¿Existe un populismo a la mexicana? Hay varias premisas que se pueden revisar con el objetivo de que cada lector saque sus propias conclusiones sobre la utilidad de usar el concepto para entender una parte de la realidad por la que atraviesa ahora nuestro país.
1.- El contexto. Uno de los conceptos para entender la realidad de los sistemas políticos en la actualidad es el populismo. En los últimos años ha cobrado particular importancia por las oleadas de los movimientos, corrientes y gobiernos que se ubican en lo que se conoce como las nuevas derechas, las ultraderechas, el etnonacionalismo. Estamos ante enormes cambios geopolíticos que nos han llevado a una ruptura con el mundo de reglas e instituciones que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial, como dice el primer ministro de Canadá. Hemos regresado al poder de los más fuertes y a las áreas de influencia. En este contexto se ubican los debates sobre los populismos —en plural—, porque hay muchas diferencias y variedades. ¿Existe un populismo a la mexicana?
2.- Concepto vigente o zombie. El populismo es un término que no goza de completa legitimidad en el mundo de la ciencia política. Para algunos investigadores y opinadores no tiene sentido usar el concepto, porque se trata de eso que algunos llaman conceptos zombies, es decir, que son inútiles, falsos u obsoletos para explicar y entender la realidad actual. Así entendía Ulrich Beck lo zombie: como lo que puede seguir “vivo”, pero ya no explica lo que pasa hoy en día. Otros simplemente lo desechan porque se aplica a personajes y realidades tan diferentes que pierde sentido usarlo.
Para otros autores sí hay un populismo vigente que sirve para explicar realidades complejas y diversas. Cuando se pasa de la mera descripción o de emplear el término como un insulto, se pueden tener aproximaciones interesantes que son de utilidad para explicar sistemas políticos.
3.- Características positivas y negativas. Algunos autores, como Mudde y Rovira, establecen que hay efectos positivos y negativos. Entre lo positivo, el populismo puede dar voz a grupos que no se sienten representados por las élites políticas; movilizar a sectores excluidos de la sociedad; mejorar la capacidad de respuesta del sistema político y aumentar la rendición de cuentas. En la parte negativa, el populismo debilita los derechos de las minorías; erosiona las instituciones que protegen derechos fundamentales; propicia una moralización de la política que dificulta alcanzar acuerdos.
4.- De izquierdas y de derechas. Las derechas populistas están emparentadas con procesos como la globalización y el neoliberalismo; las izquierdas se ubican en contra de esos procesos. En las derechas la orientación es contra las migraciones y las cadenas de valor global, dos causas que generaron la globalización y el neoliberalismo. En las izquierdas no existe mucha nitidez en sus definiciones: pueden ser antiglobalización y antineoliberales, pero también proponen mezclas frente a los problemas de la redistribución y el reconocimiento, como dice Nancy Fraser. Las diferencias están marcadas en lo que se conoce como las guerras culturales, que junto con los cambios tecnológicos, la crisis ambiental, las migraciones masivas y las nuevas sexualidades, construyen la polarización de las agendas entre izquierdas y derechas.
5.- Mezclas y diferencias. En los dos polos se comparten el dualismo, la polarización y la confrontación entre pueblo y élite. Del lado de las derechas se tienen expresiones de racismo, xenofobia, acumulación salvaje, destrucción del medio ambiente y negación de los derechos de las minorías. Hay una construcción del enemigo al que hay que enfrentar con mano dura (migrantes, pobres, musulmanes, negros, comunistas, etc.). Del lado de las izquierdas se tienen narrativas sobre el nacionalismo, la relación líder-pueblo, la negación de los intermediarios y las políticas de redistribución.
¿Qué tanto populismo tenemos en México? ¿La 4T es un movimiento populista? ¿Qué diferencias populistas hay entre el primero y el segundo gobierno de la 4T? (Alberto Aziz Nassif, El Universal, Opinión, A15)
Contrastes
Las decorosas actuaciones mundialistas de países como Marruecos, Haití, Costa de Marfil, Congo y Senegal, con previos desempeños modestos, parecerían consecuencia de un desarrollo interno que les permite ahora competir. No es así. Las condiciones económicas y sociales de estos países han propiciado, desde hace décadas, procesos migratorios hacia naciones más desarrolladas, lo que ha facilitado el surgimiento de estas selecciones.
Francia, por ejemplo, forma futbolistas de élite nacidos en su territorio, muchos de ellos con doble nacionalidad, que en algunos casos nunca han vivido en el país que hoy representan.
Todo mi reconocimiento al jugador mexicano que, a pesar de políticas que, muchas veces corruptas, promueven al jugador extranjero y limitan las plazas a mexicanos, logra formarse en fuerzas básicas, emigrar a Europa, y competir dignamente en un Mundial.
Urge una reestructuración, con bases legales, que promueva la formación y promoción de jugadores en nuestro país. (Alexis Palacios Macedo / Miguel Hidalgo, CDMX, Reforma, Nacional, p. 4)
LA REVISIÓN DEL T-MEC, que iniciará formalmente el 1 de julio, podría ampliar su impacto más allá del ámbito comercial. De acuerdo con JP Morgan, el proceso también podría usarse como herramienta de presión en temas como seguridad y migración. El análisis advierte que esta dinámica añadiría incertidumbre a las decisiones de inversión. Según Nur Cristiani y Mary Sangurima, estrategas de la firma, la relación comercial podría influir en agendas no económicas. Aun así, el tratado seguirá siendo el principal marco económico de la región. Está en juego un flujo comercial de alrededor de 1.5 billones de dólares anuales. Sectores como manufactura, logística e infraestructura dependen de su estabilidad. El resultado de la revisión será clave para el futuro económico de Norteamérica. (Dario Celis, El Heraldo de México, Merk-2, p. 18)
El Mundial México 2026 está dejando algo más importante que resultados deportivos, al recordarnos que cuando las mexicanas y los mexicanos tenemos motivos para creer en nosotros mismos y en nuestro país, el estado de ánimo cambia.
Hemos visto desaparecer o postergarse para otros tiempos el malestar social, el encono partidista y la preocupación de los problemas nacionales y regionales que pudieran tensar la relación entre sociedad y gobierno, entre población y autoridad, entre gobiernos vecinos que buscan cómo enfrentar desafíos comunes —crimen organizado, fentanilo y migración— con enfoques y estrategias diferentes.
Cuando la fe religiosa, que mueve montañas y almas, se transforma en un producto laico que mueve personas y pueblos enteros, se llama esperanza. Esperanza es el nombre laico de la fe.
En el partido de México contra Chequia de mañana, miércoles, en el estadio CDMX (Azteca o Banorte), veremos a dos pueblos movidos históricamente por la fe religiosa, enfrentarse amistosamente por la fe al deporte del futbol, es decir, por la esperanza de ver a sus selecciones coronarse con el triunfo.
Las y los ciudadanos de Chequia que han venido a México en el marco del Mundial preparan una marcha para apoyar con consignas, cánticos y música a su equipo nacional. Será una oportunidad para contrastar las marchas movidas por la esperanza deportiva y las marchas movidas por el interés gremial que en días pasados se movilizaron también para asediar el estadio CDMX, con objetivos diferentes de aquellos que impulsan a los fanáticos de la esperanza. Mi apuesta para el partido de mañana es a favor de la esperanza nacional mexicana, que bien puede levantar un 2 a 1 a su favor.
¿Y qué decir del futbol y la política? Son dos oficios, dos actividades movidas por el resorte de la fe laica, la esperanza, pero que también se edifican con el legítimo interés partidario de ganar. No en balde ambas profesiones se mueven por el concepto de “partido”, es decir, sus practicantes son partisanos de una creencia, de un interés legítimo y de una esperanza por salir victoriosos de una contienda.
El otro interés que ronda este Mundial de futbol 2026 no lo podemos ignorar. Es el interés dominante, el interés mercantil de la máxima ganancia y el máximo beneficio, con el mínimo de entretenimiento y el mínimo de promoción cultural.
Con boletos de 120 mil pesos promedio en México, el futbol llanero y popular quedó proscrito de los estadios mundialistas. De no ser por las pantallas públicas que el Mundial Social de la presidenta Claudia Sheinbaum promovió a lo largo de las plazas públicas del país, el actual campeonato hubiese sido el Mundial Fifí o el Mundial de la exclusión, la discriminación económica y la desigualdad social.
El Mundial Social y el pato Merlín, que de manera viral se convirtió en la mascota mexicana de este torneo (desplazando del pódium al oficialista jaguar Zayu), salvaron el carácter popular de esta competencia deportiva.
Quizá por encima de nuestras diferencias políticas, sociales y económicas, la mayor lección de estas semanas mundialistas no está en los estadios, sino en las calles pletóricas de banderas y camisetas tricolor, en donde las mexicanas y los mexicanos seguimos buscando algo que nos haga sentir parte de un mismo proyecto nacional.
La Selección mexicana puede lograr mañana en la noche el milagro que casi nadie ha conseguido en años: mover a un pueblo entero en torno a una emoción esférica. (Ricardo Monreal, Milenio, Fronteras, p. 15)
Gobernanza Empresarial Fronteriza: Élites, Estado y Arquitectura del Desarrollo Regional, obra de Edgar Lara-Enríquez, analiza cómo las élites empresariales de la frontera norte, especialmente Ciudad Juárez, influyen en el Estado y diseñan juntos el desarrollo regional. Plantea que en la frontera no gobierna solo el gobierno: hay una “arquitectura” donde empresarios, políticos y organismos binacionales negocian el rumbo económico.
Poder local y binacional: Lara-Enríquez, doctor en Administración y Alta Dirección por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), propone que hay que estudiar el poder empresarial no solo a nivel local, sino regional y binacional. Juárez-El Paso es un ejemplo: maquiladoras, puentes, nearshoring y seguridad se deciden en mesas donde las élites empresariales tienen asiento junto con el gobierno.
Nuevo institucionalismo: El libro pide evaluar a los organismos empresariales desde sus normas, planes y procedimientos. Esos factores son los que realmente dan poder e influyen en la gestión para el desarrollo.
Juárez es caso de estudio porque: Nearshoring: La relocalización industrial exige gobernanza multinivel. El éxito depende de capacidades institucionales sub nacionales y cooperación transfronteriza.
Para diplomacia: El Ayuntamiento no firma tratados, pero negocia con El Paso infraestructura, comercio y migración. Las élites empresariales están en esas mesas.
Infraestructura: México y EU modernizaron cruces en abril 2026. La élite empresarial empuja estos proyectos porque “una frontera moderna y eficiente fortalece la competitividad regional”.
Lara-Enríquez, ha ocupado cargos como director general del CCE y COPARMEX en Ciudad Juárez, cierra diciendo que se necesita una agenda de investigación del sector empresarial fronterizo, para tener una “radiografía del poder local y regional”. Solo así se puede evaluar si las organizaciones empresariales ayudan o frenan el desarrollo con visión de bien común. (Fernando Fuentes, Milenio Puebla, Online)
Si miramos los periódicos de este año, una vaga sensación de déjà vu nos recorre el cuerpo. Nada de lo que ocurre es enteramente nuevo, pero todo se presenta con la nitidez de una pesadilla largamente ensayada.
En su libro Una izquierda que se atreva a decir su nombre, Slavoj Zizek se asoma a este teatro de sombras con la urgencia del cronista que ve cómo el barco se encamina hacia el arrecife. Leerlo es asistir a un ejercicio de desmitificación que recuerda aquella implacable sentencia de Karl Marx en El dieciocho brumario: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.
Para Zizek, el pensador de Tréveris no pertenece al pasado ni a las estatuas de bronce derribadas tras la caída del Muro de Berlín aquel 9 de noviembre de 1989. Marx opera hoy como un muerto viviente, un vampiro que se niega a descansar en paz porque el propio capitalismo, en sus mutaciones, sigue alimentándose de las mismas contradicciones que él diagnosticó.
El filósofo sin filtros no nos ofrece el bálsamo del optimismo; al contrario, reclama con lucidez “el derecho a contarle malas noticias a la opinión pública”.
En una época habituada a la papilla digerible de las redes sociales, la verdad se ha convertido en un objeto de lujo o en un delito de Estado, como bien lo sabe Assange. También lo saben los “proletarios nómadas”, esa masa de desposeídos e inmigrantes que deambulan por las fronteras de una Europa que se fragmenta en regionalismos estériles, o en América Latina, agrego yo, que ya no es puente de paso al sueño americano, sino puerto de arribo para huir de sus pesadillas originarias. Mientras tanto, el capital global, indiferente a banderas y fronteras, sigue su curso.
El ensayo de Zizek es como un espejo incómodo. Nos muestra que el populismo de derechas y la vulgaridad de Donald Trump no son accidentes históricos, sino los síntomas orgánicos de una democracia liberal que se vació de sustancia.
Frente a eso, la izquierda suele responder con el reproche moral o el refugio en la corrección política, olvidando que el verdadero racismo, por ejemplo, ya no necesita teorías biológicas: le basta con el pretexto cultural, con el miedo neurótico a que “el otro”, el migrante nos robe nuestro preciado y casi siempre precario modo de vida. Por eso nos vinculamos únicamente con quienes comparten nuestra microidentidad, fomentada por el síndrome del gueto y los algoritmos digitales.
Hubo un tiempo en que la izquierda se medía por su capacidad de sitiar fábricas, tomar el cielo por asalto y prometer el futuro. Hoy, apunta Zizek, parece atrapada en un laberinto de nostalgias y comités de oficina, más preocupada por el lenguaje correcto que por el salario digno. Mientras las mayorías experimentan el día a día como una sutil forma de autoexplotación y aislamiento digital. La gran pregunta, señala el filósofo, ya no es cómo cambiar el sistema, sino si nos queda imaginación colectiva para siquiera intentarlo.
En un mundo fragmentado, donde la urgencia climática colisiona con el bolsillo del trabajador y las identidades atomizan la vieja solidaridad, la izquierda se enfrenta a su espejo más incómodo: o recupera la audacia de ofrecer certezas materiales frente a la incertidumbre o corre el riesgo de volverse un artículo de lujo para clases medias ilustradas.
Sorprende, en la lectura de estas páginas, la vigencia de su análisis sobre el capitalismo de China o el colapso trágico de Venezuela, ejemplos que demuestran que el libre mercado no tiene límite.
Como en los mejores pasajes de Walter Benjamin o Theodor W. Adorno, Zizek nos recuerda que la indignación sin consecuencias es otra forma de la complicidad. Si la cúpula tiene filtraciones –como demostró Julian Assange, hoy un símbolo de la fragilidad de nuestras libertades–, el verdadero poder no teme que sepamos su secreto.
Al cerrar el libro, nos queda la certeza de que, pese a todo, el porvenir no está escrito y que, si la izquierda quiere tener un nombre en el siglo que avanza, deberá aprender primero la dura lección de mirar de frente a sus propios fantasmas. (Javier Aranda Luna, La Jornada, Cultura, p. 10a)
La apertura económica anunciada por el gobierno cubano constituye el cambio más importante en la organización de la economía desde las nacionalizaciones de los años sesenta. Las reformas surgen de una necesidad material antes que de una conversión ideológica. La economía cubana se contrajo 1.9 % en 2023 y 1.1 % en 2024. Distintas estimaciones oficiales calculan una caída cercana al 5 % durante 2025, lo que implicaría una contracción acumulada superior al 15 % desde 2020.
A ello se suman apagones recurrentes, deterioro de la infraestructura energética, escasez de combustibles y una inflación que ha erosionado el salario real durante varios años. El embargo estadounidense sigue restringiendo el acceso a financiamiento, inversión y comercio internacional, sin mencionar las recurrentes amenazas de invasión a la isla.
La migración masiva de los últimos años revela otra dimensión de la crisis. Miles de jóvenes, trabajadores calificados y profesionales han buscado fuera de la isla las oportunidades económicas que el país no ha podido ofrecer. La relevancia del giro cubano no radica únicamente en las 176 medidas aprobadas. Lo verdaderamente significativo es que el Estado reconoce, de hecho, que el modelo construido durante décadas ya no logra generar los niveles de producción necesarios para sostener el bienestar social.
El principal problema de Cuba dejó de ser la distribución de la riqueza para convertirse en la generación de riqueza. Durante décadas, la Revolución logró avances extraordinarios en salud, educación y protección social. Sin embargo, esos logros dependían de una economía capaz de financiarlos.
Por esa razón, el gobierno comenzó a flexibilizar principios que durante mucho tiempo fueron considerados intocables. La expansión de las mipymes, la posibilidad de acumular propiedad empresarial, la apertura a la inversión extranjera, la creación de bancos privados, la autonomía para importar y exportar, la transformación de empresas estatales y la incorporación económica de la diáspora responden a una misma lógica: el Estado busca movilizar recursos que ya no puede generar por sí solo.
Desde una perspectiva de izquierda, la cuestión central no consiste en condenar o celebrar el mercado. El debate consiste en determinar quién orienta el desarrollo económico y quién captura sus beneficios. El mercado puede aumentar la inversión, estimular la innovación y elevar la productividad. También puede ampliar desigualdades, concentrar riqueza y debilitar mecanismos de cohesión social.
La experiencia cubana muestra una paradoja histórica. La planificación centralizada permitió resistir décadas de bloqueo, construir capacidades estatales y garantizar derechos sociales básicos. Con el paso del tiempo, la misma estructura generó rigideces burocráticas, escasos incentivos productivos y una creciente distancia entre las necesidades económicas y las formas de gestión existentes.
Lo que emerge hoy se parece a un socialismo de mercado. El referente implícito se encuentra en China y Vietnam. En esos casos, el mercado dejó de ser visto como una amenaza ideológica y pasó a ser un instrumento de desarrollo bajo conducción estatal.
La discusión sobre Cuba suele plantearse como una elección entre socialismo y capitalismo. Las reformas sugieren algo diferente. El gobierno parece haber concluido que la supervivencia del proyecto revolucionario exige incorporar instrumentos de mercado que durante décadas fueron rechazados.
La paradoja es evidente. La apertura económica aparece como el camino elegido para preservar un sistema que nació cuestionando precisamente la lógica del mercado. El desafío será aumentar la producción sin sacrificar la cohesión social y generar crecimiento sin reproducir desigualdades incompatibles con los ideales que dieron origen a la Revolución. (Jorge Gaviño Ambriz, La Crónica de Hoy, Metrópoli, p. 16)