Es canciller, pero también ocupa de manera parcial Gobernación y Seguridad
De nuevo Marcelo. Siempre Marcelo. El hombre de confianza del Presidente en los momentos de crisis. Es secretario de Relaciones Exteriores, pero también ocupa de manera parcial Gobernación y Seguridad. Más lo que se acumule.
Marcelo Ebrard aparece con extintor en mano, cuando el fuego parece salirse de control. Lo hizo frente a la amenaza arancelaria de Donald Trump, que logró contener. Desde entonces, el presidente López Obrador le dio amplias atribuciones para acordar en Washington asuntos diplomáticos, sí, pero también de seguridad interior. En aquel momento, el secretario creció su influencia y colocó bajo su cobijo al Instituto Nacional de Migración, que en teoría reporta en Gobernación, y a parte de la Guardia Nacional, desplegada en las fronteras para contener el flujo migratorio, que estaría bajo mando del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana y la Secretaría de la Defensa. (Manuel Lopez San Martín, El Heraldo de México, Opinión, p.5)
A muchos queretanos sorprendió ver de vuelta al empresario Manuel Barreiro y moverse a sus anchas por Querétaro capital. Acudir al club deportivo El Campanario, donde va a hacer ejercicio la gente de dinero, y cenar en los más cotizados restaurantes de la ciudad. Apenas el 19 de octubre apareció en una foto posteada en redes sociales con sus cuates. Barreiro ya no se estaba escondiendo.
No parecía que fue el epicentro de una tormenta electoral hace apenas año y medio, que tuvo que huir de México (se dice que a Canadá) y que se le giraron órdenes de aprehensión y hasta ficha roja de la Interpol para localizarlo en todo el mundo. (Carlos Loret de Mola, El Universal, Opinión, p.5)
Hoy me tocó una experiencia inédita, de participar en un panel con la hermana Norma Pimentel, la muy respetada religiosa que conduce el albergue para migrantes en Brownsville, Texas, el más solicitado de los albergues del lado estadounidense de la frontera compartida. Dedicada a la humanidad de los migrantes, sean quienes sean, escucha sus sueños, convive con sus tormentos y los acompaña en sus planes para empezar una nueva vida al norte de la frontera.
Pero hoy no hay migrantes llegando a su albergue. Había unos 800 a la semana en la primavera, cuando la migración centroamericana estaba en su apogeo, pero ahora son unos 20 o 30 semanales, nos cuenta, porque todos los demás se quedan a esperar la resolución de sus casos en Tamaulipas, uno de los estados más violentos de México. Viven en tiendas de campaña precarias o en la calle familias enteras, muchas veces con niños chiquitos, después de que el gobierno de Estados Unidos los regresara al país vecino bajo el Protocolo de Protección al Migrante (MPP, por sus siglas en inglés), a veces llamado “Quédate en México”.
(Andrew Selee, El Universal)
La inseguridad y la violencia en la que sobrevivimos son críticas e inocultables. Hechos recientes y en curso así lo evidencian. El cártel Jalisco Nueva Generación emboscó y asesinó a seis policías en Aguililla, Michoacán; el de Sinaloa impidió a tiros y con amenazas que se concretara la detención de un hijo de “El Chapo” Guzmán y, al hacerlo, con la toma de calles y rehenes, ridiculizó al gobierno y al Ejército; otro grupo del narco masacró a seis niños y tres mujeres de la familia mormona LeBarón en una zona limítrofe entre Sonora y Chihuahua; y en la fronteriza Ciudad Juárez, un pretendido traslado de reos dejó un saldo de diez muertos, seis heridos y 15 vehículos quemados. Todo en un lapso de veinticinco días.
Es obvio que la estrategia de seguridad de AMLO no muestra resultados. Quizás porque es muy pronto para verlos o quizás porque es la equivocada. Ese es otro debate. Lo que ahora llama la atención es que los hechos referidos, todos de gran impacto mediático, sucedieron en menos de un mes y, todos, de una u otra manera, tocaron fibras estadounidenses. Porque lo de Aguililla y Juárez reforzó el mensaje hacia el estadounidense promedio de que organizaciones criminales controlan su frontera sur y gran parte del territorio mexicano; la finalmente abortada captura de Ovidio Guzmán se realizaba a pedido de extradición de Washington; y los inocentes mormones masacrados eran norteamericanos. (Raúl Rodríguez Cortés, El Universal, Opinión, p.10)
Esta semana, la crisis de seguridad en México adquirió una incómoda dimensión internacional. Tras la masacre de la familia LeBarón, víctimas con doble nacionalidad mexicana y estadounidense, el presidente Donald Trump ofreció abiertamente el uso de fuerza militar de Estados Unidos para “borrar a los cárteles de la faz de la Tierra”.
A su vez, diversos legisladores republicanos expresaron críticas feroces a la política de seguridad del presidente Andrés Manuel López Obrador. Jim Cotton, senador republicano por el estado de Arkansas, declaró que “la política de abrazos y no balazos…quizá pueda funcionar en un cuento de hadas”.
La cereza del pastel vino con un editorial institucional del Wall Street Journal, sentenciando que “si México no puede controlar su territorio, Estados Unidos tendrá que hacer más para proteger a los estadounidenses en ambos países de los cárteles… No se puede descartar una operación militar de EU”. (Alejandro Hope, El Universal, Opinión, p.12)