Los gravísimos casos que enfrentan las autoridades migratorias estadunidenses nos obligan a no olvidar que en el centro de la relación con el vecino está el migrante y el respeto a sus derechos. Las primeras negociaciones permitieron colocar sobre la mesa el tema de las armas, vital para lograr que la violencia en el territorio disminuya, pero debe permanecer la gran tradición de la política exterior de defensa a quien va a EU en busca de trabajo y una vida honesta. (La Crónica de Hoy, Pp)
El reporte de migrantes detenidos en la frontera sur de Estados Unidos sigue bajando desde que se diera el chantaje de los aranceles. Está en niveles ligeramente menores a los de diciembre, cuando asumió la administración de la 4T.
El después del chantaje de Donald Trump, se concretó con el despliegue de la Guardia Nacional y cerca de 20 mil elementos para proteger la frontera sur, la transversal y la norte, más bien para contener el flujo migratorio que se había propiciado. El resultado se ve con claridad en los números que han ido a la baja de junio a octubre, el flujo se redujo en cerca de 100 mil migrantes en tránsito.
Es obvio que México tuvo que dar marcha atrás y enviar urbi et orbi un mensaje diferente y que se acabaron las visas humanitarias. Pero la conclusión que hay que sacar de esta experiencia es que entre las causas de la migración no sólo están la pobreza, la violencia, las persecuciones y los estados fallidos; también la política migratoria es una causa. Y para ser justos en el análisis, se sumaron la política migratoria mexicana, en cuanto al libre tránsito y la estadunidense, que también es causa directa de la migración familiar e infantil, que puede acceder a refugio y al mismo tiempo cierra el acceso a la migración laboral.
¿Y ahora qué?
Todo parece indicar que la contención llegó para quedarse y que el referente que va a marcar la intensidad de los flujos son las cifras de detenciones fronterizas en Estados Unidos. De manera implícita el gobierno mexicano aceptó que este indicador fuera parte de la negociación del llamado acuerdo migratorio. En septiembre la Patrulla Fronteriza capturó a 40 mil migrantes y el Instituto Nacional de Migración aseguró a 13 mil. En octubre la cifra de detenidos por la patrulla fue de 35 mil lo que indica una clara tendencia a la baja, incluso menor que lo que se pronosticaba en Estados Unidos. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 14)
México ha sido siempre un país con una política migratoria excluyente, es decir, no estimula ni facilita la llegada de extranjeros, en particular aquellos que quisieran venir a trabajar, ya sea como empleados o como emprendedores.
Lo anterior se demuestra por el simple hecho que no fue sino hasta el 25 de mayo de 2011 que adoptamos la Ley de Migración y el 28 de septiembre del 2012 su reglamento. Durante décadas, la política migratoria se reguló en un apartado de la Ley General de Población, su interpretación fue motivo de innumerables lineamientos, oficios y circulares emitidas por la autoridad administrativa responsable. El Instituto Nacional de Migración (Inami) fue creado mediante un acuerdo del presidente Carlos Salinas, pero su existencia legal se reconoció hasta el 2011 en la ley arriba citada.
Por años, se tuvo una creciente lista de “calidades y características” que pretendían reconocer la actividad, tiempos y formas en que se permitirá el ingreso al país de nacionales de terceros países. Ello dio pauta a una práctica burocrática con altas dosis de discrecionalidad. El extranjero batallaba (aún lo hace) para obtener su permiso a múltiples y cambiantes requisitos, documentos, y por supuesto, pagos indebidos para que su gestión fuera atendida. Era práctica común que si los interesados, ya sea en lo personal o por la empresa que lo requería, querían obtener una respuesta oportuna, lo mejor era recurrir a intermediarios, coyotes que, coludidos con el empleado migratorio, obtenían resultados casi inmediatos, mediante el pago de una importante cantidad, mayor a los derechos que legalmente tenía que pagar el solicitante. (Gustavo Mohar, Excélsior, Nacional, p. 10)
¿A quién hará socio el presidente López Obrador: a China o EU?
Bien manejada la política exterior, nuestro país, a través de los oficios, del canciller Marcelo Ebrard, puede reposicionarse en el trato bilateral con el gobierno de Donald Trump después de que las autoridades mexicanas han recibido y aceptado órdenes de Estados Unidos para hacer labores propias de Patrulla Fronteriza con el fin de intentar detener el fenómeno migratorio proveniente de países de Centroamérica.
La reserva en Sonora es de aproximadamente 243 millones toneladas, las cuales estarían superando las 21 millones de toneladas del campo Uyuni en Bolivia, la beta más grande de litio explotada actualmente.
México no ha logrado explotar esta reserva, por lo que empresas como Bacanora Lithium de Canadá, y Ganfeng Lithium de China, han mostrado interés en la explotación de ese mineral. Ya no puede uno, de ahora en adelante, analizar las relaciones de Méxicoy EU sin pensar en el litio. (Alejandro Sánchez, El Heraldo de México, País, p. 7)
México ha tenido que pasar por una muy larga espera para la ansiada aprobación del T-MEC por parte de la Cámara de Representantes de EU, y no pese a las constantes promesas
de “ya merito”de demócratas y republicanos, no pasa nada. Más bien, lo que sí es muy obvio, es que ambos partidos están planeando su uso para sacarle jugo durante sus campañas electorales del próximo año.
Si Donald Trump subsiste al juicio de desafuero que cada día se ve más cerca, seguramente usará al T-MEC como parte de su estrategia para ser reelegido. Su principal argumento será, sin duda, que su administración no lo ha aprobado hasta estar seguro de que México atiende sus recomendaciones respecto al tema migratorio. Otro asunto para diferir la aprobación es la promesa de Trump a los trabajadores norteamericanos de regresar a EU las plantas que a raíz de la firma del TLC salieron de su país. La firma anticipada del T-MEC podría operar en contra de esa promesa. La estrategia de los demócratas está en no aprobarlo, pues darían un argumento a los republicanos, que los acusarían de atentar contra la creación de empleos, al seguir facilitando la salida de empresas a México. (Agustín García Villa, El Heraldo de México, Orbe, p. 14)
En el lapso comprendido entre los últimos años del siglo pasado y el inicio de este, en México se rendía un informe con ánimo fehaciente, convincente y conveniente para los Estados Unidos, acerca de sus esfuerzos en contra del cultivo, comercio, tráfico, trasiego o producción de drogas.
Quien cayera en ese último caso, resentiría entre otras cosas, “el aumento de los aranceles a los productos exportados a Estados Unidos.” ¿Aranceles?, suena conocido.
Y eso nos lleva a la segunda certificación, ocurrida esa ya (junio de este año) en los plenos y dichosos tiempos de la IVª Transformación, redentora y custodia de la SOBERANÍA NACIONAL (con mayúsculas): la obediencia en la política migratoria.
Si México no dejaba su comprensión y fraternidad, incluidas sus delirantes invitaciones a la migración; si no se convertía en la muralla militar o policiaca —según se vea—y frenaba el éxodo de los centroamericanos a Estados Unidos, resentiría esa actitud en sus exportaciones de manera progresiva, comenzado con una tarifa del cinco por ciento. Hasta reventar la economía. (Rafael Cardona, La Crónica de hoy, Opinión, p. 1)
Otra vez, se nos asesta la peor de las doctrinas gringas, la de su seguridad nacional, que ahora se extiende a nuestro modo de concebir y realizar la política económica, la de migración y así, inevitablemente, pasar al conjunto de la estrategia del Estado para afianzar el rumbo nacional.
Hoy, Trump y los suyos, junto con el abanico de extrema derecha que acecha sin cuartel en el mundo, reducen los espacios soberanos para hacer política, en la democracia y en la economía, pero también en nuestras relaciones con el resto del mundo. Para encarar el cambio climático, así como para volver realidad progresiva los objetivos y metas del desarrollo sostenible, o el deber humanitario con los nuevos condenados de la tierra que migran para sobrevivir.
Agenda cargada de asuntos de urgente y obvia resolución, como se decía en los congresos de antaño, pero que es vital empezar a desahogarla. (Rolando Cordera Campos, La Jornada, Opinión, p. 14)
El acoso que desató el culiacanazo y la matanza de los LeBarón baja de tono, lo que permite a López Obrador ganar tiempo para mostrar resultados en seguridad en su segundo año de gobierno. El gesto fue seguido por la salida del expresidente de Bolivia Evo Morales del país como si fuera parte de los buenos oficios con que cree poder sobrellevar las exigencias de la relación bilateral.
Antes, en tono conciliador, había adelantado de su encuentro con el fiscal general estadunidense, William Barr, que “como abogado” lo había convencido de respetar el principio de no intervención en la Constitución mexicana, en un mensaje que transmitió rápidamente a Trump sin que fuera acompañado del fervor nacionalista que también comparten.
Mas no está claro que eso alcance para persuadir de la estrategia de “abrazos, no balazos” tan criticada por su gobierno y congresistas de EU, o de la conveniencia de hacer cambios al T-MEC en capítulos que congelan la sonrisa a empresarios mexicanos y los mueve a la molestia con el negociador mexicano, Jesús Seade.
Menos aún a predecir su comportamiento tras el resultado del juicio político. La política de apaciguamiento de López Obrador frente al negociador experto en la “llave de muñeca” y la amenaza también ha rebajado el tono despectivo y agresivo de Trump hacia México con Peña Nieto. Pero podría regresar en cualquier momento con la negociación del T-MEC o la amenaza a la política migratoria que ha concedido como parte de la táctica del sosiego.
Esta política, sin embargo, tiene límites que ni siquiera pueden evadirse con la disposición a ceder desde el lado más débil, menos cuando las facturas las pagarían sectores productivos o sus bases electores. (José Buendía Hegewish, Excélsior, Nacional, p. 14)
México no convirtió el TLC en una palanca para su desarrollo integral, sino que se limitó a la transformación de una parte de su economía. Por más que ese instrumento haya sido extraordinariamente exitoso en consolidar una plataforma exportadora, resultó evidente a sus ojos (y para quien quiera ver la realidad) que México había usado al TLC como un mecanismo para no alterar el orden político o los intereses cercanos a la clase política. Fue en este contexto que se comenzaron a debatir ideas sobre cómo forzar a México a erradicar la corrupción y modificar sus estructuras político-burocráticas. Estos debates no llevaron a nada relevante, en buena medida porque, para EU, las consecuencias de adoptar una estrategia errada hacia México podrían fácilmente traducirse en una súbita emigración masiva de mexicanos. En este sentido, la propensión estadounidense a ser cuidadosos con México (aunque no lo parezca) ha tenido por consecuencia hacerles la vida mucho más fácil a los más perniciosos intereses mexicanos que favorecen el statu quo. (Luis Rubio, Reforma, Opinión, p. 9)