Los complots y los villanos imaginarios han sido parte del discurso político por siglos. Es inherente al ser humano buscar entender la realidad bajo principios maniqueos, y los gobernantes se han encargado de fomentarlo.
Sin embargo, y después de fuertes lecciones para la humanidad, parecía que poco a poco íbamos caminando hacia una visión menos radical y más inclusiva. En donde se pueden entender diferentes cosmovisiones que coexisten en un mismo espacio.
No obstante, principalmente en la última década, han surgido movimientos políticos que una vez más buscan dividir y diferenciar, crear héroes y adversarios, inventar intrigas. Se trata de enaltecer el “nosotros” frente a esos enemigos que nos han dañado. No es necesario conocerlos ni querer entenderlos.
Ejemplo perfecto de esa manera de hacer política lo representa Donald Trump, que ha demostrado que en un sistema democrático —en teoría educado—, para adquirir y mantener el poder es suficiente captar la atención de los votantes que simplifican su cosmovisión a “odiar” a un sector social o a una población, desde Irán hasta los migrantes. (Ricardo Alexander Márquez Padilla, Excélsior, Opinión, p.9)
En el arranque de un nuevo régimen, decidido por una abrumadora mayoría ciudadana, comienzan a presentarse disfunciones constitucionales y confrontaciones potenciales entre el Ejecutivo de la Unión y otras autoridades públicas del país. Por ejemplo, la rebeldía del gobierno del estado de Jalisco contra sucesos internos que atribuye a la injerencia del gobierno central y la respuesta de su partido amenazando al Presidente de la República con sacarle sus “trapitos al sol”; inédito chantaje político, que no fue “visto ni oído”.
Comienza igualmente a enturbiarse el respeto a la jurisdicción y desempeño de los órganos constitucionales autónomos como el INE y el INAI, y de diversas instituciones reguladoras entre ellas el IFT y la Cofece. Sobresale la amenaza suicida de la Comisión Nacional de Derechos Humanos —que como le faltan “dientes”— prefiere cerrar la boca, arguyendo que desea convertirse en otro organismo que ya existe: la defensoría del pueblo. Conato usurpador de funciones.
Nuestro vecino no había sanado todavía de la crisis hipotecaria del 2008, cuyos estragos intentó reparar mediante políticas inconexas, insuficientes y aún contradictorias durante el tiempo de Obama. El sistema fiscal benefició anacrónicamente a los grandes capitales, debilitó a las clases medias y relegó sobre todos los obreros, sin mirar etnia u orígenes. Trump se favoreció de ese enfrentamiento y excitó el aspiracionismo social mediante el mito de la supremacía blanca, como nuevo paradigma articulador. Dislocó las relaciones humanas y productivas en beneficio de un solo triunfo electoral y complicó torpemente sus relaciones internacionales. A la postre su patología xenofóbica, fruto de la ignorancia, no le redituó en el interior ni en el exterior.
El análisis riguroso de estos acontecimientos resulta indispensable para actualizar y redefinir pragmáticamente el curso de las determinaciones nacionales. Pregonar que el peso se está fortaleciendo, en vez de reconocer que el dólar se está devaluando frente a todas las monedas del orbe, puede inducir a simplificaciones perniciosas ya que nuestras principales exportaciones se van a encarecer, mientras que alentamos nuestras importaciones. En este camino cancelaríamos la única balanza de pagos superavitaria de la que gozamos. Nuestras reservas en dólares reducirían su valor en perjuicio de nuestra relación cambiaria. Exhibiría retroactivamente la ridiculez de nuestro temor atávico respecto de la elevación de aranceles. Las remesas de nuestros compatriotas en el extranjero se adelgazarían con efectos severos sobre nuestra principal fuente de divisas y la reducción del gasto y del consumo de los mexicanos. Mas nos valiera dejar de proclamar fracasos ajenos que no son éxitos propios. “La verdad nos hará libres”. (Porfirio Muños Ledo, El Universal, Opinión, p.11)

(Gregorio, Excelsior, Editorial, p. 10)