Opinión Migración 200626

Sacapuntas

Nueva reunión bilateral

Nueva reunión entre autoridades de México y Estados Unidos tuvo lugar ayer, para revisar temas de la agenda bilateral en materia de migración. De lado mexicano participaron la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; el canciller Roberto Velasco; el Comisionado del Instituto Nacional de Migración, Sergio Salomón Céspedes; y representantes del Gabinete de Seguridad. La comitiva estadounidense la encabezó el embajador Ronald Johnson, y en el encuentro se destacó la reducción de los cruces ilegales y el combate a los traficantes de personas. (Sacapuntas, El Heraldo de México, La Dos, p. 2)

Rozones

Empujan atención a reclamos por DH

De destacar, nos comentan, la coordinación que han establecido el Gobierno federal con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos con el propósito de dar una mayor y mejor atención a las recomendaciones que se emiten a las autoridades en materia de Derechos Humanos. Y es que ayer se realizó la Sexta Mesa de coordinación en la materia, que estuvo encabezada por la titular de Segob, Rosa Icela Rodríguez, y contó con la presencia de la ombudsperson Rosario Piedra. Se ha informado que para dar atención a los distintos asuntos que tienen impacto en derechos humanos se llevan a cabo reuniones técnicas especializadas en salud, migración, medio ambiente, reinserción social, educación, infancias, energía y atención a grupos prioritarios. Ayer por ejemplo, hubo representación de instituciones como Secretaría Anticorrupción, CEAV, Conapo, Comar, Procuraduría Fiscal, CFE, Sipina y universidades. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)

Día Mundial de los Refugiados

En un mundo en que se acentúan las divisiones, millones de mujeres, niños y hombres se ven obligados a buscar refugio lejos de su hogar debido a conflictos nuevos y conflictos prolongados.

Estos tiempos turbulentos deben ser un momento para renovar la solidaridad y adoptar medidas firmes con el fin de proteger a las personas desplazadas por los conflictos o la persecución. Ello incluye respetar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que ha salvado millones de vidas desde su aprobación, hace 75 años, tras la Segunda Guerra Mundial.

Con motivo del Día Mundial de los Refugiados, pedimos más apoyo para todas aquellas personas que se ven obligadas a huir, así como a los países y comunidades que las acogen. Para ello, es necesario respetar el derecho internacional de los refugiados; salvaguardar el derecho a solicitar asilo; crear soluciones que permitan a los refugiados vivir en condiciones de seguridad y dignidad, con oportunidades reales para alcanzar la autosuficiencia; y redoblar los esfuerzos en pro de la paz.

Inspirémonos en la generosidad de las comunidades de los países en desarrollo, que acogen a casi tres cuartas partes de los refugiados del mundo.

Juntos podemos proteger los derechos de todas las personas que se ven obligadas a huir, ahora y para las generaciones venideras. (António Guterres, Milenio, Fronteras, p. 7)

Dos Mundiales, dos rostros: México recibe al mundo, Estados Unidos lo examina

Otra cara del Mundial: México conquista corazones, Estados Unidos enfrenta críticas.

La Copa Mundial de la FIFA 2026 no sólo se juega en los estadios. También se disputa en las calles, los aeropuertos, las plazas públicas y en la memoria de millones de aficionados que viajan miles de kilómetros para vivir la mayor fiesta del futbol.

Y en esa competencia paralela, México parece haber tomado la delantera. Mientras diversos medios internacionales han dedicado titulares a las dificultades migratorias registradas en Estados Unidos –incluyendo restricciones de visado, problemas de ingreso para aficionados y cuestionamientos por el trato recibido por algunos árbitros y miembros de delegaciones deportivas–, la imagen que emerge desde México es muy distinta: calles llenas de aficionados de todas las nacionalidades, celebraciones espontáneas, hospitalidad y un ambiente festivo que recuerda la esencia más auténtica de una Copa del Mundo.

No se trata únicamente de una percepción local. Medios de comunicación de distintos países han destacado la calidez con la que México ha recibido a visitantes y selecciones. Desde Ciudad de México hasta Guadalajara, Monterrey y Tijuana –esta última no es ciudad anfitrión del mundial, pero hospeda a la Selección Nacional de Irán que juega en Estados Unidos– miles de aficionados han encontrado algo más que sedes mundialistas: han encontrado una bienvenida.

La diferencia es significativa porque el Mundial siempre ha representado mucho más que un torneo deportivo. Es un encuentro entre culturas, una oportunidad para derribar barreras y demostrar que el futbol puede unir a personas de orígenes, idiomas y creencias distintas. Cuando un aficionado siente incertidumbre al cruzar una frontera, cuando un árbitro designado para el torneo no puede ingresar al país anfitrión o cuando miembros de una delegación enfrentan obstáculos burocráticos inesperados, inevitablemente surge una pregunta: ¿se está preservando el espíritu universal de la Copa del Mundo?

México ha respondido a esa pregunta de otra manera. Con música en las plazas, con aficionados compartiendo una mesa sin importar la camiseta que vistan, con voluntarios, comerciantes y ciudadanos que han convertido el Mundial en una celebración colectiva.

Quizás por eso las imágenes que más circulan en redes sociales no son únicamente goles o jugadas espectaculares. Son escenas de convivencia: mexicanos abrazando a visitantes extranjeros, aficionados de distintos continentes cantando juntos y ciudades enteras transformadas en espacios de encuentro.

La infraestructura es importante. Los estadios son importantes. La seguridad también lo es. Pero la historia demuestra que los grandes anfitriones son recordados por algo más profundo: la capacidad de hacer sentir bienvenido al mundo.

Apenas comienza el Mundial 2026, pero hay una conclusión que ya parece evidente. Más allá de los resultados en la cancha, México está ganando uno de los partidos más importantes del torneo: el de la hospitalidad.

Y esa es una victoria que no aparece en el marcador, pero que permanece en la memoria mucho después del pitazo final. (Mohammad Reza Gilani, La Jornada, Deportes, p. 4a)

Cartas Políticas / La casa grande de América Latina

Por momentos, la Ciudad de México deja de parecer capital de un país y se vuelve capital emocional de un continente.

No porque sustituya a Bogotá, Caracas, Sao Paulo, Buenos Aires, Santiago, Lima o La Habana, sino porque en sus calles todas esas ciudades encuentran un lugar. La capital mexicana siempre ha sido refugio, puerto de llegada, laboratorio político y escenario cultural. Hoy, por la coyuntura regional, por las crisis migratorias, por el auge creativo y por el magnetismo global que hoy tiene la ciudad, esa vocación latinoamericana se ve con una claridad difícil de ignorar.

La CDMX está hecha de mosaicos. Es chilanga, indígena, mestiza, popular, cosmopolita, barrial y global. En ella caben el puesto de tamales, los locales de tortas ahogadas, las carnitas michoacanas, las barras de mariscos sinaloenses. Caben los bares de tapas, los fast-food, los bistrots, los izakaya o las trattorias. También cabe la fonda colombiana, el asado argentino, la arepera venezolana, la cumbia sonidera, el reguetón caribeño, el rock alternativo y la salsa que se baila en una esquina cualquiera. La diversidad aquí es cotidiana, no es una ideología, no es un cliché. La CDMX es un monstruo que recibe a los extranjeros y los incorpora a su ritmo, a su argot, a sus contradicciones y a su manera de vivirse incluso en medio de la tristeza y las crisis.

Lo vimos hace unas semanas con Rawayana. La agrupación venezolana llegó al Palacio de los Deportes y convirtió la noche en algo más que un concierto. Fue una fiesta latinoamericana con acento venezolano: camisetas de la Vinotinto, referencias al beisbol, banderas, nostalgia, baile y una mezcla espontánea con México. Había alegría, pero también una herida. Para muchos —muchísimos— venezolanos, cantar en la Ciudad de México junto con su banda favorita fue reconstruir un par de horas, una patria dispersa. La salida de Nicolás Maduro del centro del poder no ha borrado automáticamente el dolor ni ha garantizado una transición plena. La diáspora lo sabe: a pesar de su captura, el dolor de las últimas décadas sigue. El concierto de Rawayana fue fiesta, fue refugio, fue orgullo, duelo y alivio. Reunió a miles de latinoamericanos, de muchos países, a vivir una fiesta y acompañar la diáspora venezolana.

También lo vimos con Colombia. La marea amarilla, como se conoce a las decenas de miles de aficionados colombianos, tomaron restaurantes, calles, el Ángel de la Independencia y el Estadio Azteca. Carlos Vives apareció como si la previa mundialista fuera una verbena caribeña; las camisetas amarillas convirtieron a la ciudad en una extensión de Barranquilla, Medellín, Cali o Bogotá. Lo notable no fue sólo la cantidad de aficionados, sino la naturalidad con la que México los recibió. La Ciudad de México no es ajena a la fiesta colombiana, la potencia. Entre México y Colombia hay un idioma emocional compartido: futbol, música, comida, ruido, familia, orgullo y empatía.

Lo mismo ocurre en la industria creativa. Músicos venezolanos, colombianos, argentinos, chilenos, peruanos y centroamericanos han convertido a la Ciudad de México en base de operación. Aquí encuentran audiencias grandes, disqueras, productoras, venues, plataformas, prensa, festivales, colaboraciones y una escena que permite probar, fallar y crecer. Banda de Turistas, Los Bunkers, Mon Laferte, Esteman, Daniella Spalla y más artistas no pasan por la ciudad: se quedan, graban, producen, se conectan y desde aquí proyectan carrera hacia América Latina, Estados Unidos y Europa.

Claro que hay tensiones. La discusión sobre la gentrificación es real, especialmente frente a la llegada de estadounidenses y europeos con ingresos que alteran rentas, comercios y equilibrios barriales. También existe cansancio, resistencia y, a veces, poca generosidad y empatía. Reducir la ciudad a esa incomodidad sería injusto. La CDMX es tan grande, tan contradictoria y tan viva, que tiene una capacidad extraordinaria para abrir espacio. Tiene una energía hospitalaria que pocas ciudades conservan.

Ésa es su grandeza. La Ciudad de México no es perfecta ni pretende serlo. Es una ciudad difícil, desigual, saturada y a veces insoportable. Es nuestra casa, una casa grande: una capital donde América Latina se reconoce, se extraña, se reinventa y se encuentra. Una ciudad en la que aún en su incomodidad y sus problemas, nuestros hermanos latinoamericanos se sienten cómodos. Ese hecho genera un enorme orgullo y le suma a la ciudad un importante capital humano que no hace más que hacerla mejor. En tiempos de fronteras cerradas y discursos polarizantes, esa apertura no es poca cosa. Es una forma de esplendor. (Pedro Sánchez Rodríguez, La Razón, LA DOS, p. 2)

Perú, Colombia, Argentina sí. ¿México cuándo?

Por primera vez en la historia de Perú, los votos emitidos desde el extranjero decidieron quién será presidente. En la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, la diáspora peruana inclinó la balanza. ¿Sucederá lo mismo este domingo en las elecciones presidenciales de Colombia? ¿Y cuándo veremos algo así en México?

Esas preguntas vienen directamente de los cientos de mensajes que llegaron tras la columna de la semana pasada, “Perú y la paradoja transnacional de México”, que se convirtió en videocolumna y se volvió viral. La mayoría eran peruanos, orgullosos de que su voto desde el extranjero sí cuenta. Entre ellos, un seguidor llamado Miguel Ángel escribió que valora la sensatez de quienes piensan en sus conciudadanos, sin importar de dónde venga el buen ejemplo. Ese comentario resume bien lo que sigue.

El caso peruano se volvió aún más contundente esta semana. El resultado quedó tan cerrado —decidido por apenas unas décimas de punto— que el voto de los peruanos en el extranjero terminó siendo el factor que inclinó la balanza. Según reportan medios peruanos, es la primera vez en la historia del país que el sufragio desde fuera puede cambiar al ganador de una elección presidencial.

Y no faltó la reacción: una congresista electa propuso, días después, quitarles el derecho al voto a quienes llevan más de diez años fuera del país, argumentando que ya no conocen la realidad nacional. Cuando el voto migrante empieza a decidir elecciones, también empieza a incomodar a quien pierde por su causa. Esa es la mejor prueba de que sí importa.

Colombia vota este domingo

Colombia lleva más de una década con algo que México ni siquiera ha discutido seriamente: una curul propia en el Congreso, reservada para su diáspora. Se llama circunscripción internacional y permite que más de cinco millones de colombianos en el exterior —desde Miami hasta Madrid— elijan a un representante que defiende sus intereses directamente desde el Capitolio en Bogotá. Ese representante vota leyes, presenta proyectos y rinde cuentas ante su comunidad en el extranjero.

Además, esos mismos colombianos también votan por presidente: este domingo 21 de junio, más de 1.4 millones de ellos estarán decidiendo, desde consulados en 67 países, la segunda vuelta presidencial entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. La votación en el exterior arrancó desde el 15 de junio. Argentina también permite votar a su gente desde hace treinta años, aunque sin curul propia.

Fox abrió la puerta en 2005. Veinte años después, sigue casi cerrada

Fue durante el gobierno de Vicente Fox cuando el Congreso aprobó, en 2005, la reforma que permitió por primera vez que los mexicanos en el extranjero votaran, ejercicio que se concretó en la elección presidencial de 2006. Fue un parteaguas, y hay que reconocerlo. Pero pasaron 20 años y ese camino apenas se ha ensanchado: no se ha avanzado en crear mecanismos para informar realmente a la diáspora, ni para incluirla —ni para votar con facilidad, ni para ser votada.

Pero mientras Colombia vota este domingo, ¿qué pasa en México? En 2027 se renovarán 18 mil 930 puestos de elección popular en todo el país, en el proceso electoral más grande de la historia mexicana. De esos casi 19 mil cargos, los compatriotas en el extranjero, que ya son casi 40 millones, solo podrán votar por 14: diez gubernaturas y cuatro diputaciones migrantes.

A nivel federal, desde 2024 hay seis legisladores migrantes en el Congreso, pero la diáspora no los eligió por nombre: llegaron por la vía plurinominal, colocados por los partidos en sus listas. La Ciudad de México es la excepción: desde 2021 elige directamente a su propio diputado migrante, votado por nombre por los capitalinos en el extranjero. Raúl Torres, del PAN, es quien ocupa esa curul, reelecto en 2024.

Es decir, México ya probó la fórmula colombiana, a escala mínima, en una sola ciudad. Simplemente nunca la ha llevado al Congreso federal.

Los mexicanos en el extranjero no tienen curul propia como los colombianos. No tienen representación legislativa nacional como los argentinos. Y mientras se les niega eso, México sigue recibiendo de regreso, por cientos cada día, a quienes Estados Unidos deporta —más de 200 mil personas tan solo en los últimos meses—, sin que su trabajo, sus remesas históricas ni los años que dieron lejos de casa les hayan ganado un lugar en la mesa donde se decide su propio destino.

Perú, Colombia y Argentina ya entendieron que sus migrantes son ciudadanos de pleno derecho, no solo cuando mandan dinero, sino también cuando quieren votar y ser escuchados. México todavía no.

Para 2030 ya no debería haber pretexto. La pregunta es si los mexicanos en el extranjero van a esperar a que algún partido se los conceda o si van a organizarse, como ya lo hacen peruanos, colombianos y argentinos fuera de su país, para exigirlo desde ahora. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

Escena del Crimen / Tren de Aragua: la cucaracha que puede correr hacia México

La muerte de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias Niño Guerrero, no debe leerse como el final del Tren de Aragua. Debe entenderse como una advertencia. Cuando una organización criminal transnacional pierde a su jefe máximo, no siempre se extingue: muchas veces se fractura, se dispersa y busca nuevos refugios.

En lenguaje policiaco, eso se llama efecto cucaracha: golpear un nido y ver cómo las células corren hacia otros territorios.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció la muerte del líder máximo del Tren de Aragua en una operación atribuida al Comando Sur. La presentó como un golpe rápido, letal y coordinado con Venezuela contra una organización calificada por Washington como terrorista. El mensaje fue de fuerza: no habría refugio seguro para sus integrantes. Pero detrás de esa narrativa de victoria hay una pregunta que México no puede ignorar: ¿a dónde se moverán los restos de esa estructura?

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El Tren de Aragua no es un cártel tradicional mexicano. No nació disputando sierras, rutas de cocaína o puertos marítimos. Nació en las cárceles de Venezuela y creció como una organización depredadora sobre población vulnerable: migrantes, mujeres captadas para explotación sexual, víctimas de extorsión y redes urbanas de narcomenudeo. Su fuerza no está únicamente en las armas, sino en su capacidad para infiltrarse en economías clandestinas ya existentes.

Por eso el riesgo para México no es necesariamente una guerra abierta con convoyes, nos advierten fuentes federales consultadas para esta columna, bloqueos o enfrentamientos contra grupos locales. El riesgo es más silencioso: células criminales pequeñas insertándose en mercados criminales donde ya hay corrupción, protección local y redes de explotación. Ahí está la verdadera alarma.

La Ciudad de México aparece como un punto sensible. En los últimos meses, autoridades federales y capitalinas han detenido a presuntos integrantes o colaboradoras del Tren de Aragua ligados a trata de personas, explotación sexual, cobro de piso, narcotráfico y captación de víctimas.

Las investigaciones han ubicado operaciones en zonas como la alcaldía Cuauhtémoc, donde la prostitución forzada, los hoteles de paso, los bares, los departamentos de resguardo y las redes de enganche forman parte de una economía criminal difícil de desmontar.

El golpe contra Niño Guerrero puede provocar tres efectos. El primero: fragmentación. Sin un mando único, los operadores regionales pueden actuar por cuenta propia, volverse más violentos o buscar nuevas alianzas para sobrevivir. El segundo: absorción. Integrantes del Tren de Aragua podrían ponerse al servicio de grupos mexicanos que ya controlan trata, extorsión, narcomenudeo o tráfico de migrantes. El tercero: expansión hormiga. No una invasión espectacular, sino una llegada gradual, barrio por barrio, negocio por negocio, víctima por víctima.

Ahí está el mayor peligro para la CDMX, el Estado de México, Puebla, Morelos, Tlaxcala, Querétaro, Chihuahua y Chiapas. La ruta migrante, los corredores urbanos, los mercados sexuales, los giros negros y las zonas de alta movilidad ofrecen condiciones para que una célula criminal se esconda a simple vista. No necesita controlar una plaza completa; le basta controlar mujeres, deudas, cuartos, teléfonos, traslados y cobros.

En el caso del Tren de Aragua, el problema es que su estructura no depende de un solo territorio ni de una sola economía ilegal. Funciona como red: se adapta, se mueve y se pega a organizaciones locales.

Por eso la pregunta no es si murió Niño Guerrero. La pregunta es ¿quién heredará sus rutas, sus víctimas, sus contactos y sus negocios?. Si las autoridades mexicanas miran el caso como un asunto lejano, venezolano o estadounidense, cometerán un error. La experiencia muestra que las organizaciones criminales transnacionales no respetan fronteras; las usan.

El efecto cucaracha ya es una hipótesis de seguridad pública. La muerte del jefe puede dispersar a sus operadores hacia territorios donde ya existan complicidades. Y en México, esas condiciones sobran.

La capital no necesita esperar a que el Tren de Aragua se anuncie con mantas o balaceras. Su presencia puede verse antes en mujeres desaparecidas, extranjeras explotadas, hoteles bajo investigación, cobros de piso, droga al menudeo y departamentos usados como cárceles privadas.

La muerte del Niño Guerrero puede ser una victoria para Washington. Para México, en cambio, puede ser el inicio de una nueva alerta criminal: la de una organización que, al perder la cabeza, podría multiplicar sus patas. (Gerardo Jiménez, El Sol de México, Metrópoli, p. 20)