Opinión Migración 290626

Modernos inquisidores

Es sabido que no se puede esperar un gesto de buena voluntad de la administración del presidente Trump en muchos sentidos, pero principalmente en alivio a la precaria situación en la que viven cientos de miles de inmigrantes. Stephen Miller, su moderno inquisidor en jefe, ha perfeccionado algunas medidas para hacer su vida, de por sí precaria, aún más imposible. Una de ellas, la deportación masiva y el incremento de encarcelamientos en prisiones dentro y fuera del país. Como en El Salvador, donde los mantienen en las más inhumanas condiciones, según han documentado diversas asociaciones de derechos humanos, incluida la responsable de sancionarlos en Naciones de Unidas.

En una entrevista reciente, el corresponsal del New York Times Nicholas Nehamas da cuenta de la forma en que el sistema de las cortes de apelación a los procesos de deportación se ha convertido en un sistema que justifica los procedimientos para echar del país a cuantos inmigrantes sea posible, sin mediar las normas jurídicas más elementales de escuchar y analizar las solicitudes para reconsiderar las órdenes de deportación.

Quien cruza la frontera sin documentos migratorios y es detenido debe ser juzgado por un juez adscrito al sistema migratorio de justicia. El problema es que, a diferencia del sistema jurídico regular, los jueces del sistema migratorio son nombrados directamente por el presidente. En consecuencia, en vez de seguir los procedimientos jurídicos regulares, siguen los que autocráticamente emanan directamente de él.

Decenas de jueces que fueron entrevistados revelan la decisión del gobierno en convertir el sistema migratorio en una “línea en serie de deportaciones” para cumplir con la promesa del presidente de limpiar el sistema migratorio heredado de su antecesor. El resultado es que los jueces deben atender 100 audiencias diarias en casos en los que normalmente deben escuchar, analizar y decidir sobre cuestiones cuya complejidad va de problemas eco-nómicos, persecución política, amenazas del crimen organizado e incluso tragedias derivadas del medio ambiente. Más de 150 jueces han sido despedidos por la sospecha de ser demasiado complacientes al otorgar el asilo a muchos solicitantes. Para dar una idea del cambio radical en la orientación de los procedimientos migratorios, se estima que por cada dos casos que se atendían en la administración Biden uno recibía el beneficio de asilo; actualmente, sólo uno de cada tres lo reciben.

Muchas naciones son hoy más astringentes en sus sistemas migratorios. Pero, en el caso estadunidense, el vuelco ha sido espectacular, dejando atrás la política tradicional de bienvenida a los inmigrantes por el beneficio económico, cultural y especialmente humanitario mediante el que se fortalecía a esa nación.

Con un mensaje de solidaridad a nuestros hermanos venezolanos. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Política, p. 14)

Seré Breve / Dichos y hechos en la relación México-EU

En pleno Mundial de Futbol, y ante la efervescencia triunfadora de la Selección Mexicana, la presión del gobierno de EU sobre México, en particular contra la clase política, se ha acrecentado. Hay una diplomacia silenciosa que surge en declaraciones, negociaciones del T-MEC y los datos que Trump presenta como logros propios. Surgen alertas terroristas, amenazas arancelarias, solicitudes de deportaciones, descalificaciones públicas y mediáticas y múltiples advertencias contra cómplices de narcoterroristas. Construyen un discurso de intervenciones en todos los niveles de seguridad y de la política entre México y EU.

Previo al inicio del Mundial de Futbol el pasado 10 de junio, al firmar la Secure America Act, en la Casa Blanca, el presidente Trump dijo que habían disminuido a cero migrantes irregulares para acceder a EU, que se redujo 60% el flujo general de fentanilo y que cayó 97% el ingreso de droga por rutas marítimas, también advirtió que “ahora estamos enfocados en la entrada por tierra, porque el mar era más difícil”. De igual forma, emitió EU una alerta de seguridad para viajeros en México, bajo la categoría de riesgo por terrorismo.

Así, el presidente Trump en el cierre de su discurso en la Cumbre del G7, en Evian, Francia, el 17 de junio pasado, señaló que “los cárteles controlan México. Es triste”. Y señaló que se enfocarán en “atacar el narcotráfico por vía terrestre”, que las drogas en EU, “pasan por México”. De ahí se desprendieron varios mensajes.

En entrevista televisiva, en el programa American Thought Leaders, Sara Carter, zarina antidrogas de EU, expuso que la estrategia de Washington es desmantelar las estructuras operativas, como las redes financieras y de protección política que permiten en México el funcionamiento del narcotráfico.

Por su parte, el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, difundió un mensaje en redes sociales donde asegura que el pueblo mexicano merece un gobierno que garantice mejores condiciones de seguridad, libertad y Estado de derecho, reavivando el debate público en EU.

Markwayne Mullin, secretario de seguridad nacional de EU, al testificar ante la Cámara de Representantes, afirmó que existen nueve cárteles que dominan la frontera norte de México y realizan actividades de narcoterrorismo y trata de personas, utilizan drones y construyen túneles, para combatirlos han ubicado siete nuevas bases militares en la frontera sur de EU.

El director de la DEA, Terry Cole, afirmó que el Cártel de Sinaloa y el CJNG son prioridad número uno para la seguridad de EU y el combate al fentanilo. Enfatizó que EU espera y merece que la DEA elimine esta amenaza. El embajador Johnson enfatizó que “la lucha contra el narco debe unirnos, no dividirnos. Cada momento que dedicamos a convertir este desafío compartido de seguridad en una discusión política, es una oportunidad perdida”.

La respuesta gubernamental mexicana ha sido ganar tiempo, defensa de soberanía y solicitud de pruebas. (Emilio Vizarretea, La Razón, México, p. 10)

Teléfono Rojo / Morena exhibe pleitos y falta de reglas en sus registros

TORPEDEA, QUE ALGO QUEDA

1.- La intervención de gobernadores también está en contra.

En muchas entidades torpedean, en aras de favorecer a los suyos, el trabajo de quienes no les son incondicionales.

Destaquemos Tlaxcala, donde desde el poder se impulsa a Alfonso Sánchez García, alcalde de la capital, para mantener el cacicazgo del grupo político conocido allá como La Malinche.

Eso va en demérito, obvio, de la senadora Ana Lilia Rivera, quien pese a los obstáculos se inscribió el sábado y recibe apoyo de distintos grupos de la entidad.

Preferida en todas las encuestas, tendría la misión de liberar a Tlaxcala de quienes han detentado el poder político y económico desde el siglo pasado.

2.- En Sinaloa reapareció Gerardo Vargas, a quien el exgobernador Rubén Rocha Moya defenestró como alcalde de Ahome para cerrarle el tránsito hacia Palacio de Gobierno.

El objetivo de Vargas es también liberar el gobierno de varias facciones del crimen organizado y rescatar el dinero público de los negocios particulares.

Y 3.- Otro puntero en preferencias en sondeos de Enkoll, De las Heras, Demotecnia y Mendoza Blanco & AsociadosUlises Mejía Haro, también se registró para Zacatecas.

Hasta la fecha este diputado federal ha realizado más de 420 asambleas legislativas e informativas, amén de organizar a migrantes para el envío del dinero y desarrollar proyectos de inversión. (José Ureña, 24 Horas, México, p. 5)

Epicentro / Los hispanos lo decidirán todo

La semana pasada, en Washington, un grupo de especialistas se reunió para tomarle el pulso al electorado hispano, llamado a definir buena parte de la vida política de Estados Unidos en los próximos años. Convocados por dos estrategas políticos, el demócrata Chuck Rocha y Mike Madrid, republicano distanciado del partido durante los años más aciagos del trumpismo y autor de un libro provocador e interesante, The Latino Century, académicos, encuestadores y dirigentes políticos buscaron entender hacia dónde se mueve el voto hispano, sobre todo después del sorprendente avance de Donald Trump en 2024, cuando obtuvo el 46% de ese electorado.

 La radiografía es reveladora

El encuestador Carlos Odio, una de las voces más respetadas en el análisis de la comunidad hispana y sus propensiones electorales, ofreció un diagnóstico detallado que ayuda a explicar el atractivo de Trump y del Partido Republicano en el ciclo anterior. También ofrece, en buena medida, una posible ruta de regreso para el Partido Demócrata y su eventual candidato en 2028.

La historia es esta: en 2024, un porcentaje significativo de votantes hispanos de distintos orígenes se movió hacia la columna republicana porque confió en que Donald Trump les devolvería una vía hacia la prosperidad económica. Muchos de esos votantes trumpistas —hombres, evangélicos, pero también mujeres e hispanos que se identifican como católicos, de acuerdo con los datos compartidos por Odio— apoyaron también medidas migratorias punitivas enfocadas en criminales y el endurecimiento de la seguridad fronteriza. Además, le cobraron a la administración Biden las condiciones favorables otorgadas a millones de refugiados recién llegados, que percibieron como un agravio comparativo frente a una comunidad con décadas de trabajo honesto en el país.

El análisis de Odio y de otros encuestadores no lo refleja necesariamente, pero tengo para mí que la personalidad de Trump —un líder mesiánico, populista y carismático, reconocible en la historia política latinoamericana— atrajo por sí misma a un porcentaje considerable de votantes latinos.

 Dos años después, las cosas han cambiado entre los hispanos

La aprobación de Trump entre los votantes hispanos ha caído más rápido y con mayor fuerza que entre casi cualquier otro grupo de la coalición que lo apoyó desde el inicio de su segundo mandato. Las encuestas del Pew Research Center muestran una caída de 27 puntos en su aprobación entre hispanos desde la toma de posesión, la mayor erosión demográfica de su presidencia hasta ahora. El escepticismo está creciendo. De acuerdo con Aileen Cardona, también presente en la reunión de Washington, 69% de los hispanos dice que la presidencia de Trump no ha producido cambio alguno o ha derivado en cambios negativos para el país.

 El reclamo es sobre todo económico, pero va más allá

En las encuestas presentadas por Odio, los hispanos comunican una creciente alarma por la situación económica: 53% identifica el costo de vida como su principal preocupación. Previsiblemente, los excesos migratorios de Trump también le han costado apoyo. En una encuesta de UnidosUS, la violencia migratoria del trumpismo aparece como el segundo tema que más preocupa a los votantes hispanos. Los votantes del 2024 pensaron que Trump se enfocaría en detener criminales, no en organizar redadas masivas ni en adoptar medidas que desprotegen, de un momento a otro, a cientos de miles de inmigrantes.

Odio reveló un asunto más: en sus mediciones, el electorado hispano en Estados Unidos desaprueba de manera contundente el involucramiento estadounidense en conflictos en el exterior. El 74% de los encuestados hispanos le dijo a Equis Research que Estados Unidos debería enfocar esos recursos en retos internos antes que gastar “tanto dinero” en ayuda militar a otros países.

Todo esto abre una ventana de oportunidad clara para el Partido Demócrata. De acuerdo con los números presentados por Odio, los latinos representan al menos el 10% del electorado en 20 de las 36 contiendas más reñidas de la elección de medio término de noviembre.

La duda es si, ante semejante desencanto con Trump, los demócratas sabrán encontrar la fórmula para reconquistar a los votantes hispanos perdidos. Para Chuck Rocha, que logró entusiasmar a miles de votantes jóvenes hispanos cuando coordinó la campaña hispana de Bernie Sanders, asesoró al senador demócrata Rubén Gallego en Arizona —una estrella claramente ascendente en el partido— y hoy asesora a James Talarico en su lucha por Texas, la clave está clara: no basta con hablar de viabilidad económica; hay que reconocer el esfuerzo de la clase trabajadora hispana.

La pregunta es si el partido demócrata, que a veces parece al borde de la escisión, lo entenderá a tiempo. (León Krauze, El Universal, Nación, p. A12)

Si ves las barbas del colombiano, ecuatoriano, chileno y peruano…

Hace pocos años la izquierda latinoamericana hablaba de la “marea roja”. Una serie de gobiernos izquierdistas estaban en los despachos presidenciales y aunque nunca tuvieron nada parecido a un proyecto común, ni siquiera una cumbre para combatir la inflación, pudieron celebrar; se sentía un ambiente dominado por una narrativa optimista. No se avanzó mucho porque, entre otras cosas, las tradicionales rivalidades entre México y Brasil se vieron exacerbadas por el protagonismo de dos viejos leones López Obrador y Lula. El brasileño no iba a compartir créditos con el tabasqueño y el tabasqueño no iba a quemar incienso en el altar del sudamericano.

Por otra parte, la izquierda latinoamericana fue incapaz de superar su vinculación con las dictaduras venezolana y cubana. Los viejos alegatos para defender a esos fantasmagóricos regímenes sofocaron las esperanzas de una nueva visión que pusiera a los derechos humanos y la libertad en el centro de su discurso hemisférico.

El avance de la derecha es, en cierta medida, consecuencia de ese estancamiento programático. Tampoco en el desempeño han brillado. Los gobiernos de izquierda, incluido el de México, fueron electos con entusiasmo, pero no consiguieron desplegar una gobernabilidad progresiva y democrática que refrescara la atmósfera. Ya instalados en el poder empezaron a recurrir a maniobras y triquiñuelas para permanecer en el cargo. Nada, pues, que conectara con su relato angelical y humanista; eran viejos coyotes disfrazados de canarios a los que sólo preocupaban el dinero y las cuotas de poder. Prometieron al hombre nuevo y nos dejaron a Adán Augusto.

A pesar de que, según su propia propaganda, todo lo que hacían era histórico, tanta grandilocuencia nunca tuvo un correlato real que desatascara los problemas estructurales y mucho menos abriera un espacio para construir algo nuevo. Su gran mérito fue redirigir el gasto y su techo son las capacidades fiscales que cada vez son menores. Tampoco tuvieron un desempeño brillante en seguridad.

Otro revulsivo para girar a la derecha es que la retórica que arrancó con la esperanza se convirtió en el guion de una plañidera. Los problemas, según ese relato, tienen siempre un origen en fuerzas ocultas y postcoloniales que ahora dejaron de ser fantasmas cortesianos y se convirtieron en realidad monda y lironda. El gobierno de Trump se ha convertido en un factor importantísimo de presión y de inspiración para aupar a candidatos de derecha al poder ante la atónita mirada de los Petro, Lula y Morena. Hoy, para vergüenza nuestra, el proyecto del escudo hemisférico a mucha gente le parece esperanzador y se ha convertido en un argumento rentable en política.

La gente cambia de partido porque espera mejores gobiernos, no explicaciones reiterativas de por qué no ocurren las cosas. Mucho ruido y pocas nueces, mucha movilización y poca prosperidad. A la gente se le acaba la paciencia porque su vida transita sin esperanza de que sus hijos puedan tener un horizonte diferente al propio. La migración, que resolvió la vida de muchas generaciones previas, ha dejado de ser una válvula de escape y la gente se ocupa en el sector informal y espera que algún programa social le permita acceder a los satisfactores mínimos. Ese planteamiento parece infecundo para generaciones que esperan una mejor vida.

No me hago ilusiones con los gobiernos de derecha. Nuestras sociedades se resisten a dar el gran paso adelante y no hay lideres que lo encabecen. Lo que tenemos es una variación democrática saludable para que los salvadores de la patria se serenen y su retórica febril se atempere. Ni más, pero ni menos. (Leonardo Curzio, El Universal, Opinión, p. A19)

El Correo Ilustrado

Pide precaución en festejos mundialistas

Soy un inmigrante mexicano, que trabaja en California, y estoy de visita en México.

Me permito felicitar a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum por el excelente trabajo que hace y por defender la soberanía de México con tanta determinación.

Asimismo, me gustaría pedirle a la Presidenta y a la jefa de Gobierno capitliano, Clara Brugada, que hagan un llamado a la población para que se celebre con responsabilidad y precaución durante el Mundial.

Han ocurrido algunas tragedias en el país y no sería nada grato recordar este Mundial por tragedias prevenibles, en vez de la unidad y felicidad mexicanas que han estado presentes también. Muchas gracias. (Rogelio Martínez, La Jornada, Editorial, p. 6)

Año Cero / Esperando noviembre

En todas partes y en todos los lugares hay un día que parece eterno: el día en que se cumple una espera, se rompe la inercia del poder y aparece, en medio de un mundo desesperado, la pregunta esencial por lo humano. No se trata de una presencia pasiva, sino de un ejercicio, un desafío y una manifestación del espíritu humano. Eso es, para mí, lo que todavía puede sostener a la humanidad.

Mi esperanza está puesta en la restauración de un orden humano. Hubo quienes creyeron que los excesos del sistema democrático podían corregirse con más radicalización, con más consignas y con menos pensamiento crítico. Pero cuando la democracia pierde su capacidad de corregirse a sí misma, deja de ser un espacio de libertad y se convierte en una maquinaria de reproducción del poder.

Lo hemos visto en distintas latitudes. En Colombia, en Argentina y en tantos otros países, el malestar social se ha instalado en los barrios, en las calles y en la conversación pública. La política dejó de hablarle al ciudadano común y empezó a hablarse a sí misma. Entonces aparecieron los liderazgos que entendieron esa fractura y que, para bien o para mal, supieron convertir el resentimiento, el miedo y el hartazgo en fuerza electoral.

La paradoja de nuestro tiempo es que buena parte de los partidos de derecha, incluso dentro del arco democrático, han terminado apostando por prometer el fin de la democracia en nombre de los excesos que se cometieron dentro de ella. Se presentan como respuesta frente al abuso, pero muchas veces terminan reproduciendo aquello que dicen combatir. Los tronos originales ya no se distinguen de sus copias. El poder se disfraza de ciudadanía y los ciudadanos son tratados como bienes políticos, no como personas libres.

Nadie puede sorprenderse de que, cuando se agotan las respuestas institucionales, cuando se pierde la batalla contra el narcotráfico, cuando se rompe la confianza en la ley y cuando se abandona el desarrollo humano como fundamento de la vida pública, la sociedad coseche sus peores frutos. Una comunidad sin seguridad, sin justicia y sin horizonte termina convirtiendo su desesperación en rabia política.

Entonces llega la revolución terrorífica. Llega la eliminación del espíritu crítico. Llega la cancelación de los debates políticos. Llega el fanatismo democrático que, en nombre de la democracia, deja fuera a todos los que no obedecen su lenguaje, sus códigos y sus certezas. Y llega también la posibilidad de que solo los inflexibles, los escandalosos y los militantes encuentren eco en ese universo mundial de una verdad única, aunque esa verdad haya sido construida más para dominar que para comprender.

Ese es el panorama político que explica, en buena medida, el regreso de Donald Trump al poder. No tengo duda de que Trump ganó. La pregunta es otra: ¿puede el Partido Republicano sostener indefinidamente esa suerte política sin quedar atrapado por el propio movimiento que lo llevó de regreso a la Casa Blanca?

Pero la pregunta más importante sigue siendo esta: ¿dónde están los demócratas? ¿Quién es el líder? ¿Quién es el líder capaz de ordenar una respuesta política, social y democrática frente a lo que ocurrió? ¿Han hecho una autocrítica real sobre la agenda que los hizo perder el poder? ¿Han entendido que una parte de la sociedad estadounidense no se sintió representada por un lenguaje político construido desde élites culturales, burocracias ideológicas y minorías militantes que muchas veces no recogían ni las formas, ni las maneras, ni las motivaciones de la mayoría de los estadounidenses?

Trump no apareció de la nada. Trump fue la consecuencia de un vacío. Fue la respuesta, peligrosa pero eficaz, a una sociedad que se sintió despreciada por el sistema político, por los medios, por las universidades, por las élites económicas y por una agenda que se proclamaba social y democrática, pero que en demasiadas ocasiones fue formulada desde los extremos.

El movimiento de Trump sigue siendo una derecha política, pero también algo más: un movimiento con rasgos religiosos, identitarios y emocionales. No se explica únicamente por programas de gobierno, impuestos, migración o comercio. Se explica por una promesa de restauración, por una idea de revancha y por la sensación de que había que recuperar un país que muchos votantes sentían perdido.

La pregunta es si los demócratas son conscientes de lo que hicieron al colocarse frente a una parte importante de la sociedad estadounidense, al pretender imponer una instrucción sistémica de reglas y valores generales, y al responder con una agenda que no siempre logró conectar con la vida real de la mayoría. Una derrota política, social y democrática no se explica solo por el carisma del adversario. También se explica por los errores propios.

Todo esto forma parte de un desbordamiento mayor. Hay una parte poderosa de la democracia que sigue viva: la presión de la gente, la fuerza de las instituciones y la capacidad de los gobiernos para corregir el rumbo. Esa es la gran esperanza. Pero no basta con esperar que Trump desaparezca para que el problema desaparezca con él. El trumpismo puede sobrevivir a Trump si la democracia no recupera antes su legitimidad, su lenguaje y su capacidad de representar a quienes se quedaron fuera.

Por eso, la discusión no puede reducirse a estar a favor o en contra de Trump. El verdadero desafío es recuperar la democracia dentro de una sociedad que ha dejado de creer en ella. Recuperarla no como consigna, sino como método. No como superioridad moral, sino como responsabilidad. No como imposición cultural, sino como pacto común.

Y en esa recuperación también está México. Resulta inadmisible pensar que, desde 2025, los ciudadanos mexicanos puedan desaparecer del reloj político mexicano y del reloj político estadounidense. México no puede permitirse el lujo de no responder. No basta con denunciar. No basta con administrar el conflicto. Los ciudadanos mexicanos son ciudadanos. Y los ciudadanos mexicanos deben ser tratados como ciudadanos, dentro y fuera de México.

Esa debe ser la línea mínima de cualquier Estado que todavía se respete a sí mismo: defender a sus ciudadanos, exigir respeto a sus derechos y no permitir que la lógica del poder, de la migración, del miedo o de la seguridad convierta a las personas en piezas descartables. Porque cuando un país deja de defender a sus ciudadanos, deja también de defender la idea misma de humanidad.

La espera a noviembre será mucho más que una espera electoral. Las elecciones estadounidenses pueden modificar el mapa político de Estados Unidos y, como consecuencia, también el de México. Si el Partido Republicano se impone, Trump respirará: tendrá más margen para profundizar su proyecto, endurecer su política migratoria, sostener el uso político de los aranceles y fortalecer agencias cada vez más poderosas como ICE. Si no lo consigue, comenzará probablemente el inicio del fin de su fuerza política inmediata y se instalará un ambiente de completa incertidumbre.

Quedarán abiertos asuntos decisivos: el futuro del T-MEC, cuya revisión formal inicia el 1 de julio, pero que seguramente terminará definiéndose hasta el próximo año; el tema migratorio y la presión sobre millones de mexicanos; el costo económico y social de los aranceles y las consecuencias de tener en la Casa Blanca a un presidente autoritario que ha convertido la tensión, la amenaza y la confrontación en una forma de gobernar. México no puede mirar esa elección como un asunto ajeno. Lo que ocurra en Estados Unidos en noviembre también definirá los márgenes de nuestra economía, nuestra seguridad, la defensa de nuestros ciudadanos, pero, sobre todo, de los límites de nuestra soberanía. (Antonio Navalón, El Financiero, Enfoques, p. 33)