La Cámara de Representantes de Estados Unidos comenzó a discutir el presupuesto 2027 del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), una iniciativa que fortalece la infraestructura de control migratorio y fronterizo. El proyecto asigna más de 17 mil 400 millones de dólares a la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) y más de 10 mil millones a la agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), además de ordenar que todos los migrantes sujetos a procedimientos migratorios fuera de detención permanezcan bajo monitoreo GPS. Para México, destaca la prohibición de crear nuevas cuotas para peatones, ciclistas o automovilistas que crucen la frontera terrestre. (A la Sombra, El Sol de México, República, p. 2)
Antes de abordar la correlación entre la política migratoria y la fiebre futbolera en la Unión Americana, me permito hacer una observación a mi columna Desde el Otro Lado en torno a un tema que escapó a su publicación.
El domingo pasado sucedió un penoso incidente durante la entrevista que Kristen Welker, conductora del popular programa semanal Meet The Press, hizo al presidente Donald Trump.
En forma comedida, Walker indicó al presidente que no tenía pruebas de que las elecciones en California estaban arregladas. Trump contestó en forma grosera “usted, al igual que la prensa y Meet The Press son deshonestos y corruptos”. Con el profesionalismo que la caracteriza, Walker respondió “para ser justos, yo no soy corrupta”. El presidente replicó con otra serie de adjetivos en contra de la periodista y los medios en general, se paró, y sorpresivamente dio por terminada la entrevista en forma igualmente grosera. Como era de esperarse, el hecho se comentó en los medios más destacados como uno más de los ataques y dislates del presidente en contra de la prensa que no le aplaude.
Paso ahora a las vicisitudes del campeonato mundial de futbol que desafortunadamente no escapa a las difíciles condiciones que enfrentan los aficionados que residen en Estados Unidos, originarios de otras latitudes, particularmente Latinoamérica, África y Asia, en su intento de expresar su alborozo cuando tratan de estar cerca de las selecciones de sus países.
Las principales sedes mundialistas en Estados Unidos son: Atlanta, Boston, Dallas, Houston, Kansas City, Los Ángeles, Miami, Nueva York/New Jersey, Philadelphia, el área de la bahía de San Francisco, y Seattle. A lo largo de este año y el anterior, en la mayoría de estas ciudades el brazo armado del señor Stephen Miller, ICE, ha efectuado con espectacularidad, bombo y platillos, una cacería de todo aquel que parezca provenir de alguno de los continentes mencionados.
Las autoridades de esa dependencia han expresado a la FIFA que no habrá razias masivas durante las semanas que transcurra el mundial. A pesar de ello, diversas organizaciones de derechos humanos han recomendado a la población migrante tener precauciones cuando celebren o se dirijan a los estadios en los que se efectuarán los juegos, tomando en consideración la relativa independencia y arbitrariedad con las que las huestes del señor Miller suelen proceder. (La burra no era desconfiada, la volvieron).
El profesor de la Universidad de Syracuse, Austin Kocher, publicó en la página Substack una estadística reciente sobre el número aproximado de arrestos, muchos de ellos sin antecedentes penales, del ICE en varias ciudades que son sedes mundialistas:
Dallas: 40 mil 100 arrestos
Miami: 38 mil 500 arrestos.
Houston: 36 mil 700 detenciones.
Atlanta: 25 mil arrestos en su jurisdicción.
Los Ángeles: 23 mil 200 detenciones.
Nueva York (incluye New Jersey): 17 mil 600 arrestos.
Boston: 16 mil 300 detenciones.
Philadelphia: 10 mil 300 arrestos.
San Francisco: 9 mil 100 detenciones.
Seattle: 7 mil 500 arrestos.
No se trata de ser alarmista ni aguafiestas, pero son estadísticas que no se pueden ocultar con goles.
Una situación vergonzosa que aparentemente el señor Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ha ignorado es la negativa del gobierno estadunidense a otorgar el visado a la delegación iraní hasta un día antes de que inicie su presentación.
En ese mismo contexto se negó el visado a uno de los más reconocidos árbitros en el mundo de nacionalidad somalí por su supuesta asociación con terroristas.
Hagamos un paréntesis en este mundo convulsionado para apoyar a nuestra selección mexicana de futbol, y con ella a los millones para los que su triunfo es un respiro a las vicisitudes cotidianas. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Política, p. 12)
En la Grecia antigua, los Juegos Olímpicos ocurrían bajo una gran tregua llamada ekecheiria. No implicaba el cese de todas las hostilidades ni una súbita paz en el extraordinario, pero explosivo, mundo helénico. Sí suponía, en cambio, una pausa sagrada en honor al espíritu del encuentro. La tregua servía para garantizar el tránsito seguro de atletas, peregrinos y espectadores hacia Olimpia. Era una idea poderosa y ejemplar: durante los Juegos, las ciudades podían seguir siendo rivales, incluso enemigas, pero por encima de ellas existía una pertenencia común que merecía ser honrada: la identidad panhelénica.
Miles de años después, tenemos nuestros propios Juegos Olímpicos, que han tratado, a su manera, de defender los mismos ideales: la posibilidad de una celebración de la humanidad entera por encima del conflicto. No siempre lo han conseguido.
Quizá se deba a que la verdadera fiesta universal no son los Juegos Olímpicos, sino la Copa del Mundo de futbol. El Mundial es su propia ekecheiria.
El Mundial de 2026 comenzó el jueves pasado en medio de un mundo convulso, dominado por la polarización, tanto en la retórica como en la práctica. Los tres países anfitriones, que vendieron su candidatura como una muestra de unión regional, están inmersos en tensiones diversas. Estados Unidos, el anfitrión central, hace tiempo debió haber perdido ese privilegio. Ha amenazado abiertamente a los dos países que lo acompañan como sede. Ha hecho la vida imposible a aficiones extranjeras y equipos. Lo ocurrido con el equipo iraní habría violado el espíritu de la antigua ekecheiria. El gobierno trumpista incluso ha lastimado a las aficiones dentro de su propio país, amenazando con operativos migratorios. Si la FIFA tuviera un ápice de valentía, Estados Unidos habría perdido la sede.
Esa era la discusión antes de la gloria escénica del Estadio Azteca, antes de la llegada de ríos de aficionados de todo el mundo a Norteamérica y antes de que volviera a rodar el balón.
Hoy, gracias a la Copa del Mundo, el mundo se ha dado un respiro. Evidentemente, el dolor y las conflagraciones siguen. Pero la pelota ha vuelto a ofrecer algo que solo la pelota puede ofrecer: un vistazo a otra humanidad posible.
México ha pasado, en apenas unos días, de ser presentado como fuente de preocupación a convertirse en fuente de gozo, asombro y fascinación para millones. Los problemas del país no se han ido. La violencia no desapareció. La desigualdad no se suspendió. La fragilidad institucional no quedó resuelta por decreto futbolístico. Pero el Mundial ha sacado a la superficie ese otro México que tantas veces queda sepultado bajo la noticia dura, sobre todo frente al resto del mundo: el México alegre, colorido, hospitalario, generoso, caótico en el mejor sentido, musical, callejero, cálido y divertido.
El México de un pato disfrazado de aficionado. El México de coreanos y mexicanos bailando juntos en una taquería. El México de alegría contagiosa que es tan real como ese otro que tantas veces predomina en la narrativa sobre el país.
Escenas parecidas de gozo multitudinario se han reproducido en los tres países. Los escoceses tomaron las calles de Boston y abrazaron a un policía que se animó a hacer unas dominadas. Los brasileños pintaron de amarillo Times Square, al menos hasta que los aficionados de los Knicks lo tomaron de vuelta. La marea holandesa llegó a Texas junto con los seguidores japoneses, únicos a su manera. Y lo que ha prevalecido es ese sentido de comunidad: una refutación del mundo confrontado y aislado que fomentan las voces autoritarias.
Una tregua que es, en realidad, un ejemplo de nuestra mejor versión. (León Krauze, El Universal, Nación, p. A5)
El Mundial FIFA 2026 arrancó como vitrina de Norteamérica. México, EU y Canadá comparten sedes. Sin embargo, el viernes 12 de junio de 2026, el Financial Times llevó a portada una frase que resume el problema, los anfitriones no juegan como equipo. La idea mira más allá del futbol. Norteamérica existe como geografía, mercado y plataforma productiva, pero no como proyecto político estratégico. Por ello la idea de un tratado de seguridad regional es una quimera, por el momento.
T-MEC y bilateralismo. La región está unida por la geografía, la democracia y economías liberales. También por cadenas de valor, energía, manufactura, puertos y dos océanos. Su arquitectura sigue débil. Pesan más las relaciones bilaterales EU-México, EU-Canadá y México-Canadá que una visión trilateral. A diferencia de la Unión Europea, pocos centros de pensamiento estudian Norteamérica como región. El T-MEC ordena el comercio, pero no construye identidad estratégica.
La Gran Norteamérica. El concepto expuesto por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, cambia el debate. Para Washington, Norteamérica ya no es sólo México, EU y Canadá. Es un perímetro ampliado de seguridad que va de Groenlandia al Canal de Panamá e incorpora fronteras, puertos, cárteles, migración ilegal, energía y competencia externa. Es defensa hemisférica, no comunidad pactada entre socios.
Riesgo estratégico. La Norteamérica económica funciona con reglas e inversión. La Gran Norteamérica de EU opera con poder, defensa nacional y control del espacio estratégico. México y Canadá comparten intereses de seguridad con Washington, pero no pueden aceptar una definición unilateral de la región.
Canadá y México. Frente a Donald Trump, Mark Carney busca que Canadá actúe como potencia media transatlántica y transpacífica. No rompe con EU, pero tampoco quiere depender de una sola relación. Por eso impulsa diversificación comercial, vínculos con Europa, conexión con el Indo-Pacífico y autonomía estratégica. México enfrenta otro dilema. Comparte con EU frontera, migración ilegal, crimen organizado y energía.
México como bisagra. La oportunidad mexicana está en no reaccionar sólo a la agenda de Washington. México necesita proponer una visión propia que incluya aduanas, puertos, inteligencia financiera, ciberseguridad, energía, cadenas de valor y combate a redes criminales. La soberanía no se defiende aislándose, sino negociando con capacidad, información y objetivos claros.
Futuro regional. El Mundial será pasajero. La revisión del T-MEC y la nueva doctrina hemisférica de EU marcarán el futuro. Norteamérica puede ser una de las regiones más competitivas del siglo XXI si deja de ser una suma de bilateralismos. Ya tiene geografía, mercado, amenazas comunes y plataforma productiva. Falta lo más difícil, estrategia compartida regional, muy difícil de alcanzar por el momento. (Gerardo Rodríguez, El Heraldo de México, País, p. 7)
La visita a España ha sido la más importante e intensa en el corto tiempo de León XIV como líder de todos loscatólicos. Le falta el sentido del humor de Francisco, la profundidad teológica de Benedicto y el carisma de Juan Pablo II. El agustino está aprendiendo a ser Papa. En este viaje a España se vio sencillo, sincero, cercano, claro y profundo en su mensaje. Está desarrollando un estilo propio. Hay mensajes del viaje del Papa a España que vale la pena atesorar:
En el Congreso de los Diputados, el Papa planteó que si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental: ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”
Agregó: La defensa de la vida humana es una medida de civilización. “Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. La grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
En la inauguración de la Torre de Jesucristo, en la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, León XIV hizo un fuerte llamado: “no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente incluso antes de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.
El Pontífice destacó la belleza del templo “que nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo. Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en España, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo”.
En Islas Canarias y ante dos mil voluntarios se escuchó que se han rescatado a 20 mil migrantes salvados del océano. León se conmovió con testimonios y dijo: que “la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera” y denunció que la acogida del migrante no puede ser algo delegado únicamente a algunos voluntarios: “no podemos pasar de largo ante las pateras, ante la llegada de vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad”.
El Papa lanzó un arreglo de flores con dos migrantes, un minuto de silencio, y luego un abrazo emotivo con ellos, con palabras susurradas al oído, para darles fuerzas, ánimos en el futuro que están construyendo.
El Papa León reitera que “no todo es utilidad. No todo es fama. No todo es rendimiento, rentabilidad o acumulación de miles de «me gusta». Y no todo puede medirse según criterios de eficiencia”. (Luis Vega, La Prensa, Editorial, p. 14)
La Copa Mundial arrancó con poco entusiasmo en Estados Unidos, eclipsada por la final de básquet de la NBA y un polémico torneo de artes marciales mixtas organizado por el Presidente Donald Trump en los jardines de la Casa Blanca.
Aunque el Mundial recién empieza y seguramente despertará más interés en las próximas semanas -especialmente si le va bien a la selección estadounidense- la atención mediática se concentró en la final de la NBA del sábado, y en el controvertido evento presidencial de la Ultimate Fighting Championship (UFC).
El Presidente, tras anunciar que no asistiría al debut de la selección de Estados Unidos en Los Ángeles, promocionó con entusiasmo el evento de la UFC. Trump organizó la velada para celebrar su cumpleaños número 80 y el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos.
Hasta hace pocos años, las peleas de la UFC -que combinan el boxeo, la lucha libre, y el jiu-jitsu dentro de una jaula octogonal- eran consideradas un deporte brutal y estaban prohibidas en varios estados. Muchos las consideraban “una riña de gallos entre humanos”, por tener reglas menos estrictas que el boxeo.
Sin embargo, Trump viene promocionando a este deporte desde hace décadas. Suele asistir a los eventos de la UFC, donde es recibido con ovaciones.
Dentro de la base nacionalista y antimigrante MAGA de Trump, muchos ven las peleas de la UFC como un deporte viril y patriótico, y al fútbol “soccer” como un deporte del tercer mundo.
La presidenta de la UFC, Dana White, ha sido una gran contribuyente a las campañas de Trump. El Mandatario nombró a Linda McMahon, ex alta ejecutiva de lucha libre, como Secretaria de Educación, y a Steven Cheung, el ex vocero de la UFC, como director de comunicaciones de la Casa Blanca.
Según reportó la cadena CBS, el evento de la UFC en la Casa Blanca requirió “un esfuerzo monumental” de siete agencias del Gobierno, y costo 60 millones de dólares. La Casa Blanca replicó que todo el dinero provino de la UFC, y no de los contribuyentes.
Sin embargo, una demanda presentada por el Proyecto Público de Integridad, un grupo independiente, afirma que el torneo constituye un uso improcedente de la Casa Blanca con fines de lucro y viola las reglas que prohíben usar terrenos federales para espectáculos deportivos.
Muchos críticos del Presidente dicen que evitó asistir al partido en Los Ángeles por miedo a ser abucheado, como le pasó en el reciente partido de la NBA entre los Knicks y los Spurs en Nueva York. Sus portavoces lo niegan y aseguran que estuvo enfocado en asuntos de Estado y en la organización del evento de la UFC.
Lo cierto es que el Mundial empezó con el pie izquierdo. Ya antes del pitazo inicial había caras largas en Estados Unidos por el temor a redadas migratorias, los precios estratosféricos de las entradas, y el ridículo “Premio de la Paz de la FIFA” otorgado a Trump en diciembre.
En una columna anterior lo llamé “el Mundial de la discordia”, porque Estados Unidos, México y Canadá -los países sede- están más peleados que nunca en la historia reciente.
Trump ha dicho repetidamente que quiere anexar a Canadá para convertirlo en el estado 51 de Estados Unidos, y que México está en manos del narcotráfico. Hace apenas unos días, Trump reiteró que podría ordenar un ataque militar a los carteles, y que probablemente no renegociará el acuerdo de libre comercio con sus dos vecinos.
Lo lógico hubiera sido que los Presidentes de los tres países se mostraran juntos en el partido inaugural en México, sonrientes y conversando en el palco oficial. Pero ni siquiera la Mandataria mexicana acudió a la fiesta.
Cuando la FIFA anunció el 13 de junio de 2018 que la Copa Mundial del 2026 se realizaría en Estados Unidos, México y Canadá, la noticia se presentó como una celebración de la unidad de America del Norte. De hecho, la candidatura se titulaba “Unidos 2026”.
Hoy, en cambio, el torneo se ha convertido en el símbolo de una enorme oportunidad perdida para acercar a los tres vecinos.
Seguramente, la fiebre mundialista en Estados Unidos aumentará en las próximas semanas. Pero, por ahora, lo que se ha visto fueron recriminaciones mutuas entre los tres presidentes y un entusiasmo tibio entre los estadounidenses. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 14)
En el marco de la revisión formal del T-MEC, el presidente estadounidense Donald Trump ha vuelto a recurrir al amago estridente en contra de sus socios comerciales. Desde el Despacho Oval, el mandatario del vecino país del norte afirmó categórico que Estados Unidos de América “no necesita nada” de México y Canadá, dejando en suspenso la supervivencia del tratado comercial.
Estas recientes declaraciones del presidente estadounidense no deben leerse como una revelación de alta estrategia económica, sino como lo que verdaderamente son: El disparo de salida de una durísima guerra de nervios orientada a la extorsión política. Trump, al asegurar que su país no requiere de los automóviles mexicanos, la madera canadiense o la energía de sus vecinos, apela a un nacionalismo económico nostálgico que choca de frente con la realidad de los datos.
La noción de que la mayor potencia del mundo puede operar como una isla autosuficiente es una falacia, ya que Norteamérica no es una suma de mercados aislados, sino un ecosistema profundamente interconectado. Las cadenas de suministro de la región, particularmente en el sector automotriz, aeroespacial y tecnológico, se han tejido durante más de tres décadas.
Desmantelar el T-MEC bajo el argumento de que sus socios “necesitan todo y no dan nada” no generaría un renacimiento industrial en Michigan; provocaría un choque inflacionario inmediato para el consumidor estadounidense y un colapso en la competitividad de sus propias empresas globales.
Frente a la pirotecnia verbal de Washington, México, en la persona del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, acude a la mesa de negociación no como un subordinado suplicante, sino como una potencia manufacturera indispensable. El país cuenta con activos estructurales que el discurso proteccionista no puede desaparecer por decreto.
El liderazgo comercial consolidado de México se ha arraigado en la Unión Americana como su principal socio comercial, capturando el terreno que las tensiones geopolíticas le han arrebatado a China. Además, cuenta con ventaja geográfica y el nearshoring. La cercanía física y la sincronía de husos horarios son el epicentro de la relocalización de cadenas de suministro, un fenómeno irreversible que abarata costos logísticos vitales para la industria norteamericana.
A diferencia del envejecimiento laboral que enfrenta el vecino país del norte, México posee una fuerza de trabajo joven, altamente especializada en sectores complejos como la ingeniería automotriz, la electrónica y la aeronáutica, cuya sustitución en suelo estadounidense resulta inviable a corto y mediano plazo.
Así mismo, la nación cuenta con una red de infraestructura integrada. Los corredores logísticos y ferroviarios interestatales conectan las plantas del Bajío y del norte mexicano directamente con el corazón industrial de la Unión Americana, funcionando como un solo engranaje.
Canadá, por su parte, sigue siendo un proveedor crítico e insustituible de recursos estratégicos. No hay sorpresas en el libreto de Washington. Al decir que “tienen que tratarnos mejor”, Trump está fijando un umbral alto para obligar a los gobiernos de Ciudad de México y Ottawa a sentarse a la mesa de negociaciones desde una postura de debilidad y concesión defensiva. Frente a esto, la respuesta de los socios comerciales no puede ser el pánico ni la sumisión pasiva. La viabilidad económica de la región exige que el pragmatismo técnico y la interdependencia real terminen imponiéndose sobre la retórica incendiaria del Despacho Oval.
El quid de la cuestión reside en la “cláusula de revisión” (o cláusula sunset) que el propio Trump impulsó al enterrar el antiguo TLCAN. El mandatario presume hoy que el mayor logro de aquel texto fue “el derecho a rescindirlo”. Esta arquitectura legal está diseñada, precisamente, para generar la inestabilidad que hoy presenciamos. Para Trump, el T-MEC nunca fue un pacto de cooperación permanente, sino un canje de rehenes modificable según sus prioridades político-electorales o de seguridad, vinculando de manera arbitraria los aranceles y el libre flujo comercial con la contención migratoria y el combate al narcotráfico.
Sin embargo, la profunda interdependencia es lo que activa el verdadero escudo defensivo de México: Los empresarios, corporativos y gobernadores estadounidenses. El T-MEC no se revisará en un vacío político; se discutirá bajo la intensa presión del lobbying de Wall Street, la Cámara de Comercio de Estados Unidos de América (US Chamber of Commerce) y las poderosas asociaciones de la industria automotriz y agropecuaria norteamericana.
Para los líderes de sectores como el de Detroit (General Motors, Ford, Stellantis) o los productores de maíz y soya del Midwest (el cinturón agrícola que, irónicamente, vota por Trump), una ruptura del tratado sería un suicidio financiero.
Las empresas estadounidenses han invertido miles de millones de dólares en activos fijos en territorio mexicano. Saben que perder el acceso libre de aranceles a la proveeduría de insumos intermedios de México destruiría sus márgenes de ganancia y los dejaría en desventaja global frente a Europa y Asia. Por ello, los socios comerciales de México dentro de Estados Unidos operarán como el principal contrapeso interno contra los impulsos más radicales de su propio presidente.
Serán estos actores económicos quienes recuerden a los congresistas y senadores estadounidenses -los encargados finales de ratificar cualquier cambio al tratado- que golpear a México es, inevitablemente, golpear los bolsillos de sus propios distritos electorales.
La viabilidad económica de la región exige que el pragmatismo técnico y la interdependencia real terminen imponiéndose sobre la retórica incendiaria del Despacho Oval. Al decir que “tienen que tratarnos mejor”, Trump está fijando un umbral alto para obligar a los gobiernos de Ciudad de México y Ottawa a sentarse a negociar desde una postura de debilidad.
Sin embargo, con datos duros y el respaldo de una comunidad empresarial binacional que defiende sus propias ganancias, México tiene los argumentos necesarios para demostrar que el T-MEC no es un acto de generosidad de Washington, sino un pacto de supervivencia mutua.
El T-MEC sobrevivirá, pero el costo de su renovación medirá la templanza y la estrategia de un bloque norteamericano que, le guste o no a Trump, se necesita mutuamente. (Julio Agudo, El Economista, Política y Sociedad, p. 49)
Donald Trump celebró ayer sus 80 años con una pelea de la UFC (Ultimate Fighting Championship) en el Jardín Sur de la Casa Blanca. No en Las Vegas ni en un estadio, sino en la residencia del presidente de EU. Y eso, que podría parecer una excentricidad más del hombre que ha convertido la política en un espectáculo permanente, no lo es.
Es un mensaje.
El mismo presidente que inició una guerra innecesaria contra Irán, que amenaza con “golpear muy duro” la infraestructura petrolera iraní y que lleva meses usando la fuerza como instrumento de negociación, decidió festejar su cumpleaños rodeado de patadas, puñetazos y sangre, con monedas conmemorativas de su rostro y fuegos artificiales de fondo. La violencia, para Trump, no es un problema que el gobierno deba contener. Es un instrumento del poder.
Hacer la pelea en la Casa Blanca no fue casualidad. El Jardín Sur convirtió el espectáculo en un acto oficial, en lenguaje de Estado.
En 1996, el fallecido senador John McCain calificó a la UFC de “peleas de gallos humanas” y encabezó una campaña para prohibirla. Y no exageraba: estudios médicos documentan que más del 30% de sus peleadores sufren daño cerebral. Lo que McCain quería erradicar, Trump lo celebró en su jardín. La ironía es que el mismo hombre que promueve la violencia como espectáculo patriótico obtuvo en 1968, a los 22 años, una exención médica por espolones en los talones para no ir a Vietnam, mientras que al mismo tiempo jugaba tenis, squash y golf. Simplemente no quería pelear por el país que tanto dice amar cuando le tocaba a él.
Trump lleva años construyendo una narrativa donde la moderación equivale a debilidad y la fuerza a liderazgo. No es una retórica vacía, sino una cosmovisión que explica tanto su política exterior como la doméstica, y que sus seguidores no solo aceptan, sino que exigen. El hombre que negocia con Irán a punta de amenazas es el mismo que celebra su cumpleaños con un espectáculo violento en su jardín. No hay contradicción. Hay consistencia.
Lo que cambió el domingo fue que esa narrativa encontró su imagen más nítida: la Casa Blanca como un moderno circo romano.
No hace falta ser conspiracionista para leer la señal. Trump no lanza señales disimuladas; lo que hace en público es exactamente lo que quiere comunicar y lo comunica en dos direcciones a la vez. Su base MAGA ve la fiesta y entiende que el poder se ejerce así. Sus interlocutores internacionales ven la misma imagen y sacan sus propias conclusiones. No necesita comunicados diplomáticos. El espectáculo es el mensaje.
Y ese mensaje, tarde o temprano, llega a México. Lo hemos vivido: aranceles punitivos, amenazas de intervención contra cárteles, presión migratoria permanente, una narrativa que nos presenta no como socios sino como problema a contener. Nuestro país es el blanco más cercano para cualquier demostración de fuerza de Trump.
Lo ocurrido el domingo le confirma a su base que la violencia es entretenida, patriótica y rentable. Si se aplaude en el jardín sur, será más fácil aplaudirla cuando llegue en forma de sanciones, redadas o castigos a socios incómodos.
Cuando la Casa Blanca convierte la violencia en fiesta presidencial, también está ensayando cómo ejercerla sobre sus adversarios y sus vecinos. (Eduardo Ruiz-Healy, El Economista, Política y Sociedad, p. 46)