Lazzeri: entre las amenazas de Trump y fomento a inversiones.
Roberto Lazzeri, el nuevo Embajador de México en Estados Unidos viajará este domingo a Washington acompañando a Marcelo Ebrard, Secretario de Economía y a su equipo para participar en la 2a ronda de negociaciones del T-MEC que inicia formalmente el 17 de junio.
Lazzeri enfrenta una compleja relación con el gobierno de Trump quien el miércoles nuevamente amenazó con retirarse del T-MEC y criticó tanto a México como a Canadá. Y Canadá afirmó ayer que quiere acuerdos bilaterales que serían adicionales al T-MEC.
La estrategia de Lazzeri será mantener la cabeza fría. Sus prioridades son en primer lugar las negociaciones del T-MEC que debe continuar bajo el principio de que es una relación de iguales, que beneficia a los tres países y unir fuerzas con las empresas de otros países que desean que el tratado continúe.
Además, en la cuestión migratoria, Lazzeri aseguró que se modernizarán los consulados mexicanos en Estados Unidos para mejorar la atención a los connacionales. Sobre las acusaciones en contra de Rubén Rocha y coacusados señala como Sheinbaum que Estados Unidos debe presentar pruebas.
Y en tercer lugar está la promoción de México para atraer más inversiones. (Maricarmen Cortés, 24 Horas, Negocios, p. 15)
El Mundial de Futbol 2026 comenzó y, al menos, durante la mañana y tarde del 11 de junio, los problemas de fronteras y nacionalidades se olvidaron porque se recordó que la pasión por el balón supera fronteras.
Dentro de la Fan Zone que se instaló en el Zócalo de Puebla y a los alrededores, mujeres y hombres de diferentes nacionalidades se olvidaron de su lugar de origen y se unieron con el objetivo de apoyar a un país que les abrió las puertas para trabajar, estudiar y hasta para formar una familia.
Rui Machalele, quien nació en África, aseguró que ya adquirió la nacionalidad mexicana; además, en este país, se enamoró, conoció al amor de su vida y se convirtió en padre, por lo que, está agradecido.
Machalele destacó la importancia de superar las fronteras y de que todas las personas se unan en torno al futbol, un deporte que permite despertar la ilusión y, al mismo tiempo, superar las barreras.
Parafraseando a Chávela Vargas, los mexicanos y, los habitantes del mundo, nacen donde quieren, ante lo cual, las barreras establecidas por el lugar de nacimiento de una persona deben superarse.
Mateo Haus, aficionado de Alemania, explicó que se encuentra en México por segunda ocasión y expresó que le sorprende la pasión con la que en Puebla se siguió la inauguración del Mundial.
Aseguró que en su país, sus compatriotas apoyan a su selección; sin embargo, en el Zócalo de Puebla se desbordó la pasión y el partido del combinado que dirige Javier “El Vasco” Aguirre, se convirtió en una fiesta.
Por su parte, turistas brasileños coincidieron en que los partidos de futbol, más allá, de enfrentar a dos equipos, son espacios para que la población se una y deje atrás las diferencias y las nacionalidades.
Los cariocas recuerdan que en los Mundiales de 1970 y de 1986, México expresó su respaldo a la selección de Brasil, por ello, cada que juega el combinado azteca, se establece una conexión de apoyo.
En conclusión, el Mundial de Futbol 2026 no puede ser una barrera para dejar de analizar los problemas de movilidad, sino un camino para establecer nuevas relaciones y para recordar que el respeto a los derechos es una prioridad sin que importe el lugar de nacimiento de la persona. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Opinión, Online)
Tengo el ligero presentimiento de que el Mundial de futbol 2026 a realizarse en EU, Canadá y México no será sólo un evento deportivo más, sino un acontecimiento político, ideológico y, quizá, hasta bélico, teniendo como marco de referencia los bombardeos que EU sigue lanzando a Irán.
Si bien, lo tradicional ha sido siempre separar el futbol de la política, el propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, con muy poca sensibilidad, mezcló ambos ámbitos al otorgar el inexistente Premio de la Paz al presidente Trump, el pasado 5 de diciembre, por sus “acciones excepcionales y extraordinarias” para promover la paz y la unidad a nivel Mundial. Me imagino como se sentirían muchos países al oír tales falacias.
No contento con eso, Infantino dijo, a solo un día de iniciar la competencia, que ésta será la justa más inclusiva, tan solo por el hecho de albergar a 48 selecciones, en lugar de las 32, pero sin referirse a la negativa de EU a recibir a los Iraníes en su territorio, tan sólo por provenir de un país enemigo. Tampoco contestó las críticas sobre éste, que será el Mundial más caro de la historia, en términos de entradas, hospedajes y transporte. Para rematar, indicó que el futbol hará olvidar los problemas de la gente por un rato y que, sin Trump, eso no hubiera sido posible.
Me parece que Infantino no sólo ha mezclado el futbol con la política, sino que ahora va trumpiando por la vida, al crear su propia realidad, sin escuchar críticas, ni conversar con los medios en más de tres años. Si bien su español es fluido, su razonamiento es puramente hueco, al privilegiar las enormes ganancias por sobre las cuestiones futbolísticas y sociales. El Mundial -en mi opinión- no dejará nada bueno para ningún país organizador, ni sus sociedades, aunque sí para las empresas participantes. Y ya vimos el primer avance hoy: los primeros comerciales a la mitad de cada tiempo.
Si la idea original era que los tres países organizaran conjuntamente este Mundial de futbol, como muestra de la amistad de los pueblos, las buenas relaciones entre los gobiernos y la nueva relación de socios comerciales, la llegada de Trump al poder, en enero de 2025, y sus locuras de gobierno, han alterado tales propósitos, si consideramos las ofensas, chantajes y amenazas que el magnate ha lanzado a sus socios, que más parecen provenir de un enemigo.
En el caso de Canadá, Trump no sólo ha practicado, intensificado y vulgarizado un acoso histórico contra ese país, al que considera que el desarrollo logrado ha sido gracias a la vecindad de EU, en virtud de que sus principales ciudades se hayan pegadas a la frontera común. Ello tiene sentido para entender la propuesta indecorosa de Trump de convertirse en el estado 51 de la Unión.
Más graves han sido las amenazas y chantajes que Trump ha realizado a México, que un día impone aranceles, otro los quita; un día amenaza con invadir, al otro reconoce los esfuerzos de la presidenta Claudia; un día cierra la frontera y al otro la militariza y al siguiente la maldice como la causa de todos sus males. Un día detiene cargas de fentanilo, al otro sus empresas farmacéuticas lo recetan a millones de enfermos; un día odia las drogas, otro se da cuenta que en cerca de 40 estados de la unión las han legalizado para uso recreativo. A pesar de todo eso, México ha mantenido una actitud digna, donde el centro de su defensa hacia el imperio ha sido la soberanía, esa señora orgullosa y altiva que se niega una y otra vez a ser ultrajada.
Sin embargo, el caso de EU me parece el más delicado de los tres, ya que el ambiente interno es más que polarizante, tirando al odio racista y el clasismo que profesan los republicanos, MAGA y Trump hacia las minorías raciales, especialmente latinos y afroamericanos. Paradójicamente, serán los latinos y, en menor medida los afroamericanos, los que abarrotarán los estadios, si consideramos que la mayoría de las once sedes son estados con alta concentración de migrantes, sin contar a los visitantes de todo el mundo, que se convertirán en migrantes temporales. Otra vez la migración siendo factor determinante en EU, pues no hay que olvidar que otra aportación de los latinos ha sido y es el futbol; por ellos existe ese deporte en ese país y, por ende, se realiza el Mundial del 2026.
Y precisamente ahí está el mayor reto de EU para el Mundial: con tantos enemigos como ha creado Trump a lo interno y por el mundo, por sus amenazas, guerras y chantajes, ¿cómo evitar el ingreso de sospechosos terroristas? Es más, ¿qué hacer con los enemigos que ya viven dentro de su territorio? ¿cómo evitar las protestas y los disturbios?
Esa será una gran prueba para Trump y sus halcones y para un gobierno que vive sus peores índices de aprobación. En gran medida -y esto no lo sabe Trump-, el Mundial de futbol será también un factor clave con miras a las elecciones intermedias de noviembre, ya que puede aumentar el descontento social que existe en la sociedad estadounidense, donde quizá el grito de batalla sea ahora “No Kings in futbol”.
Así, los tres amigos -Trump, Claudia y Mark- fingirán sonrisas, besos y abrazos en una hipotética ceremonia de inauguración, donde cada uno piensa en cómo ganar la guerra de las patadas: Trump, en caso de llegar a la final, usará soldados disfrazados de futbolistas, bien armados, para destruir a su contrario. Claudia sueña con ganar la copa por primera vez, con una selección con cabeza fría y piernas calientes, que rompan por fin la maldición del quinto partido. Mientras, Mark, vestido de rojo y escudo con la hoja de maple al centro, piensa en una probable final contra Trump y sus halcones, a fin de patearles el trasero.
Que empiece la guerra de las patadas, donde verdes, rojos y azules se darán hasta por debajo de la lengua, especialmente de la lengua de Trump. (Mario Alberto Puga, El Universal, Opinión, Online)
Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi abuelita es verla juntar sílabas en voz alta mientras hacía su tarea. Tenía más de 60 años cuando se inscribió en la escuela nocturna. De niña, cuando tomábamos el transporte en Ciudad de México, ella me pedía ayuda sin revelar su secreto: “Hija, me avisas cuando venga el micro de la cartulina verde” o “dime cuando lleguemos a la imagen del caballito para bajarnos”. Por años ignoré que no sabía leer ni escribir, así que me sentí muy orgullosa de ella cuando se inscribió en la escuela de adultos, sin saber que décadas después el destino me sentaría en un pupitre similar.
Hace cinco años, en mayo de 2021, mi esposo y yo aterrizamos en Winnipeg, Manitoba. Al pisar suelo canadiense, me convertí en un espejo de mi abuela: una mujer buscando señales para no perderse en el mapa de una nueva geografía.
Para una periodista que ha hecho del habla su modo de vida, el silencio forzado de la migración fue una helada bofetada. Mudarse de país es, en muchos sentidos, una regresión intelectual. De pronto el lenguaje que antes era mi herramienta más afilada se volvió un muro. Me descubrí ‘mordiendo el rebozo’, escondiéndome detrás de mi esposo avergonzada por un inglés básico que no le hacía justicia a mis pensamientos.
Como el octavo puerto de llegada más importante del mundo, Canadá acoge a unos 8 millones de forasteros. En contraparte, casi el 8 por ciento de los mexicanos vive fuera de su tierra, conformando la mayor diáspora de América Latina.
A mi, la migración me regresó a la vulnerabilidad de la infancia. De niña, aprendí a caminar agarrada de un globo, con una inocencia confiada que sorprendió a mi madre. A mis 42 años, ‘mi globo’ en Canadá fue mi esposo: aprendí a andar en un país nuevo aferrada a él para cosas tan sencillas como ir al súper o hacer una cita con el médico.
Durante tres de los cinco años que tenemos fuera de México, mi esposo fue mi intérprete mientras yo balbuceaba mis primeras frases completas. Eso, hasta que el comedor de nuestra casa se convirtió en el testigo mudo de mi primera conquista canadiense. Deseaba tanto ese mueble que mi marido me orilló a negociar la entrega y el pago a solas con el vendedor. Durante meses me resistí a hablar en inglés en público. Cuando salí de la tienda, exhausta pero triunfante, él me miró sonriendo y me dijo: “Ya ves que ya puedes hablar en inglés”. Ese día solté el globo por primera vez y comencé a confiar un poco en mi habilidad para defenderme en un idioma ajeno.
Al obtener la residencia permanente en Canadá, hace un año, llegó la oportunidad de tomar clases de inglés y, a mis 47 años volví a la escuela y, como la sangre de mi abuela Rosita corre con fuerza por mis venas, a los 48 años obtuve mi primera certificación en el idioma y, lo más importante, me gané el derecho de llamarme a mí misma migrante.
Y es que, a diferencia de la mayoría de los expatriados, yo no llegué a buscar empleo a Canadá porque emigré como ‘nómada digital’, manteniendo mi trabajo a distancia en El Financiero. Por eso, durante mucho tiempo me sentí una impostora de la migración.
Conviviendo con diversos migrantes noté que había historias que contar. Para muchos, Canadá no era su primera batalla. Por ejemplo, una pareja de colombianos intentaba salir a flote tras fracasar en su intento de permanecer en Australia; otra amiga cubana venía de vivir en Israel con su esposo, un judio cuya carrera no despuntó debido a su imposibilidad para hablar hebrero; o la historia de una venezolana, que antes había intentado establecerse en Miami y que ahora comenzaba a acostumbrarse al frío de Winnipeg.
Hoy se estima que alrededor de 310 millones de personas viven fuera de su país de nacimiento y para mí, las historias de cómo salieron, a dónde llegaron y cómo se reconstruyeron merecen ser contadas. Por eso nace este espacio: para romper, a través de la palabra, ese silencio forzado que la migración nos impone. Porque migrar es aprender a hablar de nuevo desde la vulnerabilidad, y contar nuestras odiseas es la prueba de que, aunque el destierro nos quite la voz por un tiempo, la palabra siempre encuentra la forma de volver a casa. (Karla Rodríguez, El Financiero, Opinión, p. 34)