Opinión Migración 110921

El drama migratorio y el verdadero rostro del gobierno mexicano

La migración posiblemente es el tema humanitario de mayor relevancia a nivel internacional. Durante las últimas semanas, hemos observado escenas trágicas en donde cientos de migrantes buscan cruzar la frontera sur de México para llegar a la frontera con Estados Unidos. Históricamente, los movimientos migratorios se daban principalmente por jóvenes mexicanos y centroamericanos, pero hoy se observa una diversificación en los flujos, los cuales también se componen de migrantes de países como Haití, Ecuador y Venezuela; además, hay un incremento en la movilidad de familias enteras y de niños no acompañados.

Una de las razones de estos incrementos es la crisis económica, política y social en muchos de los países expulsores. La pandemia ha empeorado estas circunstancias. Los desastres naturales también son factores que obligan a la gente a emigrar; es el caso, desde luego de los terremotos e inundaciones torrenciales en Haití.

Todo lo anterior confluye en situaciones de enorme violencia y en las expectativas de que esta violencia no solo no va a reducirse, sino que permanecerá y se agravará. El drama de familias enteras que se ven obligadas a dejar sus comunidades por la certeza de que en ellas solo hay un futuro de pobreza y crimen; o peor aún, el drama de los menores de edad que viajan solos, es que deben iniciar el éxodo a través de un país como el nuestro, lo que los condena a un viacrucis espantoso debido a coyotes sin escrúpulos, a toda suerte de grupos criminales y, como acreditan las imágenes que todos hemos visto, a las propias autoridades mexicanas que violan sus más elementales derechos humanos.

Es una vergüenza nacional que se les trate de esta manera, y sobre todo después de que este gobierno lanzó el mensaje a los cuatro vientos de que se les recibiría con los brazos abiertos. Los engañaron. No contaban con la amistad entre López Obrador y Trump. No contaban con la militarización que convierte a las fuerzas de seguridad en México en compañías de soldados. No contaban con un gobierno que miente como respira, y que dice que los maltratos que padecen son un invento de la prensa. No contaban con un canciller que se toma una foto con unas refugiadas afganas con tal de presumir una calidad moral inexistente, como lo atestiguan en carne propia los miles de pobres que cruzan por Chiapas. No contaban con que México echaría a la basura sus mejores días como un lugar para el asilo y el refugio.

Desde luego, si tuviéramos un gobierno con imaginación, con valentía, de corte realmente progresista, se enfrentaría el drama migratorio con una batería de acciones y no de discursos matutinos plagados de espejismos. No se trata de inventar el hilo negro, pues muchas de ellas ya se han planteado en todo tipo de foros. Se podría incentivar el desarrollo económico de forma regional a fin de promover proyectos de inversión; facilitar trámites migratorios como pueden ser visas humanitarias para las personas que son víctimas de persecución o visas temporales para trabajadores; establecer albergues con servicios básicos; desmilitarizar al Instituto Nacional de Migración; recuperar a la CNDH, para que sea capaz de velar por sus derechos; y promover estrategias internacionales para enfrentar la inseguridad en México y Centroamérica.

Nada de lo anterior se hará porque padecemos un gobierno que no dialoga y que es incapaz de rectificar. Un gobierno, para infortunio de los migrantes y de los propios mexicanos, que tendremos que padecer todavía un buen rato. Desde luego, quedarán para siempre los testimonios de los atropellos, que evidencian su verdadero rostro. (María Elena Morera, El Universal, Opinión, p.10)

Ahora pendiente el DEAN sobre migración

Fructífero fue el Diálogo Económico de Alto Nivel (DEAN) entre México y Estados Unidos, que abre nuevamente el camino para definir prioridades estratégicas sobre temas comerciales y económicos entre los dos países y en cuyo trasfondo está la competencia de EU con China y  la globalización mundial. El diálogo había sido suspendido por Donald Trump, en su obsesión por cerrar todo lo que hizo el presidente Barack Obama. Otro Diálogo y Alto Nivel (y de urgencia) entre México y EU, que se espera se esté preparando, sería sobre la migración de decenas de miles hacia Estados Unidos atravesando México, que es ya la mayor crisis migratoria de la historia. Sería de esperar que México esté ya trabajando en el tema y frene de manera inmediata el papel de contención violenta de migrantes con la brutalidad de la Guardia Nacional contra migrantes indefensos.

El DEAN en Washington se reanuda, lo que es importante para la relación entre México y Estados Unidos por ser una relación única en el mundo: asimétrica y al mismo tiempo interdependiente con una frontera de más de 3 mil kilómetros que divide y une a los dos países, a sus poblaciones, a sus economías, a su historia y experiencias (positivas y negativas) del pasado y el presente. Tanto México como Estados Unidos hemos vivido encuentros y desencuentros y enfrentamientos dramáticos como fue la guerra de 1846-1848, de los que se pensó nunca podría reconstruirse una relación sana entre México y Estados Unidos. Sin duda es necesaria por parte de México una política exterior de principios firmes, con objetivos de corto y largos plazos. Por supuesto en el camino se presentarán situaciones imprevistas que tendrán que ser abordadas con respeto a la política exterior de ambos países. Nuestra historia tiene importantes experiencias de las que habrá que abrevar, siempre preservando soberanía y autodeterminación de México. Durante el gobierno de Trump, México calló o aceptó cuestiones que lesionaron nuestra dignidad y soberanía. Eso no puede repetirse.

Ciertamente no podemos reinventar la historia, pero el tiempo, la vencindad, la necesidad de ambos países de sumar, la relación política con todos sus encuentros y desencuentros y sobre todo la relación en general positiva entre las poblaciones a ambos lados de la frontera ha prevalecido. En general en la relación es evidente que el camino no ha sido sencillo, ha tenido altas y bajas, encuentros y desencuentros, para desembocar en esta relación que vivimos hoy entre dos países asimétricos (insisto) única en el mundo. Si México y Estados Unidos se interrelacionan y se unen para diseñar conjuntamente un futuro con objetivos de corto, mediano y largo plazo, esa alianza puede prosperar para ambos países.

En la era de la incertidumbre mundial, hemisférica y nacional, es posible que México y Estados Unidos avancen en materia económica, política y social a través del diálogo y los acuerdos entre ambos países y desde luego en el marco del T-MEC, el más importante acuerdo hemisférico entre México, Estados Unidos y Canadá. No es fácil y como en toda relación habrá desencuentros y encuentros.

México y Estados Unidos, además de sus relaciones económicas y políticas, tenemos en lo inmediato la cuestión urgente de la migración de cientos de miles que buscan cruzar territorio nacional para llegar a Estados Unidos, en la mayor ola migratoria de la región.  México debe frenar las agresiones de elementos de la Guardia Nacional contra migrantes indefensos. Se trata de la mayor y más violenta crisis de migrantes provenientes en su mayoría de Honduras, El Salvador, Guatemala, y también de Haití, Venezuela e incluso Cuba. Se requieren soluciones políticas urgentes de corto, mediano y largo plazo. Las imágenes en la prensa, las televisoras, las redes sociales muestran la brutalidad y el drama de las agresiones a migrantes, inaceptables como violencia militar contra migrantes indefensos. Esas imágenes de México no sólo están en la prensa nacional, han circulado por el mundo entero,  denigrando a Mexico, país que supo acoger migrantes en tiempos dramáticos de la historia mundial provenientes de España y de otros países europeos en la Segunda Guerra Mundial.

Sería deseable que en una próxima reunión de alto nivel entre México y Estados Unidos se abordara la mayor crisis migratoria vivida en la región de América del Norte y Centroamérica.

La migración es un asunto de urgencia y de corto plazo, apremiante, por lo que sería deseable un encuentro de alto nivel para definir políticas y atender demandas que sin duda tienen un carácter económico, pero principalmente humanitario. En materia de migración estamos ante algo nunca antes visto (ni en México y ni en Estados Unidos) por la dimensión y la complejidad actual que evidencia la migración de cientos de miles en busca de una vida mejor, de asilo y de trabajo, así como por las respuestas erróneas, brutales, violando los derechos humanos de los migrantes por la Guardia Nacional  de México y el Instituto Nacional de Migración de México, que han respondido brutalmente atacando y golpeando a migrantes incluidas mujeres, niños y familias. Nunca antes México actuó con esa brutalidad, criticada y rechazada por la prensa en el mundo. Son graves las violaciones a los derechos humanos que deben cesar de inmediato y resarcir a los enfrentados. El presidente López Obrador debe responder a lo que acontece en Chiapas…

Ciertamente a nivel nacional e internacional vivimos tiempos de incertidumbres, hay un largo camino por recorrer, pero hay evidencias de que una sana relación política entre México y Estados Unidos se basa en el diálogo sostenido y permanente que debe dar lugar a la construcción de acuerdos y soluciones de corto, mediano y largo plazos. (Enriqueta Cabrera, El Universal, Opinión, p.11)

9 / 11: Un golpe al alma

Hace 20 años exactamente la mañana era preciosa. Había salido a correr y todo parecía estar en su lugar. El momento reflejaba el mensaje de esas camisetas que dicen: Life is good. Entré a la casa y de pronto vi en la pantalla del televisor cómo ardía una de las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Un avión pequeño se había estrellado, aseguraban los primeros reportes. El tiro de la cámara era muy lejano y no dejaba ver la dimensión del daño. “Seguramente es un accidente”, pensé en voz alta. “Quizás un piloto que se despistó o que tuvo una falla técnica en su avioneta”.

No lo quise creer. Me alejé del televisor y me fui a bañar. Cuando salí de la regadera todo cambió. Un segundo avión se había estrellado contra la otra torre. Esto no podía ser un accidente. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo, aún mojado por el baño, y supe en ese preciso instante que mi vida -nuestra vida- nunca más sería la misma.

Fue un golpe al alma.

Me aseguré que recogieran del kínder a mi hijo Nicolás, de apenas tres años. No sabíamos si habría otros ataques. Y salí corriendo a la estación de televisión. Aún tengo grabado el horror de ver a personas lanzarse al vacío desde las torres. Todo era nuevo. Y luego de horas al aire, había que ir a Nueva York. Pero con los aeropuertos cerrados, tuvimos que hacerlo en auto: 23 horas sin descansar.

Nueva York era el horror; la guerra en tu propia casa. Llegamos sin muchas dificultades al lugar de la devastación. Nadie nos impidió acercarnos. La policía tenía otras prioridades. El enemigo ya estaba dentro.

Un fuerte olor a muerte y cemento pulverizado se coló entre la ropa y mi piel. Cada respiración me pesaba y me empujaba contra la tierra. Sabía lo que estaba respirando y que lo llevaría dentro de mí toda la vida.

Estados Unidos estaba en shock tras el ataque que había dejado casi tres mil muertos. Paralizado. Igual que el presidente George W. Bush cuando le dijeron en una escuela de la Florida lo que había ocurrido. No se movió por un largo, inacabable, momento. Se quedó sentado, con los ojos bien abiertos, mirando al vacío, digiriendo mentalmente lo imposible.

Bush prometió venganza y una guerra de la que apenas estamos saliendo. Pero el miedo ya se había colado. Dejamos de volar y de viajar. Los lugares públicos eran una amenaza. Los vecinos y los extranjeros eran vistos, injustamente, con sospecha. Nuestro vocabulario cambió y estaba lleno de palabras como terrorismo, talibanes, Al Qaeda y Osama bin Laden. Nos convertimos en otros. Para sobrevivir. Y poco a poco tuvimos que reconocer que la vida nunca sería como la que tuvimos antes de ese 11 de septiembre del 2001. La normalidad se había esfumado.

Se nos olvida que las extensas revisiones en los aeropuertos -identificación, no llevar objetos metálicos ni agua, quitarse los zapatos, listas de los que no vuelan, despedidas fuera del aeropuerto…- son producto del 9/11. El 2000 no regresó (al igual que el 2019 tampoco lo hará después de la pandemia).

Una de las canciones de moda antes de los ataques terroristas en Nueva York, Washington y Pennsylvania era Beautiful Day de la banda U2. Era como un himno al optimismo. Como si la humanidad hubiera llegado, como sugería un intelectual, al fin de la historia y el futuro nos deparara democracia, justicia e igualdad. Qué equivocados estábamos. No pudimos ver más allá de los falsos muros de nuestras fronteras y prejuicios.

Me he tardado dos décadas en digerir lo que vi y viví esos días de terror y todavía no puedo decir que estoy sanado. Después del 9/11 me lancé a una loca aventura periodística en Afganistán que pudo haber terminado muy mal. Sospecho que me cuidaron todos los santos en los que no creo.

Pero esto palidece ante la experiencia de los cientos de sobrevivientes y familiares de las víctimas con quienes he conversado en las últimas dos décadas. La sobria escultura de piedra negra en la llamada Zona Cero, con una cascada cuadricular que cae en un vacío inmenso, refleja dolorosamente sus sentimientos. Hay pocas de esas pláticas que no culminen con el pecho a punto de reventar y los ojos fijados en una fotografía mental de algo o alguien que perdieron.

Hay golpes que duran toda la vida.

Y el único consuelo es que seguimos aquí. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 11)

Tu Opinión Reforma

Problema ajeno   El desplazamiento de migrantes es una verdadera tragedia, pero ¿es justo que México reciba libremente a todos los haitianos, centroamericanos, venezolanos, cubanos,…

El desplazamiento de migrantes es una verdadera tragedia, pero ¿es justo que México reciba libremente a todos los haitianos, centroamericanos, venezolanos, cubanos, etcétera, que huyen de sus países por la inseguridad y nulas oportunidades de trabajo, debido en gran parte a sus ineptos y muchas veces ladrones gobernantes?

Todos estos migrantes desean fervientemente llegar a Estados Unidos, cuyas fronteras están cerradas, pues tampoco pueden aceptar a todos indiscriminadamente, por lo cual se quedan en México, donde no hay trabajo ni para los nacionales, y donde abunda la miseria y carencias.

México no puede ni debe resolver los problemas de estos desplazados de sus países cuando hay tantas necesidades de los mexicanos. El dinero no alcanza.

El problema lo debería resolver la ONU, no México.

(Pilar Sañudo / Cuajimalpa, Reforma, Nacional, p.4)

Entre Agendas Publicas / Más violencia toca a la puerta. Aniversario del ataque

Las últimas décadas constituyen el tiempo que necesitó la sociedad mexicana para acuñar en su narrativa cotidiana el término “delincuencia organizada”, atribuyéndole la autoría de la violencia, la corrupción y la inseguridad de la que es víctima. Lejos están las épocas en las que veíamos con cierto desdén las turbulencias por las que pasaban los países vecinos.

Las mafias de la droga se han adueñado de los espacios públicos y se han diversificado; el secuestro, la extorsión, el tráfico de personas y de armas es común, es parte de su negocio. Su motivación se centra en la preservación y expansión de su imperio económico. Para ello, aprovechan las debilidades institucionales del poder público, principalmente municipal y estatal, así como los vacíos legales y de coordinación que pueden existir entre las agencias especializadas. Son ya organizaciones trasnacionales que operan con los mismos mecanismos de control e influencia.

El regreso del talibán después de veinte años le suma nuevas variables a esta problemática. Las organizaciones terroristas talibanes y los cárteles mexicanos poseen puntos de coincidencia. Ambos son líderes en la venta y distribución de droga, en mercados y productos específicos, inclusive ya compiten. Los dos son generadores de violencia, aunque con motivaciones diferentes. A los primeros se les identifica como narcoterroristas. A los segundos se les reconoce como organizaciones criminales transnacionales. Poseen capacidad económica, formación bélica y conocimiento operativo de las rutas del tráfico de personas y armas en todo el mundo.

Los talibanes tienen dos objetivos: preservar e incrementar su fuente de ingresos y consolidar su movimiento religioso, por ello, la lucha por los mercados internacionales de la droga seguramente se intensificará. Los grupos extremistas querrán “marcar territorio” y “adueñarse o arrebatar los mismos”. Los cárteles mexicanos defenderán o negociarán las rutas del trasiego que controlan y el sellado de la frontera norteamericana por razones de seguridad nacional será factor que incremente la violencia civil y la tensión entre ambos grupos. México pudiera estar viviendo tiempos difíciles.

Nuestros vecinos estarán atentos de la posición que adopten los grupos criminales mexicanos. Si se alían con los talibanes o pierden el control de las rutas del trasiego de droga, debilitándose en lo interno y externo, seguramente cambiará la calificación que el Departamento de Justicia norteamericano les fijó, pasando de grupos violentos “intra e intercárteles” a “narcoterroristas”, justificando una posible intervención.

Es claro que este escenario aún no está presente, pero constituye ya un riesgo a la seguridad nacional. El dominio de las mafias extrajeras en algunas actividades criminales en México constituye ejemplo de ello. Requerimos recomponer nuestras instituciones y fortalecer los municipios. La cooperación internacional, la perspectiva de género, el combate a la corrupción y la impunidad son rubros obligatorios en la estrategia. La lucha contra la delincuencia organizada debe continuar y ser analizada con un enfoque distinto. El Consejo de Seguridad Nacional requiere asumir el liderazgo, generar trabajo de inteligencia e incentivar la coordinación interinstitucional. Esto último fue en lo que fallaron los americanos.

Los cárteles y sus luchas internas nos cambiaron la vida. No abramos la puerta a la violencia y al abuso de poder extremista. (Miguel Ángel Godínez García, Excélsior, Nacional, p.8)

Cacería

Pasamos, en pocos años, de indignarnos por el muro que Donald Trump propuso alzar en la frontera, y que pagaría México, país de violadores y asesinos que se instalan en territorio del vecino del norte, según sus dichos, a ser testigos de los migrantes caribeños y centroamericanos sometidos y golpeados porque nuestra nación “no puede permitir el libre tránsito de indocumentados hacia Estados Unidos ni ofrecer documentos”, en declaraciones de Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos y Migración de la Secretaría de Gobernación.

En la práctica, el dinero del muro del norte no salió de nuestros bolsillos, pero a aquél se le ha sumado una labor de tapón en el sur, decisión contraria a la de un gobierno que se dice “humanista”. Son esas vueltas que da la vida. Cuando en 2003 Adolfo Aguilar Zinser, entonces embajador ante la Organización de Naciones Unidas (ONU), dijo que México es “el patio trasero” de Estados Unidos, varios políticos, algunos activos en la presente administración, pidieron su cabeza. El tiempo le dio la razón al ya fallecido Aguilar Zinser.

Como sea, no es muy humanista ni cristiano (ni legal) violar los derechos de quienes buscan una vida digna. De madrugada, agentes del Instituto Nacional de Migración y elementos de la Guardia Nacional han realizado operativos en esas caravanas.

Digamos que las opciones de los migrantes están entre los traficantes de personas o los oficiales uniformados que los tienen en la mira como presas de caza. En ese marco, la muerte les aguarda en cualquier momento. “Elementos de Grupos Beta del Instituto Nacional de Migración (INM) recuperaron —entre enero y agosto— 46 cuerpos de migrantes que fallecieron durante su ingreso y tránsito en el país por distintas causas como ahogamiento, accidentes, armas de fuego, problemas de salud, asaltos” (Milenio, 7-IX-2021).

Por increíble que parezca, la migración no es el problema más grave que el mundo enfrenta hoy en día. Hablamos de unas 281 millones de personas que han abandonado sus lugares de origen, según una corte de Naciones Unidas hasta el año pasado. El 15% de ese universo tiene menos de 20 años, el 73% está en edad laboral, es decir, fluctúa entre los 20 y los 64 años, en tanto que el 12% es gente mayor, de 65 años o más (United Nations Department of Economic and Social Affairs, Population Division 2020. International Migrant Stock).

Pero no, la migración es un síntoma. Cuando poblaciones enteras abandonan sus hogares es una señal de que hay lugares en que la vida resulta insoportable por cuestiones de guerra o inseguridad, por regímenes políticos autoritarios o porque la pobreza es una condición extrema que impulsa a buscar alternativas. Visto desde una perspectiva local, en la CDMX ¿cuántos niños hay en la calle intentando salir adelante y que provienen de la sierra de Puebla, por ejemplo, o cuántas familias ha desplazado el crimen organizado debido al derecho de piso por tener un negocio o… por vivir en su casa?

Hay puntos del planeta en los que la vida se torna una misión imposible. Por ello es que México tiene una oportunidad para generar políticas de asistencia humanitaria y no de garrote para aquellos que están de paso, en tanto se resuelve su situación mediante mecanismos de cooperación internacional, en angustiante pausa en este momento. Sobre todo, es responsabilidad transnacional poner especial atención en los niños que, solitos, viven experiencias que no merecen. Por cierto, ya casi se cumplen nueve meses desde que Joe Biden despacha en la Casa Blanca y los niños migrantes siguen en jaulas en Estados Unidos. (Fernando Islas, Excélsior, Nacional, p. 12)

Cartón

Huellas Migratorias

CARTON 1

(El Universal, Opinión, p.11)