César Martínez
TAPACHULA.- Migrantes de Honduras, Guatemala, El Salvador, Cuba, Haití y África, principalmente, viven entre la incertidumbre de los procesos burocráticos, el temor a los operativos policiacos y la pobreza que arrastran consigo.
En los alrededores de la estación migratoria Siglo 21, los extranjeros duermen en casas de campaña a la orilla de la carretera o pagan hasta 15 pesos diarios por alojarse bajo láminas; hay quienes rentan colectivamente por 800 pesos al mes un piso o han invadido construcciones en obra negra.
Jean Denis y Pierre Louis Iyvecliff son dos amigos haitianos que llegaron a México el 18 de mayo, con su objetivo puesto en Estados Unidos, pero no saben cuánto tiempo tardará el trámite que les permita continuar su recorrido. Viven en una construcción abandonada. Su vecina, Teresa Vázquez, una señora de 74 años, ya no está tan a gusto.
“Va a ser un año, en julio, que se vino demasiada gente, de Honduras, Nicaragua, de El Salvador, Guatemala. Estamos ya hundidos aquí de familias de por allá y no tenemos paz”, lamenta.
En el Parque Hidalgo, un salvadoreño homosexual que ya lleva un año en la ciudad se acerca a una haitiana que cobra por hacer trenzas y le pregunta qué tiene que hacer, porque ahora sí quiere regularizarse.
Ella le dice que primero tiene que ir a “derechos humanos” para que lo manden a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), pero no sabe darle ninguna dirección, ningún teléfono, ningún rumbo.
Las oficinas de la Comar en Tapachula, donde laboran 50 funcionarios, siempre están rodeadas por migrantes, todo el tiempo, de día y de noche, con lluvia o con el sol a plomo. Los documentos los reciben a las 7:00 horas, pero para llegar al frente de la fila algunas personas debieron pasar dos noches afuera, cuidando que no le ganen su lugar.
Según datos oficiales proporcionados a la Misión de Observación, del 1 de enero al 27 de mayo la Comar había iniciado poco más de 14 mil procesos, 2 mil menos que todo lo acumulado a lo largo de 2018.