¿Dónde está Silvano?
Nos aseguraron ayer que mucha gente ya anda tras la pista del exgobernador de Michoacán, Silvano Aureoles Conejo, de quien nadie sabe dónde anda. Y es que sí urge que se presente ante las autoridades para que responda por las acusaciones que pesan en su contra: nada más por peculado por unos 3 mil 400 millones de pesos y su presunta responsabilidad en la masacre ocurrida en Arantepacua en 2017, señalamientos que, nos dicen, si bien ha negado, queda más embarrado al hacerse el desaparecido. El jueves, el gobernador de esa entidad, Alfredo Ramírez Bedolla y el fiscal local, Carlos Torres Piña, reportaron que hay muchos indicios de que Aureoles se esfumó ayudado, dijeron, por el Cártel Jalisco Nueva Generación. De esto también habló la Presidenta Claudia Sheinbaum, ayer, al confirmar que hay una ficha roja de la Interpol para dar con el político perredista. “Ficha roja quiere decir que participa migración, participa Interpol, para que en cualquier lugar del mundo donde haya colaboración pueda ser detenido”, dijo la mandataria. Pendientes. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)
La ONU vuelve sus “ojos acusadores” a México
México es una país que, como la mayoría de naciones, tiene problemas. Pero presentarlos por la ONU, en un eje de gravedad que los convierte casi en inatacables, parece premeditado. Después del informe sobre desaparecidos que evidenció la falta de fundamentos sobre ineficacia actual, la ONU aparece en escena para señalar el caso de los discapacitados y presentarlos como el summum de la desatención y el olvido. Mientras el mundo se aterroriza por lo que está pasando en Líbano, en Palestina e Irán, y la situación de más de 5 mil migrantes secuestrados en cárceles del norte, etcétera, el organismo internacional vuelve sus ojos acusadores a México, como el verdadero malo de la película.
Escribo esto después de seguir la aplicación diaria de mi restablecimiento por un accidente, que me dio el IMSS, para reunirme con una amiga cuya hija incapacitada recibe apoyo de Bienestar y atención de Pemex, donde trabajaba su padre fallecido. No dudo en los problemas, pero también veo el esfuerzo por solucionarlos ¿Hará lo mismo la ONU con los terribles problemas mundiales? (Tere Gil, La Jornada, Editorial, p. 2)
Un muchacho y su hermana menor esperan en casa, porque la madre ha debido atender una emergencia. Los problemas aparecen de inmediato no por falta de pericia de los chicos para sobrevivir, sino por una infortunada decisión ajena: alguien ha pintado una línea roja alrededor de su casa. Emprenden la huida sin saber propiamente adónde, quizá sí por qué, a bordo de una casa remolque conducida por el novio de su mamá, sólo para atestiguar a primera hora, después de una primera escala para dormir, que la camper ha sido encerrada en círculo escarlata. En el mundo distópico que nos cuenta Ali Smith en su novela Gliff (Nórdica Libros, 2024), tan parecido al nuestro, el gobierno decide quién es verificable y quién no.
Pudiera decirse, con razón, que ya George Orwell nos ha contado sobre estos avatares, otro autor natural de Gran Bretaña. Smith es escocesa y ha instalado su “futuro” apocalíptico en aquellas tierras, pero llama la atención que esta analogía con el presente resulte tan efectiva no sólo para un sitio en particular, sino para otras partes del globo, justo en momentos en que la especie festeja haber logrado el viaje más largo de que se tenga registro con el rodeo a la Luna de días recientes.
Estamos hablando de seres humanos inverificables en Estados Unidos con la campaña antimigratoria que ha desplegado Donald Trump a la par de su política de guerra en Venezuela e Irán. Hablamos de seres humanos inverificables en la Franja de Gaza, donde el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha asumido el papel de autócrata de la región y ordenado la invasión de territorio palestino, la destrucción para acabar con su creación-enemigo, Hamás, y de paso una limpia de musulmanes.
Cuando se habla de “democracias” sobran ejemplos. Pero con la nuestra basta, donde los contendientes no son sólo eso, sino apestados que deben ser marcados con pintura roja como inverificables, enemigos de la patria, traidores del movimiento. Como en Gliff, que, por cierto, es el nombre de un caballo en la novela. (Alfredo Campos Villeda, Milenio, Cultura, p. 23)
La llegada de Roberto Velasco Álvarez a la Secretaría de Relaciones Exteriores representa una transición que combina continuidad técnica con una renovación generacional en la conducción de la política exterior mexicana.
A diferencia de otros nombramientos que han implicado giros abruptos, su designación por parte de la presidenta Sheinbaum, me atrevo a plantear, responde a una lógica de evolución institucional. Velasco no es un actor externo que llega a redefinir la Cancillería, sino un funcionario que ha crecido dentro de ella, acumulando experiencia en los espacios más estratégicos y en los momentos más complejos de la relación internacional de México, particularmente en América del Norte.
Su trayectoria le ha permitido participar directamente en procesos clave como el fortalecimiento del sistema consular, sentar bases para la renegociación del T-MEC, los mecanismos de cooperación en seguridad y los esquemas de diálogo económico con Estados Unidos. Este conocimiento no es menor: en un entorno internacional complejo, la curva de aprendizaje es un factor crítico, y Velasco llega con un dominio previo de los principales expedientes en curso.
Su ratificación en el Senado, respaldada por una mayoría amplia, también refleja un reconocimiento a su perfil técnico. Más allá de la dinámica política, su comparecencia ante los distintos grupos parlamentarios dejó ver una disposición al diálogo que introduce un elemento relevante en su gestión: la apertura institucional y la inclusión de la voz del Senado.
En un contexto donde la política exterior suele percibirse como un ámbito altamente centralizado, su interacción con legisladores de distintas fuerzas políticas envía una señal de interlocución y construcción de consensos, sin que ello implique una ruptura con la línea del Ejecutivo.
Este equilibrio -entre continuidad y apertura- puede convertirse en uno de los rasgos distintivos de su gestión. Por un lado, garantiza estabilidad en la conducción diplomática; por otro, abre espacios para fortalecer la legitimidad institucional de la política exterior.
Velasco asume el cargo en un momento particularmente exigente. La revisión del T-MEC, las tensiones en la relación bilateral con Estados Unidos y los desafíos en materia migratoria y de seguridad colocan a la Cancillería en el centro de la agenda nacional e internacional. En este contexto, su perfil técnico, su oficio político y su experiencia operativa pueden traducirse en una mayor capacidad de respuesta y adaptación de la Cancillería.
Al mismo tiempo, su nombramiento representa la consolidación de una nueva generación de funcionarios públicos, formados en entornos internacionales y con una visión pragmática de la gestión gubernamental. Esta combinación de juventud relativa y experiencia acumulada dentro del aparato institucional le permite posicionarse como un actor capaz de dar continuidad a la política exterior, al tiempo que introduce los ajustes que le dicte la presidenta Claudia Sheinbaum.
Algunos consideran que es un punto de ruptura, para mí, con ex cónsul de México en EUA, la llegada de Roberto Velasco parece marcar una etapa de consolidación: una Cancillería que tendrá un rumbo, al tiempo que incorporará nuevas formas de interlocución y gestión en un entorno global cada vez más complejo. (Jorge Argüelles Victorero, El Heraldo de México, La 2, p. 2)
Una pregunta sin respuesta
La voz le tembló. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Don Tereso Ortiz, fundador de La Casa Guanajuato en Dallas, llegó esta semana como invitado especial al Foro de MexicoEnLaPiel.org. Es uno de los líderes comunitarios mexicanos más reconocidos en Estados Unidos. La Secretaría de Relaciones Exteriores le otorgó el Premio Ohtli, el más alto reconocimiento que México da a quienes sirven a sus connacionales en el exterior.
Durante más de cincuenta años, Don Tereso y La Casa Guanajuato han atendido a cientos de miles de mexicanos en Texas con servicios legales, de salud, educación y apoyo en momentos de crisis.
Hizo ese viaje de veinte horas entre Dallas y Guanajuato más veces de las que puede contar. No era un evento especial. Era su vida. Esta semana comentó algo que quedó en el aire: ¿cuándo voy a poder volver a hacer ese camino como lo hice toda mi vida?
Nadie supo qué decirle.
Lo que escuché en San Diego
El otro invitado especial fue Gerardo Priego, fundador y presidente de la Fundación Impulsa, una de las organizaciones de sociedad civil más activas en México, que desde hace años trabaja en comunidades que el gobierno no alcanza a ver.
Priego habló de algo que los titulares no suelen recoger: la falta de apoyo real a las organizaciones civiles mexicanas, incluyendo las que atienden a familias de desaparecidos. Y habló del informe que sacudió la semana.
La semana pasada estuve en San Diego reuniéndome con migrantes. Una mujer de Sinaloa me dijo: “Yo ya no confío en ningún gobierno. Ni en el de aquí ni en el de allá. Los dos nos abandonaron.”
Tiene un hermano desaparecido desde hace tres años. Ha buscado ayuda en organizaciones civiles y con autoridades en México. Nadie le ha respondido nada concreto. Vive en Estados Unidos con miedo a ICE y no puede regresar a Sinaloa.
En el foro, alguien más recordó algo que también se fue perdiendo: “Recuerdo cuando me paraba en la carretera por una ponchadura y tres carros se detenían a ayudarme a cambiar la llanta. No a asaltarme.”
Las fosas no son historia antigua
El Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU activó un mecanismo que raramente usa y llevó el caso de México ante la Asamblea General con carácter urgente. Más de 6,200 cadáveres y 76,000 restos humanos en fosas clandestinas, la mayoría sin identificar. El Comité advirtió que lo que ocurre en México puede constituir un crimen de lesa humanidad.
La presidenta Sheinbaum respondió quitándole peso al señalamiento. Argumentó que no es un comité de la ONU sino “un comité de expertos vinculado con la ONU” y que los casos analizados son de 2009 a 2017. Lo que no explicó es qué les dice a las familias que siguen buscando hoy.
Las fosas no son historia antigua. Se siguen encontrando.
Del otro lado, lo mismo
Del otro lado de la frontera, el panorama tampoco mejora. El embajador Carlos González Gutiérrez, cónsul general de México en Los Ángeles, reveló que el consulado entrevistó a 929 mexicanos detenidos en centros de ICE.
Más del 50% lleva al menos una década viviendo en Estados Unidos. El 77% no tiene antecedentes penales. Son vecinos, padres, trabajadores con años de vida construida en ese país.
Amnistía Internacional documentó redadas militarizadas y deportaciones sin debido proceso, un patrón que, dice la organización, está normalizando prácticas que antes habrían generado escándalo internacional.
Dos gobiernos. Señalamientos graves de organismos internacionales en la misma semana. Los dos responden igual: restando importancia, corrigiendo la fuente, cambiando el tema.
La sociedad civil no puede esperar
Don Tereso lleva más de cincuenta años haciendo ese camino de veinte horas y hoy no sabe si puede hacerlo. La mujer de Sinaloa lleva tres años buscando a su hermano sin que nadie le responda.
Y Gerardo Priego fue clarísimo: “mientras la sociedad civil no exija, los gobiernos no se moverán. Hay que unirnos y cambiar México.” (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)
CARTONES
Registro automático al Servicio Militar

(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 10)