El ecosistema natural de AMLO es la campaña electoral Es ahí donde se reconoce, donde se siente cómodo y mejor se desenvuelve. A AMLO no le gusta alejarse de ese ejercicio pues le genera incomodidad la interlocución con cualquier entidad que no sea el electorado.
De ahí que su manera de ejecutar la política parte y retoma a ese principio, la política es para AMLO una perpetua campaña electoral. Para los políticos, la campaña es el trámite incómodo que se requiere para llegar al poder; AMLO ha invertido el enunciado, consciente o inconscientemente, en lugar de transformarse en estadista, ha transformado la presidencia en una campaña.
Quizás esto no debiera extrañarnos si consideramos que ha pasado la mayor parte de su vida política dentro de una campaña electoral y ha dominado el arte de dirigirse al electorado como ningún otro político contemporáneo en México. De hecho, hay que reconocer que su presencia electoral ha transformado la manera en cómo se hace campaña en nuestro país; su insistencia en el contacto directo, la gente, la tierra, ha vuelto a los procesos electorales más abiertos y audaces.
Entendida a su manera, la campaña le permite subrayar sus fortalezas, el contacto directo y el mitin público, y mitigar sus debilidades, la interlocución y la intermediación. Además, las campañas están construidas en tomo al candidato, permitiéndole ser el nodo central del sistema. (Emilio Lezama, El Universal, p. Nacional 13)
El fondo del paro policial que inició esta semana no es un intento por desestabilizar la Guardia Nacional, sino una esperada reacción ante la más constante falla de este gobierno: realizar recortes mal pensados y a rajatabla, sin pensar en las consecuencias.
Esta semana, integrantes de la Policía Federal iniciaron un paro exigiendo que sus prestaciones no disminuyeran al ser reclutados por la Guardia Nacional. La inconformidad surgió porque su sueldo bajó de 15 a 12 mil pesos y porque les quitaron días de descanso. Así mismo, exigen que a los que no quieran formar parte de la Guardia Nacional se les liquide con mejores condiciones.
Sus demandas son legítimas y AMLO debe responder a ellas de la misma forma en que, siendo oposición, le exigió a Enrique Peña Nieto que atendiera las demandas de los maestros afectados por la reforma laboral/educativa; con la generosidad con la que AMLO le exigió a Calderón que reaccionara ante las demandas de los electricistas de Luz y Fuerza del Centro, y de la misma calidad moral con la que la plataforma electoral de AMLO decía que se debía tratar a todo trabajador. (Viridiana Ríos, Excélsior, p. Principal 11)
A contrapelo de lo que, a la vista la actuación y resultados obtenidos por no pocos de los integrantes del gobierno de la 4T pudiera pensarse, nada parece más claro hoy que, de no ocurrir nada extraordinario que obligue a cambiar mecánicas ya definidas, la renuncia de funcionarios del más alto nivel a los cargos que ocupan seguirá siendo, como hasta ahora, un fenómeno que se dé a cuenta gotas y por propia voluntad de los implicados y no, como pudiera pensarse, por la explícita decisión de “ya sabemos quién”.
Y ello, no porque el Presidente o quienes más cerca de él se encuentran carezcan de facultades para remover a quienes, a la vista de muchos, carecen de la preparación, experiencia y/o disposición de ir adelante en el cumplimiento de la tarea encomendada sino, esencialmente, porque a decir de más de uno de aquellos, la decisión del tabasqueño es avanzar, hasta el cierre del año al menos, con el equipo designado originalmente dado que, confían, comenzar a remover a actores del primer nivel derivaría en críticas y cuestionamientos o, peor, en pérdida de popularidad y ahondamiento de la incertidumbre prevaleciente en muchos sectores.
Tal es la situación, que no pocos de quienes en otro momento dieron por hecho –nosotros mismos, claro– la eventual remoción de personajes en verdad cuestionados: la secretaria fifí Olga Sánchez Cordero, de Gobernación; la conflictiva Rocío Nahle, de Energía, o el indefendible Javier Jiménez Espriú, de Comunicaciones, entre otros, hoy debemos aceptar que ellos y los más oscuros y controvertidos del gabinete –Víctor Manuel Villalobos, de Agricultura y Desarrollo Rural, Alejandra Frausto, de Cultura o, bueno, Luisa María Alcalde , de Trabajo– celebrarán en la posición las próximas fiestas navideñas. (Enrique Aranda, Excélsior, p. Principal 14)
Los archivos sobre Salinas.- Nos comentan que quienes están dándole duro al plumón negro —para ocultar nombres de políticos, militares, apodos, edades y demás datos sensibles relacionados con el nombre del expresidente Carlos Salinas de Gortari— es el personal del Archivo General de la Nación. Nos detallan que los empleados en el Palacio Negro de Lecumberri están trabajando horas extras para entregar una versión pública sobre el exmandatario entre los años 1980 y 1984, época en que se desarrolló como catedrático y como titular de la entonces Secretaría de Planeación y Presupuesto. Voces al interior de Archivo nos aseguran que son cientos de fojas las que se tienen que revisar, por lo que se espera que cinco legajos que compondrán la versión pública de expedientes de la DFS y de la IPS (antecesores del Cisen) sobre Salinas de Gortari estarán listos hasta los últimos días del mes de agosto. (El Universal, p.2)
La insólita protesta nacional de decenas de miles de agentes de la Policía Federal es ya, por sus características, la crisis más seria que haya enfrentado el presidente López Obrador. Su eventual solución se anticipa costosa en términos económicos, políticos, de seguridad (pública y nacional). El problema exhibe la incompetencia de múltiples funcionarios, encabezados por los secretarios Alfonso Durazo, Olga Sánchez Cordero y el titular del nuevo órgano de inteligencia federal, Audomaro Martínez.
Se trata de una crisis que durante meses se anticipó mediante videos y mensajes en redes, posicionamientos gubernamentales mal calculados, ruptura de canales de comunicación con un cuerpo de poco menos de 40 mil efectivos, la mayor parte de ellos con sólida preparación, educación promedio superior a cualquier cuerpo policial del país, en muchos casos expertos en operativos, logística e inteligencia. Y fuertemente armados. (Roberto Rock L. El Universal, p. 5)
El presidente Andrés Manuel López Obrador, como toda persona, es rehén de sus propias fijaciones. El haber sido un consistente y muy activo opositor al orden de cosas y haber enfrentado la poco amable respuesta del sistema, le hace ambivalente por igual con quien protesta, que con las fuerzas del orden. No sabe de qué lado estar. Su descalificación a la Policía Federal (PF) parte de la información —no siempre fidedigna— sobre la corrupción en la corporación y también de que hubiera sido la policía del régimen y, por si fuera poco, creada por Felipe Calderón.
Esto le ha impedido advertir que la PF ha sido el mejor resultado institucional en materia de seguridad, que las faltas de algunos no son de todos y que la corrupción de origen o reciente no anula los buenos resultados y la calidad de la policía. La soberbia y el dogmatismo de Andrés Manuel presidente no le dan para apreciar muchos logros y varios episodios heroicos de la defenestrada PF. Cualquiera entendería que la Guardia Nacional necesita esos 36 mil elementos, pero se enfrenta al prejuicio que ve en la PF una sentina más del pasado, idea a la que se ha sumado su secretario de Seguridad Pública, un hombre sensato pero sometido a la presión de los resultados. (Federico Berrueto, Milenio Diario, p. 3)