Opinión Migración 060626

Cartas Políticas / Narco e injerencismo

Luego de estar semanas sumergidos en el caso de Rocha Moya, ahora Los Angeles Times reporta investigaciones contra Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, y Américo Villarreal, gobernador de Tamaulipas, y la supuesta cancelación de sus visas estadounidenses.

Durazo fue secretario de Seguridad de López Obrador, presidente nacional de Morena, secretario particular de Luis Donaldo Colosio y uno de los operadores más cercanos al obradorismo. Villarreal gobierna un estado fronterizo clave, atravesado por el comercio, la migración y la seguridad. Antes de Tamaulipas fue delegado de Morena. Si las acusaciones son ciertas y Estados Unidos avanza con más señalamientos, se esperaría una crisis en el régimen.

La respuesta oficial ha sido previsible. Sheinbaum habla de injerencismo. López Obrador salió desde su retiro a denunciar un plan de Estados Unidos para debilitar a Morena y fortalecer a la oposición. Los gobernadores lo niegan todo, sudan agua bendita y exigen pruebas. La pregunta que domina el debate es si Washington actúa por seguridad o por cálculo político. Quizá el dilema sea falso. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Estados Unidos puede tener investigaciones judiciales reales sobre corrupción, narcotráfico, huachicol o protección política al crimen organizado y, simultáneamente, usar esos expedientes como instrumentos de presión. Puede perseguir delitos y administrar los tiempos de las filtraciones. Puede preocuparse por el fentanilo y utilizar la amenaza penal para condicionar negociaciones comerciales, permisos, cooperación migratoria, extradiciones, energía, aranceles o el tono del Gobierno mexicano. Lo está haciendo en México, pero también en Brasil, Colombia y buena parte del mundo.

México enfrenta la evidencia brutal de su dependencia. Dependemos de Estados Unidos para exportar, atraer inversión, sostener buena parte del empleo manufacturero, contener presiones migratorias y mantener abierta la frontera económica. Importamos la mayor parte del gas natural que consumimos y, si los planes energéticos de la Presidenta no prosperan, México puede pasar de ser un país que exporta petróleo a uno que importa en cinco años.

A esa fragilidad económica y energética se suma una fragilidad política. Morena llegó al poder prometiendo separar al Gobierno del crimen y acabar con la corrupción. No hace falta una intervención militar para condicionar a un país. A veces basta con la amenaza de una investigación y la posibilidad de una detención para que la última palabra sobre quién gobierna un territorio la tenga Estados Unidos y no el pueblo de México.

Por eso el golpe es mayor. No basta con responder que Estados Unidos tiene intereses electorales, que Trump busca votos o que la derecha mexicana se alegra con cada señalamiento. Todo eso puede ser cierto. Pero no contesta la pregunta central: ¿qué hizo y no ahora sino dede hace varios gobiernos el Estado mexicano para impedir que gobernadores, policías, fiscales, aduanas, campañas y estructuras partidistas fueran capturadas por intereses criminales?

Tampoco basta invocar la soberanía y la defensa de la patria. Claro que Estados Unidos está siendo injerencista en México. Eso puede ser cierto, tanto como que en México las instituciones han sido incapaces de investigar, sancionar y limpiar la vida pública, dejando a millones bajo gobiernos con relaciones con el crimen organizado.

Lo trágico del momento es que cualquiera de las lecturas posibles resulta devastadora. Si las acusaciones son falsas o exageradas, México tiene una élite política vulnerable al chantaje de Estados Unidos. Si son ciertas, México tiene una élite penetrada por el crimen organizado. Y si ambas cosas conviven, como suele ocurrir, el país está atrapado entre los intereses del narco y de Washington. Un escenario en el que los políticos no rinden cuentas a sus electores, en donde su permanencia no depende de su desempeño, sino de expedientes que se abren al son del vecino del norte o del dinero que ofrece el crimen organizado…

Ésa es la verdad de la economía número dos en América Latina y quince del mundo, país de la región más próspera del mundo, del club de los países ricos, coanfitriona de un Mundial de futbol y principal socio comercial del país más rico del mundo. (Pedro Sánchez Rodríguez, La Razón, LA DOS, p. 2)

Remesas históricas pese a Trump

Don Refugio construye su casa, ladrillo por ladrillo, desde Carolina del Norte. Refugio Martínez tiene 51 años y trabaja en construcción en Charlotte, Carolina del Norte. Desde hace ocho años levanta, a distancia, una casa en su pueblo de Pénjamo, Guanajuato.

Manda lo que puede cuando puede: a veces para una losa, a veces para las ventanas, a veces solo para que el albañil siga avanzando. Este año pensó en parar. El impuesto nuevo, las redadas, el ambiente tenso lo hicieron dudar. Pero siguió mandando. “Ya nada más me falta el techo”, me dijo por teléfono, con esa mezcla de cansancio y orgullo que conozco bien. Refugio es uno de los millones de connacionales detrás del mejor primer trimestre de remesas que México ha registrado en su historia.

El número récord que Banxico publicó en mayo. El Banco de México confirmó el 4 de mayo que entre enero y marzo de 2026, México recibió 14 mil 456.5 millones de dólares en remesas familiares, la cifra más alta para cualquier primer trimestre desde que el Banco de México comenzó este registro en 1995. Solo en marzo llegaron cinco mil 394.2 millones de dólares, otro récord para ese mes. Al cerrar abril, el acumulado del año sumó 19 mil 676 millones de dólares, también máximo histórico para los primeros cuatro meses.

Cada envío, además, llegó con más fuerza. El monto promedio por transferencia subió a 401 dólares, 5.2 por ciento más que el año anterior. Gabriela Siller, directora de análisis económico del Banco Base, lo describió así: “Las remesas rebotaron fuertemente en marzo. Es máximo histórico al comparar contra marzo de otros años.”

El impuesto del 1% que Trump aprobó y lo que realmente significa. En julio de 2025, Donald Trump firmó un impuesto del 1 por ciento sobre las remesas enviadas en efectivo, giros postales y cheques de caja. ¿Qué significa en la práctica? Muy poco para la mayoría. El 99 por ciento de las remesas a México se hacen hoy por transferencia electrónica, según Banco de México, y el impuesto solo aplica a los envíos en efectivo. El 84 por ciento de los migrantes mexicanos tienen cuenta bancaria, según el CEMLA, y pueden evitarlo por completo usando canales digitales.

Eso sí, no es un gesto inofensivo. Es la primera vez que el gobierno federal de Estados Unidos grava directamente las transferencias de migrantes, y rompe el acuerdo bilateral contra la doble tributación firmado en 1994. El Comité Conjunto de Tributación del Congreso estadounidense estima que recaudará 10 mil millones de dólares entre 2026 y 2034. Como tres de cada diez remesas desde Estados Unidos van a México, nuestros connacionales podrían pagar alrededor de 3 mil millones de dólares en ese período.

Siguen mandando aunque los están deportando. El contexto en que se logró este récord es lo que más me llama la atención. Desde la Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior, que coordiné en la administración del presidente Fox, luchamos por bajar el costo de los envíos negociando con bancos, uniones de crédito y empresas remesadoras. Conozco el peso que carga cada uno de esos dólares. Desde que Trump regresó a la Casa Blanca, México ha recibido 189 mil 830 connacionales repatriados. Las redadas son semanales. El miedo en las comunidades es real. Y el dinero siguió llegando.

El cardenal Óscar Andrés Rodríguez, en una misa en Tegucigalpa en enero pasado, dijo algo que aplica igual a los mexicanos: “Esas remesas llegan marcadas por el dolor, por la angustia, por el sufrimiento, y debemos apreciarlas.” Cada uno de esos 401 dólares promedio que llegaron a México este año salió de una jornada larga, de un turno que nadie más quiso, de una familia que lleva años sin verse porque cruzar la frontera ya no es opción.

El 16 de junio y lo que México debería hacer. El próximo 16 de junio se celebra el Día Internacional de las Remesas Familiares, establecido por la ONU para reconocer la contribución de los migrantes al desarrollo de sus países de origen. México recibirá ese reconocimiento mientras millones de familias siguen viviendo de ese dinero en Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Oaxaca y decenas de estados más.

Falta que alguien en el gobierno responda con claridad: ¿qué hace México por los que mandan ese dinero? Nuestros connacionales sostienen a millones de familias y a la economía de estados enteros, y a cambio reciben discursos el 16 de junio. Merecen representación política real y mecanismos de protección que funcionen durante todo el año.

Refugio Martínez terminará su casa en Pénjamo este año, le falta solo el techo. Ese récord histórico de remesas se construyó con su trabajo y el de millones como él. La fuerza de México está en su gente. Ya es hora de que México lo demuestre. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

El Mundial y mis rodillas

Hubo un momento -tendría unos 12 años- cuando me miré las rodillas y no las tenía ensangrentadas o llenas de costras moradas. Ese día dejé de ser niño. Algo era distinto. Había pasado ya el Mundial de México en 1970 -donde Brasil derrotó 4 a 1 a Italia en la final con un primer golazo de cabeza de Pelé- y la fiebre futbolera se disipaba. Los partidos de futbol con mis amigos, en la calle y en rocosos terrenos baldíos, ya no culminaban con empolvados chorros de sangre en las rodillas. Había perdido el hambre. Ahí lo supe: nunca sería como el goleador Enrique Borja, mi héroe en las canchas. Nada me hacía más feliz que mis amigos me llamaran “Borjita Ramos” luego de meter un gol. Pero el sueño de jugar futbol profesional se me había ido de las piernas.

Los Mundiales -como el que está a punto de comenzar en México, Estados Unidos y Canadá- cambian vidas. Detrás de las pantallas de celulares, laptops y televisión, hay ojos infantiles que se imaginan lo imposible; venir desde abajo y representar a su país en el torneo más importante del planeta. Ya sé que estamos en guerra y que hay broncas por todos lados, pero el Mundial, al mismo tiempo, nos adormece y nos llena de entusiasmo. ¡Bienvenido sea!

Mi plan es ver la mayor cantidad de partidos posible. Aunque está claro que el futbol ha dejado de ser el juego de la gente, al menos en lo que al precio de los boletos se refiere. Una rápida búsqueda en IA me dice que, según la FIFA, el boleto más caro para la final en Nueva Jersey el 19 de julio cuesta 32,970 dólares. Y el más barato cuando la selección de Estados Unidos debute contra Paraguay el 12 de junio en California está a 1,120 dólares, sin considerar los incrementos de la reventa.

Más allá de los precios de los boletos, Donald Trump nos puede echar a perder el Mundial. Basta con que envíe a su policía migratoria (ICE) a la entrada de los estadios para asustar por igual a turistas y a inmigrantes. Espero que su ego, tan bien pulido, prefiera la reputación de una fiesta en paz que un montón de arrestos con el único propósito de causar miedo.

Oigo por las calles el eterno debate sobre si, por fin, Estados Unidos se convertirá en un país futbolero. Algunos me aseguran que ya lo es, solo porque aquí se transmiten los partidos de las ligas de soccer más importantes del mundo. Pero algo no acaba de cuajar.

Es verdad que Lionel Messi juega con el Inter Miami (y no en el Inter de Milán), pero igual nos vendieron el cuento de que Estados Unidos se convertiría en una potencia futbolera con la llegada de Pelé al Cosmos de Nueva York en 1975… y no pasó nada. O muy poco. La selección nacional femenil ha ganado más torneos que la masculina. Pero no hay ese “camino a la gloria” (y a los dólares) del que habló el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y que está reservado solo para los jugadores de futbol americano, beisbol y basquetbol.

Si tuviera que escoger uno de los tres países sede para ver el Mundial me iría a México. Y no porque la selección de Irán lo prefirió -los iraníes dormirán en Tijuana para evitar las protestas de noche en Estados Unidos-, sino porque los mexicanos somos los maestros de la fiesta. “Entre nosotros la fiesta es una explosión, un estallido”, escribió Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”. “No hay nada más alegre que una fiesta mexicana… pero también no hay nada más triste”.

Cierto, no sabemos si los manifestantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) dejarán que miles de mexicanos que no pudieron pagar por un boleto en el estadio puedan ir al Fan Fest en el Zócalo, o si los tres gobernadores de Morena supuestamente investigados por Estados Unidos van a estar en plan de festejar, pero la tristeza nos caerá como chahuistle luego del Mundial cuando nos demos cuenta de que la inseguridad y los narcocárteles siguen ahí. Todo igual, solo un Mundial después.

Nunca pude jugar en un Mundial pero como periodista me ha tocado cubrir cinco. Y esta vez quiero ver la mayoría de los 104 partidos. La única pausa será los sábados por la mañana cuando me reúno a jugar una cascarita con mis amigos, una tradición que hemos mantenido durante más de tres décadas.

Las rodillas ya no me sangran, sin embargo, extraño enormemente cuando lo hacían. (Jorge Ramos, Reforma, Opinión, p. 8)

Sube y baja

María del Sol Argüelles, Directora del Museo de Arte Moderno

La titular del MAM presentó la muestra “La Colección. Redes y trayectorias del arte mexicano, 1910-1950”, conformada por más de 100 piezas y que muestra la excelencia del arte mexicano. Una exposición que debe visitarse porque en ella está la grandeza del país.

Donald Trump, Presidente de Estados Unidos

El mandatario estadounidense se apuntó una victoria en su política antiinmigrante, al lograr que el Senado le diera visto bueno a un presupuesto por más de 70 mil millones de dólares para mantener vigentes, hasta enero del 2029, las redadas y operaciones del personal de migración. (Sube y baja, La Crónica de Hoy, La Dos, p. 2)

CARTONES

El corazón del inmigrante

Cartón 060626

(Boligan, El Universal, Opinión, p. A14)