Como bien lo dijo el actor George Clooney, “el racismo es la pandemia de Estados Unidos”. El asesinato de George Floyd en Minnesota, a manos de un policía, revivió la ancestral e imperecedera batalla de las personas de color.
La brutalidad policiaca sigue siendo la lacra de más de una nación. Las violaciones a los Derechos Humanos, por parte de quienes deberían dar seguridad a los ciudadanos, se repiten con la anuencia de gobernantes que anteponen el temor a estos cuerpos.
En el vecino país del Norte y a pesar de que Barak Obama llegó a la presidencia, un fuerte porcentaje de blancos, rechazan los principios de la igualdad. Cualquier otra etnia es inferior e invasora de su territorio.
Hasta hace unas décadas, la segregación era común: lugares separados en el transporte, restaurantes, baños, escuelas y universidades. Luther King, con su apabullante tesón, logró tirar barreras y, conseguir una legislación contra las diferencias.
Hubo avances y con Obama se pensó que la brecha se zanjaba, al disminuir la efervescencia de grupos tan rabiosos como el del Ku Klux Klan y otros supremacistas. En su mandato hubo algunos incidentes de barbarie, por parte de policías. Obligó a que se revisara toda la actividad, de las jefaturas policiacas de donde salieron los culpables, y se les despidiera y sancionara, con todo el peso de la ley.
El populista señor Trump liquida la obra de su antecesor. Desde su llegada al Poder divide a la sociedad y fomenta el odio contra migrantes, extensivo a la negritud. Resurgen los ataques y, una amiga de Maryland me contaba que jamás ha visto que la policía pare a un automovilista blanco –por alguna infracción-: sólo detienen a las persona de color. (Catalina Noriega, El Sol de México, Opinión, p.10)
No va a ser fácil que entierren a Basilio en Cuautla, México. Es caro, complicado, lleno de requisitos burocráticos y más aún cuando hay que trasladar sus cenizas desde Nueva York en medio de la pandemia.
Tuvo que pasar un mes y cuatro días para que Félix Pinzón pudiera incinerar los restos de su hermano Basilio, de 45 años y quien contrajo el virus en Nueva York. Las funerarias de la ciudad no se daban abasto. Y todavía no tiene el acta de defunción. Así no lo puede repatriar a México.
“¿No se le ocurrió a Basilio que lo enterraran en Nueva York, donde trabajó durante tantos años?”, le pregunté a su hermano Félix. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Llegamos, por fin, casi al término de una de las fases de la pandemia. Se han echado a andar algunas plantas industriales sujetas a respetar, entre otras medidas, principios de sana distancia, el uso de mascarillas, cubrebocas y desinfecciones constantes. Sólo se trata de actividades estratégicas como la minería, la automotriz y la construcción. Algunos gobernadores muy precavidos han decidido aplicar su propia normatividad estatal hasta que no vean mejoría en materia de contagios del covid-19.
En el mundo las cosas no andan bien. Abundan los ejemplos: Gran Bretaña —que aún no sale de la pandemia— la cual después de más de un año de llegar al Brexit se encuentra, en estos difíciles momentos, en negociaciones con Europa, simplemente para recuperar los tratos comerciales y financieros de los que gozaba cuando era miembro de la Unión Europea. En otros países, como España, Francia e Italia, reinan las confusiones políticas con probables cambios de líderes.
A pocos meses de terminar su periodo presidencial de cuatro años, Trump se encuentra en la singular coyuntura de enajenarse el voto negro, como también haber perdido el voto latino, al que ha lastimado brutalmente con sus políticas migratorias. También ha perdido el voto de la juventud universitaria, agobiada por las impagables deudas escolares contraídas.
La actuación desalmada de Trump durante los conflictos callejeros le está provocando, además, la pérdida de apoyo de algunas personalidades de su propio partido republicano. Es cuestión, por ahora, de adivinar qué decidirá el electorado norteamericano entre renovarle el mandato o entregárselo a su bien conocido rival Biden, del partido demócrata. Trump se valdrá de cualquier hecho, todo evento o personalidad que pueda ser un apoyo electoral.
Son éstas las turbulentas y desastrosas condiciones en las que se encuentra la política de Estados Unidos, y serán las mismas que formen el confuso escenario local en el que se insertaría una hueca visita del presidente de México prevista para el mes de julio. (Julio Faesler, Excélsior, Opinión, p.11)
Son millones. No coinciden con Trump en todo, pero sí en algunas cosas. Frecuentemente se crispan por sus formas, por su discurso, por sus tuits. Por eso, a veces piensan que de ninguna manera votarían por él. Pero otras veces, cuando se percatan de quiénes son sus rivales y las ideas que promueven, muy en secreto, optan por favorecer al magnate. Don Black, el supremacista blanco, ex líder del Ku Klux Klan los llama: “El ejército silencioso de blancos creyentes, aquellos que terminan tomando decisiones basados en su raza”. Nunca sabemos cuántos de esos “soldados” están activos en determinado momento, porque no hay encuesta capaz de detectarlos. Para muchos de ellos, sí es verdad que Estados Unidos está sumido en el caos y el desorden, es verdad que las “hordas” de inmigrantes han tomado el país, es verdad que los extranjeros buscan “reemplazar a los blancos” y es verdad que el Establishment en Washington los ha traicionado. Hoy, ese ejército de soldados silenciosos está siendo convocado. Atizar las llamas que lo movilizan es la especialidad de Trump. Lo que no sabemos es si esta vez eso será suficiente para su reelección. Así, en el texto de hoy, propongo cuatro ángulos para abordar las protestas masivas en EEUU: el racismo estructural, las emociones colectivas, la polarización y el uso político de esa polarización por parte del presidente. (Mauricio Meschoulam, El Universal, Opinión, p.11)