Opinión Migración 070226

Sacapuntas

Interparlamentaria “informal”

Reunión “informal” sostuvieron en la Cámara de Diputados legisladores de Estados Unidos con sus pares mexicanos, para hablar de comercio, seguridad y migración. Fueron ocho estadounidenses los que participaron, tanto republicanos como demócratas, entre ellos Michael McCaul, Carlos Antonio Gimenez, Henry Cuellar y Lou Correa. De la parte mexicana asistieron la presidenta de la Mesa Directiva de San Lázaro, Kenia López, Sergio Gutiérrez Luna, Pedro Haces y Raúl Bolaños-Cacho Cué, entre otros. (Sacapuntas, El Heraldo de México, La 2, p. 2)

Migrantes también desconfían de México

Hace unas semanas publiqué en El Sol de México un artículo sobre remesas. Como hago con frecuencia, después lo llevé a video en YouTube. El tema generó miles de visitas en México y Estados Unidos.

Ese interés no habló solo de dinero. Reveló cómo los mexicanos que viven fuera leen el momento que vive México y evalúan su propio futuro en Estados Unidos. Habló de confianza. Y hoy, esa confianza se erosiona.

En 2025, México recibió 61 mil 791 millones de dólares en remesas, una cifra enorme, pero 4.6 por ciento menor que en 2024. De acuerdo con el Banco de México, se trata de la primera caída anual desde 2013, después de más de una década de incrementos continuos.

Las remesas no caen por capricho, caen cuando cambia el entorno.

María vive en Zacatecas. Su hijo trabaja en Houston desde hace más de diez años y le envía dinero cada mes. José vive en Guanajuato y mantiene un pequeño negocio que depende de insumos que compra en Texas. Ninguno sigue a detalle la política exterior, pero ambos observan, escuchan y sacan conclusiones. Hoy perciben señales, y esas señales se acumulan.

A esa lectura se suma la percepción de inseguridad, el deterioro del entorno de violencia y el debilitamiento de las instituciones, que muchos mexicanos en el exterior siguen a distancia, pero con preocupación constante. La erosión institucional y la incertidumbre en la vida diaria alimentan una sensación de fragilidad que ya forma parte de la conversación cotidiana.

Una de esas señales fue la alerta preventiva emitida por la Federal Aviation Administration (FAA). El aviso recomendó precaución a operadores estadounidenses ante posibles escenarios militares en México y otras partes de América Latina. Después llegaron las aclaraciones: no hubo prohibiciones, no hubo afectaciones operativas y no hubo cambios para la aviación civil mexicana.

La explicación técnica llegó, pero el mensaje ya había circulado. Las alertas no se leen en vacío: se leen en contexto. Y el contexto actual no es neutro.

En semanas recientes, el lenguaje desde Washington se endureció. El presidente Donald Trump afirmó públicamente que pidió -u ordenó- a México suspender el envío de petróleo a Cuba, y que “México cumplió”. Más allá del debate diplomático, millones de mexicanos en el exterior reciben el mensaje: México aparece presionado, vulnerable y con margen reducido de maniobra.

Al mismo tiempo, documentos estratégicos de seguridad en Estados Unidos mencionan al Golfo de México junto a otras zonas geopolíticas sensibles. Y casi en paralelo, una alerta de la FAA introduce escenarios militares. Ningún hecho, por sí solo, crea una crisis. Pero juntos construyen una narrativa de fragilidad.

Los migrantes reaccionan antes que los gobiernos

Aquí vale una pausa personal. Cuando trabajé en la Presidencia durante el gobierno de Vicente Fox, las remesas ya se medían. No empezaron entonces. Pero fue en esos años cuando comenzaron a ocupar un lugar central en la conversación económica y política del país, como termómetro del ánimo de los mexicanos en el exterior.

Hoy ese termómetro se mueve otra vez. María no deja de enviar dinero por un comunicado oficial. José no reduce transferencias por un aviso técnico. Ambos actúan porque hay desconfianza.

Hay desconfianza en el rumbo de México. Hay desconfianza en la estabilidad de la relación bilateral. Hay desconfianza en su propio estatus en Estados Unidos.

Cuando la inseguridad se normaliza y las instituciones pierden capacidad de respuesta, la confianza se erosiona. Y cuando el lenguaje se vuelve hostil, el migrante se protege: reduce gastos, aumenta ahorro y envía menos.

Por eso la caída de las remesas no solo mide dinero; mide confianza.

Mide cómo los mexicanos en el exterior leen a México. Mide cómo leen a Estados Unidos. Y mide cómo leen la relación entre ambos países.

La relación México-Estados Unidos sigue profundamente integrada. El comercio fluye. Los vuelos continúan. Las familias se mantienen conectadas. Pero el tono cambió, y cuando el tono cambia, el comportamiento cambia.

No estamos ante una ruptura abierta. Estamos ante un momento frágil. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

¡Juegue! / Los nacionalismos trasnochados

Con lo que está pasando en todo el mundo en materia migratoria, ya no tiene sentido cuestionar que un jugador de futbol adquiera otra nacionalidad. Puede haber un sinfín de intereses, pero los futbolistas son en esencia migrantes quienes en muchos casos optan por un país para hacer su vida y quedarse en él por siempre, tiene el derecho de hacerlo como cualquier migrante.

Mucho de lo que hay en contra pasa por el malinchismo o con miradas parciales. No se acaba por entender la evolución del futbol y la de sus actores centrales, los futbolistas, quienes tienen el derecho de optar por lo que quieran, les convenga y porque van adquiriendo, a lo largo de sus estancias en otros países, signos de identificación y pertenencia.

Un viejo recuerdo pasa por un jugador de origen argentino que jugó en Zacatepec y Atlante. Carlos Lara era un centro delantero a la vieja usanza. Tenía la virtud de cubrir el balón de espaldas a la portería, lo que permitía darles tiempo a sus compañeros para moverse y desmarcarse; fue convocado para el Mundial del 62 en Chile, pero no participó en ningún partido.

El futbol mexicano durante mucho tiempo se ha cerrado a que cualquier jugador extranjero nacionalizado juegue en la selección. La selección ha estado virtualmente cerrada porque, entre otras cosas, ha prevalecido una alta dosis de malinchismo y nacionalismo trasnochado, muchas veces impulsado por los propios jugadores mexicanos. (Javier Solórzano Zinser, La Razón, Utilitaria, p. 18)

Política Zoom / La doctrina Donroe vs. la doctrina Ortiz

Muchas personas comparten la misma idea, pero no se habían atrevido a ponerla en blanco y negro. Guillermo Ortiz tomó la decisión de presentarla en un texto publicado el miércoles 4 de febrero en el medio digital Project Syndicate.

El ex director del Banco de México y ex secretario de Hacienda afirma, desde el título, que Donald Trump no está del todo mal cuando contempla una acción militar directa contra los cárteles de la droga en territorio mexicano, aunque esta sería poco efectiva, ya que para ganar realmente la partida también se requeriría la exposición de las conexiones criminales de Morena, el partido gobernante.

La sinceridad de la propuesta hace que merezca ser bautizada, a partir de ahora, como la doctrina Ortiz. Me consta que otros integrantes de la élite mexicana piensan en voz baja lo que este ex funcionario de alto rango refiere a voz en cuello: suponen que Trump sería la solución para regresar al régimen político que gobernó México antes de 2018.

Tal como está escrito en el texto de marras, no rechazan de plano la invasión de tropas estadunidenses, aunque su verdadero objetivo sería dinamitar la legitimidad del gobierno en turno.

El principal defecto de la doctrina Ortiz es que no se hace cargo de la doctrina Donroe. Se trata del corolario Trump a la doctrina Monroe, que reclama al conjunto del continente americano como protectorado para Estados Unidos.

El texto de Guillermo Ortiz se publicó cuarenta y ocho horas después del aniversario número 178 de la guerra Mexicoamericana del 1846-1848. Resulta inquietante que sus palabras no se hayan hecho cargo del discurso pronunciado por Donald Trump a propósito de este evento.

Aquí uno de sus párrafos más tronantes: “Guiados por la creencia firme de que EU tuvo como destino divino de la providencia expandirse hacia las doradas costas del océano Pacífico… y con la promesa del destino manifiesto latiendo en el corazón… en mayo de 1846 fue declarada la guerra contra México”.

En más de siglo y medio, Trump es el primer presidente en celebrar el triunfo de su país sobre el nuestro y lo hizo con un tono tan humillante como otros que nos ha recetado últimamente.

En la misma hebra, una semana atrás recomendó en sus redes la lectura de un libro firmado por el ultraconservador Peter Schweizer. Se trata del Golpe Invisible cuyo tema principal es el riesgo al que estaría sometida la seguridad nacional estadounidense por una supuesta conspiración planeada y diseñada, entre otros actores, por el gobierno de México, que habría venido utilizando la migración ilegal como arma para recuperar el territorio disputado precisamente en la guerra de 1846-1848.

Según este ideólogo del Trumpismo —y también de la doctrina Donroe— México tiene instalados cincuenta y dos consulados en el país vecino para presionar, desde adentro, una dinámica demográfica y una serie de políticas tendientes a la desestabilización estadunidense.

Desde hace varias semanas Golpe Invisible se encuentra entre los diez libros de no ficción con mayores ventas en Amazon. Tanto revuelo despertó que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tuvo que responder para despejar la intriga: no existe tal conspiración, la migración no es un arma y los consulados son muchos porque nuestra población radicada del otro lado de la frontera requiere de protección, sobre todo a la luz de la guerra cultural que se ha lanzado en su contra.

¿Cómo hacer compatibles las doctrinas Ortiz y Donroe? Quien lo intente resbalará en una trampa porque es materialmente imposible. ¿Siendo lo que es, cómo se le puede pedir a un gobierno como el de Trump que intervenga en México?

Hay varias razones para desestimar la inteligencia de la doctrina Ortiz: la presidencia de ese país deriva hacia la autocracia; no es más nuestra aliada; recurre con frecuencia a la humillación, tanto del pueblo como del gobierno mexicanos; está en desacuerdo con la integración económica y, más importante que todo lo anterior, se ha convertido en la principal amenaza contra las libertades de las personas mexicanas que vivimos en ambos lados del río Bravo.

En efecto, Donald Trump se ha colocado, en solo un año, a la cabeza de los líderes autocráticos que promueven la concentración de todos los poderes exagerando problemas como la migración y la violencia para imponer contextos de presunta excepción.

Las intervenciones cuasimilitares encabezadas por la policía migratoria (ICE) en Minnesota, Chicago, Boston o Los Ángeles son eventos que no habrían ocurrido bajo la normalidad democrática.

Llegó la hora de llamar a las cosas por su nombre: Estados Unidos no es más aliado de México. Su presidencia ha roto todas las reglas de la buena convivencia, entre ellas el T-MEC que, durante algún tiempo, impulsó un desarrollo favorable para los tres países signatarios.

Canadá también ha sido objeto de la retórica humillante lanzada desde la Casa Blanca, lo cual llevó a que su gobierno asumiera antes que nosotros el fin de una era. Allá el primer ministro, Mark Carney, se ha tomado tan en serio las fracturas que su administración cuenta con un plan dispuesto para enfrentar una hipotética invasión estadunidense. No se trata de una broma, ni de una bravuconería, sino de una previsión que debería llamarnos a la imitación.

Quienes temen por la democracia y las libertades de México bien harían en asumir que, más allá de los muchos desafíos domésticos, la principal amenaza proviene de la ciudad de Washington D.C. La ruptura del orden internacional y el desprecio por cooperación geopolítica de Norte América son hechos incontrovertibles que, por encima de todas las cosas, han puesto en riesgo los derechos, primero de la población mexicana que vive en Estados Unidos y, desde luego —en caso de escalarse el fuego de la Doctrina Donroe—  de quienes habitamos en territorio mexicano.

La realidad se impone sobre los delirios y en este caso debe decirse sin ambigüedades: la doctrina Ortiz es delirante. Se halla desconectada de las amenazas y riesgos más graves y supone una racionalidad estadunidense que no existe más.

Cierro esta página con las palabras pronunciadas por el gobernador de Querétaro, Mauricio Kuri, para celebrar el más reciente aniversario de la Constitución de 1917: “Que quede bien claro, México no acepta dictados extranjeros, no admite instrucciones de nadie, no pacta su integridad y jamás, jamás, nuestra dignidad”. (Ricardo Raphael, Milenio, Política, p. 10)

Nudo gordiano / ¿Ice out en el Super Bowl?: el peso de ser Bad Bunny

Hay momentos en que la cultura pop deja de ser entretenimiento para convertirse en testimonio histórico. El domingo en Los Ángeles, cuando Benito Antonio Martínez Ocasio se cubrió el rostro con una mano al escuchar su nombre como ganador del Álbum del Año en los Grammy, no celebraba sólo un triunfo personal, sino la llegada, por primera vez, de una lengua, cultura y millones de voces que han sido relegadas a categorías secundarias en la industria más poderosa del mundo. Y cuando tomó el micrófono y dijo “ICE out” antes de agradecer a Dios, convirtió un premio en proclama.

Mañana, subirá al escenario del Super Bowl LX en Santa Clara. Y la comunidad migrante del mundo tiene toda su expectativa puesta en él. Espera no un milagro político, no una arenga revolucionaria, sino algo quizás más importante: la confirmación de que su dignidad no es negociable ni siquiera en el evento más estadunidense del año.

Benito no es René Pérez. No tiene la militancia de Calle 13 ni pretende tenerla. Su música habla de desamor, de perreo, de la cotidianidad puertorriqueña en clave urbana. Pero la historia tiene una forma curiosa de elegir a sus iconos, y no siempre son quienes se postulan para el papel. Bad Bunny se ha convertido en símbolo no por diseño ideológico, sino por circunstancia histórica: es el artista latino más exitoso del planeta justo cuando su comunidad enfrenta una de las hostilidades institucionales más severas en décadas. Y lo sabe, y en la entrega del Grammy decidió llenar (y sobrepasar la expectativa) esa silla que estaba esperando a alguien para recibir el asta bandera más relevante de estos tiempos.

Cuando excluyó a EU continental de su gira por temor a redadas de ICE en sus conciertos, no estaba haciendo activismo, protegía a su público. Cuando habló en los Grammy, no leía un manifiesto, estaba defendiendo la humanidad básica de todos los migrantes. Esa autenticidad es lo que lo vuelve poderoso: no es un político disfrazado de artista, es un artista respondiendo con honestidad a su momento.

Las expectativas que pesan sobre sus hombros son monumentales y casi injustas. Se espera que un show de 12 minutos haga lo que el sistema político ha sido incapaz de lograr: dignificar. Que un baile sea tan inolvidable que logre contrarrestar meses de retórica deshumanizante. Que el español en el escenario más visto de América valide décadas de lucha por pertenecer sin tener que borrarse.

La comunidad migrante espera el baile, sí. Espera Tití me preguntó y Efecto y Debí tomar más fotos. Pero más profundamente, espera el gesto, que Benito no se disculpe por ser quien es. Que no diluya su puertorriqueñidad para complacer a quienes de antemano han anunciado que apagarán la televisión. Que traiga a Celimar Rivera Cosme, su intérprete de señas, y declare que la accesibilidad también es resistencia. Que, si decide hacer alguna declaración política, lo haga con la misma claridad con que lo hizo en los Grammy.

Pero también espera que no se sacrifique en el altar del activismo que otros le exigen. El hecho de que agentes de ICE hayan anunciado su presencia en el estadio —como si su labor fuera vigilar un espectáculo musical y no hacer cumplir leyes migratorias— dice más sobre el momento que vivimos que cualquier análisis. Es recordarle a quien ose desafiarlo que siempre está observando.

Mañana, cuando las luces del Levi’s Stadium se enciendan y suene el primer acorde, millones de personas estarán mirando, no sólo para entretenerse, sino para reconocerse. Para sentir que su idioma, ritmo, existencia tiene cabida en los espacios donde históricamente les han dicho que no.

Bad Bunny no pidió ser símbolo, pero la historia rara vez pregunta. Lo único que puede hacer es ser auténticamente Benito. Y en 2026, en medio de la tormenta política que atravesamos, esa autenticidad es un acto de valentía. El mundo migrante no espera perfección, sino presencia. Que un puertorriqueño de 31 años les recuerde que son humanos, americanos. Y que, contra todo pronóstico, aquí siguen.

Bad Bunny tiene derecho a ser complejo, contradictorio, humano. Puede celebrar su cultura sin tener que cargar con toda la agenda política de 60 millones de latinos en EU. Pero si elige hacerlo otra vez, estará optando por la historia. © 2025 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos. (Yuriria Sierra, Excélsior, Nacional, p. 12)

El cuidador del ‘hielo’

MINNEAPOLIS.- Bryan está tenso. No deja de ver a través de la ventana. Su gorra negra va de un lado al otro. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Lo contrataron hace unos meses en un restaurante mexicano sobre la calle Lake y su trabajo es detectar a agentes de ICE que estén patrullando el barrio latino de esta ciudad. Hay miedo en las calles, pero esta taquería se ha convertido en un refugio temporal.

Desde fuera, el restaurante que se especializa en tacos, quesadillas y pozole, parecería que está cerrado. La puerta de entrada está con seguro. Pero si te asomas un poquito, te encontrarás con la cara de Bryan. Te revisa rápidamente a través del vidrio, de arriba hacia abajo, y si no detecta nada sospechoso, te abre la puerta y te deja pasar. Y en menos de un segundo, vuelve a cerrar la puerta. Después de comer, el proceso es al revés. Se asegura que no haya ningún agente de la policía migratoria escondido en la calle, destranca la puerta y entonces los clientes pueden salir.

Aquí hasta comer un taco es peligroso. Entre los clientes se comunican en murmullos. La música en español se oye perfectamente. Pero nadie usa la palabra ICE. Si quieren hablar de la migra, prefieren llamarle el “hielo”. Así nadie se arriesga a que haya un agente encubierto y les empiece a hacer preguntas raras; que de dónde eres, que por qué tienes acento, que les muestres tu identificación.

Bryan es el cuidador del “hielo”.

Hace unos días, a través de la ventana, a Bryan le tocó ver cómo ICE arrestaba a un supuesto inmigrante en la calle. Varios agentes encapuchados lo rodearon y se lo llevaron. Y en ese instante, Bryan entró en acción. Se aseguró de que la puerta del restaurante estuviera bien cerrada y le gritó a la gente que comía: “¡Cuidado, ICE está afuera! ¡Todos tranquilos, nadie entra y nadie sale!”. Bryan, de veintitantos, es ciudadano estadounidense y por eso aceptó el trabajo. Le toca cuidar a otros que no tienen papeles. Él quiere que “las personas que están aquí coman tranquilas, que se sientan a salvo, que están en un buen lugar”.

La verdad es que no hay un buen lugar en Minneapolis. El temor no es únicamente entre los inmigrantes indocumentados. Tras la muerte de dos ciudadanos de Estados Unidos en manos de ICE -Renee Good y Alex Pretti- nadie está seguro.

En la COPAL (Comunidades Organizando el Poder y la Acción Latina) todos los voluntarios están en alerta. Tienen una camioneta que han apodado apropiadamente “La Valiente” y recorren la ciudad para detectar y reportar operaciones de ICE. Van armados con silbatos, ropa amarilla y sus celulares para alertar y ser testigos de lo que hacen tres mil agentes de ICE enviados por el presidente Trump a Minnesota. Además, han entrenado a miles de “observadores constitucionales” en la arriesgada tarea de documentar, sin interferir, en las operaciones de los agentes federales. Y denunciar, cuando ocurra, el abuso de poder. Los voluntarios de COPAL son la resistencia, pero no son los únicos.

En la iglesia “Dios Habla Hoy”, el pastor Sergio Amezcua rápidamente se dio cuenta de que sus feligreses latinos dejaron de ir a los servicios religiosos de los domingos tras los operativos de ICE. “Antes venían 600 cada domingo”, me contó, “y ahora solo vienen unos 80”. Tienen miedo a salir de sus casas. Aquí conocí a una familia que llevaba dos meses encerrada. Son de México y, aunque sus hijos nacieron en Estados Unidos, temen ser arrestados. Pero no se están quedando con hambre. Reciben regularmente la comida que les envía en cajas de cartón el pastor Amezcua. Él ha convertido su iglesia en un centro de distribución de alimentos. De lunes a sábado reciben comida de voluntarios y la reparten a cientos de hogares. Y los domingos rezan. El pastor Amezcua también es la resistencia.

Me ha tocado ver varias protestas y a muchos niños en ellas. Les enseñan a no quedarse callados. Y todas las manifestaciones han ocurrido en temperaturas congelantes. Nunca he tenido tanto frío en mi vida como aquí en Minneapolis en pleno invierno. En otras partes del mundo, el mal tiempo invernal hubiera desbandado cualquier marcha o protesta. Aquí no.

Mientras tanto, el cuidador del “hielo” sigue abriendo y cerrando su puerta en el restaurante para que nunca se cuelen el frío y el miedo. (Jorge Ramos Ávalos, Reformar, Opinión, p. 8)

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(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 10)