No solo las ciudades sedes están preparándose para el Mundial 2026. En Quintana Roo se prevé que, sumada a la temporada alta, arriben más turistas que quieran aprovechar la visita a México por el certamen y visiten otros lugares, como Cancún, Tulum, Cozumel, o la Isla de la Pasión, recién reconocida como la mejor playa del mundo en 2026, en el ranking Travellers’ Choice de TripAdvisor.
El destino fue el indiscutible ganador del ranking y la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama, lo sabe y ha estado en reuniones con autoridades federales, locales y asociaciones para intercambiar puntos de vista, logrando el compromiso de autoridades migratorias y del Grupo Aeroportuario del Sureste (ASUR), de aumentar filtros migratorios y reducir tiempos de espera de equipaje en el Aeropuerto Internacional de Cancún, el segundo con más movimiento de pasajeros del país.
Por otra parte, el Puente Vehicular Nichupté, que une a la ciudad de Cancún con la zona hotelera a través de la laguna, está practicamente concluido, con el 94.2 por ciento de avance. No hay todavía fecha exacta para la inauguración, pero podría ser a más tardar en abril, sino es que el mes que viene, antes de la temporada de verano.
Y aunque no está en la lista, pero tampoco no hay que descartar que reciba más visitantes en el mundial, es Acapulco, por la cercanía con la Ciudad de México por tierra, en donde al menos el emblemático hotel Princess Mundo Imperial, de Juan Antonio Hernández, ya recibió en España, el reconocimiento para ser sede oficial en donde puedan transmitir los partidos del mundial. Si bien nadie hasta ahora ha logrado obtener el sello oficial de la FIFA como destino o sede mundialista, lo cierto es que todos los que están cerca de los tres estadios se preparan para recibir el beneficio colateral de los visitantes que llegarán. (Jeanette Leyva Reus, El Financiero, Economía, p. 6)
LAS POLÍTICAS MIGRATORIA y arancelaria de Estados Unidos han afectado a empresas de acá, pero también de allá. La compañía Gruma en el último trimestre de 2025 reportó una caída de 18 por ciento en su utilidad neta mayoritaria, sumó 126.6 millones de dólares desde 155.4 millones del mismo lapso de 2024, de acuerdo con la revista Expansión. Del otro lado de la frontera también hay afectaciones. El tráfico total de contenedores en el Puerto de Los Ángeles bajó 12 por ciento en enero, según Bloomberg, destacando que tanto las exportaciones como las importaciones han disminuido en comparación con el año anterior. Es la puerta de entrada de productos asiáticos por valor de miles de millones de dólares. (Enrique Galván Ochoa, La Jornada, Política, p. 6)
El bloqueo energético contra Cuba es la expresión más dura de una nueva ofensiva de Estados Unidos en su guerra genocida contra ese país. Al impedir que cualquier nación o empresa vendan hidrocarburos a la isla, Estados Unidos busca romper las cadenas productivas-consuntivas para detonar una crisis múltiple (energética, alimentaria, sanitaria, social) y hacer imposible la vida cotidiana de la población.
Arrastrar a la población a una situación así persigue romper la cohesión entre el pueblo y el gobierno, para avanzar después con acciones desestabilizadoras que lleven a un cambio de régimen. En tanto, Cuba ha logrado su inmunidad militar, que cancela la posibilidad de invasión directa a pesar de la asimetría de fuerzas; para alcanzar sus objetivos, el imperio recurre a las formas más brutales de guerra, que lo exhiben como el heredero más prolífico del colonialismo, el fascismo y el sionismo.
Desde los laboratorios de guerra del Pentágono se difunden falsas noticias de divisiones en el interior de la dirección del país, se aviva la idea de que es imposible vivir sin el capitalismo y se construye la imagen de que basta abrir un diálogo con Estados Unidos para mejorar la situación. Se usa a Venezuela –que tiene a su presidente secuestrado en una cárcel extranjera– como ejemplo de que “basta aflojar un poco” para que “mejore la cosa”. Se repite una y otra vez la idea de que lo único necesario es renunciar al socialismo y que así vendrá la prosperidad del libre mercado.
Basta vivir fuera de Cuba y ver cómo el imperialismo y el mercado operan en los países sometidos para saber que si el proyecto cubano es derrotado, no vendrá una situación mejor, sino que la isla entrará en una situación infernal como la que viven hoy Haití y Gaza. Y aunque esto resulta de fácil comprensión para cualquier persona que viva fuera de la isla, para los cubanos que perciben como “naturales” las conquistas de la revolución (tales como el acceso universal a la salud, alimentación, educación, vivienda, servicios y una paz social sin desapariciones forzadas, feminicidios ni asesinatos masivos), difícil es suponer la crudeza que implica vivir en el capitalismo.
Además, porque constantemente se alimenta desde el exterior la narrativa idílica de la migración, falso relato que omite los sufrimientos diarios, la discriminación y la violencia, tal cual ocurre en México con las versiones edulcoradas que nos llegan de nuestros connacionales en Estados Unidos.
No es la primera vez que Cuba vive una situación así. Ha vivido en constante asedio desde hace 67 años. Además, padeció una crisis muy aguda en los años 90 tras la disolución del bloque soviético. En aquel momento, con el liderazgo de Fidel Castro, la población cubana generó múltiples formas de resistencia creativa para salir de la crisis. Lo logró. El libro Con nuestros propios esfuerzos (disponible en https://goo.su/zEbccj), de la editorial Verde Olivo, da cuenta de la capacidad creativa para enfrentar el llamado Periodo Especial en tiempos de paz.
Sin embargo, la crisis de los 90 dejó fuertes grietas estructurales en lo económico que han impactado la cohesión social. Vale insistir: la relación con la Unión Soviética estuvo marcada por innúmeras tensiones. Poco hicieron los soviéticos para ayudar a Cuba a alcanzar la soberanía tecnológica e industrial. En términos ideológicos influyeron nefastamente, al grado de que la apuesta por la “rectificación de errores y tendencias negativas”, impulsada por Fidel, en parte importante se centró en recuperar la originalidad de la herejía socialista cubana y tomar distancia de los dogmas soviéticos.
El 3 de febrero de 1959, en un acto público en Guantánamo, Fidel Castro exclamo: “Si tuviéramos que estar descalzos 15 años, si tuviéramos que estar descalzos 20 años, lo estamos 20 años, porque los mambises en la Guerra de Independencia (…) pelearon durante 10 años descalzos”. No es una frase bonita, es el acumulado histórico de un pueblo que desde 1868 ha defendido su nación con sus propios esfuerzos.
En la historia más reciente, que viene de la guerra revolucionaria iniciada en 1956, el pueblo cubano ha demostrado capacidad enorme para desafiar al imperialismo y construir una modernidad alternativa socialista basada en comunitarismo, desobediencia tecnológica, planificación, solidaridad e internacionalismo. Continuar por esa vía es la única opción para derrotar la intentona genocida imperial.
Lograr vencer a Estados Unidos es algo que sólo se puede hacer desde el interior de la isla. Pero requiere también de múltiples acciones de solidaridad y apoyo, como las que ya están ocurriendo. Asimismo, se necesita mayor determinación de las naciones para desobedecer al imperio.
La débil esperanza que sostienen los más humildes de lograr vivir en un mundo sin opresiones –pese a todo– sigue siendo alimentada, en parte importante, por el ejemplo cubano. Necesitamos tanto a Cuba, que no podemos quedarnos sin apoyarla.
*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Heredia (Magdiel Sánchez Quiroz, La Jornada, Opinión, p. 12)
Si, como dicen los analistas tradicionales, la política de Estados Unidos es pendular, una cuestión de acción y reacción, sería posible que el próximo ocupante de la Casa Blanca sea una mujer de color, joven y abiertamente de izquierda moderada según los estándares internacionales, aunque extrema para la derecha de ese país.
Alguien como Alexandria Ocasio-Cortez, la juvenil diputada “neoyorrican” (puertorriqueña nacida en Nueva York) que desde su llegada al Congreso en 2019, en un escaño por Nueva York, se convirtió con otras tres jóvenes diputadas de izquierda y con raíces étnicas –somalí, palestina y afroestadounidense– en un equipo, una “escuadra” de debatidoras ágiles, bien preparadas para la era de las redes sociales y políticamente pragmáticas.
Pero la imaginación política se fijó en Ocasio-Cortez, ahora de 36 años y considerada como la heredera del senador Bernie Sanders, ya de 84 años, como el líder visible de la izquierda democrática en el congreso estadounidense y de cara a las elecciones presidenciales de 2028.
Al menos así se han visto las interacciones de Sanders y Ocasio-Cortez, que fue una de las primeras integrantes del grupo Socialistas Democráticos de América (DSA) en llegar al Congreso.
Ocasio, una mujer menuda y atractiva que alguna vez bailó unos pasos de salsa en los pasillos del Congreso, promueve una plataforma que incluye el apoyo a la democracia en el lugar de trabajo, seguro médico universal, universidades públicas gratuitas, garantías de empleo, un nuevo pacto ambientalista y la abolición del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE).
En principio, pues, está en el lado contrario a lo que representan el presidente Donald Trump y sus aliados, ahora en el poder.
Trump es en cierta forma resultado de la reacción contra doctrinas liberales como el libre mercado o las tesis de diversidad, inclusión e igualdad, que ofendieron a la derecha estadounidense y, junto con la elección del primer mandatario afroestadounidense, Barack Obama (2008-2016), no solo llevaron al país a una intensa reacción nacionalista que auspició el triunfo de Trump, en noviembre de 2016, y en alguna medida, la segunda, en 2024.
Los excesos del actual gobierno Trump, reales y percibidos, en especial una política migratoria con fuertes tintes raciales y un uso casi indiscriminado de la fuerza policial, pueden llevar a los votantes estadounidenses a buscar al otro extremo y pronunciarse por una mujer joven, de color, bilingüe y de izquierda democrática, pese a la tradicional animadversión a lo que suene “comunista”.
Ciertamente, parece algo a muy largo plazo, pero la reciente aparición de Ocasio-Cortez en la Conferencia de Seguridad de Múnich y su intervención ahí, aunque vista con una dosis de escepticismo, pareció querer o no un intento de crear credenciales con vistas a una posible campaña presidencial. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 42)
En los mercados solemos pagar caro aquello que no supimos leer a tiempo. En la política internacional ocurre algo parecido: lo que se descarta como ruido termina, muchas veces, siendo el primer trazo de un cambio estructural.
Las declaraciones de alto nivel sobre frontera, seguridad o soberanía rara vez son gestos aislados; funcionan como señales tempranas de un reordenamiento del poder que, con el tiempo, acaba filtrándose en las cadenas de suministro, en los mercados laborales, en la lógica de la inversión y, de forma cada vez más visible, en la movilidad humana.
Para el mundo financiero resulta cómodo leer estos movimientos como coyuntura política, igual que para la gestión pública es tentador tratarlos como simples ajustes de política exterior. Ambas lecturas tranquilizan, pero se quedan cortas.
El poder contemporáneo se ejerce de manera menos estridente y más persistente: se despliega en la forma en que se rediseñan marcos regulatorios, se endurecen accesos y se redistribuyen los riesgos entre territorios y actores que no necesariamente participaron en la decisión original.
No es solo coerción; es una arquitectura que va delimitando, con bastante precisión, qué trayectorias económicas son viables y cuáles empiezan a volverse frágiles.
La frontera es quizá el ejemplo más evidente de este proceso. Hace tiempo que dejó de ser una simple línea entre Estados para convertirse en un dispositivo que organiza flujos de trabajo, filtra poblaciones y termina por reordenar, casi sin decirlo, el costo de las tensiones globales.
Bajo la etiqueta de “control migratorio” se produce, en realidad, un reacomodo regional de presiones: quién absorbe la carga demográfica, quién se convierte en territorio de tránsito y quién termina administrando las consecuencias de decisiones tomadas lejos de su jurisdicción.
Para las empresas con operaciones regionales y para los gobiernos locales, esto no es un debate abstracto: incide en la disponibilidad de mano de obra, en la continuidad operativa de proyectos y en la estabilidad de los entornos donde se invierte.
Conviene, además, corregir una lectura frecuente. La migración no aparece como un problema que surge de la nada, ni como un desorden que deba contenerse con mayor fuerza.
Aparece cuando el diseño del poder vuelve inviable la permanencia: cuando las economías locales se cierran, cuando los mercados laborales se precarizan, cuando las rutas legales se cancelan y el margen para una vida digna se estrecha hasta volverse casi inexistente.
La movilidad humana suele ser el último recurso en un tablero que ha ido cerrando otras salidas. Para quien evalúa riesgos, esto importa porque convierte a la migración en un indicador adelantado de inestabilidad regional, no en un evento aislado que sorprende de pronto.
Este rediseño no se limita al espacio fronterizo. Se cuela en los circuitos económicos, reconfigura cadenas de suministro, altera costos logísticos, tensiona mercados laborales locales y desplaza presiones hacia países que no trazan el mapa, pero que viven con el peso de sus líneas.
México y buena parte de Centroamérica conocen bien este papel de amortiguadores humanos de decisiones geopolíticas ajenas. Para el sector público, la consecuencia es una presión constante sobre servicios, infraestructura y gobernanza local; para el sector privado, un entorno operativo más volátil, con riesgos regulatorios y reputacionales que no siempre aparecen en los modelos tradicionales.
Mirar estos procesos como una sucesión de “crisis” desconectadas impide aprovechar la ventaja de la anticipación. La lectura estratégica exige reconocer patrones: cuándo el cierre regulatorio en un punto del sistema desplaza flujos hacia otro; cuándo la securitización de rutas encarece la operación de sectores enteros; cuándo la restricción de la movilidad termina afectando productividad, rotación laboral y cohesión comunitaria en los territorios donde se asientan proyectos clave.
La utilidad práctica de esta mirada es clara: incorporar la movilidad humana como variable estructural en los análisis de riesgo país y de estabilidad regional, ajustar mapas de vulnerabilidad para proyectos con exposición territorial y asumir que la frontera, hoy, es un factor económico tanto como político.
Antes del fin
Cuando un inversionista aprende a leer estos movimientos como riesgo, cuando una empresa pública incorpora la migración en su mapa de vulnerabilidades y cuando los Estados se detienen a observar el trazo antes de reaccionar al ruido, deja de parecer adivinación y empieza a leerse como patrón: no estamos ante crisis imprevistas, sino ante consecuencias previsibles de un diseño de poder que ya estaba en marcha. (Nadine Cortés, El Financiero, Opinión, p. 27)