Con la novedad de que el AICM, que lleva Jesús Rosano García, acaba de estrenar dos nuevos procedimientos para los viajeros que llegan de un vuelo internacional, y se está convirtiendo en un foco de infección de Covid.
El primer procedimiento se lo debemos al director general del INM, pues a decir de su personal –según lo ocurrido el 25 de octubre en un vuelo que aterrizó a las 820 pm proveniente de Miami– el personal de migración le pide a los turistas que se retiren el cubrebocas para checar el rostro.
Y eso está ok, pero les hacen responder preguntas sin cubrebocas. ¿Qué nadie le explicó a Francisco Garduño, director el INM, que una de las principales fuentes de contagio es cuando las personas hablamos, sobre todo en espacios cerrados? Por lo visto no. La segunda novedad es aún mejor. Funcionarios de Aduanas del SAT, de Raquel Buenrostro, recuperaron las viejas prácticas de revisar los equipajes, lo que ocasiona largas filas –sin sana distancia por supuesto.
¿Dónde quedaron las declaraciones voluntarias de los pasajeros y las revisiones que el personal de aduanas hacía con tecnología para detectar contrabando cuando bajaban las maletas de los aviones, antes de ser colocadas en las bandas de equipaje? No quiero ser mal pensada.
¿Será una medida innovadora que están aplicando otros aeropuertos de vanguardia en el mundo, alguna recomendación de la IATA o el Consejo Internacional de Aeropuertos (ACI), o simplemente una medida para rascarle a la ya de por sí flaca cartera de los viajeros ? (Lourdes Mendoza, El Financiero, Opinión, p.43)
Donald Trump ha propuesto continuar con los vetos migratorios para musulmanes, seguir con las deportaciones hasta alcanzar la meta de 11 millones de personas, incrementar el precio en visas y acabar con la ciudadanía por derecho de nacimiento.
Biden ha prometido adoptar nuevas políticas respecto a los migrantes detenidos en la frontera y terminar con la separación de familias. Desaprueba el enjuiciamiento de migrantes detenidos por infracciones no trascendentales y las redadas para detener a personas sin documentos en sus lugares de trabajo. Ha planteado también devolver el apoyo a los dreamers y eliminar la restricción de los permisos de asilo y visados.
En esta elección hay estados vitales como Florida, Texas y Georgia, donde hay un número importante de votantes latinos y millennials que están en contra de la otra pandemia: la de las armas.
Pronto veremos si las nuevas generaciones son también seducidas por el discurso xenófobo, o apuestan por la diversidad, la inclusión y el respeto. Nada está escrito. (Paola Rojas, El Universal, Opinión, p.9)
Aunque las elecciones de mañana serán del otro lado del río Bravo, la diplomacia mexicana tendrá una semana agitada. Y es que el canciller Marcelo Ebrard y nuestra embajadora en Washington, Martha Bárcena, tendrán que trabajar horas extra para tender los puentes necesarios, una vez que se conozca al ganador entre Donald Trump y Joe Biden. (El Heraldo de México, Opinión, p.2)
Silvano Aureoles se llevó este fin de semana su buena reprimenda de parte de la Secretaría de Gobernación por andar promoviendo entre sus paisanos en Estados Unidos el voto a favor del demócrata Joe Biden.
En un video que subió a sus redes sociales, el gobernador de Michoacán “se descosió” en sus comentarios contra Donald Trump y arengó a la comunidad hispana a “terminar con la larga noche oscura de racismo, de odio, de persecución, de ofensas, de maltratos inhumanos a la comunidad migrante, principalmente a la mexicana y a la michoacana”.
Aureoles conminó en su discurso de poco más de seis minutos, a llevar con su voto a la Casa Blanca a “alguien que entienda la relación entre socios y vecinos”; que si bien la relación México-Estados Unidos no es fácil, ésta “se tiene que manejar con razones y con diálogo, no con amenazas permanentes o golpes arancelarios, ni intentando subordinar a México a sus intereses”.
Palabras, las del perredista, que sin duda muchos mexicanos –de aquí y del otro lado de la frontera- suscribiríamos. Sólo que…, pues no le tocaba al mandatario estatal decirlo y mucho menos en estos momentos (a escasos días de la elección presidencial en Estados Unidos).
Olga Sánchez Cordero pide a Silvano Aureoles no intervenir en las elecciones de EU
Me preocupan los 4 millones de migrantes michoacanos en EU; responde Silvano Aureoles a Sánchez Cordero
La reacción de la Secretaría de Gobernación no se hizo esperar. Olga Sánchez Cordero firmó de inmediato un oficio acusando al gobernador michoacano de violar la Constitución y de poner al Estado Mexicano “en una situación muy delicada en términos de política exterior”. (Martha Anaya, El Heraldo de México, Opinión, p.6)
Un día antes de las elecciones presidenciales en EU, el ambiente que priva en aquel país es de incertidumbre. Pero si allá nadie sabe lo que va a pasar, en México estamos completamente a ciegas.
Nadie puede anticipar con certeza quién va a ganar la Presidencia, entre el demócrata Joe Biden y el republicano Donald Trump.
Lo que sí saben muchos de este lado de la frontera es que, gane quien gane, la relación bilateral seguirá siendo un problema para ambas naciones.
Si se reelige Trump, sin duda los temas pilar de la agenda, que son migración, seguridad y comercio, van a estar bajo una fuerte presión. En el caso de que Biden resulte victorioso, habrá desencuentros, porque López Obrador fue a Washington, en plena campaña presidencial, y sólo se reunió con Trump. Desdeñó a los demócratas.
De aquel encuentro ya pasaron cuatro meses y no se sabe en México si hubo o no una operación cicatriz. De lo que sí tienen certeza los y las expertas, como la doctora María Cristina Rosas, especialista en temas internacionales por la UNAM, es que con Biden nos viene una pesadilla. Tan sólo con el T-MEC, por mencionar un ejemplo, los demócratas tienen serias dudas en temas laborales y de medio ambiente.
Basta recordar que su compañera de fórmula, la candidata a la vicepresidencia, Kamala Harris, votó en contra del tratado porque considera que las disposiciones ambientales son lesivas. Por otro lado, en el ámbito migratorio, no hay que perder de vista que Obama es el presidente que más deportaciones ha hecho en la historia reciente y Biden era su vicepresidente. Son esos algunos antecedentes de la relación con los demócratas, pero los republicanos, como dice el dicho, tampoco tienen amigos, tienen intereses, y eso se ha visto en la mala relación de Trump con México. (Alfredo González, El Heraldo de México, Opinión, p.7)
Al día siguiente de huir de México y establecerse en Washington tras cometer abuso sexual, el primer secretario de la Embajada de EU, Brian Jeffrey Raymond, fue visitado en el lugar donde pernoctaba por agentes de la oficina de Investigaciones Especiales (OSI) del Departamento de Estado para ser entrevistado sobre la denuncia que pesa en su contra en la Ciudad de México.
Lo que se sabe es que Raymond no aceptó los cargos. Trató de matizar sus fechorías. Dijo que los encuentros sexuales en su departamento con chicas mexicanas eran consensuados. La investigación, sin embargo, lo señala de violación sexual porque las emborrachaba y les daba brebajes para dormirlas y poseerlas.
El reclamo de México para llevar al representante diplomático de 44 años de edad ante el MP estaba firme. Ni la Fiscalía, a cargo de Ernestina Godoy, ni la cancillería de Marcelo Ebrard desistieron para hacer justicia.
Por eso, el 13 de junio los agentes de la OSI que lo entrevistaron vinieron a la ciudad para encontrarse con personal de la SRE así como con agentes ministeriales que abrieron las investigaciones el 31 de mayo, cuando la víctima se paró semidesnuda y somnolienta desde el balcón de un departamento en Polanco a pedir ayuda. Tras el encuentro entre ambas partes, la mañana del 14 de junio, se liberó una orden de allanamiento en el domicilio del acusado. La realidad siempre supera a la ficción: lo que se descubrió en una computadora era mucho más grave.
Si bien, el caso de Raymond ha trascendido en los medios, no se le ha dado la cobertura que amerita, ni se conocían detalles de colaboración entre las autoridades de ambos países que, al hurgar los archivos cibernéticos, hallaron 400 videos e imágenes de sus presuntos abusos contra 23 mujeres. (Alejandro Sánchez, El Heraldo de México, Opinión, p.8)
Han pasado más de cinco años desde que Donald Trump llamó criminales y violadores a los mexicanos en junio de 2015. Desde entonces no ha dado tregua a la migración mexicana y centroamericana.
Algunas encuestas indican que en las elecciones de mañana probablemente Trump obtenga alrededor de 30 por ciento del voto latino, similar proporción a la que alcanzó en la elección de 2016.
Se comprende que el voto latino no sea monolítico y que algunos migrantes hispanos tengan sus razones para sufragar por el actual presidente, pero no dejaría de sorprender que tres de cada 10 latinos que votaran lo hicieran en favor de alguien que en cuatro años de mandato ha aplicado o ha intentado aplicar medidas que van de la ocurrencia a lo inhumano, como las siguientes:
En reunión privada dijo a sus asesores que los soldados deberían disparar a las piernas de los migrantes. Alguno de sus consejeros tuvo la gentileza de aclararle que eso sería ilegal. Después dijo que los agentes debían estar autorizados para disparar contra los migrantes que les arrojen piedras (lo que, por cierto, han hecho en varios casos a lo largo de al menos dos décadas, casi siempre de manera impune). (Mauricio Farah, El Heraldo de México, Opinión,,p.11)
En Washington lo tienen en la mira. No es un complot, sino unificación de intereses. El Departamento de Justicia (Cienfuegos) actúa con su enemigo burocrático (la CIA), alineados con el Departamento de Estado (Landau), y acompañados de las presiones del Capitolio (que responden a las de las corporaciones energéticas), enmarcado en la queja (de los abogados) por la ausencia de Estado de Derecho.
La respuesta de López Obrador ha sido desarticulada. Justifica que Estados Unidos no le informe de temas delicados como la investigación al general Cienfuegos, mientras el canciller Marcelo Ebrard dice –15 días después de la captura–, que están indignados y pedirán explicaciones. López Obrador defendió la violación de la ley con retórica macuspana, y torció con sofismas los términos del acuerdo comercial con Estados Unidos, amenazando con que si no les gusta, modificará la Constitución.
El Presidente se movió en su contradicción, la genuflexión ante Trump y su carácter pendenciero trasladado al establishment estadounidense. Es un pleonasmo decir que no comprende cómo funciona Washington, pero parece no escuchar a quienes sí entienden, como Ebrard, quien fue el que le tradujo lo que se negociaba en el acuerdo comercial norteamericano, para que tomara decisiones.
Si piensa, acostumbrado al pleito en México, que el tono que escucha desde Washington es normal, no lo es. Para que los decibeles estén en el nivel actual, es que López Obrador trae un problema de fondo con diversos sectores del establishment estadounidense, un concepto de suma de intereses que no tampoco alcanza a entender. Su racional es básica, como procesa todas las cosas en México, y no extrañaría si piensa que si tiene oposición allá, es porque están asociados a personajes corruptos del pasado mexicano.
Argumentar de una forma tan rupestre como podría interpretarse esta proposición, está directamente asociado con su capacidad para entender muchas cosas. Lo demostró cuando, ante el desabasto de medicamentos, afirmó que obedecía a que los laboratorios mexicanos habían influido en la industria farmacéutica mundial para sabotear esas compras. Esa forma de pensar ridícula la reprodujeron senadores de Morena, que pidieron a los mexicanos en Estados Unidos votar por Donald Trump porque Joe Biden “es amigo de expresidentes mexicanos”.
Las señales que llegan de Washington son vistas aquí en el contexto de la elección presidencial, donde Trump está en riesgo de caer ante el demócrata Biden. López Obrador no está preocupado de ese desenlace, según varios de sus asesores, no porque esté seguro que Trump seguirá en la Casa Blanca durante los próximos cuatro años, para bloquear cualquier inconveniente que se le atraviese a su proyecto, o barrera que se erija, a cambio de que siga cumpliendo sus deseos. En Palacio Nacional confían que si gana Biden las cosas seguirán como hasta ahora, por las relaciones de Ebrard con algunos sectores demócratas, y sobre todo porque una amiga del consejero presidencial Lázaro Cárdenas, a quien le ayudaron el año pasado a conseguir contratos en Pemex, es muy cercana a la esposa del demócrata. (Raymundo Riva Palacio, El Financiero, Opinión, p.38)
Más allá del resultado de las elecciones de Estados Unidos, el 3 de noviembre, lo importante para los mexicanos es que, sea cual fuera el gobierno que surja de ese proceso, se construya una relación bilateral equilibrada, civilizada y justa, comenzando por el respeto pleno a los derechos humanos de nuestros connacionales que viven, estudian y trabajan en ese país.
En medio de la estridencia mediática por los posibles resultados, no podemos pasar por alto que, apenas en la segunda quincena de octubre, en un lapso de sólo cuatro días entre un suceso y otro, dos mexicanos fueron agredidos y asesinados de manera artera por agentes gubernamentales en territorio estadounidense:
La madrugada del 19 de octubre, José Alfredo Castro Gutiérrez falleció luego de que le disparó un policía de San Diego y, el 23 de octubre, un segundo mexicano murió tras un encuentro con agentes de la Patrulla Fronteriza en uno de los puentes peatonales de San Ysidro y Tijuana.
Castro Gutiérrez –para mayor agravante como después transcendió– padecía esquizofrenia y sólo portaba en sus manos un celular cuando corrió hacia los policías pidiendo ayuda. En lugar de auxilio, lo que recibió fue una descarga eléctrica, un tiro de una bala de goma y un disparo con ar-ma de fuego que terminó con su vida. (José Murat*, La Jornada, Opinión, p.18)
Momentos inéditos en los que no se sabe si se salvará lo que queda de una democracia dañada, si correrá sangre en las calles, si habrá un intento de un autogolpe, o si las policías y las fuerzas armadas intervendrán si estallan disturbios –palabra tramposa que oculta quién está detrás de la violencia– o si se sabrá o no quién ganó y quién fue derrotado, y si va a imperar un proyecto con tintes neofascistas que pondrá en peligro no sólo a progresistas, trabajadores, mujeres, a la comunidad gay, a toda minoría, y en particular a todo inmigrante dentro del país, sino al planeta mismo.
Aunque se ha reportado una y otra vez que esta es una elección sin precedente en torno al presidente más peligroso de la historia, existe una percepción muy curiosa y desafortunada entre algunos sectores progresistas en otras partes del mundo, incluido México, de que da igual quién gane.
Esto no se trata de otra contienda más entre dos partidos que según los mejores críticos estadunidenses, como Gore Vidal, forman un sistema de un solo partido con dos alas conservadoras, ambos manchados de guerras, golpes de Estado, intervenciones y agendas neoliberales tanto en el extranjero como en su propio país, el cual ha llevado a la mayor concentración de riqueza en un siglo, junto con la violencia sistémica racial, dentro de este país. No es otra elección para escoger quién es la opción menos peor, ni es una para evaluar quién nos conviene más.
Para cualquier progresista en cualquier parte del mundo, la amenaza neofascista es un peligro intolerable para todo amante de los principios de justicia, los derechos humanos y la defensa de la libertad de todos. Esto tiene larga historia. Cuando Franco era quien amenazaba con fascismo en España, progresistas en todo el mundo se sumaron a los esfuerzos de solidaridad e incluso a participar en la guerra en las brigadas internacionales (incluidos estadunidenses en las Brigadas Abraham Lincoln), la resistencia antinazi por toda Europa antes y a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, el apoyo y solidaridad con luchas de liberación contra dictadores en África, Asia y América Latina, o contra regímenes golpistas, eran parte de la lucha progresista en otros países, no sólo porque había consecuencias, sino por principio. Pinochet no daba igual a otro candidato, sino que era enemigo de todos los que se proclamaban como progresistas en todo el mundo. Es un principio internacionalista de lo más hondo. (David Brooks, La Jornada, Opinión,,p.27)
En el mismísimo Palacio Nacional, al igual que en prácticamente todas las sedes del poder político a nivel mundial, la cuenta regresiva de cara a los comicios de mañana en Estados Unidos, en los que el desquiciado mandatario en turno Donald Trump buscará mantenerse en la emblemática oficina oval de la Casa Blanca, inició desde hace semanas y dio paso a un creciente malestar y preocupación cuando la puja con los demócratas, encabezados por Joe Biden, comenzó a complicarse para los primeros.
El asunto, pues, no es nuevo, y no podría serlo por la simple y sencilla razón de que (hasta) al más alto nivel del gobierno de la 4T se entiende la trascendencia de una elección presidencial en el país con el que compartimos más de 3,000 kilómetros de frontera, mantenemos una relación cotidiana y estrecha en los temas más diversos: seguridad, migración y comercio de manera destacada, y con cuyos grupos políticos de oposición, particularmente desde la más reciente visita de Andrés Manuel López Obrador a Washington, tenemos una relación “tirante”, en el mejor de los casos, que augura problemas en caso de un triunfo de éstos.
Aunque, y esto hay que decirlo con absoluta claridad, si bien es verdad que el eventual triunfo de los demócratas pudiera tensar aún más la relación de la actual administración gubernamental, con ellos también lo es que, como acá, nadie en la Casa Blanca ignora la importancia que el mantenimiento de una relación fluida y orientada a resolver problemas con México tiene y ello, en consecuencia, permite asegurar que si bien puede presentarse un escenario difícil para ambas partes, una negociación directa y en condiciones de igualdad (relativa) deberá arribar finalmente a buen puerto. (Enrique Aranda, Excélsior, Opinión, p.18)
Mañana se llevarán a cabo elecciones en Estados Unidos, donde el presidente Trump intentará ocupar la presidencia por 4 años más. Pronósticos sobre el resultado hay muchos y análisis sobre lo que podría suceder en México en caso de que gane uno u otro candidato abundan. Independientemente de ello, vale mucho la pena hacer un alto y analizar la gran importancia que tiene para ambos países y sus habitantes esta vecindad.
Más de 3 mil kilómetros de frontera nos unen y configuran una agenda multitemática. Treinta y seis millones de mexicanos se encuentran en territorio estadounidense, agregando productividad y generando recursos que a la postre se reflejan en la economía mexicana. La relación entre los presidentes Trump y López Obrador ha sido respetuosa y productiva, alejada completamente de aquellos pronósticos fatalistas que se auguraban antes de la elección en México en 2018.
En materia comercial, esta relación resulta imprescindible para ambos. Cifras al corte del mes de agosto configuran que el primer socio comercial de Estados Unidos es México, acaparando poco más de 14 por ciento de su comercio, por arriba de las transacciones establecidas con Canadá y con China. El T-MEC ha permitido una nueva oportunidad de desarrollo para ambas naciones, dejando de lado la incertidumbre de su renegociación. Producimos y vendemos a ese mercado gran número de productos de equipo de transporte y electrónicos, entre muchos otros productos e insumos que generan gran número de empleos en nuestro país.
Estados Unidos ha mostrado su colaboración con México bajo diferentes asignaturas, por mencionar sólo un par: su comprensión y apoyo en temas relacionados con el manejo de la emergencia por Covid-19 y su tolerancia ante los eventuales retrasos en el pago del Tratado de Aguas entre ambas naciones. (David E. León Romero, La Razón, Opinión, p.6)