Las escenas son cada vez más frecuentes. Las terminales de aviación y autobuses están distinguiéndose por la presencia de migrantes centroamericanos.
Van en grupos, acompañados por agentes de migración. Los migrantes saben que no hay camino de regreso y en algunos casos están en espera y esperanzados de que las autoridades migratorias de EU revisen su solicitud de asilo.
Es evidente la frustración y el temor que les provoca regresar a sus lugares de origen. Van directos al entorno que dejaron, el cual está cargado de problemas; regresan a su pesadilla original. (Javier Solórzano Zinser, La Razón, Opinión, p.2)
El ataque en contra de nuestros paisanos en El Paso, es una dolorosa experiencia que sirve para recordarnos a todos el gran valor que los mexicanos en Estados Unidos tienen para ese país y también para el nuestro. El autor material confesó que quería atacar a los mexicanos. Desafortunadamente lo logró. El ataque le quitó la vida a 22 personas; 8 de ellas, paisanos nuestros.
Los migrantes son fuente de productividad y riqueza para el país al que llegan y para su nación de origen. El ejemplo más claro de esto es la gran aportación que hacen nuestros paisanos, tanto para México como para distintos sectores de la economía de Estados Unidos.
¿Qué sería de Estados Unidos sin los mexicanos? ¿Y si ellos dejaran de trabajar y producir? ¿Y si ellos dejaran de consumir y gastar? El daño sería de grandes dimensiones. (David E. León Romero, La Razón, Opinión, p.6)
Responsabilidad
No hay que darle muchas vueltas; las proclamas del presidente estadunidense han sido la causa indirecta de la tragedia que dejó un saldo de 22 personas muertas en El Paso, Texas. El manifiesto que escribió el perpetrador de tan brutal acto fue una calca del desdén que Donald Trump ha expresado en sus actos públicos por los migrantes y personas de color. Sus incendiarias referencias han sido un aval a la barbarie de grupos supremacistas blancos de corte fascista que se han sentido alentados por las continuas expresiones racistas del presidente.
¿Cómo explicar la conducta del mandatario estadunidense en el contexto de una sociedad que busca romper con un pasado de exclusión, discriminación y división? Sus ideas –de alguna manera habrá que llamarlas– están cifradas en un código en que se entremezclan y confunden conceptos como nacionalismo, patriotismo y nativismo. Es evidente que Trump está muy lejos de comprender la diferencia entre ellos, y por tanto la única intención que se puede atribuir a sus confusiones es su racismo, entendido como la exclusión de toda aquella persona de color no digna de ser considerada como parte integral de Estados Unidos. Para él, quienes no poseen las características caucásicas de los europeos del norte representan una “otredad”, y son personas en las que no se puede confiar. Esa forma de pensar no está lejos de la de Hitler cuando felicitó a Estados Unidos por el establecimiento de cuotas para admitir extranjeros y restringir el derecho de naturalización a “ciertas razas”, según escribe la historiadora Jill Lepore en This America, su libro más reciente, en el que explora el nacionalismo de ese país y la necesidad de rescatar el concepto de un Estado-nacional liberal. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Opinión, p.16)
El odio es un sentimiento intenso de repulsa hacia una o grupos de personas contra quienes se siente animadversión profunda. A quien se odia se rechaza de manera radical y sin consideración; es el desprecio contumaz hacia personas respecto de las que el sentimiento de odio les lleva a desear, e incluso perpetrar, su aniquilación y exterminio. Quien odia busca, incide e incluso organiza, que otros también expresen repulsión y rechazo hacia el objeto de su odio. El odio fomenta la apología de delitos.
Circula en redes un video de Adama Dieng, Abogado de Senegal especialista en derechos humanos y Asesor de la ONU para la Prevención del Genocidio, en él nos alerta que los discursos de odio contra otras personas por diferencias raciales, de color de piel, religiosas, políticas, culturales, anteceden a crímenes de odio. Y nos recuerda que el genocidio de los tutsis en Rwanda en 1994 empezó con discursos de odio; el holocausto nazi durante la segunda guerra mundial comenzó mucho antes con discursos de odio de Hitler y el Tercer Reich nazi contra los judíos; igual en Myanmar, Birmania, en 2016 los crímenes de lesa humanidad contra la población musulmana y muchos otros crímenes de lesa humanidad tuvieron como antecedente discursos de odio. La palabra fue usada para fomentar el odio.
Lo acontecido en días pasados en EU nadie debe dudar, es resultado de los discursos xenófobos y discriminatorios de Trump; sus discursos de odio desde que era candidato en 2016, ha alentado a organizaciones que fomentan odio contra personas no caucásicas blancas, contra latinos, particularmente contra mexicanos quienes fueron acribillados por el supremacista blanco en el Walmart de El Paso, Texas. No es sorpresa que, quienes armados hasta los dientes, se motiven por los discursos de odio de su Presidente y piensen, planeen y concreten matanzas contra grupos de personas o poblaciones no blancas. (Angélica de la Peña, El Sol de México, Opinión, p.18)
Lo sucedido en El Paso, Texas, hace más de una semana, además de lamentable y grave nos deja una serie de mensajes y tareas que todos debemos tomar muy en serio y particularmente la actual administración que hasta el momento no ha mostrado ni el carácter ni la firmeza con el gobierno de Donald Trump.
Fue muy claro que el asesino, un joven norteamericano, iba directo contra nuestros connacionales, y la prueba de ello fue su manifiesto en redes sociales avisando que “debía matar a la mayor cantidad posible de mexicanos”. (Mauricio Kuri, El Sol de México, Opinión, p.19)
En unas cuantas horas más de 30 personas fueron asesinadas en Estados Unidos. A pesar de que los tiroteos masivos son ya habituales en ese país, lo ocurrido el 3 de agosto en El Paso, Texas, generó un importante debate en torno al control de armas y aumentó las preocupaciones por el crecimiento del terrorismo doméstico. El presidente Donald Trump dijo con firmeza que las armas no deben caer en manos de enfermos mentales.
Pero fue el mismo Trump quien poco después, en Twitter, se autoproclamó “el mayor defensor de la Segunda Enmienda”, garantía constitucional que avala el derecho a portar armas. Incluso informó que estuvo en contacto con los líderes de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) para asegurarse de que sus posturas serán respetadas. No dudó en reiterar que tiene muy buena relación con esa organización. Y cómo no tenerla si de acuerdo con el Center for Responsive Politics, la Asociación Nacional del Rifle gastó 30 millones de dólares en impulsar su candidatura a la Casa Blanca. Pagaron anuncios de apoyo al republicano y también publicidad negativa en contra de su rival demócrata Hillary Clinton. La NRA tiene cinco millones de miembros. Nació en 1871 y con el paso de los años se ha convertido en un poderoso grupo de presión por su gran capacidad de cabildeo. (Paola Rojas, Opinión, p.8)
A excepción de Guerrero y Michoacán, no hay entidad federativa con peor reputación en materia de seguridad que Tamaulipas. Si alguien anuncia que va a viajar al estado, por negocios o turismo, inevitablemente recibe la misma pregunta: “¿Y no es muy peligroso?”.
Esa imagen de territorio sin ley no encaja del todo con las cifras disponibles. A nivel nacional, según datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Seguridad Pública (Envipe), publicada anualmente por el Inegi, 36.5% de los hogares tuvo en 2017 a una víctima de delito entre sus integrantes. En Tamaulipas, el porcentaje comparable fue 21.5%.
De hecho, Tamaulipas tiene, de acuerdo a la Envipe 2018, la quinta menor tasa de victimización (víctimas de delito por 100 mil habitantes) del país. En ese indicador, el estado se ubica 40% por debajo de la tasa nacional y a la mitad, por ejemplo, del nivel de la Ciudad de México.
¿Qué decir de los niveles de violencia? El estado ha sido escenario de hechos terribles (la masacre de San Fernando en 2010, por ejemplo) y tradicionalmente ha tenido niveles de violencia homicida superiores a la media nacional. En 2018, según datos del Inegi, su tasa de homicidio fue de 39 por 100 mil habitantes, contra 29 por 100 mil a nivel nacional. Sin embargo, ese resultado lo ubicó en el décimo sitio entre las entidades federativas, por debajo de estados como Guanajuato, Quintana Roo, Morelos o Zacatecas. (Alejandro Hope, El Universal, Opinión, p.11)
Era evidente y se veía venir. Luego de las amenazas sobre el tema migratorio, vendrían las amenazas por la falta de resultados en la lucha contra el narcotráfico. Y el viernes pasado, la administración Trump, como ya lo hizo con la migración, puso plazo para que México rindiera cuentas en la lucha contra el narcotráfico bajo la amenaza de que sobrevendrían sanciones comerciales en nuestra contra.
En este espacio lo advertimos hace semanas, desde el momento en el que el gobierno de los Estados Unidos comenzó a hablar de los 15 mil millones de dólares de bienes de El Chapo, que terminarán usando como leitmotiv para cobrárselos a la mala (vía aranceles) al gobierno mexicano.
“Por eso no encuentran las cuentas de El Chapo ni de la mayoría de los narcotraficantes mexicanos o de otros países”, escribimos aquí el 12 de julio pasado, porque esos recursos son en parte, rigurosamente lavados, y no precisamente por algún campesino sinaloense, en el sistema financiero estadunidense. Pero lo alto de la cifra, sumada a una declaración del departamento de Justicia de los Estados Unidos, donde asegura que ha sido por las laxas leyes mexicanas que los narcotraficantes pudieron repatriar esos recursos, debe ponernos en alerta sobre este tema. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Opinión, p.13)
Una redada, nada más, de las muchas que —de acuerdo con el presidente norteamericano— habrán de venir en los próximos meses, y que deja tras de sí un saldo desastroso. Por un lado, el inicio de una crisis humanitaria, cuyos efectos comienzan a ser visibles y a desbordar las capacidades públicas en ambos países; por el otro, la incertidumbre que el futuro representa para los millones de mexicanos que han tenido que soportar, durante años, el discurso de odio de Trump
Las imágenes son devastadoras. “Se llevaron a mi papá”, lloraba desesperada una niña, ante las cámaras; otra, más pequeña, se aferraba a la mano de una anciana que miraba al piso: “No sé qué vamos a hacer”, musitaba, desconcertada, la madre de uno de los cientos de trabajadores arrestados, hace unos días, en una redada masiva en Mississippi.
Una redada, nada más, de las muchas que —de acuerdo con el presidente norteamericano— habrán de venir en los próximos meses, y que deja tras de sí un saldo desastroso. Por un lado, el inicio de una crisis humanitaria, cuyos efectos comienzan a ser visibles y a desbordar las capacidades públicas en ambos países; por el otro, la incertidumbre que el futuro representa para los millones de mexicanos que han tenido que soportar, durante años, el discurso de odio de Trump.
Un discurso de odio que se traduce, de manera cada vez más frecuente, en actos de violencia verbal y física en contra de mexicanos, y ante los cuales guarda un silencio que sus seguidores le aplauden mientras que los medios norteamericanos no dudan en calificar como cómplice. Un discurso de odio, en el que la crueldad en contra de nuestro país se ha convertido en un objetivo de política pública, y la exhibición de imágenes de migrantes en condiciones infrahumanas, niños hacinados en jaulas o siendo separados de sus padres, se ha tornado en un espectáculo mediático que —se ha comprobado— rinde frutos electorales al presidente norteamericano. La crueldad contra México, además de todo, le conviene. (Víctor Beltri, Excélsior, Opinión, p.16)