Temas específicos empuja el jefe de la Unidad para América del Norte de la Cancillería, Roberto Velasco, para la agenda del Diálogo Económico de Alto Nivel con EU, el 9 de septiembre próximo. Por ejemplo: fortalecer las cadenas de suministro y construir un mecanismo para que éstas mantengan su flujo aun en situaciones de emergencia global, como la actual. (Armando la agenda El Heraldo de México, La 2, p.2)
Los talibanes no podían ser comunistas ni ángeles de rescate. No podían ser afganos comportándose de esa manera”. Lo escribe Fawzia Koofi, la primera vicepresidenta de la Asamblea Nacional de Afganistán entre 2005 y 2014, en su libro Cartas a mis hijas (Aguilar).
Koofi narra la llegada de los talibanes a Kabul en septiembre de 1995. “Ese día no había ido a la universidad, sino que me había quedado en casa estudiando”. Por la tarde acompañó a su hermana a comprar unos zapatos a un bazar, y el vendedor les dijo: “Señoritas, ya no podrán venir vestidas así mañana. Los talibanes estarán aquí, así que aprovechen y disfruten de su último día de placer en el mercado”. Koofi pensaba que se trataba de una broma.
La política afgana recuerda que los talibanes fueron apoyados por Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán durante su lucha contra los soviéticos. Estos países tenían sus propios intereses creados y sus razones políticas para hacerlo. “Aunque su ayuda en nuestra lucha fue inicialmente bien recibida, estos combatientes muyahidines extranjeros (árabes, chechenos y paquistaníes) trajeron consigo una versión fundamentalista del islam, el wahabismo, que era nuevo para Afganistán”. En esos momentos, ella no veía gran diferencia entre los talibanes y los muyahidines. ”De niña había estado aterrada de estos últimos. Ahora, como estudiante universitaria, temía a los talibanes”.
Los wahhabis surgieron de Arabia Saudita y forman parte de una rama conservadora del islam sunita. Tras el desconocimiento que existía en Afganistán sobre el origen de los talibanes, muchos pensaban que se trataba de comunistas. ¿Cómo un grupo minoritario pudo haber derrotado al poderoso ejército rojo?, se pregunta Koofi. “¿Cómo unos simples estudiantes podrían vencer a semejantes hombres?”
Tal pareciera que la historia se repite. El pasado domingo el presidente de Afganistán Ashraf Ghani huyó del país tras el asedio talibán. En 1995 Ahmed Shah Masud, líder militar afgano, se retiró de Kabul tras el asedio de los talibanes, y el presidente Burhanuddin Rabbani fue derrocado. “Al menos era un gobierno, al menos había un tipo de orden”, escribe Fawzia Koofi y recuerda: “Estaba furiosa de que nuestros dirigentes se rindieran tan fácilmente”.
Los talibanes entraron a las instalaciones de la ONU para sacar y asesinar al expresidente Najibullah, quien gobernó entre 1986 y 1992. “De haber escapado con Masud, tal vez habría sobrevivido, pero su decisión de permanecer bajo la protección de la ONU le costó la vida”.
Los talibanes “colgaron su cuerpo en una glorieta muy transitada para que todos lo vieran durante tres días”.
Fawzia Koofi recuerda con furia que “en el nombre de Dios estos vándalos (los talibanes) destruían nuestra historia”. Se refiere en particular al saqueo de museos, donde destruyeron cientos de piezas, entre las que se encontraban estatuillas budistas, vasijas de tiempos de Alejandro Magno y reliquias del tiempo de los primeros reyes islámicos.
Los talibanes hicieron estallar los Budas de Bamiyan, antiguas estatuas de piedra que fueron consideradas como una de las maravillas del mundo.
Después, los talibanes “comenzaron a destruir nuestras mentes”, escribe Koofi. “Incendiaron las escuelas y las universidades. Quemaron libros y prohibieron la literatura”.
Las bodas en lugares públicos fueron prohibidas; los espacios lúdicos tuvieron que cerrar sus puertas.
La decisión que anunció el secretario de Exteriores Marcelo Ebrard sobre los eventuales asilos a mujeres y niñas afganas por parte del Gobierno de México es una buena noticia.
Una visión etnocéntrica de la cultura mexicana permanece incubada en el sentir del peatón: lo que es lejano y desconocido es inexistente. Resulta pueril la elaboración de chantajes tipo: “primero los mexicanos”. (Fausto Pretelin Muñoz de Cote El Economista, Opinión, p.40)
Una nueva fuerza política está surgiendo y puede convertirse en el fiel de la balanza en muchos de los casos de controversia en nuestro país, sobre todo en lo que se refiere a la economía sustentable, el desarrollo de las comunidades más marginadas y el empoderamiento de grupos tradicionalmente relegados.
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Estamos hablando de Fuerza Migrante, un movimiento de mexicanos que viven y trabajan en los Estados Unidos y que han ido tomando relevancia en la medida en que las remesas se han convertido en uno de los inyectores económicos más importantes del país, superando al petróleo ya muchas ramas productivas.
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Hoy en día, los migrantes mexicanos ya tienen 11 diputados federales, quienes traen una agenda que debería preocupar a los partidos que no tienen propuesta para quienes ya no desean ser utilizados como clientela política, puesto que una de sus principales líneas de trabajo es la educación de las comunidades expulsoras de flujos de personas hacia el país del norte para evitar que emigren y para que los recursos que obtengan dejen de gastar en bienes de consumo y empiecen a utilizar en generar riqueza. Un planteamiento realmente transformador. (El Sol de México, República, p.2)
Los datos del Censo 2020 han contado casi 332 millones de personas viviendo en los Estados Unidos.
Aquí vivimos hoy 62 millones de latinos (18.2 por ciento del total de la población). Si fuéramos un país, sólo México tendría más población de habla hispana, seríamos más numerosos que países medianos como España, Colombia, Argentina, Perú o Venezuela.
El crecimiento de la población latina es sistemático e imparable, hoy viven aquí 10 millones de personas más que hace 10 años.
Este crecimiento contrasta con la principal noticia que han destacado los medios: por primera vez desde 1790 hay un declive en el número de personas de raza blanca.
Hoy hay 5 millones de blancos menos que los que había en 2010. Existen muchas explicaciones para este fenómeno, siendo las principales el aumento de fallecimientos por la terrible mortalidad causada por la adicción a opiáceas y que los millenials blancos tienen menos hijos que las generaciones anteriores.
Es relevante resaltar que el censo cuenta a las personas según “etnicidad” y “raza”. En el cuestionario utilizado para recopilar la información, primero se pregunta por etnicidad y luego por raza.
La pregunta sobre “etnicidad” está quirúrgicamente diseñada para identificar a la población de origen hispano, latino o español (textualmente menciona estas tres opciones). En lugar de etnicidad podría llamarse de latinidad o hispanidad, pues ningún otro origen étnico es incluido en el cuestionario: Ser o no ser hispano, esa es la cuestión.
Si la persona dice ser hispana se le abren cuatro opciones. La primera es si se identifica como mexicano, mexicoamericano o chicano. La segunda como portorriqueño, la tercera como cubano y la cuarta menciona estas posibilidades: salvadoreño, dominicano, colombiano, guatemalteco, español, ecuatoriano, etc.
A esta primera división de la población entre hispana y no hispana le sigue la pregunta por la raza. Aquí las opciones que se presentan son cinco: Blanca, negra, indígena de las Américas / nativo de Alaska, asiática u otra (abierta).
Una vez llenada esa casilla se sugiere que se detalle el “origen” de la persona. Pregunta que en sí misma es una declaración de hechos de que Estados Unidos es una nación de inmigrantes.
Para la Oficina del Censo, ser hispano no es una raza, lo cual explica la pregunta inicial sobre etnicidad.
Para la raza blanca los “orígenes” mencionados en el texto del cuestionario son alemán, irlandés, inglés, italiano, egipcio, libanés, etc. Hay espacio en blanco para muchas otras respuestas sobre el origen, incluyendo desde luego las de mexicano, español, hondureño, etc., pues el cuestionario no habla de una raza “brown”, algo muy usado en el discurso social, pero que no tiene cabida en las casillas del censo.
Para la raza negra, las opciones mencionadas son afroamericano, jamaicano, haitiano, nigeriano, etíope, somalí, etc.
Para la raza de las Américas o nativa de Alaska, las opciones sugeridas son una verdadera capirotada: navajo nation, blackfeet tribe, Maya, ¡Azteca!, native village of barrow Inupiat traditional government, nome eskimo Community, etc.
Para la raza asiática (en México diríamos “amarilla”) no hay opciones sugeridas sino casillas con las siguientes denominaciones: china, vietnamita, filipina, coreana, samoana india, japonés, nativo hawaiano, chamorro y otras asiáticas (ej. paquistaní, camboyano, hmong, etc.) y otras de las islas del pacífico (tongano, fiyiano, de las Islas Marshall, etc.)
Y al final una pregunta que simplemente deja abierta la posibilidad para señalar alguna otra raza.
Hay que destacar que las personas llenan el censo o contestan a sus preguntas usando su propia subjetividad y autopercepción. Las personas son libres de llenar o contestar más de una casilla sobre la autoadscripción a una o más razas.
En este sentido es significativo observar que el número de estadounidenses que se autodenominan multirraciales se ha más que triplicado en los últimos 10 años, pasando de 9 a 34 millones. Esto nos permite ir viendo el crecimiento de una sociedad que cada vez más empieza a verse a sí misma como multirracial e integrada. Pero falta mucho, pues solo son un 10 por ciento del total.
Crecimiento relevante pero no suficiente para amortiguar los embates políticos y mediáticos que se dejarán venir con fuerza en los ciclos electorales del 2022 y 2024.
Las nubes negras están a la vista de todos. El crecimiento de la población hispana será utilizado por la minoría republicana para agravar y azuzar el resentimiento de la población de raza blanca.
Lamentablemente, el concepto que subyacerá en las acciones y mensajes de los republicanos será una vez más “Make America White Again”. Esto agravará tensiones en muchas arenas y atención México: tras advertencia no hay engaño.
Una sociedad que culturalmente trabaja muy apegada a los datos seguirá construyendo una conversación nacional, políticas públicas y redistritaciones electorales basadas en la raza.
Estados Unidos es, ha sido y será un país racista. No cambiará mientras siga haciendo estas distinciones para contar a su población. (Guido Lara El Financiero, Opinión, p.30)