Las tres notas principales en la primera plana del New York Times de ayer resumen casi a la perfección la coyuntura estadunidense: 500 mil muertes por Covid-19, la crisis invernal de Texas que revela una nación vulnerable a la catástrofe ante el cambio climático y el mayor desafío del sistema de justicia, así como que la mayor amenaza a la seguridad nacional es el extremismo de derecha.
Las crisis discriminan: son los pobres, las minorías y, sobre todo, los migrantes, los más afectados por el coronavirus, los que se congelaron y se quedaron sin electricidad y agua en Texas (mientras su senador huyó al calor de Cancún), las víctimas de crímenes de odio racial o que se suman a filas neofascistas por desesperación.
Lo que no cuentan las notas es que todo lo referido son saldos directos de cuatro décadas de políticas neoliberales dentro de la primera potencia del mundo. Nada de esto es sorpresa: todo fue pronosticado, no sólo por opositores del orden neoliberal, sino incluso por algunos líderes e intelectuales de las cúpulas política y económica que advertían que se necesitaba reformar tantito al sistema para proteger su juego a largo plazo. (David Brooks, La Jornada, Opinión, p.23)
La realidad social del estado de Guerrero no ha cambiado de manera contundente en cuando menos las últimas cinco décadas, la problemática causada por la marginación y la falta de servicios básicos se ha encrudecido, sobre todo en las zonas históricamente abandonadas.
La migración forzada ha sido latente, hay poblaciones de cientos de miles en el Estado de México y la Ciudad de México, además de una enorme comunidad en Estados Unidos.
Su problemática es latente y poco o nada las personas que viven fuera de sus límites territoriales, salvo los migrantes en el extranjero, se preocupan por el día a día de su población, desarrollo y justicia. Salvo que se acerquen las fechas electorales, donde toda clase de opiniones se vierten sobre su futuro político, no recuerdo grandes campañas mediáticas o de redes sociales preocuparse por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa ni por el poco crecimiento económico o la falta de fertilizante para sus campesinos. (Ricardo Peralta Saucedo, Excélsior, Ciudad de México, p.6)
Como les contaba en mi columna anterior, sigo con la conversación que tuve con un norteamericano que conocí en una comida y su disertación sobre las relaciones entre México y EU sobre la compra de inmuebles en las costas mexicanas de parte de extranjeros. Ahora voy con la segunda parte de este encuentro sobre su opinión de temas migratorios.
Aquí les va. Empezó anunciando (ya les dije, no es republicano) que él estaba totalmente de acuerdo que la migración ha ayudado a Estados Unidos en todos los sentidos. Esta ha traído grandes avances económicos, sociales y culturales. Pero según él, observa que en este tema también se puede apreciar la hipocresía de los mexicanos. Aquí va su lógica.
Durante muchos años, incluyendo los últimos cuatro años (y con toda razón) en México se quejaron sobre el discurso y las medidas antimigración que tuvo Trump, en particular, con México. Sin embargo, si uno analiza cuál ha sido el comportamiento histórico de México en relación a la inmigración −según él− se podría demostrar sin ninguna duda que México en los hechos, es por mucho más antiinmigrante que Estados Unidos aún en la época de Trump. Y no solo en lo requerimientos, sino que inclusive una vez superados, tampoco se está en igualdad de condiciones que un mexicano naturalizado en Estados Unidos. (Jacques Rogozinski, El Financiero, Economía, p.13)
Antes de cumplir el primer mes en la presidencia, Joe Biden envió al Congreso un plan de rescate a la altura de la peor crisis económica y social desde 1929: salvará empresas, personas y, sobre todo, niños.
Mandó el plan migratorio más ambicioso que se haya presentado desde la presidencia de Ronald Reagan, y enterró el Permanecer en México, de Trump.
El jueves entró al Congreso el proyecto de reforma migratoria que regularizará la estancia de 11 millones de ilegales en este país.
Aplicará para todos los que hayan entrado a Estados Unidos antes del 1 de enero de 2021 (con lo que se evitará el aliento a nuevas caravanas de migrantes).
Los dreamers, en su mayoría nacidos en México, podrán terminar sus estudios y quedarse aquí, sin el sobresalto de una posible deportación en cualquier madrugada.
No es algo menor. Es profundamente humano.
Con esa medida recordé un poema que leí alguna vez en el Centro Libanés (¿de Jalil Gibrán?): “Padre, ¿por qué abandonaste tu patria? No hijo, yo no abandoné mi patria, sólo la hice más grande para que tú puedas dormir tranquilo”. Los dreamers ahora podrán dormir tranquilos.
Se revocó la política de Permanecer en México impuesta por Donald Trump para los solicitantes de asilo y, desde el viernes, poco a poco han comenzado a ingresar a Estados Unidos para gestionar su situación. (Pablo Hiriartl, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p.36)
La escandalosa candidatura de Félix Salgado Macedonio al gobierno de Guerrero me ha traído a la memoria un encuentro que tuve hace ya un par de años con una mujer en un albergue para migrantes y desplazados en Tijuana. Originaria de un pueblo cercano a Acapulco, la mujer había llegado al albergue escapando del padre de sus hijos, un hombre violento que, consumido por celos infundados, había abusado de ella y había intentado matarla. Retomo la narración que hice aquí mismo en el 2019.
“Su martirio había comenzado cuando, obligada por las circunstancias, la mujer había conseguido un empleo en un hotel en Acapulco. El trabajo le permitió contribuir al gasto de la casa y la hacía sentirse útil. Su esposo no reaccionó igual. Con la mente nublada por la bebida, comenzó a acusarla de promiscuidades inexistentes. La confrontó, la maltrató y la amenazó. Paranoico, vivía convencido de que su mujer lo engañaba. Comenzó a revisarle el teléfono celular. Llamaba a su trabajo y la esperaba por las noches para revisarla, interrogarla y hasta olisquearla. Nunca encontró nada, pero le importó poco. Cada vez más ebrio y abrumado por los celos, la golpeó varias veces.
La mujer aguantó todo lo que pudo hasta que una tarde recibió una llamada al trabajo. Una amiga del pueblo le avisaba que su marido estaba esperándola pistola en mano. “Te va a matar. No vengas”, le aconsejó. La mujer llamó a un familiar y, haciendo milagros, logró despistar al hombre. Entró a su casa, hizo un par de maletas y se llevó a sus hijos. En Acapulco subió a un camión con rumbo a Tijuana. Cuando la encontré en el albergue, estaba esperanzada. Quería buscar refugio en Estados Unidos para darle a sus hijos una vida sin violencia. Mientras esperaba la resolución del trámite, se quedaba resguardada en el albergue. “No quiero salir mucho. Me da miedo que se aparezca por aquí. Creo que alguien ya le dijo que estamos acá”, me dijo asustada, la amenaza de la agresión aún presente, como una sentencia inescapable. (León Krauze, El Universal, Nación p.8)
El caso de Colombia es muy curioso. Ningún país latinoamericano ha padecido tantas guerras civiles y, sin embargo, con la misma seguridad puede decirse que ningún otro ha sido más libre, civil y democrático en ese mismo período.
Ahora, el presidente Iván Duque acaba de anunciar una medida extraordinaria, que es un verdadero ejemplo para el resto del mundo, y, sobre todo, para los países latinoamericanos: la regularización de un millón de venezolanos sin documentos de identidad, que, de este modo, podrán acceder a puestos de trabajo, así como a la seguridad social y a la educación en las instituciones colombianas. Qué diferencia con la actitud del Gobierno de Chile, que acaba de expulsar a muchos venezolanos, olvidando la generosidad con que la Venezuela democrática recibió a los chilenos que huían de la dictadura de Pinochet, como ha recordado Julio Borges. (Mario Vargas Llosa, La Crónica, Mundo, p.18)