Emmett Sullivan, juez federal de EU, ordenó al gobierno de Trump que deje de expulsar niños migrantes que cruzan a solas la frontera. El descaro argumento de Trump es que estos menores traían la COVID a la Unión Americana. El juez desechó los argumentos y señaló que al expulsarlos sin mayor control, la vida de los niños se ponía en claro riesgo. (La Crónica de Hoy, La Dos, p. 2)
Los dos desplantes, uno de Trump al no reconocer su derrota y otro de AMLO al no felicitar a Biden, son dos caras de la misma moneda. Muestran estrategias compartidas para mantenerse en la agenda, a pesar de que el lugar lo debería ocupar Biden, el ganador de la elección. En Estados Unidos no festejaron el triunfo de Biden-Harris, festejaron la derrota de Trump.
En México una extraña interpretación del texto constitucional impide al presidente congratular al presidente electo de Estados Unidos.
La relación aterciopelada Trump-AMLO es un mito. De los cuatro años de Trump, dos corresponden al presidente mexicano. Pasaron sin pena ni gloria. Quedan en el recuento las amenazas arancelarias ante las que México se doblegó, para después obstaculizar el paso de migrantes centroamericanos hacia el norte. Pragmatismo puro en donde los derechos de los migrantes quedaron vulnerados.
En cuanto a los indocumentados Biden ha planteado que desde el primer día se ocupará de millones de indocumentados. La gran mayoría son mexicanos aterrados de regresar a México (dreamers). Podría argumentarse que no es asunto del gobierno mexicano. No hay tal. Son mexicanos que México está obligado constitucionalmente a proteger. Los 50 consulados en EU podrían sumarse a este proyecto con las autoridades americanas. (Mario Melgar-Adalid, El Universal, Opinión, p. 18)
El potencial triunfo de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos se ha tomado con un gran entusiasmo alrededor del mundo. Un entusiasmo justificado luego de 4 años de un gobierno que inició dando tumbos y termina pateando la casa y azotando la puerta. Sin embargo, hay algo muy importante a tener en claro ahora que Donald Trump abandone la Casa Blanca, el movimiento que inició no terminará con él.
Otra parte de los votantes que dieron el triunfo a Trump eran aquellos silenciosos ciudadanos que añoran volver al status quo de hace muchas décadas atrás en que las mujeres, los migrantes y los negros ocupaban otros espacios no preponderantes. Hombres y mujeres que usualmente no hubieran votado, cuyas ideas acerca de la migración, el racismo, el aborto y otros temas, se tomarían por añejas, rancias en una sociedad que presumía valores progresistas y liberales. Quizá demasiado progresistas para un grupo de la sociedad mucho más conservador.
Con Trump, fue posible expresar lo que sólo se podía decir “bajito”. Las expresiones anti migrantes, racistas, misóginas e intolerantes dejaron de ser mal vistas pues se manifestaban en público, el presidente lo hace, sus seguidores también. Trump abrió la puerta para que los radicales pudieran sentirse a sus anchas, para que dejaran de ocultarse por decir lo que piensan y sienten.
Donald Trump destapó una caja de Pandora con voces que difícilmente se volverán a quedar calladas.
El reto para el próximo gobierno de Biden si lo que busca es reunificar a la sociedad será lidiar con ese enojo, con la violencia y, sobre todo, con el arrojo que les dio tener un presidente de su lado, sin embargo, lograrlo parece una labor titánica imposible de lograr en un periodo presidencial de 4 años. Trump los dejó salir pero la salida de Trump de la Casa Blanca no los devolverá a la penumbra. (Solange Márquez, El Universal, Opinión on line)
El arresto del General Salvador Cienfuegos hace escasas semanas en Los Ángeles abrió un cisma en la política nacional mexicana y en la relación bilateral con Estados Unidos.
Nada más lejos de la verdad. No sólo se admitió en días posteriores que el gobierno mexicano estaba a oscuras respecto a la detención, sino se supo también que un “grand jury” –un conjunto de ciudadanos estadunidenses convenido para determinar si existen elementos suficientes para enjuiciar a alguien– se había reunido hace más de un año y en efecto había decidido que las pruebas ahí estaban.
Al presidente lo pusieron entre la espada y la pared: de un lado el gobierno de Estados Unidos, al que tantos favores le ha hecho –entre ellos, detener el flujo de migrantes, recibir migrantes de otros países expulsados de EU, intentar detener a Ovidio Guzmán por petición de nuestro vecino–, le creó una crisis interna sin siquiera avisarle. Y del otro, el Ejército, al que tanto poder le ha dado –como se ha relatado en diversas ocasiones en esta columna, el gobierno ha entrado en una etapa de militarismo no vista desde mediados del siglo pasado–, se enojaba por tremenda deshonra a la institución.
En México existe un actor estatal que actúa como si estuviese por encima del Estado mismo. Un actor que puede presionar con suficiente fuerza a su superior jerárquico y así liberar a uno de los suyos. Un actor que, dicho sea de paso, nunca ha sido electo por nadie. (Esteban Illades, El Universal, Opinión on line)
Al final, el hecho de que haya sido la administración de Donald Trump la que dos meses antes de dejar el poder regresará a México al general Salvador Cienfuegos, le quita al gobierno de Joe Biden una presión en la relación bilateral con la administración de Andrés Manuel López Obrador.
Enojados o no, consultados o no, los demócratas podrán tener este asunto como un “leverage” (palabra de difícil traducción al español) en su relación con el gobierno mexicano, porque pueden conservar el expediente para lo que se ofrezca y no tuvieron nada que ver, ni con la captura, ni con la liberación.
Claro, si eventualmente se confirmara la versión de que el gobierno mexicano amenazó con hacer pública la lista de los agentes de la DEA en territorio nacional, ahí el próximo gobierno estadounidense buscaría cerrar esas amenazas a la seguridad de sus instituciones.
Pero lo que está claro es que las prioridades del próximo presidente de Estados Unidos no pasarán por el caso del general Cienfuegos. Sí lo serán los temas migratorios y de narcotráfico, pero no hay duda que para ello buscará que la 4T le siga corriendo la cortesía a Washington de pagar soldados mexicanos para cuidar su frontera.
Tampoco será de gran interés para Joe Biden esperar a que López Obrador tenga finalmente el gesto de reconocerle como presidente de Estados Unidos. Puede ser que tal distancia acabe por ser útil en los años por venir.
Ya llegará la calificación de la elección presidencial en el Congreso de Estados Unidos, entonces este gobierno sentirá que sus traumas están superados y felicitarán a Biden, quien responderá con una nota diplomática y se acabó. (Enrique Campos Suárez, El Economista, Opinión, p.15)
Hay algo que pasó casi desapercibido en medio de las buenas noticias sobre el éxito de las vacunas para el Covid-19 de los laboratorios Moderna y Pfizer: fueron creadas por migrantes, cuyas visas podrían haber sido rechazadas por las absurdas políticas antimigratorias del Presidente Donald Trump.
El Mandatario, que inició su campaña de 2016 prometiendo tomar medidas enérgicas contra los cruces ilegales, ha estado cerrando cada vez más el ingreso de estudiantes extranjeros y profesionales calificados a EU. Ha sido una política increíblemente miope que puede dañar a este país por muchos años.
Moderna, la primera compañía en anunciar un éxito de casi el 95 por ciento en las pruebas de vacuna contra el nuevo coronavirus, fue fundada por el migrante libanés Noubar Afeyan, quien vino a EU para obtener su doctorado en ingeniería bioquímica en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).
Trump ha estado poniendo cada vez más trabas a las visas para estudiantes y profesionales extranjeros, como parte de su cruzada populista contra la migración.
El Presidente electo Joe Biden debería poner fin a esta tontería, revirtiendo muchas de estas medidas que el republicano aprobó por decretos presidenciales. Además de colocar obstáculos burocráticos, Trump desalentó indirectamente la migración de estudiantes internacionales y trabajadores calificados con su retórica xenófoba, que hizo que muchos extranjeros brillantes escogieran ir a estudiar o trabajar a Canadá, Australia u otros países.
“Biden debería resucitar la idea de que EU es un país de migrantes”, me dijo Dany Bahar, economista y experto en migración de Brookings Institution. “Debería enviar el mensaje de que la nación está abierta al talento de cualquier parte del mundo”. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 18)
La relación entre México y Estados Unidos es de las más complejas entre dos países muy poblados y con economías grandes, pero con enormes diferencias culturales y un nivel de riqueza muy distinto, pero compartiendo tres mil kilómetros de frontera. A pesar de que hemos sido el principal socio comercial de Estados Unidos y de la larga lista de oportunidades y problemas que compartimos, México nunca ha logrado posicionarse en el país vecino con la importancia que merecería. Baste decir que en las memorias de Bill Clinton y Barack Obama, México ha merecido tres menciones entre ambas.
La ya de por sí compleja relación, fue complicada por dos presidentes que -entre un montón de similitudes- comparten que a ninguno le interesa la política exterior y son fundamentalmente aislacionistas. Es claro que Trump siempre vio a México como muro y como basurero, lo primero para contener la indeseable migración centroamericana, lo segundo para tirar aquí a todo aquel que prefería no tener allá. Nada más que eso.
Para López Obrador la estrategia con Trump se resume con una frase del juramento hipocrático: primum non nocere, “primero, no hagas daño”. AMLO evitó enfrentamiento alguno y no respondió a los insultos y amenazas del estadounidense. A toro pasado, tuvo razón, a pesar de que internamente le daría puntos enfrentarlo, como dijo en campaña que lo haría. Tomó el riesgo de visitar a Trump en plena campaña, insultando a los demócratas al no intentar reunirse con sus líderes durante su único viaje al exterior. Y, finalmente, no felicitó a Joe Biden, el Presidente electo. Hoy ya entendemos el porqué, hacerlo podía entorpecer la negociación para liberar al general Salvador Cienfuegos, que quizá empezó antes de las elecciones. (Jorge Suárez-Vélez, Reforma, Opinión, p. 11)
La Cancillería con el hábil Ebrard (hasta hoy el único miembro del Gabinete que la saca del cuadro) vendió este hecho inusitado de la devolución del General como un triunfo de la diplomacia mexicana que “no es un acuerdo de impunidad”.
Eso no lo podrá juzgar la opinión pública mexicana hasta no saber qué fue lo que MÉXICO OFRECIÓ A CAMBIO.
¿Acaso negarse a reconocer a Biden?
¿O aceptar recibir a más refugiados, o que separen a los niños migrantes de sus familias, o no protestar porque esterilizan a las mujeres en los campos de detención para los solicitantes de asilo?
Lo que hoy no sabemos lo sabremos a partir del 20 de enero, cuando Biden tome posesión y entonces podremos juzgar por nosotros mismos qué tan grande fue este “triunfo” de la diplomacia mexicana.
Porque pudiera ser que en los hechos haya resultado una victoria pírrica, pero una vergonzante derrota vestida y maquillada como epopéyico triunfo. (Manuel J. Jáuregui, Reforma, Opinión, p. 10)
Decálogo para Michoacán al estilo de Germán.- Resulta que el senador Germán Martínez envió al presidente de Morena, Mario Delgado, un decálogo sobre las características que debería tener el futuro gobernante de Michoacán. No suena mal, a pesar de su tono duro, frontal o, como dirían en la 4T, muy franco, porque nos dicen que manda mensajes entre líneas. Por ejemplo, afirma que Michoacán no se merece “un cualquiera en la silla de Melchor Ocampo”; señala que un gobernador sin tareas concretas y medibles “será un monigote de ceremonias, un vulgar gestor de negocios privados, o un parlanchín de fiestas y ferias”. Dice que el próximo mandatario debe dar resultados, “sin rollos de partidos y sin mentiras mediáticas”. Y en el tema de la corrupción expone que “nada de hermanos con fuero ni con sobres bajo la mesa”. En su texto, Martínez Cázares reconoce al actual gobernador, Silvano Aureoles, por enfrentar al presidente Donald Trump ante su política antimigratoria y le suelta a Delgado que es hora de que la gente sienta que se está haciendo historia. “El juicio de la historia es severo y puntual. Los michoacanos sabemos hacer historia. Ojalá usted no se equivoque”. ¿Qué tal? (La Razón, La Dos, p. 2)
La prioridad de Joe Biden como Presidente estará en los asuntos internos de Estados Unidos, pero al mismo tiempo se verá obligado a desarrollar una titánica tarea de política exterior para enfrentar nuevos retos y restablecer alianzas y confianza. En alguna medida, será la eterna competencia entre lo deseable y lo posible, entre los propósitos y la realidad.
Biden enfrentará desafíos de política exterior que incluyen la Guerra Fría 2.0 y la competenciamundial de China; recuperar su papel de liderazgo internacional y lidiar en ese marco con temas intermésticos (internacionales con impacto doméstico) como la relación con México, y cambiar o terminar el enfoque sobre temas migratorios que le dio el gobierno Donald Trump, o la situación de Venezuela, ante el perfil que alcanzó durante la elección presidencial y los millones de venezolanos exiliados. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 27)

(El país de nunca Jabaz, Milenio Diario, Al frente, p. 3)