Opinión Migración 100226

Corporativo / Licitaciones a modo

Aunque en el discurso oficial el combate a la corrupción es prioridad de Estado, en la práctica las licitaciones a modo siguen imperando a partir de decisiones técnicas con efectos económicos y barreras a la competencia.

En meses recientes ha comenzado a circular en dependencias federales un expediente que merece atención. No surge de la oposición ni de organizaciones civiles, sino de una empresa de seguridad privada que decidió acudir a las instancias correspondientes al considerar que el terreno de la contratación pública dejó de ser equitativo.

La denuncia, presentada el 4 de febrero pasado ante la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, y ante la Comisión de Transparencia y Anticorrupción de la Cámara de Diputados, que preside Ricardo Mejía Berdeja, describe un patrón que en el ámbito empresarial resulta conocido: establecer condiciones tan específicas que sólo un número reducido de participantes pueda cumplirlas.

El tema central está en los requisitos. Certificaciones como ISO 17024 e ISO 55001 –ambas bajo normas internacionales– están siendo solicitadas en procesos que corresponden a licitaciones públicas nacionales. El detalle no es menor: en México sólo existe un organismo facultado para expedirlas, lo que en los hechos limita la participación de competidores.

A ello anote exigencias como contar con cursos en materia de seguridad e integridad de los migrantes y respeto a los derechos humanos del migrante en territorio nacional. Se trata de materias relevantes para la política migratoria, pero que no forman parte de las funciones de una empresa de seguridad privada.

No se trata de cuestionar la importancia de los estándares o de la capacitación, sino de analizar si guardan relación directa con el servicio contratado.

¿El resultado? Un grupo reducido de empresas queda en posición de cumplir. Y dentro de ese grupo aparece un nombre que ya genera comentarios en el sector: SERPROSEP.

La denuncia sostiene que diversas licitaciones en servicios de seguridad habrían sido estructuradas con el mismo acento que sumadas rebasan los 5 mil millones de pesos. Es decir, recursos públicos que deberían asignarse bajo principios de competencia efectiva.

Existe evidencia que el esquema se podría replicar en convocatorias de IMSS-Bienestar, ISSSTE, Secretaría de Salud y el propio Instituto Nacional de Migración. De hecho, en el caso de migración, la licitación ya fue publicada y puede consultarse en la plataforma Compras MX.

Aquí es donde el tema deja de ser técnico y entraña licitaciones a modo, y cuando la competencia se reduce, los mercados se distorsionan, pero cuando se presenta en compras gubernamentales el impacto lo absorbe el erario, pero al final son cuentas que pagamos todos.

LA RUTA DEL DINERO

Federico Cerdas, mandamás de Skyhaus, es uno de esos empresarios que no se quiebran cuando arrecia la tormenta. Al inicio fue blanco de duras críticas, incluso injustas. El caso es que hoy, con la negociación entrando en su fase final, queda claro que resistió, ordenó la casa y empujó una salida que beneficiará a cientos de familias para dar continuidad a proyectos clave que ampliarán su presencia como desarrollador. Si el cierre se concreta, como todo indica, no sólo se habrá destrabado un conflicto complejo: habrá nacido un viviendero serio, resiliente y con visión de década, justo cuando México más lo necesita. (Rogelio Varela, El Sol de México, República, p. 6)

Bad Bunny: el latino incómodo

La presentación de Bad Bunny en el espectáculo del medio tiempo del Supertazón es el evento más relevante en mucho tiempo en lo que respecta a la confluencia entre cultura, espectáculo y política. Al igual que con todos los grandes episodios históricos, para dimensionar su importancia no basta con atender el qué, sino también, y sobre todo, el cuándo y el cómo: Benito Antonio Martínez Ocasio no fue el primer latinoamericano ni el primer boricua en actuar durante el acontecimiento deportivo con más espectadores a nivel mundial, pero sí fue el primero que tomó la decisión de cantar y hablar en español, y de hacerlo justamente bajo un gobierno que ha eliminado el idioma de 40 millones de estadunidenses de todas las comunicaciones y sitios oficiales, y que desechó dos siglos y medio de pluralismo para proclamar al inglés único idioma oficial. Desde el momento en que se anunció su elección para encabezar el show del medio tiempo, Bad Bunny desafió a la cerrazón conservadora al señalar que tenían cuatro meses para aprender español.

Tampoco se trata del músico más contestatario, pero sí del único con su fama e influencia que alza la voz en vez de ajustarse al guion redactado por los especialistas en relaciones públicas: cuando excluyó a las 50 entidades de Estados Unidos de su última gira mundial, hizo explícito que el motivo fue salvaguardar a sus fanáticos de las agresiones del “pinche ICE” (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), una convicción que repitió hace dos semanas al recibir el Grammy al mejor álbum: “antes de dar gracias a Dios, quiero decir ¡Fuera ICE! No somos salvajes. No somos animales. No somos extraños. Somos humanos y somos estadunidenses”.

Al salir al escenario, dijo: “Buenas tardes, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio. Y si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí”, unas palabras cuya fuerza sólo puede entenderse en el contexto del racismo tradicional estadunidense y de las deportaciones masivas que niegan a cientos de miles de latinoamericanos, africanos y asiáticos el derecho a buscar la realización personal. Al despedirse, la pantalla del estadio mostró la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Como la migración misma es un recordatorio de que las potencias imperiales de ayer y hoy no pueden zafarse de las consecuencias de colonizar –directamente o por medio de sus grandes corporaciones– al resto del planeta, Bad Bunny pone a Washington frente al hecho de que haberse apropiado de Puerto Rico implica introducir la resistencia a la dominación en el seno del imperio.

Las palabras y los símbolos desplegados por el artista puertorriqueño pueden haber formado parte de un cuidadoso despliegue de marketing que hace imposible calificar lo sucedido como una ruptura antisistémica, pero las denuncias a la privatización y la gentrificación incluidas en las canciones y la escenografía del cantante ponen de manifiesto que su crítica va más allá de lo que suelen permitir las convenciones mercadológicas.

Sin quererlo, Donald Trump y las huestes de la derecha se convirtieron en los mayores amplificadores de la protesta y demostraron que el espectáculo fue cualquier cosa excepto inocuo: al afirmar que “no tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”, por lo que supone “una bofetada en la cara para nuestro país, que está estableciendo nuevos estándares y récords cada día”, el magnate exhibió su propia incomprensión y grandes dosis de incongruencia. Los récords de Washington bajo su administración son abrumadoramente negativos, y resulta tragicómico que un amigo cercano del traficante de menores Jeffrey Epstein se diga consternado por lo inapropiado del perreo para los niños.

Quizá este choque con las expectativas del establishment sobre las celebridades, a quienes sólo se les aplauden las declaraciones políticas cuando se dirigen contra estados y grupos políticos anatematizados por Occidente, sea el motivo de que los grandes medios de comunicación hayan relegado a un lugar muy discreto de sus páginas y portales lo ocurrido en Santa Clara, California. Pese a este silencio mediático, la reivindicación de América Latina, de los migrantes y de la diferencia ha quedado inscrita en la conciencia colectiva como un recordatorio de que el silencio no es opción ante el avance del totalitarismo. (Editorial, La Jornada, Editorial, p. 2)

Tres en Raya / El Super Bowl como espejo del mundo que se rompe a pedazos

El Super Bowl, el espectáculo deportivo más estadounidense, terminó hablándose —y cantándose— en español. No fue un detalle menor ni una anécdota folclórica. Fue una expresión del mundo que somos: contradictorio, polarizado, ruidoso y, cada vez más, incapaz de sostener un relato común.

Eso a pesar de que el show de medio tiempo encabezado por Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, rompió récords de audiencia: más de 142 millones de espectadores en Estados Unidos y más de 62 millones fuera del país. Cantó íntegramente en español, incluso cuando muchos hispanohablantes no entendían del todo las letras. No fue sólo música: fue identidad, mercado, provocación y poder cultural condensados en trece minutos.

La reacción no tardó. Donald Trump, fiel a su estilo, explotó en redes sociales. No mencionó el nombre del artista, pero habló de “una cachetada en la cara”. No se trataba únicamente de un show: era la confirmación de una amenaza simbólica para una parte de Estados Unidos que se resiste a aceptar lo que ya es.

Las lecturas políticas, culturales e históricas abundan. Pero quizá la pregunta de fondo es más incómoda: ¿hacia dónde va una sociedad que convierte cada espectáculo masivo en un campo de batalla moral? El mensaje final proyectado en el estadio —“lo único más poderoso que el odio es el amor”— duró lo que dura una pantalla encendida. El conflicto, en cambio, permanece.

Ahí estaba también otra contradicción: en uno de los deportes más asociados a la masculinidad ruda y al contacto violento, el equipo campeón pertenece a una mujer, Jody Allen. Un dato que incomoda narrativas tradicionales y que pasa casi desapercibido frente al estruendo del show y la indignación política.

El Super Bowl se presenta como “final mundial” aunque sólo se juegue en Estados Unidos. Pero el público extranjero es masivo, y el mercado latino crece de manera imparable. Esa es, también, una razón económica —no solo cultural— para la elección del artista. La globalización no pide permiso; factura (diría Shakira). Trump y millones de estadounidenses parecen no entender —o negarse a aceptar— que Bad Bunny no es extranjero: es puertorriqueño y, por tanto, ciudadano estadounidense. Que el español no sea lengua oficial no lo vuelve ajeno. Es idioma cotidiano de millones nacidos en territorios bajo la misma bandera. La hipocresía queda expuesta cuando se recuerda que J Balvin, Enrique Iglesias, Coldplay, U2 o The Rolling Stones cantaron sin problema alguno en otros Super Bowl. La diferencia no fue el origen, sino el idioma. Para ciertos sectores, lo estadounidense no se define por ciudadanía, sino por lengua.

Pero tampoco todo es celebrable. Una de las canciones interpretadas, Safaera, reduce a la mujer a un objeto sexual desde una lógica abiertamente misógina. En un espectáculo de alcance global, consumido por menores de edad, ese mensaje no es irrelevante. Normaliza la degradación mientras se aplaude la transgresión.

Ahí aparece otra grieta: quien pretende encarnar tolerancia y diversidad reproduce, al mismo tiempo, estereotipos violentos. Y el público, entusiasmado, celebra sin matices. La cultura del espectáculo ya no distingue entre ruptura y regresión. El Super Bowl ocurre en un país convulsionado por redadas migratorias, polarización racial y una política que se alimenta del resentimiento. El enojo de Trump no es sólo personal: refleja a millones cuya intransigencia no cede un centímetro, ni siquiera frente a la realidad demográfica.

El futbol americano, además, simboliza otra forma de descomposición: un deporte estratégico y brutal, con índices de lesión muy superiores a otros de contacto, sin pruebas antidopaje, sostenido por cócteles de analgésicos que permiten seguir jugando. El espectáculo exige el cuerpo, aunque lo destruya.

Al final, tras el juego y el show, las divisiones parecen más profundas. Los intentos de unión duran lo mismo que una canción, un mensaje luminoso, una ovación. El espectáculo se apaga. La fractura social permanece. Y quizá eso sea lo más honesto que mostró el Super Bowl: no lo que aspiramos a ser, sino lo que ya somos. (Verónica Malo Guzmán, El Heraldo de México, País, p. 13)

Ruinas del futuro / Trump y la narcopolítica mexicana

Se ha vuelto un lugar común en la opinión pública mexicana sostener que Donald Trump presiona a Claudia Sheinbaum para que entregue a políticos de Morena vinculados con la delincuencia organizada. La idea es que Washington ya no se conforma con detenciones de operadores o “extradiciones” de capos, sino que ha puesto su mirada más arriba, en las redes políticas que le ofrecen protección al “narco”. Así, la Casa Blanca estaría escalando sus objetivos y enviando un mensaje ejemplarizante: no basta con combatir a los “cárteles”, hay que acabar también con las complicidades dentro del propio partido gobernante.

Puede ser, pero tengo para mí que esa lectura resulta problemática en al menos tres sentidos. Primero, porque la prioridad de Trump no es tanto acabar con el contubernio entre el crimen y el poder en México como reducir las muertes por consumo de fentanilo en Estados Unidos. Y eso, según las cifras del CDC (https://shorturl.at/grKoW), ya viene ocurriendo desde finales del 2023.

Segundo, porque dicha lectura estaría sobreestimando el rendimiento en suelo estadounidense de una “cacería” de narcopolíticos mexicanos. A Trump seguro le complace la escena de fuerza, la óptica de estar “doblando” a México, pero es muy improbable que la llegada de alcaldes, legisladores, gobernadores o hasta de algún integrante del gabinete de Sheinbaum a una corte o una cárcel estadounidense influya en los votantes de Alaska, Carolina del Norte, Iowa, Maine, Ohio o Texas -estados donde el trumpismo está flaqueando- de cara a las elecciones intermedias de este año.

Y tercero, porque no hay que confundir lo que podría ser el objetivo de la presión con su aparente blanco. Lo aparente sería la entrega de narcopolíticos, la creación de una vitrina que los exhiba como “presas” del trumpismo. Pero lo realmente útil para Trump -lo que sí puede traducir en ventajas domésticas- son las concesiones concretas, medibles y comunicables en su idioma: más controles migratorios, “coordinación” en seguridad, acceso a recursos naturales, medidas comerciales contra sus adversarios, etc. Una cosa son los trofeos para la foto y otra las facturas que se cobran.

Vista así, tal vez la narcopolítica mexicana sea menos un objetivo en sí mismo que un eficaz punto de presión para lograr una agenda distinta. Para Sheinbaum, abrir esa caja sería muy oneroso: por el riesgo de tocar redes de protección locales y por el costo de fracturar equilibrios más amplios dentro de su propia coalición. Para Trump, en contraste, apretar por ahí tiene una clara ventaja: explotar las ansiedades de Palacio, subir el precio de la renuencia a “cooperar” y volver más factibles otros sacrificios -más costosos para el país, pero más manejables para la presidenta-.

Sheinbaum está cuidando un flanco muy vulnerable para su coalición, Trump lo está explotando pero para cobrar en otras ventanillas. Insisto: quizá en México no estamos queriendo asimilar que la narcopolítica puede no ser el objetivo de la Casa Blanca, sino sólo su palanca. (Carlos Bravo Regidor, El Heraldo de México, País, p. 10)

Bajo Sospecha / El medio tiempo que enfureció a Trump

Justo al terminar el show del medio tiempo en el que actuó Bad Bunny, en el Super Bowl LX, uno de los eventos más importantes y que tiene las mayores audiencias a nivel mundial, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó en su red Truth Social que el espectáculo encabezado por Bad Bunny fue “absolutamente terrible, uno de los peores de la historia” y una “afrenta a la grandeza de Estados Unidos”.

Escribió que nadie entendía una palabra de lo que decía el artista y que el espectáculo no representaba los valores o estándares de éxito, creatividad y excelencia estadounidenses. Trump también dijo que el show no tenía sentido y fue una bofetada para el país.

Lo cierto es que el show de medio tiempo de la edición número 60 del Super Bowl, encabezado por Bad Bunny en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, fue uno de los eventos más impactantes de la historia del espectáculo deportivo.

Lo televisaron cadenas muy importantes como NBC, Peacock, Telemundo, entre otras. El espectáculo batió récords de audiencia de por lo menos 135 millones de espectadores; sin duda, este show de Bad Bunny ha sido uno de los más vistos en la historia del medio tiempo del Super Bowl.

Para que se den una idea, el precio de un anuncio de 30 segundos durante el Super Bowl 2026 alcanzó alrededor de ocho millones de dólares, uno de los montos más altos nunca vistos en la final de la NFL.

Lo acompañaron artistas como Lady Gaga, Ricky Martin y Los Pleneros de la Cresta.

Bad Bunny no cobró un salario tradicional por su actuación, como ocurre históricamente en los halftime shows; en lugar de ello, la NFL y sus patrocinadores cubrieron el costo de producción, estimado en decenas de millones de dólares, y el artista aprovechó la plataforma global para reforzar su marca y su influencia cultural, porque la audiencia es enorme.

ORGULLO LATINO

El show de Bad Bunny estuvo repleto de mensajes de apoyo a la comunidad latina, sobre todo en un momento en el que las políticas de Trump han sido durísimas contra la comunidad latina: políticas migratorias con redadas, detenciones masivas y deportaciones aceleradas. Immigration and Customs Enforcement (ICE) ha intensificado operativos en comunidades, centros de trabajo y cortes migratorias, generando temor entre familias latinas y separaciones, como parte de una estrategia de “tolerancia cero” contra la migración irregular.

Miles de familias latinas han sido separadas por deportaciones aceleradas y operativos constantes de ICE. Padres e hijos han sido detenidos sin previo aviso, mientras el discurso político ha normalizado expresiones de odio. Y es que el racismo está hoy más visible y fuerte que nunca.

El discurso desde la administración Trump ha sido tan duro que, sin duda, ha generado un ambiente de polarización muy fuerte.

Mientras la presentación de Bad Bunny, cargada de símbolos en favor de la comunidad latina, se hizo mayormente en español, un escenario históricamente dominado por el inglés recordó el medio tiempo de Shakira y Jennifer López hace un par de años, pero no fue tan enfocado al mercado latino como éste.

Éste tuvo una estética que representó y reivindicó a la gente más marginada. Su vestuario, inspirado en la moda urbana, desafió los códigos tradicionales del espectáculo estadounidense.

Fue sin duda un show de orgullo latino y de resistencia frente a la discriminación. Y la verdad estuvo muy bien logrado y cumplió con su objetivo. Las alas más conservadoras y duras del actual gobierno de Estados Unidos estaban furiosas, tan es así que hicieron un show de medio tiempo alterno, que se transmitió por redes sociales.

Artistas e influencers sacaron videos para promocionar este show alterno, lo que llamaron un “medio tiempo paralelo”. No fue un espectáculo formal, sino una respuesta política y cultural al show oficial.

A través de redes sociales, transmisiones en línea y eventos privados, criticaron el espectáculo de Bad Bunny y lo presentaron como ajeno a los valores tradicionales de Estados Unidos.

Y así, los seguidores de Make America Great Again (MAGA) trataron de marcar una postura en contra del “latino power” de Bad Bunny.

Movilizaron a su base y trataron de convertir el halftime en un espacio de disputa simbólica. Fue una estrategia de la gente de Trump para usar el evento deportivo más visto del país para reforzar identidad política y cultural frente a una audiencia masiva.

Evidentemente no lo lograron: el show de medio tiempo de Bad Bunny fue vibrante, poderoso y emocionante. Fue una celebración de la música latina que conquistó el escenario más grande del mundo. (Bibiana Belsasso, La Razón, México, p. 14)

Segundo piso / Música contra la redada y el genocidio

Del memorial al asfalto: Springsteen

Si Glass politizó el silencio, Bruce Springsteen eligió el sonido frontal. En el “Invierno del 26”, Minneapolis se volvió escenario de un despliegue federal militarizado de ICE y Homeland Security que detonó resistencia comunitaria y tragedia: los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti. Springsteen respondió con “Streets of Minneapolis”, canción que denuncia a Stephen Miller y Kristi Noem y revierte la retórica: donde el nacionalismo presume el “dawn’s early light”, él ilumina humo, balas de goma y “huellas sangrientas donde debería haber misericordia”; y valida el contrapoder civil: “silbatos y teléfonos” como documentación ciudadana. Grabar al Estado se vuelve defensa de la verdad.

Bad Bunny: “ICE out”, God Bless America y el español como acto político

Ningún escenario revela mejor la disputa por “quién pertenece” que el ritual deportivo más patriótico. Bad Bunny llegó al Super Bowl para hacer sufrir a los republicanos, quienes incluso organizaron un “halftime show” alternativo de folk y solo con artistas blancos. Bad Bunny siempre ha mantenido un discurso político pro derechos, pero quizás lo que más molestó a los conservadores fue un medio tiempo casi todo en español (Lady Gaga bailó salsa, pero cantó en inglés), mientras la administración empuja una campaña de deportaciones sin precedentes y hablar español en la calle se torna peligroso. Bad Bunny terminó el concierto resignificando el tan gringo “God Bless America” para incluir a todo el continente. Orgullo boricua, latinoamericano y migrante. En los Grammys, ya había proclamado: “Antes de agradecerle a Dios, voy a decir: ‘ICE out’… No somos salvajes… Somos humanos y somos americanos”.

Billie Eilish, Rosalía y Gaza: Cuando la neutralidad desaparece

El genocidio en Gaza es la fractura que vuelve imposible fingir neutralidad sin costo. En los Grammys, el grupo de actores, artistas y directores Artists4Ceasefire convirtió la alfombra roja y los discursos en tribuna: el pin de la mano naranja con corazón negro, pensado como humanidad compartida, abrió una guerra de interpretaciones. Billie Eilish voceó el popular “Nadie es ilegal en tierra robada”, que conecta la lucha migrante con la de la población indígena estadounidense; y Rosalía, quien había tenido problemas por no posicionarse en relación al genocidio, da un volantazo y acude, sin anunciarlo, a un concierto de apoyo a Palestina.

Se va formando un marco: la “ventana de overton”

Este activismo no es solo simbólico. En ciencia política se usa el concepto ventana de Overton para describir el rango de posturas que, en un momento dado, una sociedad considera “razonables” o “decibles” en el debate público. Cuando la ventana se mueve, cambian los límites de lo aceptable: lo que ayer era radical hoy puede sonar sensato, y lo que antes se normalizaba empieza a resultar intolerable.

Los datos sugieren movimiento: 60% desaprueba la gestión de ICE; 58% de la clase trabajadora no universitaria rechaza sus tácticas; “Abolir ICE” supera al rechazo (46% vs. 41%); y 84% apoya el derecho a observar y grabar a fuerzas federales. Más que gestos aislados, se consolida un marco: el migrante como vecino, no amenaza; la vigilancia ciudadana como derecho; la memoria común como límite al botín partidista.

El Estado puede conservar presupuestos y control, pero pierde legitimidad cuando la cultura denuncia lo que intenta normalizar. Este activismo no sustituye tribunales ni elecciones: reconfigura el clima moral que vuelve posibles derechos y libertades o intolerables ciertas políticas contra la humanidad. (Luis Castro Obregón, El Financiero, Opinión, p. 27)

Globali… ¿qué? / Bad Bunny vs bad hombres

La batalla entre el poder suave y el poder duro siempre tendrá al mismo ganador: Bad Bunny.

Bad Bunny vs Bad hombres se traduce en la batalla cultural azuzada por el perfil racista del gabinete de los malosos: Stephen Miller, Steve Bannon, Pam Bondi y Kristi Noem. Su jefe, el presidente Trump, al carecer de atributos presidenciales, se aferra al cuarto de máquinas bélicas de su país para impedir que su imagen destile debilidad.

Miller logró convencerlo de que pequeños simulacros de una guerra civil le ayudarían a ser respetado en el interior del país y en el mundo.

En el primer mandato de Donald Trump, Jeff Sessions le ayudó a romper familias de inmigrantes indocumentados encerrando a niños en jaulas, pero no le cumplió con movilizaciones violentas transmitidas por redes sociales. Miller quería más violencia.

Ahora, Trump tiene a Pam Bondi y a Kristi Noem, quienes sin pudor alguno, describieron como terroristas domésticos a Alex Pettri y a Renee Wood, asesinados por agentes del ICE.

Las redadas de ICE en Minneapolis se convirtieron en el peor preámbulo del Super Bowl.

La población latina en Estados Unidos casi se duplicó entre los años 2000 y 2024, pasando de 35.3 millones a 68 millones (Pew Research, 22 de octubre de 2025). Recientemente, alrededor de un tercio de latinos ha dicho que en los últimos seis meses ha considerado abandonar Estados Unidos (Pew Research, 24 de noviembre de 2025).

Tarde o temprano el poder suave le pasaría factura a Donald Trump. Pese a que en los últimos meses asistió a estadios para ver partidos de la NFL, no pudo asistir el domingo pasado por cuestiones culturales. El mapamundi de Bad Bunny o mejor dicho, de Benito Antonio Martínez Ocasio, es territorio no querido por Trump, pero sí deseado por su impulso de control.

Marco Rubio es la otra cara de la moneda. Él ha diseñado la estrategia de política exterior en América Latina y el Caribe. Lo ocurrido en diciembre, es decir, el lanzamiento de la estrategia de seguridad hemisférica, es un claro mensaje del interés que tiene el Secretario de Estado por desactivar las dictaduras venezolana y cubana.

La mayoría de los presidentes de la región son afines a Trump. El hondureño Asfura, y muy pronto el chileno Kast, se unirán a la diplomacia dogmática de Trump.

Cuba se conjuga en pasado. La guerra fría construyó un escenario que no se parece en nada a 2026. Si Fidel Castro negociaba con el PRI un dique de contención, hoy es ridícula la ausencia de autocrítica del régimen represor cubano. Son Raúl Castro y Díaz-Canel los principales responsables de la situación interna de su país. El apoyo de la presidenta Sheinbaum es marginal y no tiene ni el reconocimiento ni el apoyo de la mayoría de los países de la región.

Guerra entre diplomacias dogmáticas: México vs Estados Unidos. (Fausto Pretelin Muñoz de Cote, El Economista, Geopolítica, p. 30)

El privilegio de opinar / Travesura, agresiones y problemas de Trump

Donald Trump no gobierna: improvisa. No administra: provoca. No lidera: hace ruido, como un niño con una olla y una cuchara convencido de que está dirigiendo una sinfónica. Su carrera política ya no se mide en logros, sino en escándalos por minuto. Uno de los últimos –decir el último es muy arriesgado, mientras escribo puede cometer dos o tres. En fin, decía yo que uno de sus últimos escándalos es calificado por sus fans, los tiene aunque usted no lo crea, como travesura.

Travesura suena a niño pintando bigotes en una fotografía, no a un presidente difundiendo imágenes racistas de Barack y Michelle Obama como simios; como si los derechos civiles fueran una moda pasajera, como si el racismo fuera una broma entre amigos Cuando estalló la indignación, aún entre republicanos, el pretexto fue que sólo era humor, la gente se ofende por todo y el inquilino principal de ese manicomio llamado la Casa Blanca no se disculpó porque dice que no cometió ningún error.

Las agresiones no encuentran un eufemismo del cual disfrazarse, porque éstas no son simbólicas sino políticas y reales; como la imposición de medidas extraterritoriales para aniquilar, por falta de petróleo, a Cuba. El bloqueo económico –que ya tiene categoría vintage- fue endurecido por Trump quien, al parecer, percibe a la isla como si fuera un viejo televisor soviético al que le da golpes esperando que cambie de canal.

Mientras tanto, en casa, la brutalidad institucional se normaliza. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) actúa como si fuera una fuerza enemiga y no una agencia federal. Redadas, armas, muertos, miedo. Trump aplaude, desde lejos, con el entusiasmo de quien cree que el caos es sinónimo de autoridad. “Ley y orden”, repite, aunque el orden sea el silencio de los que ya no pueden protestar. Las calles se llenan de manifestantes y el orate anaranjado responde con su recurso favorito: amenazas grandilocuentes. Invocar leyes, enviar fuerzas, aplastar. No dialogar, no explicar, no escuchar. Gobernar, para él, es demostrar quién grita más fuerte.

Lo peor, existen rumores de que el magnate está preparando anular el sistema electoral y contempla el uso de fuerzas armadas para suprimir la oposición. Lo cual sería el acabose en el país que se ha creído policía del mundo y faro de la democracia.

Pero el núcleo del asunto: son los problemas, más gruesos que una Big Mac doble, que tiene el neoyorquino. Para distraer la atención de los ciudadanos en torno a ellos, Trump necesita ruido. Necesita incendios pequeños para que nadie mire el incendio grande: Los papeles de Epstein, una mancha que no sale ni con el detergente mediático más persuasivo. Documentos, nombres, fotos, vuelos, silencios. Cada vez que el tema asoma, casualmente aparece un nuevo escándalo: un insulto viral, una amenaza internacional, una declaración absurda que monopoliza titulares. Es el viejo truco del ilusionista mediocre: “miren esta mano… no miren la otra”.

Y luego está el tema del que nadie quiere hablar en serio, pero que Trump se encarga de poner, involuntariamente, todos los días sobre la mesa: su salud mental. No se trata de estigmatizar, se trata de observar: Discursos erráticos, frases inconclusas, obsesiones repetitivas, paranoia constante, enemigos imaginarios, contradicciones en la misma oración Cada aparición pública es una ruleta rusa verbal. Nadie sabe qué va a decir, ni siquiera él. Su equipo vive en estado permanente de pánico, traduciendo delirios en comunicados oficiales.

Al final, Trump convierte cada agresión en un espectáculo y cada dificultad en una conspiración ajena. Cuando los problemas llaman a la puerta, el susodicho impone el silencio con gritos, insultos y fuegos artificiales de palabras. No aclara, aturde. No explica, acusa. En su manual, el volumen reemplaza al argumento, la furia al dato, la falacia a la evidencia. La realidad, por supuesto, siempre es culpa de otros: jueces, periodistas, migrantes, y, desde el pasado domingo, de Bad Bunny. (Manuel Ajenjo, El Economista, Política y Sociedad, p. 35)

El riesgo autoritario

Durante su primer mandato, la improvisación y la resistencia institucional contuvieron las decisiones de Trump. Ahora el escenario es distinto. El neoyorquino gobierna rodeado de leales cuyo objetivo es remover los “obstáculos” que antes limitaban su agenda ideológica -los contrapesos, el Estado de derecho y los principios constitucionales-. El resultado es claro: Estados Unidos enfrenta hoy la mayor crisis institucional de su historia moderna.

El modelo liberal democrático -basado en libertades, división de poderes y reglas que limitan el poder de una sola persona- lleva años bajo asedio. No solo es atacado desde las dictaduras tradicionales, sino desde un fenómeno más inquietante: las democracias iliberales. Regímenes que llegan al poder por las urnas y luego socavan desde dentro la independencia judicial, la libertad de prensa, la competencia electoral y los derechos de las minorías, escudados en la supuesta defensa de una “mayoría silenciosa”. Dentro del bloque occidental, Trump se ha convertido en la punta de lanza de este modelo que ya lleva años ensayándose en países como México, Turquía o Hungría.

Trump ha lanzado una auténtica cacería de humanos, transformando a ICE en una fuerza represiva. Las redadas en Minnesota han mostrado lo lejos que Trump está dispuesto a ir: cateos sin orden judicial, domicilios allanados, ciudadanos reprimidos, niños detenidos y el asesinato de dos ciudadanos estadounidenses a manos de agentes federales durante esos operativos. Sí, Obama deportó más migrantes, pero eran quienes recién cruzaban o personas con historial criminal. Ahora, con la frontera prácticamente sellada y con el ánimo de seguir deportando, la administración Trump ha optado por ir por personas sin historial criminal (menos del 14 % de los casi 400 000 migrantes arrestados por ICE tenía cargos o condenas por delitos violentos) y que llevan años viviendo en EE. UU. Las imágenes son brutales, agentes enmascarados y armados con equipo propio de un escenario de guerra violentando a las comunidades; no es casual que The Economist haya trazado paralelos entre ICE y cuerpos paramilitares utilizados en dictaduras.

A ello se suman señales de supremacismo blanco: eventos recientes lo comprueban. Trump subió y luego bajó de sus redes sociales un video racista contra los Obama que los mostraba como changos y calificó el espectáculo del Super Bowl de Bad Bunny como una “bofetada” para Estados Unidos. La narrativa impulsada desde el poder busca homogeneizar la identidad nacional y definir quién pertenece y quién no.

Trump ha buscado debilitar los mecanismos de coordinación institucional, acumular funciones en pocas manos y gobernar a golpe de órdenes ejecutivas (pasando por alto al legislativo). Incluso ha intentado borrar el pasado institucional, eliminando archivos y publicaciones oficiales en redes sociales del propio Estado. Esa voluntad de suprimir la memoria pública y reescribir la historia es mucho más común en una dictadura que en una democracia.

El presidente estadounidense también busca proyectar el culto a su persona más allá del cargo. Desde presionar para que espacios emblemáticos como Penn Station -la estación ferroviaria más importante de Estados Unidos- o el aeropuerto internacional de Dulles incorporen su nombre, hasta rebautizar al Kennedy Center -el principal centro cultural de Washington- con su apellido. Cuando un gobernante en funciones busca eternizarse en el espacio público, la erosión institucional ya está avanzada.

Ni siquiera el ámbito económico ha quedado a salvo de esta lógica. Presiones directas al sector privado, condicionamiento de adquisiciones y aranceles discrecionales buscan instaurar una versión estadounidense del capitalismo de Estado chino. Persisten contrapesos que están dando la batalla y la popularidad de Trump no deja de caer. Sin embargo, las alarmas están sonando.

Estados Unidos no es una dictadura. Pero los regímenes no se definen solo por su punto de llegada, sino por la dirección que toman. Y la dirección es clara. (Brenda Estefan, Reforma, Opinión, p. 9)

Cartones

Gol de campo

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(Hernández, La Jornada, Política, p. 13)