Las migraciones entre territorios distintos han estado presentes siempre a lo largo de la historia, y han formado parte de la demografía del planeta. A medida que se han formado ꟷy variadoꟷ los estados-nación, y que su desarrollo económico-social, político, cultural y territorial ha mostrado su desigualdad, los poderosos han creado barreras jurídicas para establecer cuotas de ingreso y legalizarla ꟷcuando se juzga “adecuada” al país receptorꟷ o combatirla y/o reprimirla cuando se evalúa como “perjudicial” para este. Las causas de la migración siempre han sido económicas, pues va en busca de mejores condiciones de vida y por tanto se dirige a lugares con mayores niveles de crecimiento, o huye de la opresión política en los sitios de origen, y en muchas ocasiones del exilio forzado ꟷindividual o de masasꟷ por razones como la guerra o las dictaduras, reales o imaginarias, las “buenas” (hoy: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Oman. Kuwait, Catar, Myanmar, etc.), o las “malas” (Venezuela, Irán, Cuba, etc.) según el posible receptor. Los flujos migratorios ocurren hoy en todas las regiones del mundo, de los países pobres a los “desarrollados”, por lo general con el calificativo de “ilegales” en estos y sometidos a todo tipo de vejaciones y violaciones.
Las políticas estatales de migración suelen estar llenas de contradicciones; el caso mexicano es paradigmático en este sentido. Durante muchos años, las migraciones hacia Estados Unidos de América (EU) han sido constantes, de millones de connacionales, hasta formar la minoría nacional más grande en ese país. La política del actual gobierno de EU, ꟷel padre de su presidente fue también migranteꟷ que se abroga el derecho, no otorgado al ser designado por sus electores, de calificar a las dictaduras, los narcotraficantes, los migrantes como los “buenos” porque se acogen a su patrón, y los “malos” que están fuera de su “moral” racista, clasista, conservadora, xenófoba. Esta política se impuso por la fuerza, mediante amenazas, al gobierno mexicano. Querían su aplicación al pie de la letra y rápido. Pero la mayoría de los migrantes son mexicanos ꟷno venezolanos, ni cubanos, ni suramericanos o de otras partes del mundoꟷ y de democracias liberales ahora tildadas de “dictaduras”, o como “asesinos, delincuentes, enfermos mentales”. Pero al mismo tiempo, se ha reducido el flujo de esos sesenta mil millones de dólares al año que recibía México de remesas y que al decir del expresidente López Obrador “salvaban el país” de la crisis; y para completar el galimatías, México es el mayor socio comercial ꟷde sus trasnacionales aquí y alláꟷ de EU, y la revisión del T-MEC está en marcha.
Los gobiernos de los países hegemónicos del capitalismo, destino de las migraciones por su crecimiento económico, deciden quienes son los “buenos o malos” migrantes, los que les convienen como empresarios, capitalistas, artistas famosos, “cerebros” cuya educación fue pagada por los países pobres y ellos se benefician con su trabajo, etc. En el trato a los “migrantes malos”, calificados por el receptor, en los países “más desarrollados” se suelen violar los derechos humanos, como lo muestran las redadas en curso en EU.
La realidad de este proceso la señalaba un amigo conservador colombiano hace años, cuando ocurría el éxodo inicial de venezolanos porque su gobierno había sido caricaturizado como “malo”: primero llegaron los “buenos” empresarios que traían capital e instalaban empresas; luego llegaron los “buenos” profesionistas que trajeron sus diplomas de estudio y se vinculaban a buenas empresas, y luego llegaron los trabajadores “malos” que buscaban el empleo que no teníamos. Concluyo que llegaron en tercer lugar los trabajadores que se quedaron sin empleo cuando se fueron, primero, los empresarios. Ya habían sido calificados como “malos” y no tenían recursos para migrar. Muchos migrantes siguen siendo conservadores, pues los “progresistas” se mantienen en sus países.
Los “progresismos” son muy mal calificados por los países hegemónicos, a pesar de no haber tocado el capitalismo; de haber buscado solo su “rostro más humano” en su práctica; solo vale para ellos la ultraderecha, el clasismo, el imperio y sus políticas. En nuestros países siempre han tenido un futuro de atraso, explotación aguda, opresión política y beneficio a las trasnacionales. (Emilio Pradilla Cobos – Por México Hoy , El Universal, Opinión, p. A23)
En Estados Unidos, las piezas en el tablero que definirá el proceso electoral que se aproxima se mueven rápidamente.
Por lo pronto, Donald Trump encontró que existe una gran insatisfacción en varios de los renglones que prometió mejorar en la vida diaria de los estadunidenses. En el rubro de la economía, la carestía continúa afectando a millones de hogares. En segundo lugar, la equivocada política migratoria cuyos gigantescos fiascos quedaron plasmados en la muerte, o mejor dicho, en el asesinato de dos ciudadanos estadunidenses que protestaban por la insensatez con la que han actuado las corporaciones pertenecientes al Departamento de Seguridad Interna.
El asunto de la carestía pudiera ser, una vez más, el que determine la dirección del voto en noviembre próximo. Por más que el presidente se empeñe en ocultar la realidad, la mayoría de los productos que el consumidor común adquiere cotidianamente para sobrevivir mantienen un costo elevado, independientemente de que las estadísticas señalen que en los últimos 12 meses, sólo han aumentado 2.4 por ciento. El sentir y el bolsillo del ciudadano común no mienten, la insatisfacción es grande y, ésta sí, va al alza. Hay dos factores más que pudieran albergar un horizonte más pesimista: la guerra con Irán, que provocará un aumento en el costo del petróleo y, por extensión, en la gasolina y en la inflación; y la modificación al plan de salud, cuyo impacto será un aumento en el costo del seguro para millones de personas que dependen del subsidio que gozan derivado del plan conocido como Obamacare.
El otro tema que en las elecciones de medio término pesará en la decisión de los votantes, particularmente los de origen extranjero, y más aún en los de origen latino y asiático, es la forma en que las huestes del Departamento de Seguridad Interna los ha tratado, por no decir despreciado. Lo paradójico es que han sido principalmente los ciudadanos estadunidenses quienes han logrado que Kristi Noem, responsable de ese departamento, fuera depuesta por su promotor y defensor Donald Trump. Su convencimiento no necesariamente provino del ignominioso trato de Noem contra los migrantes, sino por malos manejos del presupuesto de la dependencia a su cargo.
Pero pareciera que la razón de fondo es que, por fin, el presidente se convenció, o lo convencieron, del daño que la señora Noem estaba haciendo a los candidatos del Partido Republicano. Fue evidente que la incomodidad de no pocos miembros de ese partido se debió a la creciente protesta de millones de votantes debido a la atrabiliaria forma en que esa funcionaria conducía la política migratoria. Por ello, ante el peligro de perder votos en las elecciones de noviembre, el presidente decidió removerla de su cargo. Consecuente con sus desastrosos nombramientos, Trump la sustituyó con un personaje cuyo principal mérito es haber sido campeón de lucha libre. Sin comentario.
Otro factor que pudiera tener algún efecto en el proceso electoral es el ataque a Irán y la muerte del ayatollah Ali Jamenei. El sentir general entre la mayoría de los comentaristas políticos en Estados Unidos es el “acierto” de terminar con Jamenei, pero la gran duda es ¿por qué en este momento y cuál será el paso siguiente?
Envalentonado por el golpe a Venezuela que descabezó al gobierno, aunque dejó intacta su estructura, Trump decidió repetir el gambito en Irán. Pero es evidente que no se entienden o se pretende ignorar las diferencias históricas y actuales entre una y otra nación. Una de ellas es la historia de Irán y su potencial militar. El resultado del golpe que, en 1979, con la aquiescencia de Estados Unidos, dio como resultado la herencia de 37 años de un régimen teocrático. Tampoco, ni Trump ni su equipo, aquilataron los fiascos de imponer la “democracia” en Afganistán, Irak y Siria.
Hay un temor generalizado de que Estados Unidos entre nuevamente en un ciclo de guerra cuyo fin es imposible conocer. Lo único claro es su deseo de dejar como herencia un cambio de gobierno en Venezuela, Irán y Cuba, pero sin la responsabilidad de lo que pueda suceder después. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Política, p. 14)
Es una tendencia histórica y normal el que, conforme pasan las generaciones, las dinámicas mundiales se tornan interdependientes, se influyen entre sí y, sobre todo, se condicionan los resultados de corto plazo.
Esto lo podemos comprobar en el proceso de organización para el Campeonato Mundial de Futbol. Los ambientes internos y externos de los países anfitriones, por ejemplo, se ven condicionados e influidos por factores externos como la revisión del Tratado de Comercio México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) o ahora, la muy grave situación desatada por lo que parece –ojalá y no– un nueva y extendida guerra en Medio Oriente.
En el caso específico de México, el enfrentamiento y neutralización del cabecilla más importante de la organización criminal Cártel Jalisco Nueva Generación, el pasado 22 de febrero en Tapalpa, ha colocado a la sucesión en el mando como un aspecto crítico de la Seguridad Pública en varias entidades del país. Reacomodos que, de manera inercial, se presentan en ese tipo de empresas criminales; probables nuevas alianzas regionales y, con ello, un repunte de la violencia armada justo para reelaborar el mapa de influencia de cada organización. En esos términos y con razón, la preocupación que gravita en las autoridades mexicanas, federales y estatales sobre hipotéticas reacciones criminales, tiene evidente justificación.
Como apunté, también coincide cronológicamente, los acercamientos formales e informales, para la revisión del T-MEC. Además de las notorias y públicas presiones de la Casa Blanca sobre México, están las también públicas diferencias entre el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, y el presidente Donald Trump. Esto provoca tensiones adicionales para la organización del Mundial de Futbol. En la semana anterior, la jefa del Departamento de Seguridad, Pamela Bondi, expresó abiertamente que Estados Unidos no se encontraba en condiciones para organizar el campeonato. No es una exageración señalar que la revisión del Tratado será difícil y el resultado, de ninguna manera, puede adelantarse.
Ahora con la grave situación militar, comercial y diplomática, desatada por las acciones propiamente militares que tienen como principales protagonistas a Irán, Israel y Estados Unidos, ha resurgido con fuerza en la agenda de seguridad internacional el antagonismo de los actos terroristas cometidos por personas y organizaciones afines o identificados con Irán. Dada la ubicación geográfica de México con Estados Unidos, teniendo como antecedente las caravanas migratorias procedentes de Centroamérica, también ha surgido como un tema a considerar en las condiciones de seguridad regional. El Mundial de Futbol, eventualmente, se convierte en un auténtico escaparate para captar la atención de los sistemas de seguridad de los tres países sede.
Por lo que hace a la dinámica interna en nuestro país, sobre todo en cuanto a las protestas, movilizaciones y bloqueos en diversas infraestructuras de comunicación (aeropuertos, carreteras, vías de ferrocarril) será un escenario que puede prestarse sin mucha especulación para presionar a los gobiernos estatales y federal, para la obtención de prebendas o ventajas. Por ejemplo, eso ya lo ha hecho la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, pues detuvo el traslado de la presidenta Sheinbaum Pardo para hacer la advertencia de boicotear el mundial, así como distintas organizaciones estudiantiles que se manifestaron en el mismo sentido. Por supuesto que a la gran mayoría de la población nos importa y conviene que la “marca México” salga fortalecida y con proyección internacional. (Javier Oliva Posada, El Sol de México, Análisis, p. 21)
Durante los últimos días, una gran cantidad de personas me han preguntado, una y otra vez, si la fragmentación del CJNG es inminente después del abatimiento de su líder máximo, el pasado 22 de febrero. Se trata de una pregunta relevante. Desde tiempos de Felipe Calderón, varias detenciones o abatimientos cupulares propiciaron grandes olas de violencia que, al no atenderse oportunamente, degeneraron en epidemias de homicidios de larga duración (algunas se prolongaron durante varios años).
Así, los supuestos avances que lograban las autoridades con la decapitación de una mafia regional terminaban por esfumarse dado el altísimo costo social derivado de las largas crisis de violencia. Este fue el caso, por ejemplo, de Los Zetas, La Familia Michoacana o Los Beltrán Leyva, por mencionar algunas de las mafias más relevantes.
Sin embargo, en el caso del CJNG tenemos cuatro factores que sugieren que la probabilidad de una fragmentación inmediata y generalizada de este cártel es relativamente baja, al menos en el corto plazo.
En primer lugar, el CJNG es una organización criminal altamente institucionalizada. Durante la última década y media, el grupo pasó de ser una red armada regional a convertirse en un conglomerado criminal diversificado con presencia nacional y proyección transnacional. Su estructura se asemeja más a una jerarquía corporativa que a una banda improvisada.
El CJNG cuenta con divisiones especializadas encargadas de finanzas, logística, seguridad territorial y rutas internacionales de tráfico. Las organizaciones con este tipo de estructura suelen procesar mejor los golpes a su liderazgo. Cuando el líder desaparece, los mecanismos de sucesión permiten mantener la continuidad.
La institucionalización también genera disciplina interna. Los mandos regionales operan dentro de un sistema que premia la cooperación y castiga la deserción. Para un líder local, separarse de la organización significa exponerse a represalias del propio cártel, al mismo tiempo que enfrenta la presión del Estado y la acechanza de organizaciones rivales.
En segundo lugar, los incentivos económicos para cooperar dentro del CJNG son enormes. A diferencia de cárteles previos que dependían de una sola fuente de ingresos, el CJNG ha diversificado ampliamente su portafolio criminal. Participa en los mercados globales de drogas sintéticas –especialmente metanfetaminas y fentanilo–, pero también obtiene rentas mediante redes de extorsión, robo de combustibles, tráfico de migrantes y otros mercados ilícitos.
Estos mercados generan economías de escala importantes. Las redes logísticas centralizadas, los canales de corrupción y las estructuras de lavado de dinero funcionan como infraestructura compartida para sus operadores regionales. Una vez que alguna facción decide separarse, esta pierde automáticamente el acceso a estas ventajas, y tiene que reconstruirlas por su cuenta. En términos prácticos, escindirse implica costos de transacción elevadísimos para cualquier jefe regional descontento.
En tercer lugar, la presencia de rivales poderosos favorece la unidad en lugar de la división. El CJNG opera en territorios donde siguen activos otros grupos criminales, incluidos grupos asociados al Cártel de Sinaloa, a Cárteles Unidos y al Cártel Santa Rosa de Lima, entre otros. Si el CJNG se fragmentara, estos competidores aprovecharían velozmente los conflictos internos para disputar territorios y fuentes de ingresos. Para los mandos regionales, permanecer dentro de la organización funciona como una forma de seguridad colectiva.
Finalmente, existe un cuarto factor que podría ser particularmente relevante en este momento: la aparente participación de capacidades de inteligencia estadounidenses en la operación que permitió ubicar a El Mencho.
Si los líderes del cártel perciben que tecnologías avanzadas de vigilancia –como drones de alta autonomía y sistemas sofisticados de inteligencia– desempeñaron un papel decisivo en la identificación de su líder, el impacto psicológico podría ser considerable. Enfrentar a un adversario con capacidades tecnológicas superiores suele inducir cautela operativa y desalentar conflictos internos que debiliten la capacidad de defensa de la organización.
Paradójicamente, una amenaza externa poderosa puede tener un efecto cohesionador en el corto plazo. Los liderazgos regionales pueden calcular que mantener la unidad y reducir su visibilidad es la mejor estrategia para sobrevivir una etapa de alta presión por parte de las autoridades mexicanas y estadounidenses.
Sin embargo, esa cohesión podría ser solo coyuntural, pues la misma presión externa que hoy incentiva la unidad podría –bajo ciertas circunstancias– generar el efecto contrario. Si las acciones de las autoridades se vuelven sostenidas y altamente focalizadas –dirigidas solo contra mandos medios y operadores financieros– el equilibrio interno podría romperse. Una campaña prolongada de desmantelamiento de redes financieras, captura de líderes regionales y afectación a las cadenas logísticas podría convencer a algunas facciones de que seguir siendo parte del CJNG es una aventura demasiado incierta y costosa. En este escenario, la fragmentación podría aparecer, más como una estrategia de supervivencia que como una expresión de ambición. (Eduardo Guerrero Gutiérrez, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 45)