Opinión Migración 010226

La migra

¿Por qué los mexicanos vienen a trabajar a Estados Unidos? Me pregunta el joven cadete de la Border Patrol.

Era un lunes y acababa de ir al súper. Tomé el comprobante de pago y le mostré al joven el precio de un galón de leche en un mercado de El Paso, que era muy similar al de un mercado en Ciudad Juárez: cincuenta pesos, les dije. Ah, pero el salario no: allá el mínimo es treinta pesos y acá es de seis dólares POR HORA, es decir, treinta pesos por hora y allá es por día.

Está anécdota se dio en uno de los talleres de inmersión que organizaba la Border Patrol (patrulla fronteriza) a los nuevos cadetes recién egresados de la Academia de Entrenamiento en Virginia, quienes, antes de asumir funciones en el Sector El Paso, tenían una entrevista con el cónsul mexicano en esa demarcación.

En esos tiempos, había una relación profesional y de cooperación -no subordinación- entre ambas autoridades. Ellos, con estricto apego a sus protocolos detenían a indocumentados y notificaban al consulado. Atención especial a menores no acompañadas. El consulado, acorde a sus lineamientos documentaba a los paisanos quienes eran entregados al Instituto de Migración de México en el puente fronterizo.

Periódicamente los tres organismos y dependencias de seguridad pública de ambos países se reunían en un Mecanismo de intercambio de información y adoración de reglas para nuevas situaciones que imprimía la dinámica social de la frontera.

Estas vivencias me llevaron a que mi tesis de doctorado en la UNAM fuera sobre los menores no acompañados cuando eran captados por la migra. El documento describe sus orígenes, destino y vicisitudes de su periplo entre el punto de origen y la detención.

En esos tiempos, el respeto era la regla y la autoridad migratoria tenía el reconocimiento por su profesionalismo y cortesía. No había lamentables incidentes de abuso de poder, como ahora ocurre en Minnesota. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, Escena, p. 13)

San Quintín: no bajar la guardia

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo dio cumplimiento a uno de sus compromisos de campaña con la presentación integral del Plan de Justicia para San Quintín, en el cual se contempla la creación de un Centro de Atención Integral para concentrar trámites gubernamentales, la instalación de un módulo permanente de la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo (Profedet), un paquete de acciones en materia de educación y regularización de la tierra, y la construcción de más de 20 mil viviendas de distintos tipos, diseñadas específicamente para atender la movilidad característica de los jornaleros que migran a la región por temporadas. Además de las acciones específicas para la región bajacaliforniana, se anunció la implementación de un Certificado Laboral, un documento obligatorio que deberán obtener todos los exportadores de productos agrícolas mexicanos para poder comercializarlos en el extranjero, a fin de “vincular la exportación con la formalización laboral”, asegurando que la mano de obra utilizada en la producción y cosecha esté registrada ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y que se cumplan los estándares de trabajo decente.

Sin duda alguna, se trata de un avance histórico para dignificar el trabajo de los jornaleros de San Quintín, un colectivo que produce una riqueza gigantesca para grandes agroempresas nacionales y extranjeras, pero padece condiciones laborales que rayan lo inhumano. Los abusos patronales en el Valle de San Quintín compendian las plagas que azotan a los trabajadores mexicanos: salarios estancados por debajo de la línea de la pobreza, negación ilegal del registro ante la seguridad social, ausencia de prestaciones, simulación para negar la antigüedad de los obreros, relación de trabajadores permanentes como si fueran temporales, jornadas laborales de hasta 15 horas diarias, trabajo infantil, acoso sexual contra las mujeres, uso de sindicatos de control para amedrentar a los trabajadores e impedirles la conformación de organizaciones gremiales auténticas, colusión con autoridades para mantener el statu quo y reprimir a quienes exigen sus derechos, racismo estructural y desprecio por los integrantes de pueblos indígenas.

Hartos de explotación y maltrato, el 17 de marzo de 2015 los jornaleros estallaron un movimiento de protesta que puso ante los ojos de todo el país las injusticias perpetradas por trasnacionales que se enriquecen con el abuso del suelo y de una mano de obra conformada en 80 por ciento por migrantes; muchos de ellos, miembros de pueblos originarios. Aunque las compañías se comprometieron a modificar sus malas prácticas, en los hechos todo siguió casi igual, como exhibió una investigación al documentar un incremento de 150 por ciento en los casos de tuberculosis entre 2023 y 2024 debido a “desigualdades en el acceso a la salud en la localidad por factores como malas condiciones laborales, hacinamiento, falta de servicios públicos y maltrato institucional, que dificultan la prevención, diagnóstico y tratamiento oportuno de enfermedades”.

En suma, cabe saludar el Plan de Justicia para San Quintín en tanto representa un esfuerzo de Estado para subsanar la deuda social con un sector vulnerable. Al mismo tiempo, es preciso ver en los programas anunciados un punto de partida y no de llegada, así como mantener una vigilancia estrecha y una constante comunicación con los jornaleros para evitar que las empresas involucradas rediten las estrategias con que han evadido una y otra vez sus obligaciones. (Editorial, La Jornada, Editorial, p. 4)

¡El fascismo nuevo ha llegado!

El tema es muy serio, pero perdonarán la referencia vinícola: “¡El Beaujolais nuevo ha llegado!” anuncian cada otoño para alegría de los consumidores. Para nuestra consternación, hay que aceptar que ha llegado a los EU una metástasis de lo que Umberto Eco llamaba “el fascismo eterno”. Marc Bloch decía que “frente al acontecimiento, hay que encontrar la palabra justa con exactitud” y Albert Camus añadió que “una palabra falsa puede ser una mala acción terrible, porque mal nombrar un objeto es añadir a la desgracia del mundo.” Donald Trump ha añadido tanto a la desgracia del mundo, que podemos usar la palabra “fascismo”, precisando que es “nuevo”. La historia no se repite.

El fascismo nuevo ha llegado a Washington y México debe tomar el hecho en serio, por desgracia; nuestros compatriotas, legales e ilegales, ciudadanos americanos de la segunda o tercera generación lo sufren en carne propia. La xenofobia ha sido siempre la primera manifestación del fascismo. La gente tiene pesadillas y espera el golpe fatal en la puerta, cuando los paramilitares van a entrar sin ninguna orden que se lo permita. En un año el gobierno de Trump ha deportado 230 mil personas, más que Biden en cuatro años, y cuando vemos a la milicia de ICE en acción, es imposible no compararla a la SA, Sturm Abteilung, “secciones de asalto”, las camisas pardas de Hitler. Su acción tiene por meta imponer el terror de Estado. Golpean de manera indiscriminada (e ilegal) sin que la víctima sepa porqué. Empezaron con los morenos y luego mataron White Americans, protestantes o no. Estuvieron a punto de madrear al obispo de Chicago que impedía su entrada a catedral. La santa ira del prelado los detuvo a última hora, pero no ha podido acabar con el terror; ¿qué puede un obispo, un arzobispo, el Papa contra el terror logístico?

Debemos agradecer a los valientes ciudadanos de Minneapolis que se atrevieron, después de un año de escalada en la violencia desatada y prometida por Trump, a poner fin al miedo y a la resignación. Cuando el Congreso y la Suprema Corte callan, ellos se levantan, sin armas, y enfrentan la bestia que había cruzado la delgada línea de la sangre. En Minneapolis no se podrá decir, como en Berlín: “Cuando quemaron la sinagoga y arrestaron a mis vecinos judíos, no hice nada, porque no soy judío; cuando arrestaron los comunistas, no me moví, porque no soy comunista; cuando etc…; cuando vinieron por mí, no había nadie para ayudarme”.

Los de Minneapolis lograron la retirada del Obersturmbahnführer Gregory Bovino, algo es algo, pero la batalla apenas empieza; a Trump le quedan tres años y si pasa la estafeta a J.D. Vance ¡Dios libre a los americanos y a nosotros! Un silbato en la calle y todos a esconderse. En Minneapolis, Donald Trump, sin máscara, declaró la guerra al pueblo estadounidense, no sólo a los migrantes. Dice que sus porros cazan a puros criminales, pero ICE tuvo que reconocer que, de las decenas de miles de arrestados, menos del diez por ciento tenía un problema con la justicia. El miedo no se va, la solidaridad crece. Los paramilitares te golpean, te humillan, te dicen de qué te vas a morir.

El año pasado, el historiador Timothy Snyder comparó la cacería en curso a la deportación de los judíos en 1938, en el Tercer Reich; el 7 de noviembre de 1938, el adolescente, judío alemán, H. Grynspan, mató en París a un funcionario del consulado alemán, porque sus padres, de origen polaco, habían sido arrestados en Alemania y deportados. Dos días más tarde, los nazis lanzaron la terrible “Noche de cristal”, con 30 mil judíos arrestados, cientos asesinados, saqueos, incendios. En el otoño pasado, cuando Trump había ordenado deportar a los afganos, un refugiado afgano mató a dos jóvenes soldados americanos. Fue cuando Trump lanzó la operación Minneapolis. La historia no se repite, pero nos advierte.

Lógicamente, el fascismo nuevo de Trump ejerce el poder absoluto sin regla y culmina en un imperialismo expansionista que nos amenaza a todos, latinoamericanos y ucranianos. ¿Seremos como la gente del Titanic que no vio venir el desastre? (Jean Meyer, El Universal, Opinión, A 15)

Cartones

Cazarrecompensas de última generación

Cazarrecompensas

(Boligan, El Universal, Opinión, p. 14)