WESLACO, Texas.- Desde el 2015, cuando me sacó con un guardaespaldas de una conferencia de prensa en Iowa, no veía a Donald Trump. Y ahora lo volvería a ver durante su visita a la frontera en Texas. Pero como casi todo lo que tiene que ver con Trump, las cosas no salieron como yo imaginaba.
“Todos tenemos que cazar un león”, le dijo el escritor Gabriel García Márquez al periodista Plinio Apuleyo Mendoza. “Algunos hemos llegado a hacerlo. Pero temblando”. Y cuando tratas de cazar a alguien como Trump, no importa lo que pase, tienes que saber que él nunca va a aceptar que perdió. Es el típico mal perdedor. Berrinchudo y vengativo.
El gobernador de Texas, Greg Abbott, había invitado a Trump para apoyar su idea de un nuevo muro en la frontera de su estado con México. El gobernador ha declarado un estado de “desastre” por el número de indocumentados cruzando la frontera ilegalmente -en mayo fueron más de 180 mil-. Abbott quiere conseguir dinero para construir un nuevo muro en los lugares donde aún falta en la frontera de Texas con México.
Pero hay un pequeño problema. El esfuerzo sería inútil. Casi la mitad de todos los inmigrantes indocumentados llegan por avión o se quedan más allá de lo que dice su visa. Por lo tanto, no importaría qué tan alto fuera el muro de Texas con México, esa estrategia no funcionaría.
Eso es lo que yo le quería decir a Trump y al gobernador Abbott. Que los muros no funcionan. Y que no es cierto que Trump construyó “casi 500 millas de muro” con México, como suele decir, cuando en realidad solo habían sido 47, según reportó The New York Times. Y México, por cierto, no pagó ni un centavo por ese muro.
Pero no pude. Trump venía protegido con un extenso sistema de seguridad que evitaba que los reporteros nos acercáramos al expresidente. Y después de su reunión pública con el gobernador y con otros políticos estatales, no nos permitieron hacer ni una sola pregunta.
Así que al terminar la reunión y en medio de los aplausos no tuve más remedio que gritar varias veces el nombre del expresidente, para llamar su atención, y acercarme lo más posible ante los ojos vigilantes de los agentes del servicio secreto. Funcionó. Trump me vio e, irónicamente, dijo: “Mira, mi amigo está ahí”. Por supuesto que no soy amigo de Trump pero su expresión llegó a los oídos de los agentes quienes me dejaron llegar a unos dos metros del exmandatario.
Y ahí, en solo unos segundos, tuve que cambiar de estrategia. Mis preguntas sobre migración eran demasiado largas y complejas para dispararlas mientras Trump salía del salón. Además, había muchos funcionarios saludándolo y tomándose fotos. Así que me fui al Plan B. Le haría una pregunta muy corta sobre su negativa a reconocer el triunfo de Joe Biden como Presidente. Es, después de todo, la esencia de lo que ya se conoce como “la gran mentira”.
-“¿Va usted a reconocer finalmente que perdió las pasadas elecciones?”, le pregunté casi en la puerta.
-“Ganamos la elección”, me dijo mirándome directamente a los ojos.
-“No”, le respondí. “Usted perdió la elección. Usted perdió el Colegio Electoral. ¿Cuándo va a reconocer eso?”.
Trump se volteó, siguió caminando y no respondió más. Fin de la conversación. La realidad es que Biden obtuvo 306 votos electorales frente a 232 de Trump en las elecciones de noviembre; Biden consiguió más de 81 millones de votos ante los 74 millones de Trump.
Esto debería ser el punto final. Pero no lo es para Trump ni para sus seguidores. Es sorprendente que a ocho meses de las elecciones presidenciales Trump siga diciendo tantas mentiras. Pero lo que es realmente increíble es que este hombre que llegó a ser en el 2016 el más poderoso del mundo se crea sus propias mentiras. Y lo que es aún más difícil de entender es que el 55 por ciento de los republicanos, según una encuesta de Reuters, también piense que Biden ganó con un fraude.
Trump parece tener secuestrada a una parte del Partido Republicano y es un peligro para la vieja democracia estadounidense. Pocos se atreven a criticarlo públicamente. Mientras tanto, sigue jugando con la idea de su reelección en el 2024. Y por más aborrecibles y falsas que sean sus ideas, no es posible perderle la vista. Por eso fui a verlo a la frontera. Al menos esta vez no me sacaron con un guardaespaldas. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Los flujos de migrantes siguen incrementándose a pesar de que la pandemia no ha sido controlada, si bien en los momentos más álgidos fueron obligados a un cierto impasse. Como era de esperarse, no sólo no han cambiado las causas por las que ellos huyen de sus países de origen, sino que se han profundizado, tanto las enormes desigualdades como los conflictos armados y la inseguridad ante grupos criminales, entre otros, forzando a millones de personas a buscar nuevas condiciones de vida.
Y la respuesta de los países que podrían y deberían ser receptores para estos migrantes forzados sigue siendo la misma, el cierre de fronteras. La propia vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, fue muy clara: no vengan porque no podrán pasar, pese a reconocer que la estrategia a seguir para revertir la tendencia migratoria es ir a las causas, lo que sin duda es correcto, pero requiere muchos pasos y tiempo para alcanzar ciertos resultados.
Resulta inapropiado generar un cuello de botella para alcanzar una supuesta migración ordenada, regular y legal, o lo que se ha llamado la gobernanza de la migración, que al final lo que pretende es controlarla de manera unilateral.
Es un error pensar en una política migratoria unilateral en la medida en que el fenómeno es de doble vía. Es decir, hay causas en el origen que fuerzan a las personas a buscar nuevos horizontes de vida, cuya urgencia impone en la mayoría de las ocasiones el desplazamiento irregular. Por otro lado, hay factores de atracción derivados de necesidades y exigencias de los mercados laborales de los países desarrollados, tales como conflictos demográficos profundos y dificultades en el sector educativo cuya resolución pasa por la contratación de trabajadores migrantes. El problema es que en ningún momento se ha planteado discutir ambos niveles de necesidades entre las partes involucradas para consensuar una política migratoria, cuya consecuencia es mantener el fenómeno migratorio como un problema de ilegalidad que favorece la permanente violación de los derechos humanos y la absoluta desprotección laboral de los migrantes.
México enfrenta problemas al ser el puente entre el resto del mundo y Estados Unidos y se ha convertido en un país de origen, tránsito, recepción y retorno de migrantes no sólo mexicanos y centroamericanos, sino también de personas que proceden de otros continentes. Es importante señalar que hace 10 años se promulgó la Ley de 2011 que establece que la migración debe considerarse desde la perspectiva de los derechos humanos eliminando por completo la idea de la criminalización del fenómeno migratorio y reconoce los tratados internacionales relacionados con los derechos humanos. Y si bien ha tenido problemas en la implementación y en la capacitación de personal, entre otros, en los hechos se trataría de una gobernanza que tiene la intención de proteger a las personas. Tal como lo ha confirmado Mark Manly, representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, al señalar que México se ha convertido en una verdadera opción de refugio ( La Jornada, 28 de junio de 2021).
Esta perspectiva se enfrenta a la de Estados Unidos, cuyas políticas migratorias se basan en la soberanía y la seguridad nacional con fronteras definidas y vigiladas que limitan la libre circulación de las personas. Situación que se repite a lo largo y ancho del planeta, porque los países tienen el poder para hacer efectivas sus políticas migratorias cuando las relaciones internacionales se basan en la soberanía, que les permiten imponer sus intereses ante la enorme asimetría con las naciones expulsoras.
Si bien hay una gran cantidad de convenciones, recomendaciones, pactos, etcétera, de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en relación con el fenómeno migratorio, con claras propuestas para su instrumentación en favor de los migrantes y sus familias, pocos países son signatarios de esos documentos y la mayoría de los firmantes provienen de naciones subdesarrolladas, pobres.
Desde mi punto de vista, se requiere una autoridad que genere cauces de entendimiento entre los países, y la pregunta es si la ONU es ese ente internacional. Hay que reconocer que se inscriben preceptos de enorme importancia, como los señalados en la propia Carta de Naciones Unidas para la convivencia mundial: promover sociedades inclusivas, justas y pacíficas; promover la coexistencia pacífica entre las personas. Incluye la reducción del flujo de armas y el combate del crimen organizado, así como la reducción significativa de todas las formas de violencia a nivel mundial. Y el propio Departamento de Asuntos Políticos y de Construcción de la Paz señala que la prevención de conflictos involucra a los actores que trabajan en tres áreas que son pilares de la ONU: la paz y la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos.
Si bien hay un importante debate sobre el futuro de la Organización de Naciones Unidas ante las críticas reiteradas por sus decisiones, lo que parece claro es que se requiere un sistema internacional que tenga la capacidad de hacer efectiva la resolución negociada ante la enorme conflictiva mundial. (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p.12)
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(Rubén, El Sol de México, Análisis, p.13)