No sé si felicitarlo por su incorporación al gabinete presidencial…
Los corrillos políticos dan cuenta de su cercanía con Andrés Manuel López Obrador desde el año 2000, pero eso no es garantía de nada, dado el estilo centralizado y desordenado de la gestión presidencial, que con suerte usted ordena…
Mucho se ha hablado de que la 4T descafeinó a la Secretaría de Gobernación y hay algo de cierto; los que por ahí pasaron, gozaron de un fuerte poder político. Ahora es distinto.
Aun así, la SEGOB tiene varias asignaturas delicadas por atender para la gobernabilidad del país.
Para empezar, don Adán, están los migrantes provenientes del sur, aunque no todos sean centroamericanos. Tendrá usted que tejer fino con el general Luis Rodríguez Bucio, comandante de la Guardia Nacional, para que ésta siga conteniendo el flujo migratorio, lo mismo que para combatir a los coyotes y a la trata. Ya bajo su férula, su mano firme será requerida en el Instituto Nacional de Migración para que la corrupción, las violaciones a los derechos humanos y la extorsión no retornen a los niveles alarmantes de 2020.
En categoría aparte se ubicarían los migrantes solicitantes de refugio.
Contra los deseos del presidente Joe Biden, la Suprema Corte de EUA recién renovó la aplicación del programa trumpista Remain in Mexico, que obliga a los solicitantes centroamericanos a permanecer en nuestro país hasta obtener audiencia con un juez estadounidense. Debe haber alrededor de 75 mil solicitantes desperdigados en once ciudades mexicanas, a los que se les debieron encontrar medios de subsistencia.
Por cierto, obtener en México la condición de refugiado tampoco ha sido sencillo ni rápido; ya verá, don Adán, qué hacer con la Comisión Mexicana de Atención a Refugiados, que reporta a la SEGOB.
Si hay un campo en el que se podrá usted vestir de gloria, es el de la violencia de género:
El Sistema Nacional de Seguridad Pública reportó en 2020 casi un cuarto de millón de casos de violencia intrafamiliar, sin contar la cifra negra; y la situación no ha mejorado en nada, pues el promedio diario de feminicidios casi se duplicó en 2020, para llegar a 18 asesinatos.
A decir de las activistas femeninas, las llamadas de las mujeres al 911 son como hablar con la pared, pues no reciben ayuda institucional eficaz. Sería de desear que usted funja como interlocutor válido con colectivos feministas, pero sobre todo que impulse políticas públicas para frenar el machismo mexicano… ¡pero ya!
Lamentablemente para usted y para el país, no creo que AMLO ponga mucha atención a los reportes generados en SEGOB sobre prospectiva de política interior y escenarios de gobernabilidad. Si lo hiciera, otro gallo nos cantara; el presidente sería menos insensato en su discurso y más dedicado a su desempeño.
De su gobierno en Tabasco y hasta donde he leído, sus resultados son buenos. Por lo menos así lo muestran los reportes del CONEVAL sobre el combate a la pobreza y el manejo de los programas sociales. En la CDMX supimos de su hartazgo hacia Hugo López-Gatell por sus cifras mágicas sobre la pandemia en Tabasco; alégrese, ya no va a lidiar con él.
También nos enteramos de su fuerte enfrentamiento con Manuel Bartlett, director de la CFE, cuando las presas del sistema Grijalva estaban a tope (2020). Bartlett convenció al presidente de que el mal menor era desfogar de la presa Peñitas e inundar numerosas localidades tabasqueñas, hecho por el cual usted expresó públicamente su oposición y enojo.
Todo indica que usted no nació para florero.
Ojalá no lo conviertan en uno… (Leopoldo Mendívil, La Crónica de Hoy, Opinión, p.2)
De una, el Presidente López Obrador acomodó sus fichas en distintos tableros y dejó en claro quién controla el juego. Los juegos.
Aquí mandó un chilorio power por ascendencia y poder de priistas sonorenses como Luis Donaldo Colosio, Manlio Fabio Beltrones y sus amplios entornos; hubo una descendencia de los Rojo en Hidalgo que pintaron hasta Murillo Karam sin olvidar al celebérrimo grupo Atlacomulco del Estado de México, cantera de gobernadores, regentes y presidentes.
AMLO incrusta a Tabasco en el mapa de los ejes de mando en México con el nuevo secretario de Gobernación que se suma a Octavio Romero de Pemex, Javier May de Bienestar, Juan Antonio Ferrer del Insabi, y Audomaro Martínez del Centro Nacional de Inteligencia.
Adán Augusto López es nueva corcholata rumbo al 2024. Paisano de AMLO, pisará fuerte desde Bucareli en pos del control político nacional para el Palacio grande, el del Zócalo.
Interlocutor con gobernadores que serán mayoría Morena. Negociador de cuitas y cuotas. Correa de transmisión, poder revitalizado en la cartera más devaluada durante la transformación.
La ministra Sánchez Cordero se recompone con la presidencia del Senado. La exsecretaria llega para estar muy cerca de un astro que se apaga en los afectos presidenciales.
Entre Olga Sánchez y Gabriel García Hernández, excoordinador nacional de programas sociales, AMLO tiene dos cuñas, discretas, pero contundentes, en la rampa que Ricardo Monreal construye a diario desde su liderazgo de la Cámara alta.
En la práctica, Monreal será el operador, pero ya no el único, ni el más confiable y menos, imprescindible. El zacatecano podrá figurar en la boleta presidencial para 2024, pero antes no y por Morena, tampoco. Tendrá la autonomía política que presume con buenas razones y su oficio le abre rutas alternas para sus aspiraciones, pero a partir del lunes no cabalga solo.
La irrupción de Adán Augusto López en el firmamento de las corcholatas presidenciables alivia la presión sobre la favorita. Claudia Sheinbaum respira mejor con un señuelo que dispersa ataques opositores, pero sobre todo, el fuego amigo que en Morena es denso e intenso.
A Marcelo Ebrard igual le viene como anillo al dedo. Disminuye su desgaste justo ahora que el “Quédate en México” resucitado por la Corte de Estados Unidos congestiona albergues en la frontera norte y demanda más Guardia Nacional contra migrantes centroamericanos.
Con una mano saludamos a afganos mientras con el cuerpo apachurramos a quienes huyen del hambre y la violencia del triángulo norte.
El relevo en Gobernación, la llegada de Olga Sánchez Cordero a presidir el Senado y la retractación de Ignacio Mier y Morena, PVEM y PT en la Cámara de Diputados sobre convertirse en mega bancada para tomar por la fuerza del truco, Mesa Directiva y Junta de Coordinación Política, apagó el incendio con el que amenazaban PAN, PRI y PRD de impedir la instalación de la LXV Legislatura; tanta noticia además de imponer pax legislativa, mató la nota de la reyerta AMLO-Anaya.
La proyección que la flema presidencial brindó al panista durante una semana termina. El proceso jurídico que la FGR administra contra el excandidato presidencial al ritmo que tocan en Palacio Nacional, ha entrado en tempo de Ministerio Público y burocracia de barandilla. La comparecencia postergada hasta el 4 de octubre frena la dispar confrontación.
En resumen, Andrés Manuel López Obrador creó el momentum Anaya, incidió en las corrientes panistas anti o pro Ricky riquín canallín y ahora, genera eventos mayores que matizan el protagonismo del elocuente y ambicioso político que, para figurar en 2018, abrió muchos frentes internos. Cuando la cresta de su ola pase, las aguas blanquiazules regresarán a cauces ajenos al queretano.
Llega su amigo y paisano Adán Augusto a tutelar gobernanza y ejercer control durante la sucesión, protege a su consentida, dispersa presión sobre su operador estrella alargando su expectativa, su ilusión.
Y recompensa dignamente los servicios de Doña Olga al borrar a cuatro senadoras de Morena afines a Ricardo Monreal que creían disputar el escaño principal de la Mesa Directiva; tanta tinta invertida para que, en un santiamén todas y todos le tendieran alfombra roja y aclamaran a su nueva presidenta. Todo, en un par de horas. (Carlos Urdiales , La Razón, La Dos, p.2)
Desesperación. Nada tan trágico como acercarse a las rejas del aeropuerto de Kabul para tratar de escapar de Afganistán y que una bomba acabe con tu vida. Decenas murieron así el jueves, incluyendo 13 militares estadounidenses. O tan desesperante como intentar aferrarse al fuselaje de un avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos cuando está a punto de despegar y luego caer desde el aire. Cientos trataron y media docena fallecieron en el intento.
Caos. Eso es lo que está marcando la salida de los soldados estadounidenses, miembros de su embajada y sus aliados luego de casi 20 años de guerra en Afganistán. Los talibanes tomaron por sorpresa a la principal potencia militar del planeta y llegaron hasta la capital, Kabul, mucho antes de lo que sugerían los ingenuos pronósticos militares.
La pregunta es obligatoria: si el gobierno del presidente Joe Biden ya había tomado la decisión de sacar a todas sus tropas de Afganistán, ¿por qué no lo hizo de una forma ordenada y sin poner en peligro la vida de tantos civiles? Hay acusaciones de incompetencia y falta de preparación en la tan anunciada salida de Afganistán.
El presidente Biden, lejos de disculparse, reafirmó su decisión de terminar su participación en la guerra en un discurso a la nación. “Les dimos todo lo que necesitaban”, dijo refiriéndose al gobierno de Afganistán, cuyo Presidente huyó a los Emiratos Árabes Unidos. “Pagamos sus salarios. Nos encargamos del mantenimiento de sus aviones”. Y luego hizo una pregunta que resume su argumento para irse de ahí: “¿Cuántas más generaciones de hijas y de hijos estadounidenses quieren que envíe a luchar en la guerra de Afganistán cuando las tropas afganas ya no lo quieren hacer?”.
El problema central de Biden no fue su decisión de salir de Afganistán, sino cómo lo hizo.
Afganistán es conocido como el “cementerio de los imperios”, como mencionó en un discurso el Presidente. A lo largo de la historia, Gran Bretaña, la Unión Soviética y ahora Estados Unidos han invadido Afganistán para ser obligados, años más tarde, a salir de ahí.
Ese país, al que conocí durante la guerra en el 2001, tiene una rebeldía y resistencia que ningún imperio ha logrado descifrar. Me impresionaron las terribles condiciones de vida de muchos de sus habitantes cerca de las montañas de Tora Bora, donde se escondía Osama bin Laden. Vivían en chozas de barro sin agua potable o electricidad, como si nada hubiera cambiado en dos milenios. Y ahí pensé que Afganistán era en realidad un país inmanejable. Lo fue para los británicos y los rusos, y ahora también para los estadounidenses. Las diferencias entre más de una docena de grupos étnicos, la arisca geografía y los resentimientos centenarios lo hacían ingobernable.
Eso no ha cambiado. Cada vez que se intenta el uso de la fuerza en Afganistán, las cosas salen mal. Y hoy, el brutal control de los talibanes presagia muerte y abusos para todos aquellos que no coinciden con su forma de pensar y, en particular, para las mujeres y niñas del país. Esa es una verdadera tragedia humanitaria.
“Soy una periodista y no puedo trabajar”, dijo Khadija Amin, una conductora de la televisión afgana, en un reportaje de The New York Times. “¿Qué voy a hacer ahora? La próxima generación no tendrá nada; todo lo que hemos logrado en los últimos 20 años se va a ir. Los talibanes son los talibanes. Ellos no han cambiado”. Lo que es impensable e inexcusable es que nos quedemos callados y pasivos ante la tragedia de tantas mujeres. ¿Qué hacer? A corto plazo, los países del mundo tienen la obligación de recibir la mayor cantidad posible de refugiados afganos. Y México dio un gran ejemplo recibiendo a un grupo grande de periodistas afganos y sus familias, y a cinco mujeres afganas integrantes de un equipo de robótica. Más de esto.
La guerra -toda guerra- es el fracaso. Habla de nuestra incapacidad para resolver los conflictos de otra manera. Y la de Afganistán no es la excepción. Pero además de la tragedia de los muertos y de la violencia, tenemos la triste convicción de que las cosas no mejorarán para millones de afganos. Democracia y derechos humanos no están en el vocabulario talibán.
Afganistán no solo es el cementerio de los imperios. También es hoy la tumba de las ilusiones. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Fracasa Joe Biden en eliminar el Quédate en México. La Suprema Corte le ordena restaurarlo”. Esta fue la nota central de nuestro periódico este miércoles. El fallo afectó a miles de solicitantes de asilo que deberán esperar aquí hasta su audiencia. “Organizaciones no gubernamentales instan al gobierno federal a no participar en ese programa inhumano. Revitaliza la herencia de Donald Trump, real pesadilla para los migrantes. Seguridad interior de Estados Unidos conecta a Relaciones Exteriores para abordar el tema” (Carolina Gómez Mena y Arturo Sánchez Jiménez).
Derrotado, derrotado, pero Donald Trump, sigue ganando batallas después de su muerte política, dice “la Rayuela” también miércoles, y remata Magú con su caricatura. Mientras sostenía un cartelito: “peligroso capo deportado a México”. “¡Ahora los demandaré por no evitar el flujo de narcocriminales a México!”
Terrible destierro que lleva a escribir nuevamente por la hospitalidad, la hostilidad, el otro y el extranjero. Jacques Derrida, experto en el tema, no responde, despliega el cuestionamiento, insiste en él, se pregunta y nos pregunta acerca de la hospitalidad, “acerca de la acogida, de aquel, aquella o aquello que acogemos o que nos acogemos en nosotros, en nuestra casa, en nuestro lugar propio”.
Dufourmantelle, conocedora del pensamiento derridiano, expresa: “La hospitalidad se ofrece o no se ofrece, al extranjero, a lo ajeno, a lo otro. Y lo otro en la medida misma en que lo otro nos cuestiona, nos pregunta. Nos cuestiona en nuestros supuestos saberes, en nuestras certezas y legalidades, pregunta por ellas y así introduce la posibilidad de cierta separación en nosotros mismos, de nosotros para con nosotros. Introduce cierta cantidad de muerte, de ausencia, de inquietud ahí donde tal vez nunca nos habíamos preguntado, o donde hemos dejado ya de preguntarnos; ahí, donde tenemos la respuesta pronta, entera, satisfecha; ahí donde afirmamos nuestra seguridad, nuestro amparo”.
Acoger pues al extranjero (“marginales mexicanos”) nos pregunta y confronta sobre nuestro desamparo original, aquello extranjero que a todos habita y contra lo cual nos defendemos con la ilusoria fantasía narcisista de completud, de invulnerabilidad.
Negar la pregunta por el otro, plantea e implica reforzar la negación, acudir a la omnipotencia, reforzar el narcicismo y desemboca, en la hostilidad hacia aquel o aquello que amenaza nuestra ilusoria completud.
El anfitrión se hace vulnerable cuando acepta la pregunta; por tanto, resulta preferible elegir muros que aíslen al otro o legislar de manera arbitraria o perseguir o matar a aquel que amenaza con su otredad los frágiles límites que una vez traspasados confrontan con la propia otredad que no sólo nos habita, sino nos constituye.
Trump acaba de dictar una lección magistral sobre el problema de hospitalidad, avalada por la Suprema Corte de Justicia estadunidense. Tan es así que se nos aparece Edipo, radiante, el extranjero desde siempre y para siempre, muerto fuera de la ley, más allá de la ley, sin tierra, ni tumba… sólo la poesía es capaz de decir y no aquello que, entre la ley y la transgresión puede hacer de la transgresión una ley: ¡Cómo entender si no, la trágica figura de Antígona, aquella que es íntegra, fiel a sí misma, allí donde transgrede! Para Derrida y Octavio Paz (El laberinto de la soledad) es la poesía, amparo abierto aquella que puede ayudarnos en la defensa contra la antipoesía tecnológica que amenaza invadir la intimidad, pervertirla, hacerla pública, introduciéndose entre los más íntimo de esa intimidad. Un acto de hospitalidad no puede ser sino poético. (José Cueli, La Jornada de en medio, p. 4)
En los días previos a que grabó su video anunciando que estará fuera de México, Ricardo Anaya ya sabía que la Fiscalía General de la República iba por él. Los indicios comenzaron un año antes. El exdirector de Pemex Emilio Lozoya denunció una supuesta trama corrupta, de la que Anaya formaría parte. Sobre Anaya, Lozoya dijo que éste aceptó 6.8 millones de pesos en sobornos de la constructora Odebrecht para aprobar la reforma energética en 2013.
Obtuve una copia de esa denuncia. Anaya ya no era diputado cuando supuestamente recibió el soborno y la reforma ya estaba aprobada. La Fiscalía adelantó que uno de sus indicios consiste en que dos excolaboradores del gobierno confirmaron que Anaya y otros panistas se reunieron con Lozoya varias veces en Pemex.
En abril de este año, el asunto dejó de ser solo una declaración de Lozoya. Un juez dictó prisión preventiva al exsenador Jorge Luis Lavalle por los delitos de asociación delictuosa, cohecho y lavado de dinero. Aunque no se conocen hasta ahora los detalles de la acusación específica contra Anaya, el caso forma parte del otro, por el que ya imputaron a Lavalle. Y parece, también, la reedición de otro caso político que también tocó a Anaya, bajo el gobierno peñista.
En 2018, cuando era candidato presidencial del PAN, la entonces Procuraduría General de la República acusó a Anaya de formar parte de una red que habría lavado dinero a través de la compra de propiedades inmobiliarias en Querétaro y empresas en Jalisco. Una de esas propiedades era una casa a nombre de su suegra y otra a nombre de su madre.
Pocos meses después de que Anaya perdió la elección, él, otras siete personas y 10 empresas que formaban la alegada trama corrupta, recibieron un documento de “no ejercicio de la acción penal”. Con eso se cerraba el caso y él podía continuar su carrera política, según documentos que revisé para esta columna. Ahora, después de las declaraciones de Lozoya, esas casas parecen estar de nuevo en una investigación oficial.
Después de su video del sábado 21 de agosto anunciando que estaría fuera del país, Anaya recibió una comunicación oficial en su domicilio en Querétaro. Le anunciaban que estaba en calidad de “imputado” en un caso. Le decían que debía presentarse a una audiencia virtual el jueves 26 de agosto y le comunicaban un correo electrónico, un número de teléfono fijo y un celular para que hablara con la Fiscalía y le dieran acceso a la carpeta, para enterarse de qué se debía defender.
Dos fuentes cercanas al caso me dijeron que en el celular y el teléfono contestaron un par de veces, con evasivas. En la Fiscalía le dijeron a su abogado que no podían darle acceso, porque temían que en realidad no fuera un litigante sino un periodista. En una reunión con legisladores panistas, un colaborador del fiscal general dijo que no podían entregarles copias de la carpeta porque tenían problemas con la fotocopiadora.
El jueves la audiencia duró poco más de una hora. El juez determinó que no discutirían siquiera si Anaya ya está fuera de México, como anunció el Instituto Nacional de Migración. El único punto en la agenda sería posponer la audiencia, ya que la defensa del panista no ha accedido a la carpeta de investigación. El juez recalcó a Anaya que debe estar en la misma circunscripción donde está revisándose su caso judicialmente, y pospuso la audiencia para el 4 de octubre, sin dictar orden de aprehensión ni alguna medida cautelar. Al menos 15 días antes del 4 de octubre los abogados deberán tener acceso a la carpeta. Solo entonces sabrán exactamente de qué se le acusa.
Por ahora, la Fiscalía solo ha dicho oficialmente que Anaya habría recibido sobornos, que están dispuestos a hacer públicas las diligencias de la investigación “que evidencian una línea clara y consecuente de hechos delictivos” y que tienen dos testigos colaboradores que les ayudarán a sostener el caso.
Veremos en las siguientes semanas si hay algo más concreto en la acusación. Mientras tanto, varios litigantes opinan que ya existe en el caso un “efecto corruptor” en el que buena parte de la sociedad mexicana da por culpable al panista. (Peniley Ramírez, Reforma, Opinión, p.8)
En diversos medios, incluso los columnistas más severos con el gobierno de López Obrador coinciden en reconocer su decisión de concederle asilo temporal a un grupo de periodistas y jóvenes científicas de Afganistán, donde el porvenir —nuevamente— se oscurece con la llegada de los talibanes al poder. Desde luego, tienen razón los críticos en celebrar este gesto inscrito en la mejor tradición de la política exterior mexicana.
Después de veinte años de presencia militar estadunidense, la consolidación de la democracia en el país asiático nunca dejó de ser un sueño; en ese tiempo, sin embargo, hubo una relativa libertad de prensa y las mujeres experimentaron la posibilidad de estudiar, trabajar, escribir o divertirse sin miedo a ser castigadas por un grupo emponzoñado por el fanatismo, esa contagiosa enfermedad del alma.
Las primeras en llegar a México fueron cinco muchachas de un exitoso equipo de robótica “que había sido un símbolo de oportunidades para las mujeres y las niñas en un Afganistán sin talibanes”, según el New York Times. En este diario, se recuerda cómo en su anterior gobierno los talibanes prohibieron, entre muchas otras cosas, la educación para las mujeres, recluyéndolas en el hogar, sujetándolas a la voluntad de los hombres.
El equipo afgano de robótica tenía su base en la ciudad de Herāt, entre las montañas y el desierto, ahora sus integrantes se han dispersado por varios países, pero el problema más grave es para quienes no han podido o querido abandonar Afganistán, para mujeres como Salgy Baran, de 18 años, estudiante excepcional. En una nota de AP publicada por MILENIO, Baran cuenta su anhelo de convertirse en médica, ahora no sabe si podrá alcanzarlo. “Con el anterior gobierno tenía metas, lo tenía todo planeado para los próximos años. Pero con este gobierno no puedo decir nada. Incluso el mañana es incierto. (…) Ahora mismo no tengo miedo, pero estoy preocupada: ¿me permitirán recibir una educación o no?”, comentó la joven.
Sin duda, es encomiable la solidaridad con quienes huyen del horror talibán.
Queridos cinco lectores, con la voluntad de regresar el próximo 18 de septiembre, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén. (José Luis Martínez, Milenio, Al Frente, p.2)