El testimonio de la violencia busca acercarla y darle permanencia para que la tragedia no desaparezca. Para que la tengamos presente y hagamos lo imposible por enfrentarla. Sus recuerdos son la voz de lo que nadie quiere escuchar y cuesta leer, mientras tengo que repasar y subrayar las líneas para confirmar el horror en mis manos. De lo que no debió pasar y logró contarse en un albergue. Ella conjuga en una tercera persona que podría ser primera, como esas primeras personas que se convierten en terceras para sobrevivir. Ella, una de 50 mujeres migrantes secuestradas en México a mediados del año pasado.
Centroamérica encerrada en un lugar del que sacaron a los hombres que las acompañaban. Se les exigió el teléfono de familiares que depositaran dinero para continuar el viaje y llegar a Estados Unidos. Ella cuenta como violaron a todas las mujeres que no tuvieron manera de pagar su rescate. Les dijeron que de alguna forma iban a hacerlo. Cuenta que separaron a una madre y primero la violaron entre cuatro. Luego otros dos. Su hija corrió a ayudarla. Las demás mujeres se lo impidieron para que no siguieran con ella. Todas escucharon los llantos que tapaban el de la niña. (Maruan Soto Antaki, Milenio, Al Frente, p. 3)