El año que está por iniciar vendrá acompañado de nuevas oportunidades, pero también de muchos retos para nuestros connacionales que habitan en Estados Unidos.
El fin de la era Trump debe representar una evolución en el tratamiento de la migración en aquella nación, a la cual ha quedado claro que las y los mexicanos vamos a trabajar y a hacer nuestra vida en su territorio, buscando hacer equipo, progresar y respetar las leyes.
El inicio de la administración del presidente Joe Biden apunta en ese sentido, teniendo la visión y capacidad de perfilar un gabinete diverso y plural en donde la hispanidad se encontrará más presente que nunca.
Ello no significa que México pueda darse el lujo de permitir que los importantes servicios que ofrecen los Consulados desplegados en la Unión Americana se reduzcan, sino al contrario, el servicio consular debe redoblar el paso para atender oportuna y eficientemente las denuncias de violaciones a los derechos humanos de mexicanos en Estados Unidos, así como el otorgamiento de pasaportes, credenciales de elector, actas de nacimiento y demás documentos que son fundamentales para nuestros paisanos.
El mayor número de las veces la mala planeación gubernamental genera grandes perjuicios a la población. Por ejemplo, para el año que está concluyendo la protección consular originalmente recibió un presupuesto de tan solo 75 millones de pesos, lo cual era a todas luces insuficiente para realizar todas las tareas fundamentales que los consulados tienen encomendadas. Por ello, el presupuesto que acabó recibiendo fue casi cuatro veces mayor al alcanzar 325 millones de pesos, no obstante, dichos recursos llegaron tarde, muy tarde para remediar muchos asuntos que requerían respuesta institucional inmediata y que, lamentablemente, terminaron por perjudicar a nuestros connacionales. (Alejandro Moreno, El Universal, Opinión, p.10)
¿Cuál será la respuesta del gobierno de Estados Unidos ante las erráticas señales que México está enviando en materia de seguridad? Lo que es seguro, es que no se quedará inmóvil.
Esta pregunta es pertinente ante dos hechos que acapararon el debate público esta semana. El martes pasado, Morena y sus aliados en la Cámara de Diputados, que se han convertido solo en una oficina de trámites de las iniciativas de la presidencia, aprobó las modificaciones a la Ley de Seguridad Nacional.
Aunque el gobierno dijo que la reforma no llevaba destinatarios específicos, es evidente que, tras la detención del ex secretario de la defensa, Salvador Cienfuegos, los cambios están dirigidos a agencias estadounidenses, especialmente a la DEA.
Entre otras cosas, la reforma propone el registro de agencias extranjeras que se encuentren operando en territorio mexicano, así como su obligación a notificar, de manera regular, sobre aquellos hechos de los que tengan conocimiento y que estén relacionados con el desempeño de sus funciones. Además, en caso de que algún agente extranjero incurra en cohecho, se podrán anular convenios internacionales, eliminar la inmunidad diplomática, e incluso podrá ser juzgado en un tribunal mexicano. (María Elena Morera, El Universal, Opinión, p.10)
Tras una contundente derrota infringida el pasado 3 de noviembre por millones de ciudadanos estadounidenses, Donald Trump dejará la Casa Blanca tras 4 años perdidos de un gobierno que no tuvo ningún logro destacable y ninguna promesa importante cumplida.
Fallaron sus mejores estrategias y fracasó en su chantaje de impugnar la elección; ni la campaña que realizó al lado de López Obrador en los jardines de la Casa Blanca para ganar el voto latino; ni las impugnaciones fallidas que formuló en los Colegios Electorales le dieron el triunfo, hoy es uno de los pocos presidentes derrotados en la historia de EU que perdió la reelección.
Debemos ver con mucho cuidado la relación política que ejercerá Joe Biden para México, el escenario es complicado ya que López Obrador jugó todas sus cartas abiertamente con Donald Trump, la derrota de su aliado fue tan amarga que no reconoció el triunfo del demócrata sino hasta 6 semanas después cuando oficialmente los colegios electorales le reconocieron el triunfo, y no tuvo otra alternativa más que reconocerlo a través de una carta poco diplomática, y con un toque de altanería, donde lo felicitó pero le advirtió sobre el “principio de no intervención” –cómo si existiera una amenaza latente– y lo involucró de inmediato en el problema de las caravanas migrantes recordándole al demócrata la promesa de resolver esas estampidas humanas que cruzan el continente para llegar a EU.
Al parecer López Obrador cada día busca más confrontación con Biden sin ningún motivo ni razón, salvo el fracaso de su proyecto político con Donald Trump, no obstante el Presidente electo jamás ha ofendido ni amenazado a México, como lo hizo Trump. (Rafael Medina Martínez, El Universal, Opinión, p.11)
A esos problemas se agregan los ya existentes.
La molestia de empresarios y congresistas estadounidenses con los cambios unilaterales operados aquí en la política de energía (petróleo y gas), la lentitud en la puesta en práctica de las regulaciones laborales contempladas en el nuevo tratado de comercio y el desempate entre ambos países en cuanto al desarrollo de fuentes de energía alterna, menos contaminantes, más apegadas a la política ambiental establecida y suscrita en acuerdos internacionales.
Problemas a los cuales se suma la creciente migración de mexicanos y centroamericanos hacia Estados Unidos animada, desde luego, por la recesión profundizada por la pandemia.
Catálogo de problemas agravado estas últimas semanas. (René Delgado, Reforma, Opinión, p. 8)