Nadie por cuyas venas corra una gota de sangre mexicana podría dejar de estar lado del Presidente López Obrador en la guerra comercial anunciada por Donald Trump contra nuestro país a causa de que el gobierno nacional no hace nada para contener el tráfico de inmigrantes y drogas a Estados Unidos.
Una actitud diferente sería mezquina, por lo menos.
Es probable que sólo se trate de una bravata que se quede en intercambio de discursos y epítetos, de presumir ausencia de cobardía y de mucha negociación en la que algo cederemos, pero es una declaración de guerra en la que no hay cabida para el yo respeto, la negativa a entrar en confrontación, la paz y el amor, pero exige unidad en torno a decisiones que deben ser nacionalistas e inteligentes, no solamente retóricas, para consumo interno.
La brutal agresión con que Trump obliga a López Obrador a iniciar el segundo semestre de su mandato podría servir de pretexto al mandatario mexicano para replantearse algunas de sus políticas fundamentales, precisamente, las reclamadas por su homólogo norteamericano, como la inexistencia de guerra contra el crimen organizado en su versión de tráfico de drogas, al menos como la concibieron Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, y el combate al tránsito de migrantes, tanto nacional como centroamericano, atacando sus causas, es decir, impulsando el desarrollo en el sureste mexicano y en los países del centro del continente, algo plausible que de tener resultados será a largo, ni siquiera a mediano plazo, o, siendo fatalistas, nunca ocurrirá.
Donald ni a los suyos convence
No obstante, enfrenta una oposición nada desdeñable. El Business Roundtable, que agrupa a los líderes de las más grandes empresas norteamericanas, de inmediato calificó de errónea la decisión de imponer aranceles unilaterales a México.
Conforme a su razonamiento, difundido por escrito, las medidas de Trump “crearían una interrupción económica significativa e impondría impuestos a los trabajadores, agricultores, consumidores y empresas estadounidenses”.
La conclusión de los líderes de las empresas más importantes de aquel país es en el sentido de que las directrices de Trump no garantizan el aseguramiento de la frontera ni solucionarán el problema de la inmigración.
Entre las reacciones negativas encontradas por Trump está la del vicepresidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos. Su conclusión es lapidaria.
“Imponer los aranceles a los bienes de México es, exactamente, el movimiento equivocado…”; los pagarán “… las familias y empresas estadounidenses sin hacer nada para resolver los problemas reales en la frontera”.
Todo en manos de ‘San Marcelo’
El viernes, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, viajó a Washington para aprovechar el fin de semana cabildeando. Su intención es reunirse con el yerno de Trump, Jared Kushner, y con Mike Pompeo, que no están en la capital norteamericana; uno viaja por Europa y el otro por África.
Mientras tanto, el Presidente López Obrador aprovechó el golpe de su homólogo norteamericano para repetir el discurso que ya le conocemos. De gira en Tlaxcala dijo que “siempre vamos a defender a nuestros paisanos migrantes y no sólo a los migrantes mexicanos, todos los que por necesidad se buscan la vida y salen a otras partes y se echan a andar porque no tienen oportunidades de trabajo o porque en sus lugares de origen hay mucha violencia”.
La agresión de Trump ayudará a la reposición de su imagen. En los primeros seis meses de gobierno, su popularidad ha bajado 10 puntos; aunque no es significativo, por la alta aprobación con que cuenta, el bajón preocupa a su círculo cercano.
Su reacción puntual y, en algunas líneas, con señalamientos ajenos al lenguaje diplomático, como recordarle a Trump que no es cobarde ni timorato, con seguridad le ayudará a recuperar los puntos perdidos.
Pero eso es politiquería en ambas partes. Lo importante es que Trump no vaya más allá de las bravuconadas, que se conforme con gozar con el calambre que metió aquí y allá, y que Ebrard consiga convencer a sus interlocutores de lo excesivo de sus desplantes y lo poco amigable que se muestra con quien no se cansa de llamarlo amigo.
En el sextante del 8 de abril del pasado 2018 escribí lo siguiente: “¡¡Ay, nanita!! Otra vez se nos apareció el mismísimo Masiosare, y ahora no sólo nos amenaza con construir, sin más demora, su dichoso muro, sino con “militarizar” nuestra frontera norte. Me explico: Por la fonética de la música del Himno Nacional Mexicano pareciera como si las tres palabras (mas si osare, es decir, si se atreviera) fueran una sola palabra que se lee “masiosare”; este juego de palabras ha sido motivo de confusión, chistes y parodias entre los mexicanos, pues en este contexto pareciera como si el Himno Nacional estuviera haciendo referencia a un “extraño enemigo” de nombre Masiosare.
Pues ahora resulta que ese extraño enemigo sobre el que nos advierte nuestro Himno Nacional usa peluquín rubio y grandes dientes postizos. Dice llamarse Donald Trump y ahora despacha, alternativamente, en la Casa Blanca de la avenida Pensilvania, en Washington D. C., y en su mansión, con campo de golf, en Mar-aLago, en la Florida.
Lo alarmante es que entre sus periplos en el Air Force One, nuestro Masiosare se da tiempo para cultivar un odio tan intenso como infantil, y mal informado, contra los migrantes mexicanos, legales o ilegales, que, en su estrecha visión, son los culpables de la subocupación y el abierto desempleo que, según él, sufren los trabajadores de su país, que son, por cierto, los mejor remunerados del planeta”.
Ante tal postura de Masiosare Trump, el Presidente Andrés Manuel López obrador envió su respuesta el jueves 30 de mayo por la noche, en la que le hace ver, mediante una misiva, que no quiere la confrontación.
Las posturas están claras. Evitar la confrontación y remontar la crisis es indispensable, mientras no prevalezca la furibunda xenofobia racista de Masiosare Trump. ¿Habrá tenido nuestro Masiosare, en su opulenta infancia neoyorquina, alguna nana migrante y mexicana?
Se reportó que el secretario de Relaciones Exteriores no pudo reunirse, en Washington, con su homólogo estadounidense, Pompeo, a quien tenía planeado entregar personalmente el Plan de Desarrollo Integral de México y Centroamérica.
Pompeo se disculpó con Ebrard argumentando que tenía una reunión de urgencia con el presidente Trump que le impedía recibirlo, por lo que fue el subsecretario John Sullivan quien lo despachó. Sin embargo, en declaraciones recogidas por el diario La Jornada, Ebrard Casaubón destacó los puntos positivos de su visita a la capital estadounidense.
Además, minimizó los constantes embates de Trump contra México por cuestiones migratorias y comerciales al resaltar que “la realidad nos va a llevar a que tengamos una buena relación, o cada vez mejor relación, entre ambos países”. En el caso específico de la llegada de migrantes, consideró que cualquier posible conflicto entre México y Estados Unidos que desemboque en un freno al flujo de personas “va a ser carísimo para los dos países, pero también para Estados Unidos; no sólo para México”.