Opinión Migración 280626

Mundial colonial y migrante

Más allá de los africanos, latinoamericanos y asiáticos que juegan en Europa y que han teñido de guiños y de color a las selecciones, se esconde una larga y compleja historia colonial que no ha terminado y un presente marcado por reflujos hacia las metrópolis coloniales y una corriente imparable de buenos jugadores migrantes, hacia los clubes y los países que compiten en alto nivel.

Como muestra de la presencia colonial, tenemos la visita de sus majestades Guillermo Alejandro y Máxima, al partido de Curazao, país autónomo, pero dependiente de los Países Bajos.

La muestra de futbolistas migrantes es inmensa, va de sur a norte y de norte a sur; comprende a varias generaciones, a personas con nacionalidades adquiridas y otras con varias nacionalidades.

Es un mundo complejo, donde Nico Williams Jr y su hermano Iñaki, nacieron uno en Pamplona y otro en Bilbao, por tanto, son españoles, ambos juegan en el club español Athletic, pero el primero juega en la selección española y el segundo en la de Ghana. Las razones personales pueden ser varias, lo importante es que se da, es un hecho, que haber nacido en un país no es necesariamente determinante para jugar en una selección.

Otro caso que traspasa generaciones es el de la familia Zidane, donde interviene el abuelo, el padre y el hijo. Como se sabe, el famoso futbolista y entrenador Zinedine Zidane, que nació en Marsella y jugó con su selección, tiene varios hijos futbolistas, pero uno de ellos, Luca, juega con la selección de Argelia.

Luca Zidane era muy cercano a su abuelo Smail, que llegó de joven a Francia y trabajó como albañil y su hijo Zinedine tuvo mucho éxito como futbolista. No obstante, para Luca la relación con su abuelo, su entorno y cultura es muy importante, tanto que decide jugar por Argelia.

En efecto, se ha documentado que en la experiencia generacional migrante, la primera se dedica a trabajar, esa es su forma de integración al mercado laboral secundario; la segunda, nacida en el país de destino, se educa, reniega de sus orígenes y trata de integrarse; y la tercera, suele recuperar y apreciar sus orígenes étnicos y nacionales.

Si bien la mayoría de los migrantes futbolistas van a los equipos de Europa, otros han encontrado lugar en medio oriente, e incluso en el Sur global.

Ya resulta un cliché comentar sobre el número de africanos de origen que participan en las selecciones europeas. Pero el caso francés es especial, de los 16 seleccionados que figuran en el álbum de Panini, sólo dos son franceses de abolengo: Adrien Rabiot y Lucas Digne. Incluso Japón tiene a dos morenos en su selección.

En México se acoge a muchos futbolistas latinoamericanos, pero también a europeos, como sería el caso del francés Gignac, que juega para los Tigres de Monterrey y Jenny Hermoso, que juega en la selección española y también se pone la camiseta de los Tigres.

En México son tantos los jugadores extranjeros que algunos se naturalizan, como es el caso de Julián Quiñones, de origen colombiano, entre varios otros. No muchos, como se da en el caso de Europa. Aquí sólo el tiempo y el buen futbol de algunos ha ido superando las trabas, para que los mexicanos naturalizados puedan representar a la selección.

El estigma sigue presente, cientos de instituciones mexicanas tienen en sus estatutos la cláusula discriminatoria de “mexicano de nacimiento”, para desempeñar cualquier papel. Un naturalizado con doctorado puede trabajar en la UNAM, pero no puede ser maestro de escuela primaria, porque no es “mexicano de nacimiento”. Y así, en múltiples oficios y cargos públicos.

Quiñones puede ser un goleador de primera, pero en realidad es un “mexicano de segunda”. Por el contrario, millones de mexicanos naturalizados en Estados Unidos pueden ser diputados, senadores e incluso gobernadores de algún estado de la Unión Americana. Sólo les está vedada la presidencia.

Un migrante austriaco como Arnold Schwarzenegger llegó a ser gobernador de California, una española naturalizada francesa como Anne Hidalgo llegó a ser alcalde de la ciudad de París e incluso fue candidata a la presidencia por el Partido Socialista.

El actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, nació en Uganda y sus padres eran de la India. Llegó a Estados Unidos cuando tenía siete años y se naturalizó al cumplir 26, pero como americano, sin adjetivos, tuvo iguales derechos que cualquier otro americano de “nacimiento” para llegar a ser alcalde de la gran ciudad.

Unos 289 jugadores en este Mundial están jugando con una camiseta de un país en el que no nacieron. En la selección de Curazao, 25 de sus 26 jugadores seleccionados nacieron fuera, en la metrópoli colonial.

Aquello de Chavela Vargas, de que un mexicano nace donde le da su rechingada gana es muy bonito y simpático, pero no es para los mexicanos naturalizados que, pueden ser plenamente acogidos por México y su gente, pero no lo son a la hora de postular un cargo, de participar políticamente, de tener que lidiar con las leyes, disposiciones y reglamentos que lo excluyen.

Si bien la mayoría de futbolistas que migran van a los equipos de Europa, otros han encontrado lugar en el Sur global. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p.12)

250 años ¿de qué?

La administración de Donald Trump, en sus más altos rangos civiles y militares, dirige acciones militares genocidas en contra de Cuba, Irán y Palestina. Sostiene distintas formas de guerra, intervencionismo, colonialismo o neocolonialismo en más de 80 países de los cinco continentes. Al interior de su país, ejecuta políticas discriminatorias en contra de la población no blanca y sostiene una política de terror en contra de los migrantes.

En ese contexto y en el marco de los 250 años de la firma del acta de Independencia de ese país, la administración trumpista ha anunciado una serie de celebraciones bajo el lema “Libertad 250”. Más allá del cinismo y de las evidentes contradicciones del lema con el gobierno actual ¿Qué se puede conmemorar en esos 250 años de existencia? ¿Las múltiples guerras e invasiones a lo largo de los 250 años son apenas accidentes en el despliegue de esa nación? ¿Dónde queda la historia de su pueblo?

Como parte de la cultura e ideología dominantes se podrá encontrar el justo medio entre el cúmulo de crímenes y sus grandes aportes. Más de una persona resaltarán aspectos positivos y sucesos que, sin la impronta americana, mostrarían una historia contemporánea insuficiente, incompleta o defectuosa. Se calificará como injusto y severo el más mínimo asomo por poner en cuestión la historia de una nación y de un pueblo, tan sólo por algunos crímenes y personajes nefastos.

En sus tesis sobre el concepto de historia, Walter Benjamin planteó que “No hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie” (Tesis 7). Bajo su óptica, aquello que explica el desarrollo histórico como un continuum de sucesos bajo los cuales la historia humana avanza, no puede explicarse sin la carga inherente de violencia y destrucción bajo las cuales se someten a los oprimidos de todas las épocas.

Sus tesis, escritas en un momento en que el ascenso del fascismo amenazaba con triunfar, el pensador judío-alemán tuvo la capacidad para formular una concepción de la historia crítica que hace saltar por los aires las nociones de equilibrios y contrapesos propios de la visión de mundo burgués occidental, que mira el resultado dominante de la historia como lineal y perfectible.

Si siguiéramos a Benjamin para pensar los 250 años de EU, tendríamos que comprender que su nacimiento es indisociable del genocidio de la población nativa y de la piratería comercial. País que antes de proclamar su independencia priorizó crear su cuerpo de marines. Nación que reconoció en su Constitución el derecho de sus ciudadanos a portar armas 75 años antes de abolir la esclavitud.

Esa mirada crítica permitiría mirar en George Washington al modelo de político emprendedor yanqui: un especulador de tierras y dueño de plantaciones basadas en el trabajo esclavo; en Thomas Jefferson al fundador de la política exterior del país al definirla como un “imperio extensivo y autogobierno”; y en Abraham Lincoln al ideólogo de su política migratoria cuando, al enfrentar el problema de la esclavitud, pensó que la mejor salida sería expulsar a los negros del país para que poblaran Belice y las Guayanas.

La fortaleza de ese país no se puede explicar sin su precocidad para iniciar guerras de invasión y despojo. Tenía 36 años como nación cuando dirigió su primera invasión a otro continente, (contra Indonesia y las islas polinesias). A sus 47 años proclamó la Doctrina Monroe afirmando que todo el continente americano y el Caribe le pertenecían. A sus 70 años inició el despojo de la mitad del territorio mexicano (el mayor robo territorial cometido contra un país).

La antigua colonia emergió como una nueva potencia al calor de su participación en las guerras mundiales. Así se consagró como el nuevo hegemón imperial. Para sostenerse así, sostiene una guerra multidimensional permanente contra todo esfuerzo multipolar.

Después de la Segunda Guerra Mundial, EU ha invadido o intervenido 96 países. Desde 2001, so pretexto de su guerra contra el terrorismo, ha desplegado operaciones bélicas en 85 países. Según la fundación filipina IBON, los saldos humanos de las agresiones militares de Estados Unidos en todo el mundo pueden ascender hasta los 32 millones de personas.

Además, mantiene el control político, económico y militar sobre 14 colinas (eufemísticamente les llama “Territorios no incorporados”). Aquello que en los 250 años de Estados Unidos “aparece como una cadena de acontecimientos —parafraseando a Benjamin— realmente corresponde a una catástrofe única” (Tesis 9).

¿Es injusta o desproporcionada esta visión? ¿Acaso cancela la posibilidad de reconocer los esfuerzos de abajo para que ese país tenga otra historia?

Benjamin escribió también “sólo a la humanidad redimida se le ha vuelto citable su pasado en cada uno de sus momentos. Cada uno de sus instantes vividos se convierte en un punto en la orden del día” (tesis 3).

*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Heredia

La fortaleza de EU no se puede explicar sin su precocidad para iniciar guerras de invasión y despojo. (Magdiel Sánchez, La Jornada, Opinión, p.13)

Trump y México

Estados Unidos y México comparten una frontera por demás compleja por el enorme número de factores, personas y conflictos que ahí se concentran, cruzan y enfrentan a dos naciones tan distintas en historia y cultura. Ni los mexicanos ni los americanos escogimos la vecindad, pero ambos hemos tenido que aprender a convivir y administrar la complejidad que, históricamente, ha requerido amplios cuidados. En los últimos años, los dos países han experimentado cambios en sus liderazgos que contemplan la frontera más como un problema que como una oportunidad. Sin embargo, ninguno puede prescindir del otro ni negar su existencia, por más que ambos seguramente lo hubieran deseado.

Trump, como AMLO, son personajes de su época, síntomas de los desajustes que experimentó el mundo en las últimas décadas, mucho de ello por el acelerado cambio tecnológico que modificó relaciones sociales, estructuras laborales y la capacidad de las empresas para adecuarse a un entorno en constante transformación. La globalización alteró la manera de producir y abrió oportunidades para la exportación de manufacturas, pero también erosionó estructuras políticas y la capacidad de los gobiernos para conducir los destinos de sus países.

Todos estos cambios, incluyendo el fenómeno migratorio, crearon un entorno de resentimiento en comunidades tradicionalmente industriales en el norte de EU que perdieron, primero, frente al desarrollo de nuevos polos industriales en el sur de ese país y, luego, con el enorme impacto sobre todo de las manufacturas chinas en el mercado norteamericano. El llamado medio oeste estadounidense, donde se localizaba el corazón de la industria desde el siglo XIX, se convirtió en un desierto para obreros calificados por las empresas que no sobrevivieron al cambio tecnológico y al embate de las importaciones.

AMLO y Trump llegaron a sus respectivos gobiernos porque sus maneras de entender al mundo y a sus países empataban con su momento. Trump llevaba años protestando contra las importaciones, el TLC norteamericano y China. AMLO se colocó como el defensor y protector de los pobres y las clases medias urbanas que se habían rezagado en sus niveles de ingresos y capacidad de consumo. Ambos presidentes afianzaron a sus bases convirtiéndose en los representantes de los desprotegidos y los desplazados.

Como todos los líderes egocéntricos, ambos están llenos de contradicciones y han sido beneficiarios, directa o indirectamente, de mucho de lo que denunciaban y condenaban. Convencidos de su cruzada, han probado ser incapaces de comprender la inmensa propensión de ellos mismos o sus cercanos a la corrupción y al abuso. En nuestro caso, la destrucción institucional tendrá efectos nocivos por décadas; en el caso de Estados Unidos las instituciones han sido golpeadas y vapuleadas, pero luego de doscientos cincuenta años de existencia, seguramente sobrevivirán. En México estamos viviendo la resaca contra la corrupción del sexenio pasado, sus malas decisiones y la de por sí debilidad del Estado. En Estados Unidos lo más probable es que, como ocurrió después de Watergate, tan pronto salga el gobierno actual la resaca conducirá a nuevas leyes y mecanismos institucionales para que los excesos y abusos de este momento puedan ser penalizados en el futuro. Las instituciones cuentan y ahí nuestro déficit es inmenso.

La pregunta es cómo conducir una relación tan compleja y a la vez inevitable y necesaria. La pregunta se la han hecho virtualmente todos los presidentes de México desde que somos nación y sus respuestas fueron cambiando en el tiempo según las circunstancias. Por siglo y medio se vio a Estados Unidos como un problema que debía administrarse; luego, en el contexto del cambio económico y tecnológico que sobrecogía al mundo, se le vio como una oportunidad, a la que los propios norteamericanos respondieron con convicción. Los tiempos han cambiado, pero la interacción bilateral y la creciente integración económica son hechos inexorables que sólo una actitud suicida buscaría impedir. Pero eso no resuelve el embrollo actual.

Para el gobierno del presidente Trump, México se ha convertido en un problema de seguridad nacional. Por nuestra parte, sería terco y absurdo negar que México enfrenta un reto de seguridad de inmensas dimensiones. Igual de obstinado sería pretender que México cuenta con las capacidades y recursos para controlar al crimen organizado.

Para México, el problema es doble: por un lado, su inherente debilidad institucional, a la cual han abonado en grande los últimos dos gobiernos; no hay salida mientras no se admita que ese es un problema que debe ser atendido. Por otro lado, el poderío del crimen organizado no sólo exporta narcóticos sino, sobre todo, destruye la malla social, inhibe la confianza entre los propios mexicanos y socava la credibilidad del gobierno en todos los órdenes. Lo primero corresponde a los mexicanos y constituye el principal desafío para el gobierno actual, lo reconozca o no.

Combatir al crimen organizado es indispensable e inevitable. También podría ser la plataforma sobre la cual, en las circunstancias actuales, ambas naciones podrían construir un marco de cooperación que contribuyera a la paz de la frontera y a la civilidad en las relaciones bilaterales en todas sus dimensiones.

Trump es una contraparte difícil de encarar, pero es el líder de nuestro principal socio; la cooperación debe superar la confrontación.

Ambos están llenos de contradicciones y se han beneficiado, de forma directa o indirectamente, de mucho de lo que denunciaban y condenaban. (Luis Rubio, Reforma, Opinión, p.11)

Las amenazas de Trump

Se empezara a hablar de la renovación del T-MEC. En sus desplantes demagógicos de siempre, Trump ha sostenido en varias ocasiones su postura de no querer renovarlo.

Donald Trump volvió a hacer de las suyas y aparte de negociar a la baja un memorándum de entendimiento con Irán (que hoy está fracasando), y en el que claudicó en todas sus demandas, ahora, de nueva cuenta declaró desde el G7, que el nuestro es un país dominado por el crimen organizado y que la Presidenta está asustada. En pocas palabras, volvió a acusar a Sheinbaum de no poder con el paquete, e insinuó que Estados Unidos podría tomar cartas en el asunto y perseguir militarmente por tierra los objetivos y posiciones de fuerza del que llama narcoterrorismo. Al mismo tiempo, el vicepresidente JD Vance afirmó que Estados Unidos se reservaba el derecho de tomar “medidas militares” contra los cárteles e imponer por la fuerza los términos estadunidenses en defensa de su población y su seguridad nacional, si el Estado mexicano no detenía la violencia de los cárteles y el trasiego de drogas, principalmente el fentanilo. Sobre esto, en un reciente libro (Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, por Maggie Haberman y Jonathan Swan) se revela que el tema de la intervención en México ha sido discutido con los colaboradores de Trump y que fue Stephen Miller, el influyente asesor de extrema derecha y línea dura, quien originalmente sembró la idea, así como lo ha hecho con respecto a las medidas represivas y pseudo fascistas en contra de la inmigración.

Y es que estos pronunciamientos descansan en la Estrategia Nacional de Inteligencia y la Estrategia Contraterrorista de Estados Unidos, las cuales han catalogado a México como su más importante prioridad de seguridad nacional en el continente. De aquí que los principales cárteles mexicanos hayan sido catalogados como organizaciones terroristas y que el fentanilo y otros estupefacientes sean considerados como amenazas a la seguridad nacional estadunidense. Y de aquí también los procesos judiciales que se han armado desde la fiscalía sur de Nueva York en contra de narco políticos y narco funcionarios, como es el caso del gobernador con licencia, Rocha Moya y sus 11 presuntos asociados en Sinaloa en la protección a Los Chapitos y en los actos de corrupción que esto conlleva. Como todos sabemos la presidenta Sheinbaum se ha obsesionado y enredado con el tema ha protegido a Rocha Moya y compinches, esto muy a pesar de que tres de ellos ya se entregaron a las autoridades judiciales estadunidenses en Nueva York y presumiblemente han hecho declaraciones que muy bien podrían estar consolidando la demanda estadunidense de extradición. Por cierto, el fiscal que inició el caso, Jay Clayton, es ahora el nuevo director de Inteligencia de Estados Unidos y muy seguramente pondrá un énfasis especial en el caso México y en el seguimiento de los narcopolíticos que se han aliado con los grupos del crimen organizado. Con el paso de tiempo podremos ver que Clayton operará la presión que ya ejerció desde Nueva York, a fin de hacer que el gobierno de Sheinbaum reaccione y proceda a la detención y eventual extradición de los presuntos narcopolíticos.

Pero estas presiones no vienen solas. Están acompañadas, por ejemplo, de otra que ha estado presente desde que, antes de los plazos formales, se empezara a hablar de la renovación del T-MEC. En sus desplantes demagógicos de siempre, Trump ha sostenido en varias ocasiones su postura de no querer renovarlo. Aunque luego lo matiza, esta postura ha estado presente desde que inició su segunda presidencia, alegando que el Tratado es el peor que Estados Unidos podría haber acordado. Lo hace con un único cometido: presionar a Canadá y principalmente a México para que negocien a la defensiva y en posición de desventaja los diferentes términos del Acuerdo.

Trump está cerrando la pinza ante la debilidad sistémica del Estado mexicano. Sus exigencias responden a una estrategia de presión y control en un momento de creciente debilitamiento institucional que sufre México desde que la 4T tomó el poder. Eso se ve a leguas por más que los obradoristas —que son los que controlan los destinos del país, a pesar de los esfuerzos, muy fallidos, de la Presidenta de deslindarse— lo traten de ocultar. Ahora sí, lamentablemente Trump tiene las cartas del póker bilateral y el gobierno mexicano se ha concretado a ser reactivo sin tener una estrategia clara de cómo lidiar con Trump y con MAGA. En efecto, no hay una clara política estadunidense de la Cancillería que nos permita influir en la política doméstica y mexicana estadunidenses. Veremos si el nuevo embajador, Roberto Lazzeri, puede revertir esta situación de inmovilidad del gobierno.

Trump está cerrando la pinza ante la debilidad sistémica del Estado mexicano. (José Luis Valdés Ugalde, Excélsior, Nacional, p.13)

Alianzas consulares

Dos, sólo dos ejemplos, comentaré el día de hoy, de la colaboración que puede haber entre consulados que están establecidos dentro de los Estados Unidos.

Uno, la primera elección donde los italianos del exterior eligieron por voto directo a los diputados de la diáspora. El otro ejemplo, el de un consulado conjunto de Guatemala y México realizado en la ciudad de Grand Rapids.

En el primer caso, nuestro amigo el cónsul me invitó para que, mi persona y algunos de mis colaboradores participáramos como observadores del proceso mediante el cual, los italianos empadronados en Michigan, votarían por sus diputados Migrantes.

Localizamos las mesas electorales, nos dieron nuestro gafete y el día de votaciones acudimos. No fue voluminosa la presencia de votantes, pero sí importante.

Estuvimos hasta el recuento y la elaboración del paquete electoral.

Buena experiencia, eran los años iniciales de este siglo y la primera experiencia para la nación italiana en la diáspora, donde el medio Oeste norteamericano es importante.

La zona oeste de Michigan congrega a miles de jornaleros agrícolas. Por años han vivido allí y ya tienen sus documentos y sus familias, aunque algunos van cada año dentro del programa de visas H2a.

Los hay mexicanos y centroamericanos, así como algunos caribeños.

En esa ocasión, me habló la Consulesa de Guatemala y me propuso hacer un consulado móvil en conjunto, y que algunos trámites concurrentes los hiciéramos juntos —servicios de salud, educación cívica local y orientación sobre agencias gubernamentales—, así como la convocatoria. El párroco del templo católico facilitó las instalaciones y los grupos asistenciales laicos los alimentos e hidratación.

De paso, servicio de guardería y ludoteca. ¡Qué experiencia más maravillosa! Abrimos las puertas del templo a las seis de la mañana para entregar registros y café, a fin de evitar los efectos de un muy nevado mes de enero.

Diría el Papa recientemente con toda la razón: todos somos migrantes en el camino del señor; unos llegarán antes que nosotros, pero todos tenemos el mismo destino. Por lo tanto, vayamos juntos. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, País, p.6)

El Mundial Social: la alegría mexicana que abraza al mundo

En México entendemos el deporte como un motor de cambio. Por eso, bajo el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, convertimos este evento en un verdadero “Mundial Social”. Recuperamos las canchas de los barrios, construimos infraestructura de primer nivel y garantizamos el acceso al deporte como un derecho fundamental, con total equidad. Cuando las políticas públicas ponen a las infancias en el centro, el talento florece. Cada niño y niña merece un espacio seguro para soñar en grande.

Esa misma visión rige nuestra diplomacia. Este Mundial de 2026 marca un hito de integración real. Fiel a nuestra tradición histórica, la presidenta Sheinbaum multiplica los gestos de solidaridad con las naciones del mundo. Ejercemos nuestra soberanía con dignidad y abrimos las puertas a los pueblos y a todas las selecciones que fueron sancionadas o excluidas. Defendemos el derecho internacional por encima de los vetos políticos. El deporte une a la humanidad y nuestra política exterior actúa en consecuencia.

Somos anfitriones por tercera vez. Vimos coronarse a Pelé en el 70 y a Maradona en el 86. Hoy, la historia la escribe nuestra gente. El mundo entero aplaude la inmensa alegría mexicana. Los estadios vibran, las calles se llenan de música y los visitantes agradecen la calidez de nuestra tierra. Somos el país del encuentro y del abrazo franco.

A miles de kilómetros de distancia, el frío del invierno chileno contrasta con el calor de nuestra comunidad. Desde el desierto de Atacama hasta la Patagonia, la pasión ruge con fuerza. El fútbol acorta las distancias. Rueda el balón y, de pronto, todos volvemos a casa. Nuestra selección nos regaló motivos inmensos para festejar con tres victorias impecables en la fase de grupos. Vimos a un equipo jugar con jerarquía, disciplina y muchísimo corazón.

Ver a los niños y niñas gritar los goles aquí en Chile resulta profundamente conmovedor. Descubren el amor por México a través de la pelota y heredan el sueño de vestir la camiseta tricolor. A esta fiesta se suman también nuestros hermanos chilenos. Vecinos y amigos adoptan nuestros colores con un cariño entrañable, demostrando la fuerza de una diplomacia tejida por la propia ciudadanía.

Hoy celebramos a la selección y también a nuestra diáspora. El sudor de los jugadores en la cancha refleja el esfuerzo diario de cada migrante, estudiante y trabajador mexicano construyendo su futuro lejos de su tierra. Llevamos esa misma unidad mucho más allá de los noventa minutos de juego. Caminamos con la frente en alto, orgullosos de nuestra identidad y listos para triunfar juntos en cualquier escenario. (Laura Beatriz Moreno, El Universal, Opinión, A16)