugar, el objetivo general de la administración es crear una especie de presidencia imperial no sujeta a límites; exactamente la forma en que se consolida el autoritarismo (de lo que sirven los ejemplos contemporáneos de Hungría, Ecuador, México, Nicaragua, Turquía y Venezuela).
Hay otro sentido en el que este momento puede ser un punto de inflexión. En enero de 2017, sostuve que el único modo de contener a la primera administración Trump era mediante protestas pacíficas. Incluso entonces, era obvio que las otras ramas del gobierno no iban a poner límites efectivos a Trump, y que si lo intentaran, Trump iba a manipular las normas a su favor.
Pero aunque las protestas resultaron ser una potente defensa contra los intentos de ampliación de poderes y avance hacia el autoritarismo de la primera administración Trump, la energía que las impulsó en 2017 ya no existía en 2025. Una de las razones fue que muchos analistas y buena parte de la población interpretaron que la mayoría del voto popular obtenida por Trump en las elecciones del 2024 le daba un mandato más grande que en 2016 (cuando no obtuvo esa mayoría).
Pero hubo otra razón más importante: durante los años de Biden, los activistas del Partido Demócrata agotaron su legitimidad. En la función pública, en universidades, ONG e incluso en el sector privado, se extralimitaron y perdieron mucho apoyo por desestimar inquietudes legítimas en relación con los cambios sociales que propugnaban. De modo que al volver Trump con una agenda mucho más radical en enero del 2025, no encontró a la sociedad civil preparada para ofrecerle una resistencia importante.
Minneapolis puede cambiar esta situación. La energía y la solidaridad de gente que ayuda a sus vecinos inmigrantes y protesta contra las tácticas brutales del ICE son preanuncio de un duelo decisivo. El resultado dependerá en parte de cuán dispuestos estarán los aliados de Trump en el Congreso a aceptar la violencia y la ilegalidad del ejecutivo, y en parte de lo que hagan Trump y el estrecho grupo de asesores afines que lo rodean. Pero el factor más importante será la determinación de la sociedad civil, empezando por Minnesota. (Daron Acemoglu, El Economista, Finanzas Globales, p. 32)
Cuando Joe Biden era presidente de Estados Unidos, el caos en la frontera minó su credibilidad y ayudó a que se hundiera su aprobación popular. Ahora Donald Trump enfrenta lo mismo con el caos, no en la frontera, sino en las ciudades, provocado por su decisión de entrar a deportar migrantes indocumentados de forma agresiva y visible.
Si hay algo que no les gusta a los norteamericanos, es el caos. En una sociedad más o menos ordenada, se busca que el gobierno cuide las circunstancias que perturben el sentido de comodidad y tranquilidad. Así, la potencia de ambos escenarios que han afectado a dos gobiernos en turno, aun con políticas muy distintas hacia la migración.
Si bien la población en su mayoría apoyó a Trump en sus esfuerzos por deportar a los indocumentados al inicio de su gestión —política migratoria era el tema en que era mejor calificado, según las encuestas— se ha ido perdiendo vuelo muy rápido. Al inicio, la gran mayoría de arrestados y deportados tenían antecedentes penales, pero ahora menos de una tercera parte los tiene, y la mayoría son personas arraigas en la sociedad estadounidense. Se empieza a apreciar la discrepancia entre el propósito del esfuerzo gubernamental y sus consecuencias reales.
Pero además de esto, la muerte de dos ciudadanos estadounidenses a manos de agentes federales en pocos días —junto con las declaraciones del gobierno culpándolos de sus muertes, en contraste con lo que los conciudadanos podían apreciar en los videos que circulaban de los incidentes— terminó de hundir a la administración en la opinión pública.
Trump dio un viraje rápido cambiando el liderazgo de la campaña en Minneapolis y prometiendo investigar los dos incidentes. Es muy probable que este viraje no incluya una baja en la intensidad de las deportaciones, pero sí un cambio de los métodos de las agencias federales en buscar a los indocumentados y tratar de generar miedo en las ciudades que han sido blanco de estas campañas. Tom Homan, el asesor de la Casa Blanca, quien ahora toma las riendas de este esfuerzo, ha abogado por un proceso más profesional y menos conflictivo, y ahora tiene la oportunidad de mostrar cómo se puede hacer.
Según reportes periodísticos, hay asesores y cercanos al presidente Trump sugiriéndole que haga algo positivo en migración, quizás alguna medida de protección para los soñadores o un cambio en el sistema de migración legal. Probablemente eso sea un cambio de rumbo demasiado fuerte para que se dé en este momento, pero Trump ha dicho varias veces que quiere cambiar el sistema de visas que permite la legalización de algunos migrantes indocumentados especialmente productivos.
Lo más probable es que no prospere un cambio de esa magnitud en la política de esta administración en este momento, pero por lo menos Trump sabe que necesita recuperar la confianza ciudadana y, sobre todo, de su base política en el tema migratorio, así que todo es posible. (Andrew Selee, El Universal, Opinión, p. A11)
El pretexto ya está: los migrantes mexicanos serán los que promuevan la caída de Trump mediante un golpe de Estado. (Rayuela, La Jornada, C.p)
Dos días después de que elementos de la Patrulla Fronteriza asesinaran a tiros a Alex Jeffrey Pretti en Mineápolis, Minesota, el presidente Donald Trump se vio obligado a relevar de sus funciones sobre el terreno al jefe de esa agencia, Greg Bovino, y anunciar el envío del llamado zar fronterizo, Tom Homan, en función de mediador con las autoridades local y estatal. Asimismo, el mandatario cambió repentinamente los insultos hacia el gobernador demócrata Tim Walz por la afirmación de haber sostenido con él una llamada telefónica “muy buena” y de que están en la misma sintonía. El magnate incluso dijo contemplar una desescalada en la cacería de personas que desató sobre la entidad del Medio Oeste.
En conjunto, tales acciones apuntan a que, finalmente, Trump se dio cuenta de los costos políticos de soltar sobre entidades gobernadas por la oposición a agentes armados hasta los dientes, uniformados como invasores en vez de como agentes del orden público, enmascarados y encapuchados como delincuentes y abiertamente hostiles a la población local. Del mismo modo en que suele recular en sus medidas económicas cuando las bolsas de valores le muestran el disgusto de los dueños de grandes capitales, en esta ocasión parece haber atendido a las encuestas que dan cuenta del desgaste de su discurso antimigrante y de la pérdida del control narrativo: los asesinatos a sangre fría de ciudadanos estadunidenses y las escenas de padres de familia y niños pequeños arrastrados por elementos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) han erosionado la percepción hasta hace poco mayoritaria de que, cuando se trata de expulsar a los migrantes, el fin justifica los medios.
El creciente malestar ciudadano con los métodos de ICE, la Patrulla Fronteriza y otras agencias también es producto de la forma desesperada en que Trump y sus funcionarios han mentido para justificar los abusos. En esto ha destacado la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quien ha llamado “terroristas domésticos” a manifestantes pacíficos como Pretti y Renee Nicole Good –asesinada a tiros a principios de este mes también en Mineápolis por otro integrante de esa fuerza paramilitar– y ha asegurado sin parpadear que los agentes actuaron en defensa propia pese a las decenas de videos que prueban lo contrario. Esta práctica no ha variado: ayer mismo, el presidente defendió a Noem aduciendo su “muy buen trabajo; ahora la frontera es totalmente segura. Olvidan que teníamos una frontera que heredé por donde pasaban millones de personas. Ahora tenemos una frontera por la que no pasa nadie”. El problema es que Mineápolis se ubica a 400 kilómetros de la frontera estadunidense con Canadá y a mil 800 del punto más cercano de contacto con México.
El desgaste de su estrategia va más allá de la percepción pública. Cada vez más legisladores y políticos republicanos cuestionan los métodos de ICE y Chris Madel, aspirante de su partido a gobernar Minesota, renunció a la carrera electoral con la denuncia de que las redadas migratorias son un desastre total. En una sorpresiva declaración, Madel aseguró “no puedo mirar a mis hijas a los ojos y decirles que me postulo como republicano, cuando ellos están deteniendo a hispanos y asiáticos por el color de su piel… yo no me apunté para eso”.
Lamentablemente, la retirada parcial del trumpismo en Mineápolis está muy lejos de ser un cambio de rumbo. En la misma publicación de redes sociales en la que anunció el envío de Homan, Trump volvió a atacar a la congresista demócrata Ilhan Omar, víctima predilecta de sus invectivas racistas debido a su origen somalí. Unas horas después de que el presidente la amenazó con una persecución judicial, un hombre se aproximó a ella durante una sesión de cabildo abierto y la roció con lo que se describió como “una sustancia de olor fuerte”. Con esta agresión, queda claro que el odio sembrado por el magnate y una amplia mayoría de sus correligionarios tendrá efectos mucho más perdurables que su presencia en la Casa Blanca. (Editorial, La Jornada, Editorial, p. 2)
Con relación a la nota “Represión de Trump reduce flujos, pero ignora origen de la migración”, publicada en las páginas 12 y 13 de la edición de ayer, precisamos que las declaraciones contenidas en los párrafos 16 y 17 corresponden al funcionario de un organismo internacional que, como se dice en la nota, pidió no revelar su identidad, y no al académico Tonatiuh Guillén López. Ofrecemos una disculpa a nuestros lectores y a las personas involucradas por cualquier confusión generada. (Arturo Sánchez y Emir Olivares, La Jornada, Editorial, p. 2)
ICE: contra migrantes y estadunidenses
El niño Liam Conejo Ramos se ha convertido en el rostro de la crueldad y la ausencia de humanidad de la política migratoria de Estados Unidos. Detenido junto a su padre en una redada en Minneapolis, su caso ha indignado a la opinión pública de ese país y más allá, comenzando por los seguidores del presidente.
Las redadas de la Casa Blanca contra las familias indocumentadas en esa ciudad se han cobrado dos víctimas mortales, no indocumentadas, en lo que va de enero. El día 7 fue asesinada arteramente Renee Good, poeta y madre de tres hijos por parte de un agente del Servicio de Control e Inmigración de Aduanas (ICE). El sábado, otro miembro de la misma agencia asesinó a sangre fría a Alex Pretti, médico adscrito a un hospital de veteranos del ejército estadounidense.
Igual que en 2020, Minneapolis se ha rebelado contra la política inhumana y discriminatoria de Trump. En aquel año un estremecedor video registró la lenta muerte de George Floyd, un afroamericano residente en esa ciudad que fue estrangulado por la rodilla de un policía local.
En Los Ángeles, Chicago, Washington, Seattle han sido desplegados cientos de efectivos de la Patrulla Fronteriza y de ICE para detener a migrantes en la calle, en casas o fábricas. Esas metrópolis tienen en común ser gobernadas por demócratas y ser “ciudades santuario” debido a que sus policías no pueden detener a indocumentados.
En el segundo mandato de Trump el número de efectivos de ICE ha pasado de 10 mil a 22 mil con un presupuesto récord. Y se estima que unos 3,800 menores han sido detenidos junto a sus padres de enero a octubre de 2025.
Minneapolis simboliza la resistencia, el hastío y la condena de los propios ciudadanos estadunidenses. Renee y Alex eran dos de ellos. Ni las versiones de la Casa Blanca de que Alex era un terrorista doméstico y de que iba a cometer una masacre con el arma que portaba, han calmado la furia colectiva. El video de su crimen es contundente.
Otra de las víctimas es el pequeño Liam Conejo de 5 años arrestado por efectivos del ICE al regresar del colegio junto a su padre, trasladados hace una semana a un centro de detención en San Antonio, Texas. Él y su familia ingresaron al país mediante una solicitud de asilo en diciembre de 2024 provenientes de Ecuador. Ahora toda la nación está pendiente de la decisión que tomen las autoridades sobre su estatus.
Otra historia desgarradora es la de Sofía de 4 años. En julio de 2023 ella y su madre obtuvieron un permiso por razones humanitarias (parole) para atender su frágil salud en EU: pasa 14 horas diarias conectada a un sistema intravenoso. El pasado abril su familia fue notificada que el permiso quedaba revocado. Pese a que su salud corre peligro, se le autorizó una prórroga que vence el próximo 1 de junio. (Claudia Corichi, El Sol de México, Análisis, p. 22)
Aunque la temperatura esté a menos 23 grados Celsius. Aunque las calles estén congeladas y las aceras llenas de nieve, Mineápolis está en el sur. Como también lo están desde hace varios meses Chicago, Nueva York, Nueva Orleans, Seattle, Los Ángeles y muchas otras ciudades estadunidenses. Los asesinatos de Renee Good, primero, y luego el de Alex Jeffrey Pretti, el sábado pasado, encendieron un vigoroso y digno movimiento social en Estados Unidos.
Las resistencias de la gente de todas esas ciudades y de muchas otras a lo largo de Estados Unidos. La solidaridad con los migrantes y las personas “sospechosas” por su color o por su acento, la indignación que invade Estados Unidos, más fuerte e intensa que la onda polar, colocan en el Sur Global a estas personas y comunidades que protestan y demandan justicia y respeto. Nos referimos a ese espacio no necesariamente geográfico, sino, y sobre todo, social, donde se sufre la dominación en sus diversas formas: explotación, sexismo, colonialismo, discriminación, imperialismo. Pero también ese espacio donde se resiste, se combate, se sueña, se construyen solidaridades, nuevas identidades, nuevas formas de relacionarse, nuevos mundos posibles.
El epicentro del movimiento es Mineápolis, en el estado de Minnesota, tierra de los pueblos originarios dakota (sioux) y ojibwe, la que fue la Nueva Tierra (película de Jan Troell, 1972) para muchos migrantes del empobrecido norte de Europa en el siglo XIX. Los descendientes de unos y de otros son quienes ahora defienden a los migrantes somalíes, afroamericanos, latinos y de otras latitudes. Varios miembros de la tribu sioux han sido detenidos e interrogados por el ICE por el sólo hecho de parecer extranjeros. Se preguntan dónde los pueden deportar si ellos viven en estas planicies desde siempre.
Abajo, en los barrios, el activismo hierve en las ateridas calles de Mineápolis. No sólo se protesta, se organiza, se protege. Hay comisiones de “observadores constitucionales” que hacen uso de sus derechos para vigilar el accionar de los agentes del ICE, los siguen, advierten de su presencia en los vecindarios mediante redes sociales, silbatos, claxonazos.
Patrullan las calles, atienden a quienes son heridos, avisan a las familias de las personas detenidas. Organizaron la huelga general del viernes 23 y están convocando otra para este viernes. Son muy diversos los sectores que se suman al movimiento: en el aeropuerto de Mineápolis-Saint Paul, un centenar de clérigos de las comunidades católica, bautista, luterana, judía y unitaria universalista oraban y protestaban contra el ICE y contra las aerolíneas Delta y Signature por prestarse al traslado de migrantes deportados. Luego también fueron arrestados por la Gestapo de Trump. Enfermeras y enfermeros de todo el país demuestran su inconformidad con el ICE y su admiración por la entrega de Alex Pretti a su labor de cuidados intensivos. En la Catedral de Santa María, centenas de fieles y clérigos se reúnen para rendir homenaje a la más reciente víctima de la Gestapo de Trump.
Aquí se derrotó electoralmente a Trump en 2016, 2020 y 2024 y se ha elegido un gobernador que lo confronta y un alcalde que grita sin miedo: “¿Cuánta más gente tiene que morir para que salga el ICE?”. No son los únicos políticos que se suman al movimiento actual: el mismo candidato a gobernador del Partido Republicano Chris Madel acaba de renunciar a las primarias de su partido.
En el Capitolio de Washington y en otros capitolios estatales se suman más personalidades políticas condenando al ICE y la política represora de Trump: el nieto de John F. Kennedy, la congresista Alejandra Ocasio-Cortez, ni qué decir del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y el infaltable senador por Vermont Bernie Sanders.
La hegemonía del discurso trumpiano se va desmoronando. Lo critica, lo interpela en sus intervenciones públicas un creciente número de personalidades del mundo del espectáculo, como el rockero Bruce Springsteen; actores y actrices como Natalie Portman, Richard Gere, Whoopi Goldberg, Glen Close. Edward Norton, desde el festival de Sundance, condena las ejecuciones extrajudiciales del ICE, y las voces críticas en la entrega de los Globos de Oro seguramente tendrán eco en la entrega de los Oscar. La Fraternidad de Jugadores de la NBA decide romper el silencio y solidarizarse con la gente de Mineápolis, “…una ciudad que ha sido la vanguardia en la lucha contra la injusticia”; se manifiesta en defensa de la libertad de expresión y reconoce el enriquecimiento que los ciudadanos globales han aportado a Estados Unidos.
Como los basquetbolistas indican, no se trata sólo de protesta. La gente de todos los niveles está poniendo al frente nuevos valores en este amplio y diverso movimiento: la solidaridad, la libertad, el derecho a la diferencia, la ayuda mutua, el cuidado de los demás, la rendición de cuentas, el respeto al debido proceso, los derechos humanos.
Las luces del norte se están encendiendo desde el Sur Global. Parece que los sacrificios de las Renee Good, de los Alexis Pretti, van a florecer, así sea entre la nieve.
La gente de todos los niveles está poniendo al frente nuevos valores. (Víctor M. Quintana S, La Jornada, Opinión, p. 12)
Érase una vez un país que se autodenominaba el país de la libertad, el país de los derechos y el país de la democracia. Una nación que construyó su mito fundacional sobre la idea de que la ley protegía al ciudadano del poder. Un Estado que, convencido de su excepcionalísima moral, lo colocaba con la autoridad de señalar y sancionar a otros. Como toda historia, hoy ese relato se desmorona entre el miedo, la fuerza, la represión y una narrativa política interna que normaliza la violencia.
En Mineápolis, una ciudad que, por décadas, mantiene su estatus de santuario, Alex Pretti, ciudadano estadunidense y enfermero de cuidados intensivos de 37 años, murió brutalmente durante un operativo federal. ¡Un ciudadano estadunidense que muere en una operación migratoria! Pero Pretti no es un caso aislado. Semanas antes, Renée Nicole Good, también de 37 años y madre de tres hijos, falleció al recibir disparos de un agente de ICE en otra intervención federal.
El caso de Alex Pretti quedo registrado en video. Mientras Washington vendía una narrativa que justificaba el uso de la fuerza y presentaba a la víctima como una amenaza al orden público, las imágenes evidencian una detención desordenada, gas pimienta, forcejeos y, finalmente, el disparo cuando Pretti ya estaba sometido. Por supuesto, no existía tal amenaza pública.
¿UN MEA CULPA?
Cualquier gobierno con la mínima autocrítica y conocimientos en gestión de crisis saldría a dar explicaciones, buscar culpables y ejercer castigos ejemplares. No fue el caso. No hubo reconocimiento inmediato de errores ni rendición de cuentas, sólo estigmatización. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, calificó a las víctimas y a los manifestantes como “terroristas”, sin ningún matiz entre protestas civiles y amenazas extremistas. La más burda deshumanización de las víctimas. Para sorpresa de nadie, Donald Trump respaldó plenamente esa postura. Defendió a sus funcionarios, celebró la dureza de los operativos y aseguró que su política migratoria será reconocida por los siglos de los siglos. Según él, el orden justifica el costo humano y la historia lo absolverá (tremenda paradoja).
Afortunadamente, la tragedia detonó una respuesta política inusual. Expresidentes como Barack Obama, Joe Biden y Bill Clinton llamaron a la sociedad a pronunciarse y exigen una investigación a fondo sobre la muerte de Pretti. Senadores demócratas amenazan con un nuevo cierre del gobierno si no se retira el financiamiento a ICE, y legisladores republicanos influyentes exigen investigaciones transparentes sobre lo sucedido.
Pero la incomodidad también está dentro de la base republicana. Uno de cada cinco votantes que apoyaron a Trump en 2024 considera que la política migratoria es demasiado agresiva. Aunque la mayoría aún respalda estas acciones, ya hay una grieta. Los votantes que definen las elecciones no quieren elementos federales militarizando sus calles como cualquier república bananera.
Las cifras no mienten sobre la polarización que se vive en Estados Unidos. De acuerdo con Reuters, 53% de la población desaprueba el manejo de la migración por parte de la administración de Trump. El New York Times asegura que 56% de la población lo desaprueba. CNN asegura que 58% de los estadunidenses considera su primer año del segundo mandato como un fracaso rotundo. Claramente, él tiene otros datos.
Estados Unidos enfrenta hoy una crisis interna y una polarización que trascienden la migración o las posturas ideológicas. Es una crisis de legitimidad de un Estado que llama terroristas a sus ciudadanos y criminaliza la protesta. Érase una vez en el país de la libertad… (Kimberly Armengol Jensen, Excélsior, Global, p. 21)
Inmigrantes
El gobierno de España ha decidido legalizar a alrededor de medio millón de inmigrantes llegados al país hasta el 31 de diciembre pasado. Es una decisión correcta, lo mismo hizo Ronald Reagan en Estados Unidos en 1986; pero en estos tiempos de rechazo a los migrantes, el decreto puede tener un costo político muy elevado. (Sergio Sarmiento, Reforma, Opinión, p.8)

(Waldo, El Universal, Opinión, p. A11)

(Jerge, La Jornada, Política, p. 9)

(Kemchs, El Universal, Opinión, A10)