Hace poco más de dos semanas, cuando Washington anunció que llevaría a cabo un programa de redadas masivas contra los migrantes, el presidente estadunidense Donald Trump, con la colérica desmesura que emplea cada vez que toca el tema, declaró vamos a sacarlos del país por miles”. Fortaleció así la idea que él mismo, su equipo de trabajo, los medios que le son afines y los votantes que lo llevaron al poder se han encargado de repetir como si fuera una verdad revelada: que el número de personas que tratan de entrar a Estados Unidos de manera irregular por nuestra frontera norte ha crecido hasta convertirse en una marea humana que es preciso contener a toda costa.
Como muchas de las aseveraciones del titular de la Casa Blanca, sin embargo, esta contiene más insidia que precisión. Un estudio desapasionado de los flujos migratorios y sus características indica que lo que ha cambiado en realidad no es el volumen de los aspirantes a ingresar a territorio de la primera potencia mundial, sino la forma que han encontrado para hacerlo: la conformación de caravanas, fenómeno que a diferencia de lo que ocurre en Europa, en América Latina constituye prácticamente una novedad.
En términos de los propios migrantes, la organización en grandes grupos proporciona algunas ventajas relativas respecto al tránsito en pequeñas unidades (de familias, de amigos, de vecinos de una comunidad): la principal es la de contar con un entorno de protección recíproca que les brinde cierta seguridad en rutas que, como las que habitualmente siguen en México, se han vuelto más peligrosas, en especial por el control que el crimen organizado ejerce sobre ellas. Como contrapartida, este método visibiliza negativamente a los migrantes, poniéndolos en la mira de los medios electrónicos o gráficos, la mayoría de los cuales presentan a las caravanas como auténticas hordas de invasores y no como lo que son: grupos de hombres, mujeres y niños que escapan de ámbitos de privaciones y violencia con la sencilla esperanza de vivir mejor. (La Jornada, Editorial, p.2)
Cuánto habíamos tardado en retomar una verdadera relación de diálogo entre los países centroamericanos y México. Siempre se habló de hermandad, tanto geografía como idioma unen a la región, pero en la realidad no ha habido un trabajo de fondo de planeación y políticas regionales desde hace décadas. México ha aspirado tanto a ser como nuestros vecinos del norte que olvidamos la importancia de la relación y coordinación en varios temas con Centroamérica. La migración fue la consecuencia, previsible, pero a la cual no se le intentó poner realmente orden, por lo que hoy todos resentimos los efectos negativos, en México y de ahí hacia el sur.
Las gráficas que han circulado el mundo son desgarradoras, cuerpos de padre e hijo, madres llorando y rogando a miembros de la Guardia Nacional que las dejen pasar con sus niños para concretar su sueño: cruzar a Estados Unidos. Es inhumano siquiera pensar que algo de eso puede estar bien, que alguien se merece eso, que se lo buscaron por su osadía de querer una mejor vida para su familia, particularmente para los más pequeños; sin embargo, hay un sector de la población norteamericana en contra de la migración, pero la pregunta es si también lo hay en México. Quizá sí.
La migración de un país a otro tiene consecuencias tangibles, que son medibles en muchos aspectos. Uno de ellos son los servicios que requiere el aumento de una población, prácticamente de un día para otro, que requiere atenciones mínimas para que se respeten sus derechos humanos. Otra es la posibilidad de que esos migrantes ocupen plazas de trabajo que los nacionales necesitan, particularmente en países donde el desempleo y la pobreza ya es un tema, por lo que la migración puede agravar más aún problemas ya existentes entre la población local. (Arturo Maximiliano García, La Crónica de Hoy, Opinión, p. 5)
QUE en su gira por el sureste, Andrés Manuel López Obrador recurrió de nuevo a una parábola beisbolera para batear el racismo, la xenofobia y demás plagas bíblicas que alientan el odio contra los extranjeros. Lo hizo en el convenio que firmó con el gobierno de Honduras, que recibirá de la 4T 30 millones de dólares cada año, al igual que El Salvador y Guatemala, para fomentar el desarrollo en Centroamérica.
El Presidente celebraba las primeras cinco medallas de oro obtenidas por deportistas mexicanos que participan en los Juegos Panamericanos de Lima y aprovechó la oportunidad para asegurar que en el beisbol no hay racismo y que cada vez son menos las diferencias políticas e ideológicas entre peloteros. ¿Será? (Milenio, Opinión, p.2)
Achican las fiestas patrias en el extranjero
La mayor de las fiestas que los mexicanos realizan, dentro y fuera del país, es la de Independencia. Salvo el 5 de Mayo en Estados Unidos, este era el momento en que tradicionalmente los mexicanos en el exterior se reunían en torno a eventos organizados por sus representaciones diplomáticas. Sin embargo, esos tiempos han quedado en el pasado ahora que la 4T está en marcha. Habrá embajadas y consulados en diversas ciudades del mundo en donde ya advirtieron que este año no habrá fiesta por cuestión presupuestaria, por lo cual dejan todo en manos de privados y organizaciones amigas que quieran tomar la batuta. Tal es el caso de la embajada de México en Costa Rica que ya avisó: no habrá celebración con motivo del Día de la Independencia.
Temor en los pasillos de Coneval
Quienes están quemándose las pestañas, durmiendo poco, y muy pendientes de lo que diga y escriba el presidente Andrés Manuel López Obrador son los empleados del Coneval. Nos comentan que a poco más de una semana de que presenten el Informe de la Evolución de la Pobreza en México 2008-2018, en el organismo autónomo no se dan abasto para elaborar el estudio. No sólo siguen en proceso de adaptarse a la nueva titularidad de Nabor Cruz Marcelo —tras la salida de Gonzalo Hernández Licona hace unos días— sino que además viven en ascuas ante la eventual desaparición del organismo autónomo, como ya lo sugirió el Presidente de forma pública. Fuentes del instituto nos comentan que la preocupación y angustia que ronda en los pasillos no tiene precedente en los 14 años de vida de la institución (El Universal, Opinión, p.2)
El 17 de julio, en un mitin en Greenville, CN, el presidente Donald Trump pareció estar en su elemento al escuchar a sus adictos corear con odio y euforia: “Send her back! Send her back!” (“regrésenla [a su país]”). Se referían a la congresista de origen somalí, Ilhan Omar, una de las cuatro diputadas federales, demócratas, de izquierda y no blancas, a quienes Trump ha acusado de sostener posiciones antinorteamericanas.
A estas alturas es claro que el leitmotiv de la campaña electoral de Trump volverá a ser el avivar el temor de esa parte de la “América blanca” que se considera la quintaesencia de lo norteamericano y que ahora teme que pueda convertirse en minoría, en “extranjeros en su propio país”. Además, puede optar por añadir el toque de confrontación internacional vía choques como los que hoy tiene con Pekín o Teherán.
La exacerbación de prejuicios raciales desde la presidencia norteamericana con un discurso mezcla de “nativismo” y macartismo (Nicholas Kristof, The New York Times, 17/07/19), bien puede no ser un mero episodio electoral generado por un personaje extravagante, sino un parteaguas en la historia política y social norteamericana que cristalice como fenómeno duradero. De ser este el caso, y a querer que no, por ser México el vecino “no blanco” de la gran potencia, puede tener repercusiones negativas más allá de la presidencia de Trump. (Lorenzo Meyer, El Universal, Opinión, p.7)
En primer lugar, la política exterior reordenó a la política interior de muchas maneras, algunas inesperadas. El talismán nacionalista según el cual “la mejor política exterior es la política interior” no se sostuvo ni unas semanas y, por el contrario, la agenda norteamericana esculpió sus duros perfiles a la agenda nacional.
En consonancia, la ubicación e importancia de la Secretaría de Relaciones Exteriores se multiplicó y, en consonancia también, vimos disminuir el peso relativo de la Secretaría de Gobernación. De repente, nuestra Cancillería asume funciones insospechadas y ocho subsecretarías de aquí y allá (de la Guardia Nacional, de la Secretaría del Bienestar, del Trabajo, etcétera, deben ser coordinadas por aquélla) y eso sólo al comienzo de este cambio.
La hospitalidad y buen trato a los migrantes que atraviesan el territorio nacional (esa buena intención con la que arrancó el gobierno) no pudo ser. Ni siquiera se pudo mantener la “contención disimulada”, practicada realmente por el gobierno del presidente Peña. Ahora la contención de migrantes es manifiesta, militarizada y masiva y se volvió el principal componente de política.
Por tanto, la Guardia Nacional adoptó una prioridad insospechada: ya no la lucha contra la criminalidad, ya no la seguridad interior, sino el férreo control de las fronteras. (Ricardo Becerra, La Crónica de Hoy, Opinión, p.2)
El narcotráfico es una realidad que como tal ni debe ni puede negarse u ocultarse, y la televisión, el cine y la literatura la han mostrado igual que a otras muchas realidades de nuestro mundo; sin embargo, ésta no es la única realidad que merece ser mostrada
Hace unas semanas, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, habló sobre el impacto que las narcoseries tienen en la imagen de México en el mundo. El canciller relató que muchos de sus homólogos le han dicho que lo que más se ve de nuestro país son las series sobre narcotraficantes que son transmitidas por plataformas digitales globales, y dijo: “no nos hace ninguna justicia eso, mucho vamos a tener que hacer en redes sociales y también en las series. México tiene que promover otros guiones, se puede y se debe; y queremos hacerlo”.
Las declaraciones llamaron mi atención porque, de la misma forma que el canciller, muchos colegas parlamentarios de otros países me han dicho lo mismo, y es que, entre las noticias sobre violencia e inseguridad que a menudo alimentan las páginas de los medios extranjeros, y las narcoseries, la imagen más expandida sobre nuestro país no es la más positiva.
El narcotráfico es una realidad que, como tal, ni debe ni puede negarse u ocultarse, y la televisión, el cine y la literatura la han mostrado igual que a otras muchas realidades de nuestro mundo, sin embargo, ésta no es la única realidad que merece ser mostrada. (Laura Rojas, Excélsior, Opinión, p.16)