Las escenas fueron dantescas, caras de pánico, golpes, lágrimas, hombres, mujeres y niños desesperados por evitar que los agentes migratorios y los soldados de la Guardia Nacional los detuvieran en su intento por internarse a nuestro país para iniciar el largo camino a la frontera con Estados Unidos.
Pero en este caso no se trataba de nacionales centroamericanos, que siempre han sido absoluta mayoría de los migrantes indocumentados que transitan por México. En esta ocasión eran haitianos los que aparecían en el escenario nacional. No tienen la larga experiencia de nuestros paisanos en “irse al norte” o de los centroamericanos, para quienes transitar por nuestro país hacia EU es una tradición desde hace décadas.
No olvidemos las columnas formadas por centenas de personas, en especial de hondureños, engañadas al creer que el presidente Biden sería flexible y podrían ingresar a EU. Estos migrantes saben a lo que se arriesgan si contratan los servicios de los traficantes, de la corrupción de las autoridades mexicanas, de las bandas criminales que los van a asaltar y extorsionar. Todo ello los haitianos no lo conocían.
Hace ya algunos años, presencié la entrevista que hacía un agente del INAMI a un migrante indocumentado detenido a unos cuantos kilómetros de la frontera norte que insistía en ser mexicano. El oficial se apegaba a un cuestionario orientado a probar si eso era cierto. Le hacía preguntas como cuál era la capital de Chiapas, el nombre de los héroes de la Independencia, el del presidente en turno. Y para todas tenía la respuesta correcta; la última fue: ¿cuántas estrellas tiene la bandera mexicana? El interrogado dudó y dijo con seguridad: “cinco”, acto seguido, fue deportado.
Queda claro que la llegada de los haitianos es muy diferente. El color de su piel, su lenguaje, su forma violenta de reaccionar superó las capacidades y entrenamiento de los agentes del Instituto Nacional de Migración y la Guardia Nacional. Como apunté en una entrega previa, para nuestra vergüenza, la imagen del inspector pateando la cara de un aterrorizado hombre que cargaba a su hija le dio la vuelta al mundo.
Parece que este flujo de haitianos venía de Brasil, Chile y Colombia, donde radicaban desde hace tiempo. Por razones no claras aún, se vieron obligados a emigrar y decidieron ir hacía Estados Unidos. Después de sufrir violencia en nuestra frontera sur, al intentar cruzar la frontera norte fueron recibidos por un agresivo despliegue de agentes de la Patrulla Fronteriza, quienes, montados en sus caballos, les impidieron cruzar el río que marca la línea fronteriza, en un alarde de agresión desproporcionada.
Ello fue hecho de manera tan violenta que la propia vicepresidenta Kamala Harris se mostró ofendida y anunció una investigación… a la vez que se inició su rápida y masiva deportación sin darles al menos la oportunidad de solicitar refugio, tal cual lo hizo Donald Trump.
¿Qué les espera en su país de origen? Haití es el país más pobre del continente, su tasa de alfabetismo es del 60%, el ingreso promedio es de un dólar al día, sufren con frecuencia de huracanes y terremotos; en 2001 murieron cerca de ¡300, 000! personas al derrumbarse buena parte de las casas y edificios de su capital, Puerto Príncipe. A la violencia cotidiana se suma la política: hace unas semanas asesinaron de un balazo en su casa a su presidente Jovenel Moise.
Esta dolorosa experiencia deja varias lecciones: la resiliencia que se observa en países pobres tiene un límite, los haitianos expresaron su desesperanza y enojo embarcándose en una aventura que no podía tener un buen final; fue milagroso que no hayan muerto algunos de ellos, pero serán graves las secuelas sicológicas en los presentes en este evento.
¿Hubiera habido otra manera de reaccionar por parte del gobierno de México? ¿Se les podría haber dado una oportunidad de establecerse, trabajar al menos por un tiempo? La Ley de Migración y la Ley de Refugiados y Protección Complementaria contienen disposiciones pensadas para este tipo de eventos al abrir la posibilidad de proteger a aquellas personas que huyen de sus países por “violencia generalizada”. ¿No califica Haití en ese supuesto? (Gustavo Mohar, Excélsior, Nacional, p. 16)
En temas migratorios, casi siempre, las políticas que se implementan tienen consecuencias totalmente contrarias a lo que se podría esperar, y la historia lo demuestra una y otra vez.
El modelo aplicado en Tapachula de confinar a los migrantes que solicitan refugio en Chiapas, hasta que se solucione su caso, tenía como objetivo, controlar al flujo migratorio para que no se disperse por el territorio nacional y que no llegue a Estados Unidos. De hecho, un requisito para los que solicitan refugio es que esperen en la entidad estatal hasta que se les dé respuesta.
Pero no hubo una contestación a tiempo, más bien, en el periodo estipulado por la ley y la política implementada de confinamiento se convirtió en una bomba de tiempo. Todo esto era previsible desde hace meses, porque Chiapas es la puerta de ingreso y se sabía desde hace mucho tiempo que los migrantes estaban en camino y siguen llegando.
No se pudo dar respuesta a las solicitudes de refugio, porque la política implementada de austeridad ha sido reducirle el presupuesto a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), que, obvio, está desbordada desde hace varios años. Por otra parte, se consideraba como una medida disuasiva para los solicitantes de refugio el “embotellamiento” y las trabas burocráticas.
El resultado fue todo lo contrario, los migrantes se desesperaron e iniciaron por su cuenta la huida de la cárcel chiapaneca y para ello se movilizaron en caravanas, una modalidad que recibe gran atención mediática. Otros muchos simplemente se fueron por su cuenta.
El costo político y monetario ha sido mucho mayor que haberle incrementado el presupuesto a la Comar. Pero no todo queda ahí. Los haitianos que arriban a nuestro país vienen de Brasil y de Chile en un periplo migratorio que lleva más de 10 años. Propiamente no son sujetos de refugio, porque no han sufrido persecución.
Cuando llegó a México el primer contingente masivo de migrantes haitianos, en 2016, que fueron, aproximadamente unos 20 mil, el Instituto Nacional de Migración (INM) les dio, casi de manera automática, un “permiso de salida”, lo que significaba que tenían que dejar el país por alguna de las fronteras. Obviamente, la frontera norte.
Esta medida, estipulada en la ley, servía también para los cubanos que tenían acceso ilimitado al refugio en Estados Unidos, pero no servía para el caso de los haitianos que se concentraron en la frontera y no los dejaban pasar. El resultado fue otra imposición de Estados Unidos, el llamado metering, que obliga al INM a ordenar el flujo con un sistema de listas o cuotas diarias de los solicitantes que pueden pasar. Y la métrica la definen en Washington.
Esta medida, del permiso de salida, que pretendía pasarle la bolita a Estados Unidos para que se encargaran de los haitianos, repercutió en México de tal modo, que ahora tenemos una numerosa comunidad de haitianos viviendo y trabajando en Tijuana y otras ciudades de la nación.
Otra consecuencia, no anticipada, es la problemática actual que tenemos en Tapachula, los haitianos saben que, finalmente, México tendrá que ceder y darles un permiso de circulación, una visa humanitaria, un documento temporal o un tipo de amnistía, porque, se suponía, que no los pueden deportar a Haití.
La situación de este país es insostenible.
Pero la situación es tan desesperada que, a los que acaban de llegar y cruzaron de manera irregular la frontera sur, los están deportando a Guatemala, por pasos fronterizos alejados. Esta medida contraviene cualquier acuerdo internacional. Y están haciendo lo mismo que los estadunidenses con el llamado título 42 que permite la deportación en caliente y sin miramientos. Las consecuencias, previsibles, las veremos próximamente con el empeoramiento de las relaciones entre México y Guatemala. También las veremos las próximas semanas con otros intentos de cruce subrepticio.
Los permisos de salida que pretendían pasarle la bolita a EU para que se encargara de los haitianos se revirtieron, y ahora tenemos un gran número de ellos viviendo y trabajando en Tijuana y otras ciudades de la nación.
La política migratoria es muy compleja, en primer lugar, porque se trata de controlar un flujo de personas, de seres humanos con derechos, que ingresaron por la vía irregular, pero que sólo cometieron una falta administrativa, no un delito. Lo mismo que hacen los mexicanos todos los días y, desde hace más de un siglo, al cruzar subrepticiamente la frontera hacia Estados Unidos.
En segundo término, porque se trata de un proceso dinámico y cambiante, las leyes migratorias y, sobre todo, los reglamentos quedan obsoletos el mismo día en que se publican en el Diario Oficial de la Federación. Se debe partir de principios básicos inamovibles, como el respeto irrestricto a los derechos humanos de las personas migrantes, para lo cual se requiere de protocolos establecidos, conocidos y practicados por el personal a cargo.
Pero la casuística del día a día y del mes a mes se debe ajustar a las circunstancias cambiantes y a la previsión de posibles consecuencias. La política migratoria debe ser tan cuidadosa en su formulación como en la previsión de sus posibles y presumibles consecuencias.
Mientras mirábamos a Chiapas, la bomba explotó en Ciudad Acuña, a donde habían llegado 10 mil haitianos que esperaban organizados para cruzar la frontera justo el mismo día, donde era fácil cruzar el río Bravo, donde no había muro y donde no los esperaban. (Jorge Durand, La Jornada, Política, p. 16)
Ocho treinta de la mañana. “¿Son casi dos mil los niños de primaria y secundaria, más los jóvenes que vienen a la universidad… qué vamos a hacer con ellos si se cierra la frontera? Me decía el Señor Luis García, titular de la autoridad migratoria en El Paso. “Aquí está conmigo Luis Barker, el jefe de la Border Patrol… estamos en alerta máxima.
Revisión minuciosa de personas y vehículos que cruzan de México, pero aún no hay orden de cerrar la frontera”. “También estamos sobrevolando la frontera no habitada con vehículos especiales con órdenes terminantes”. Incertidumbre y las imágenes de un segundo, tercero y cuarto atentados: las torres ardiendo y luego cayendo desplomadas.
De escalar la emergencia, en efecto, podría decretarse el cierre de la frontera –situación inédita- y era cierto, ¿dónde íbamos a alojar a casi tres mil estudiantes, menores y universitarios? ¿Quién se iba a responsabilizar de ellos? ¿Qué iba a pasar con sus padres al otro lado en Ciudad Juárez?
Mi jefatura en S.R.E., pidiendo reportes cada treinta minutos. Pidiendo que estuviese en coordinación con las autoridades y que buscáramos que no se cerrara la frontera. Del personal del consulado, hay quienes residen en Cd Juárez y cruzan a diario y explicaban la lentitud en la fila: casi tres horas a pie y cinco en coche.
Revisiones minuciosas de vehículos y cuestionarios detallados a las personas. En el cotejo de documentos y antecedentes, muchas personas son regresadas o aprehendidas por deudas administrativas. Alrededor de la media tarde, la autoridad mexicana expresa su solidaridad con los norteamericanos por el atentado. Lamenta los fallecimientos y damnificados.
El día termina, pero la alerta no. Se informa que el origen del problema no se originó en la frontera sur –los terroristas cruzaron por el norte-. Poco a poco la situación adquirió cierta normalidad… muchos mexicanos también fallecieron en el atentado y la convivencia de Norteamérica con el resto del mundo…cambió para siempre. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, Escena, p. 13)
No siempre hacer lo correcto es la mejor decisión, aunque ciertamente es de admirar la toma de decisiones hacia donde consideramos más certero… Me refiero a uno de los primeros anuncios del presidente Joe Biden a su arribo a la Casa Blanca, respecto al fin de las “infames” políticas de su antecesor, Donald Trump en contra de los inmigrantes.
Ciertamente, la política de Trump no fue abolida del todo dadas las múltiples resistencias implementadas tanto por las administraciones locales y federales, como en el Congreso norteamericano; sin embargo, el solo anunciarlo sin duda fue una “buena señal” para los miles de latinos que a lo largo de su historia habían anhelado el intento de llegar a concretar su sueño en Estados Unidos.
Irremediablemente, a estas alturas, Joe Biden literalmente no sabe qué hacer, ante la cantidad de migrantes aglutinados en la frontera, sin ninguna medida sanitaria, soportando las inclemencias del tiempo, de la “border patrol”, y ante el vapuleo de sus rivales que evidentemente han aprovechado la situación para desacreditar al mandatario.
Ante la crisis migratoria, han sido miles los deportados a su país de origen, principalmente Haití, lo que ha dado lugar a conocer declaraciones como las de Ronny, un desesperado joven haitiano que dice: “Si me llevan a Haití, mejor que me maten, ¿para qué me van a llevar si no tengo nada para comer?”
Hoy, particularmente la frontera de Ciudad Acuña, en Coahuila, con Del Río, Texas, se ve invadida por miles de migrantes; no obstante, al paso de los días la situación se ha extendido en todos los estados mexicanos fronterizos: La imagen de los centroamericanos improvisando campamentos, es cada vez más común, al punto que el episodio se ha salido de control, observándose escenas como la de policías norteamericanos montados a caballo y con látigo en mano capturan a los emigrantes, en un acto de extrema barbarie.
Es evidente que nadie se atreve a dejar su hogar, a los suyos, sus orígenes, a sabiendas de que habrá de pasar innumerables penurias solo por gusto, lo hacen verdaderamente por desesperación ante la pobreza, la falta de oportunidades y la injusticia social, es ahí en donde se origina el problema y son esas las causas que habría que atender…
Sabemos que, dada su colindancia con los Estados Unidos, México tiene una de las fronteras más comprometidas del mundo, siendo el problema migratorio uno de los principales temas en la agenda de ambos países a través de la historia, asunto delicado y difícil de manejar, dado que más allá de los dichos, cualquier decisión implica consecuencias para alguno de los dos: no es posible dar libre tránsito de un país a otro, ni tampoco es loable omitir los derechos humanos…
Conscientes de la complejidad de este asunto, los gobiernos de México y EU una vez más buscan un camino más eficaz: México plantea una nueva directriz, haciendo un llamado al presidente Joe Biden para reiterar la invitación a que ambos países provean recursos en Centroamérica para la generación de empleos y promover prosperidad de manera que los lugareños no piensen en abandonar su país. Una buena propuesta humanitaria, pero objetivamente, poco factible considerando la realidad.
Así las cosas y en virtud de la crisis que hoy se ve, aun en contra de su voluntad dada su postura como un ser solidario y compasivo con los más necesitados, el prejidente Andrés López se ha visto obligado dar la impresión de que el gobierno está dispuesto a impedir, de la forma que sea, la llegada de tantas personas al vecino país.
Hacer lo correcto decíamos, es admirable, aunque muchas veces esto pueda generar nefastas consecuencias… (Gabriela Mora Guillén, El Sol de México, Análisis, p. 20)
COMO si no fuera lo suficientemente penoso el incidente ocurrido en el cruce fronterizo entre Ciudad Juárez y El Paso, en donde 14 militares mexicanos fueron detenidos por meterse armados a territorio estadounidense, ahora resulta que uno de los soldados ¡traía mariguana!
Y LE SALIÓ barato al uniformado, que fue regresado a México solo con una sanción civil, pues se consideró que la cantidad de droga que portaba era para uso personal. Y aunque podrá argumentar que en muchos estados de EU el consumo medicinal y lúdico de cannabis es legal, lo ilegal fue pasarla por la frontera.
A VER QUÉ hace el general secretario Luis Cresencio Sandoval con sus muchachos, quienes dejaron en ridículo a la milicia con su cruce “involuntario” al otro lado con todo y su “churro”… y estando de servicio. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 12)
Luego de prácticamente doce horas de ser desarmados y esposados por agentes del servicio de Aduanas y Protección Fronteriza del Departamento de Seguridad Nacional, por cierto, siete elementos del Ejército que “por error” ingresaron a territorio nortemericano fueron liberados. ¿Otra?… * Siete años después de los lamentables hechos que enlutaron a las familias de 43 normalistas de Ayotzinapa, perdón, debemos insistir que, más allá el montaje que para mantener vivo el tema que avala la 4T, lo único históricamente cierto es que los jóvenes, todos, fueron sacrificados e incinerados esa noche… Veámonos aquí mañana, con otro asunto De naturaleza política. (Enrique Aranda, Excélsior, Nacional, p. 20)
Cuando niño, esperaba con ansia el episodio semanal de una serie de televisión donde un par de viajeros en el tiempo brincaban por diferentes épocas de la humanidad, escapando de situaciones extremas bajo un contexto familiar para el espectador (como la Guerra de Troya, el naufragio del Titanic, la Conquista de México, etcétera) y para los dos aventureros, quienes, al tener nociones de aquellos momentos históricos, contaban con un arma fundamental para sobrevivir: la capacidad de adaptarse.
Es más fácil tratar de adaptarte al pasado cuando vienes del futuro, que adaptarte al futuro. Vamos a cumplir ya dos años bajo el asedio de la pandemia, fenómeno que ha puesto en jaque muchos aspectos de la vida, particularmente la forma en cómo las empresas fundamentan su propuesta de valor. Darwin estaría encantado de ver que efectivamente no sobrevive el fuerte ni el más inteligente sino el que mejor se adapta al cambio. En aras de esta adaptación, para una empresa o cualquier institución, es fundamental saber leer el territorio. Hay una materia que facilita esta adaptación, increíblemente no es parte de los planes de estudio de la mayoría de las carreras en las universidades: la antropología.
Las empresas delegan a su departamento de mercadotecnia un asunto que no es bien valorado: el conocimiento de sus clientes. Las técnicas de investigación tradicionales en los negocios nada más sondean la superficie, adolecen de la profundidad que pueden dar los métodos antropológicos, que muchas veces permiten ver un ángulo inédito del negocio o comprender las razones por las cuales algo (que no tiene una respuesta clara) sucede. Ahora que la pandemia cambió la dinámica de consumo de muchas industrias, equivale a pensar que el territorio se modificó, seguir con el mismo mapa no sólo es un error, es peligroso. La antropología es ideal cuando sabe construir un puente entre el mundo de los negocios y la vida de los consumidores.
Se espera de un director que sepa entender estados financieros, tristemente nadie le exige que sepa interpretar códigos culturales. ¿Códigos qué?, el término es exótico en una junta de consejo. La antropología hace negocios más humanos al hacer personas de negocio más humanas. Entender el negocio propio a través de la cosmovisión del otro no siempre es fácil. Por supuesto, esta sensibilidad no sólo beneficia a una empresa o a una institución sin fines de lucro, también sirve para hacer mejores gobiernos.
La antropología pone en el centro al ser humano, hace que la rentabilidad sea parte de la ruta, no el destino. Invierte el foco de lo que es importante en la interacción con el usuario o consumidor. Da pistas que parecen obvias luego de ser reveladas, aunque por años nadie las vio a pesar de estar frente a sus ojos. Ejemplo: los cajeros automáticos bancarios tenían un diseño en la secuencia de retiro de efectivo, que inducía a que los usuarios olvidaran su tarjeta en la ranura. Entregaban el efectivo (misión cumplida) del cliente quien, al contar el dinero, concentraba todos los recursos cognitivos en una actividad, olvidando otra: ¡retira tu tarjeta! Un sutil cambio se hizo luego de varios años, ahora se le pide al cliente retirar su tarjeta y luego le dispensan los billetes. El mundo de los negocios está plagado de este tipo de sutilezas, innovaciones potenciales que pasan desapercibidas para el ojo entrenado en los negocios, no tanto para la visión que busca el bienestar del ser humano.
La antropología nos hace sensibles, empáticos con la vida de los demás, reduce la arrogancia de creer que nuestra posición es la única forma de ver el mundo. Permite entender otras culturas, de país a país, de ciudad a ciudad, de colonia en colonia, de partido político a partido político, etcétera. Convierte el “qué raro” en “por eso lo hacen”. Los agentes de migración de todas las naciones deberían estudiar antropología. Sin menoscabo de la aplicación de la ley, cambiarían el látigo o las patadas por la compasión. Como dice el antropólogo Horace Miner: “la antropología es única, busca, entre las ciencias, convertir lo extraño en familiar y lo familiar en extraño”.
Imagino un viajero que llega del futuro y nos dice: la tecnología sola no nos salvará. (Eduardo Caccia, Reforma, Opinión, p. 14)
