Un paquete de cocaína llega en un avión comercial al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, proveniente de Centroamérica. De ahí, la mercancía se transporta a Tijuana vía terrestre. Un traficante esconde en el tanque de combustible de su auto parte de la droga y cruza la frontera hacia San Diego, donde entrega la carga. Regresa a México con tres AK-47 y municiones, además de unos fajos de dólares.
Cientos de historias de tráfico de droga hacia Estados Unidos, el mayor consumidor del mundo, ocurren cada día. Lo interesante es que pasando la frontera se pierde el rastro. No está claro cómo millones de dosis llegan a manos de cientos de usuarios en todas las ciudades de aquel país, a través de una enorme y eficiente red de distribución que genera miles de millones de dólares en ganancias.
Difícilmente, podemos creer que son las organizaciones criminales mexicanas quienes controlan la venta de droga en las grandes ciudades de Estados Unidos, como Nueva York o Chicago, sin que sus autoridades lo puedan evitar. (Ricardo Alexander Márquez Padilla, Excélsior, Opinión, p.13)
Para los que hemos vivido o trabajado en América Latina, las tentaciones autoritarias y los desplantes fotográficos de Donald Trump, de pronto, se ven familiares. De hecho, los periodistas latinoamericanos estamos bien entrenados para lidiar con alguien como el actual presidente de Estados Unidos. Nos ha tocado ver una larga lista de líderes que abusan de su poder y utilizan a los soldados para su propio beneficio.
La democracia en Estados Unidos está a prueba. El Presidente se preguntó en un tuit si se deberían retrasar las elecciones presidenciales de noviembre por un supuesto fraude en la votación por correo. Por principio, no hay ningún fraude y Trump no puede tomar una responsabilidad que es del Congreso. Trump va perdiendo en todas las encuestas y retrasar las elecciones significaría que él extendería forzosamente su tiempo en la Presidencia, al igual que muchos líderes autoritarios han hecho en el pasado en América Latina.
Además de extender ilegalmente su permanencia en el poder, otra preocupación es el envío de Trump de agentes federales a Portland, Oregon, para contrarrestar las protestas de los últimos dos meses. La mayoría de los dos mil agentes movilizados forma parte de un grupo élite de la Patrulla Fronteriza (CBP). “Esto es un ataque a nuestra democracia”, dijo el alcalde de Portland, Ted Wheeler. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Cumplir con el mandato del hajj, es decir, realizar la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida, es uno de los cinco pilares del islam, por lo cual cada año llegan a ese lugar entre 2 y 2.5 millones de musulmanes de los cinco continentes, deseosos de cumplir con los rituales que se celebran en los alrededores de la Kaaba. Esto ha ocurrido sin interrupciones durante 90 años, desde que el reino saudita se fundó.
Por lo pronto, en el primer semestre de 2020, 300 mil trabajadores han salido de Arabia Saudita (2.5 por ciento de la fuerza de trabajo total del país), con 178 mil solicitudes más en trámite para conseguir la anhelada repatriación que los saque de la difícil situación en la que se encuentran, situación similar, por cierto, a la de los otros ricos países petroleros del Golfo Pérsico. Según lo reporta Human Rights Watch, tanto en Arabia como en los Emiratos, Kuwait, Omán y Qatar “…la pandemia ha expuesto las décadas de discriminación racial sistémica y el profundo sufrimiento que los trabajadores migrantes experimentan bajo los diversos sistemas laborales de los Estados del Golfo.”
La proporción de trabajadores extranjeros en esa región es la más alta del mundo. Son cerca de 30 millones en total, provenientes de India, Egipto, Pakistán, Filipinas, Bangladesh y Nepal. Constituyen una formidable fuerza de trabajo sin la cual la prosperidad de los ricos países del Golfo sería imposible.
Y la tragedia es que una buena parte de ellos no sólo ha vivido en condiciones de esclavitud moderna (a menudo sus empleadores les confiscan sus pasaportes para retenerlos y explotarlos a conveniencia), sino que ahora, con la plaga del covid-19, alterando el statu quo, se han convertido en individuos desechables que no cuentan ni siquiera con la suerte de ser bienvenidos en sus países de origen, incapaces de absorberlos de nuevo dadas las condiciones sanitarias y económicas que hoy ahí prevalecen. (Esther Shabot, Excélsior, Opinión, p.9)