En Tapachula y otras ciudades que reciben migrantes están esperando que se tomen decisiones desde el Gobierno federal que les permitan volver a su cotidianidad, la cual está a todas luces alterada.
Si las cosas siguen en lo general igual, se debe a que no se han tomado decisiones sobre el qué hacer con los migrantes de no ser, particularmente con los haitianos, a quienes se les sube a aviones en Texas o Tabasco para mandarlos a Puerto Príncipe.
Tapachula está pasando por paradójicos procesos económicos. En algunas zonas hay espacios que no había manera de rentar, pero el flujo de migrantes haitianos ha permitido que muchas de estas viviendas, por pequeñas que sean, se renten.
Algunos taxistas cuentan que de cada cinco viajes al menos dos son de haitianos. La economía de la ciudad se ha movido, porque los migrantes reciben dinero de sus familiares. Hace unos días le contamos lo difícil que resulta para los habitantes de Tapachula acceder a bancos, tiendas y en general a los servicios, debido a la saturación que se ha venido dando en ellos.
La situación ha provocado una cierta división entre los habitantes de varias ciudades que reciben migrantes. Iván Francisco Porras, del Colegio de la Frontera Sur, nos dice que mucha gente está empezando a exigir una intervención severa de las autoridades.
No se está tomando en consideración, nos plantea, el corredor de Centroamérica, porque está claro que el flujo no para y es también en esta zona, sin descartar a Panamá, en donde los migrantes empiezan a ser enganchados por polleros y la delincuencia organizada, la cual está cada vez más metida en la trata de personas.
El tema no se puede sólo circunscribir a Guatemala, Honduras y El Salvador. Ha crecido la migración desde Nicaragua, Colombia y, sobre todo, desde Venezuela.
Entendiendo que es un asunto multilateral, la atención debe considerar lo que sucede en toda la región. Cuando Trump y López Obrador acordaron diseñar una estrategia de ayuda se abrió la posibilidad de que las cosas pudieran adquirir otros derroteros.
Sin embargo, no pasó nada, como hasta ahora tampoco está pasando, no bastan las buenas intenciones que presumen Biden y López Obrador. Si bien los programas del Presidente mexicano han sido considerados como una alternativa para la zona, no han logrado consolidarse del todo en nuestro país, exportarlos sin tener bien aceitada la maquinaria puede frustrar las intenciones.
Como fuere, se sigue sin materializar el proyecto de los presidentes, seguimos en la contención y en la expulsión de migrantes.
En medio del lento avance se destacan dos hechos. En las últimas semanas pareciera que los agentes del INM han estado haciendo su trabajo con rigor respetando los derechos humanos, aunque inhibiendo a como de lugar la libertad de movilización migratoria.
El otro hecho fue la disculpa que una delegación de EU ofreció en Puerto Príncipe al pueblo haitiano por el trato a los migrantes, la violencia desatada por la policía fronteriza, al igual que pasó en el país, acaparó la atención y la indignación.
No pasemos por alto finalmente cuál es el estado de las cosas. Se calcula que en el puente fronterizo México-Texas acamparon cerca de 30 mil migrantes, y con todo y disculpa EU ha llevado a cabo una deportación masiva con más de 60 vuelos a Puerto Príncipe.
Las cosas caminan muy lentas. Si bien nos hemos concentrado en la migración haitiana, no soslayemos lo que está pasando con Centroamérica y con la migración mexicana.
Poco o nada están cambiado los escenarios, por lo menos en la frontera sur de México y EU. (Javier Solórzano, La Razón, La dos, p. 2)
Para el nuevo embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, los dos países son “dos naciones con un futuro”.
La frase es tan retórica como se quiera, pero puso sobre la mesa una realidad que debe ser considerada por los responsables de pensar y ejecutar la política en México: según Salazar, los 45 millones de personas de ascendencia mexicana en EEUU, en combinación con 126 millones de mexicanos en nuestro país, “crean fuertes vínculos” entre los dos vecinos.
Y tiene razón. Los mexicanos y mexicano-estadounidenses son una población creciente en EEUU, con una influencia política, económica y cultural también en aumento.
Salazar participó en la misma conferencia en la que un reporte puso de relieve que el PIB de los estadounidenses de origen latino llegó a 2.7 millones de millones de dólares en 2019, y que su crecimiento demográfico ya no sólo se debe a la inmigración sino mayormente a sus hijos o nietos.
Todo un nuevo grupo que podría definirse como latino-estadounidenses. Y dos tercios de ellos son de origen mexicano o nacidos en México, con una diversidad étnica grande como la de nuestro país: blancos europeos, indígenas, mestizos, afrodescendientes y salpicaduras chinas, japonesas o árabes y judías.
Los alrededor de 11 millones de nacidos en México que hoy radican en Estados Unidos, con o sin papeles, son el mejor argumento para una relación prioritaria. De hecho, son quizá 97 por ciento de los mexicanos que viven fuera del país y un impacto potencial considerable: tan sólo sus remesas, que en 2020 fueron por 40,604 millones de dólares y en los primeros ocho meses de 2021 habían alcanzado ya los 32,930 millones, se han convertido en la principal fuente de divisas para el país.
Y eso, sin hablar de relaciones familiares o capacidades de cabildeo en sus sitios de residencia. Ningún grupo es totalmente homogéneo y ciertamente pueden hacerse distinciones entre los descendientes de mexicanos que viven en California, Illinois o Texas, por nombrar solo a tres de los principales centros de población mexico-estadounidense. Pero esencialmente, los méxico- estadounidenses ven más y más por sus propios intereses en lo que es ahora su país, aunque mantengan afecto por México y su cultura como un factor de comunidad.
Miguel Basáñez, el académico que fue por unos meses embajador de México en Washington, proponía en su momento que se buscara crear no solo vínculos familiares sino alianzas económicas y políticas con los mexico-estadounidenses, como lo ha hecho el estado israelí con los judío-estadounidenses.
Que la comisión de Basáñez no hubiera tenido el éxito deseado no le quita razón a su propuesta.
Pero tal vez sea el momento de adoptar una postura proactiva y establecer una política de Estado que promueva la vinculación no sólo con la “diáspora” mexicana sino también con una descendencia que ya no lo es. Y eso implica también cambiar actitudes en México. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 33)
Desde el Libro de Libros hasta las demás entregas que la historia nos ha dado como si fueran una especie de fascículos del Apocalipsis, escrito está que hay momentos en que las crisis se disparan y se comportan de tal manera que dejan de ser crisis para convertirse en hecatombes. No sé cuál fue la primera migración, probablemente el Éxodo. Si fue así, el primer coyote debió de haber sido Moisés. Sin embargo, Moisés tenía un mandato. Un mandato que le fue asignado por un Dios duro y celoso que también le obligó a descalzarse cuando entró en Horeb, tierra sagrada. Cuando Dios se le hizo presente en forma zarza, Moisés, sorprendido, le preguntó quién era, a lo que Dios le respondió: “Yo soy el que soy”. Posteriormente, a Moisés se le ordenó salvar y sacar al pueblo de Israel de las garras de la esclavitud de Egipto y que los llevara a la Tierra Prometida.
Dios no tenía que explicar por qué había elegido a ese pueblo ni por qué lo mandaba a la Tierra Prometida, Él era quien era y su palabra estaba exenta de explicaciones. Sin embargo, con ese Éxodo empezaron las grandes migraciones y, a partir de ese momento, la historia de la humanidad se convirtió en una redefinición permanente entre quién es el dueño de la tierra, quién tiene derecho a vivir y sobre cómo conjugamos las oportunidades que nos da el lugar en el que nacemos o bajo las circunstancias en las que venimos a este mundo frente a lo que necesitamos de otros que sencillamente no tienen nada.
China, India y los países del área son hoy ya más del 50 por ciento de la población mundial. Si se consolida el balance social de estos países, uno se podría encontrar con unas percepciones consolidadas similares a las cuotas de subdesarrollo, hambre, pobreza y vida bajo las condiciones más precarias del ya decadente mundo blanco, el supuesto mundo triunfador. Nosotros, los blancos, somos más de mil 300 millones de habitantes que hasta hace 10 años obteníamos cerca del 80 por ciento de los beneficios que producía el planeta, de ahí la necesidad de contar con grandes cantidades de esclavos.
No quiero ni pensar sobre cómo me sentiría si hubiera nacido en una de las regiones cercanas a la República Democrática del Congo o cómo me sentiría si simplemente fuera uno de los muchos pueblos y tribus dedicadas a labrar las entrañas de la Tierra para llevarse desde los diamantes hasta el tungsteno; desde el litio hasta cualquier otro material.
La migración es una palabra maldita y es el veneno colectivo de nuestros tiempos. Por poner un ejemplo, en Estados Unidos nadie quiere ver que en ese falso dilema cobarde de ser débil ante la migración se encuentra también uno de los mayores desafíos estadounidenses. Este desafío es el que plantea el hecho de que el país de la bandera de las barras y las estrellas se ha convertido en una nación vieja, derrotada y con pocas ganas y disposición para trabajar. Sin embargo, pareciera que nuestros vecinos del norte constantemente se están peleando con una realidad, que es que no tienen ningún futuro sin migrantes. El plan presentado por el presidente Biden, el llamado New Deal, sólo se puede lograr si los de Zacatecas, los del Punjab y los de otras muchas zonas del mundo se van a picar piedra. Y es así porque los estadounidenses, aquéllos que consumieron y perdieron el imperio más perfecto y jamás hecho, ya no están en condiciones ni están dispuestos a seguir trabajando.
Dicho lo anterior, ¿para qué tanto espectáculo al actuar por parte de la Patrulla Fronteriza? ¿Para qué o por qué la necesidad de cazar a los haitianos y centroamericanos como si se tratase de ganado? Pero lo peor de todo esto es que la Guardia Nacional colabora con las fuerzas estadounidenses en el muro migratorio a orillas del río Suchiate, como si se tratara de lo que en su momento fue el apoyo de fuerzas especiales húngaras a la SS contra los judíos. Todo para evitar que nuestros hermanos centroamericanos –que cada día son menos hermanos y más objetos de eliminación– tengan siquiera la ilusión de vivir como nosotros en algún momento lo deseábamos.
Lo que el mundo parece querer olvidar es que actualmente estamos atravesando por una situación absolutamente inédita. (Fotoarte de Esmeralda Ordaz)
Lo que el mundo parece querer olvidar es que actualmente estamos atravesando por una situación absolutamente inédita, donde las grandes reservas de convivencia y funcionamiento colectivo han saltado en pedazos. Ya no hay presas ni para el odio ni para el rencor. Ya no hay límites en el comportamiento social colectivo. Todo esto que está sucediendo y evolucionando es una consecuencia de la llamada revolución de las comunicaciones. Así como el movimiento Black Lives Matter se convirtió en un fenómeno que rebasó al Estado y a la mayoría de la gente, la explosión de la amargura y el veneno que genera la migración y su tratamiento eventual e inevitablemente también estallará, creando problemas en todo el mundo.
La migración se ha convertido en una pandemia universal. Genera odios por donde pasa. Recompone sociedades que están basadas en pequeñas soguetas y que sólo son nidos de víboras de unos contra otros. El migrante ha dejado de estar agradecido por haber recibido una segunda oportunidad. El mismo estallido de las comunicaciones le ha hecho pensar que él también tiene derecho a la tarta del desarrollo y que no es que le demos la oportunidad de vivir bajo la condición de que pase hambre, frío y nos sirva como esclavo para construir una nueva vida, sino que la realidad es que durante todos estos años le hemos robado su parte del pastel.
Todo lo anterior explica el sentimiento que tienen los árabes en los suburbios de París o por qué la ciudad en la que más se habla español, Los Ángeles, sea un conjunto de pólvora a punto de estallar. Y todo se debe a una razón muy sencilla, que es que, a diferencia de otros momentos, en la actualidad la migración no está hecha para los que llegan con el espíritu de encontrar su lugar y colaborar con las sociedades que los acogen. Hoy la migración está hecha sobre la base del rencor por parte de los que llegan y del miedo por parte de quien los recibe voluntaria o involuntariamente.
No se trata de seguir dando presupuestos excepcionales para que nuestra Guardia Nacional pueda seguir maltratando a nuestros hermanos centroamericanos. Se trata, entre otras cosas, de no olvidar que el hecho de que el Presidente que gobierna bajo el sustento de haber sido electo con el mayor número de votos jamás obtenido, es un Presidente construido sobre la solidaridad y sobre la empatía hacia los demás. “Primero los pobres”, eso dijo. Dudo mucho que en su mente la palabra “pobre” esté destinada o se refiera únicamente a los mexicanos. Ser pobre es una manera de vivir y es una condición que no caduca tras pasar una frontera. Entiendo que los nuestros van primero, pero los haitianos, hondureños y demás centroamericanos también forman parte de ese grupo que tanto prometió defender, aunque sea de manera indirecta.
Los que llegan a nuestro país y los distintos puntos de recepción migratoria no llegan bajo un programa de acogida o de integración social, sino todo lo contrario, llegan bajo una condición de odio. Los que no pueden llegar nos llenan de vergüenza y tanto en las colinas de Washington como en el Palacio Nacional es necesario recordar que el mundo sin migrantes simplemente no es posible. Si los migrantes son necesarios, ¿por qué no en vez de maltratarlos y crear universidades de odio no nos dedicamos a crear sistemas racionales de acogida? Es urgente establecer un mecanismo bajo el cual la muerte, el hambre y la pobreza de los campos de internamiento de Tijuana o de Tapachula no sean sitios donde –como nos demostraron los chilenos con referencia al caso venezolano– terminen quemando los pocos enseres que tienen los seres humanos.
En el año 2005 tuve la oportunidad de participar en un debate organizado por la Escuela de Derecho de la New York University sobre migración dentro del programa Tijuana: la tercera nación, donde también participó Jorge Castañeda, profesor de la institución y antiguo secretario de Relaciones Exteriores. Lo que más me impresionó de la ponencia es cuando el excanciller Castañeda dijo que México no tenía derecho moral a quejarse sobre el trato recibido por parte de sus emigrantes en Estados Unidos, ya que los mexicanos trataban peor a quienes llegaban a la frontera sur. En su momento me pareció una exageración y no compartí lo dicho. Dieciséis años después tengo que confesar que el antiguo canciller tenía razón. Y eso que en ese momento aún no habíamos llegado al deshonroso papel de convertirnos en el muro de Donald Trump, portando los uniformes de la Guardia Nacional.
Es necesario tener mucho cuidado. Éstas no son las uvas de la ira. Éstas son las moras del odio entre nosotros y lo estamos haciendo porque simplemente nos hemos instalado bajo un mecanismo de simplificación intelectual y bajo un insulto económico. Es momento de entender que no puede haber desarrollo sin los migrantes, así como también comprender que es la hora de crear fórmulas eficientes de integración social. De lo contrario, más pronto que tarde, todo nuestro entorno y los de nuestros vecinos albergarán tal cantidad de enemigos que será imposible defendernos. Sin dejar el hecho de que, en medio de este clima, de esta locura y de esta pandemia del odio, quiero decir que, de no ser resuelto, el zarpazo del terrorismo podría tener cabida.
En medio de esta pandemia del odio, es necesario determinar una política y un rumbo fijo que determine qué es lo que haremos con todas esas personas que cruzan fronteras con el deseo humano de tener una mejor calidad de vida. Sería hipócrita olvidar que un día un mexicano también decidió buscar vivir mejor y puso rumbo hacia Estados Unidos. Hoy, en lugar de perseguir y maltratar, tenemos que sumar y buscar la manera de que las fronteras no sean sinónimo de persecución y odio. (Antonio Navalón, El Financiero, Enfoques, p. 32)
El viernes ocurrió algo insólito en este país: el presidente de la República acudió al Congreso para reunirse con los legisladores de su partido y discutir con ellos el paquete de infraestructura, a puerta cerrada y sin celulares.
Fue un acto de humildad y de arrojo sin precedentes.
Un acuciante imperativo de sobrevivencia política llevó a Joseph Biden a presentarse casi sin aviso en las puertas del Capitolio, porque en estos días se juega su reelección frente a Donald Trump en 2024.
Mucho más que eso. El Partido Demócrata se debate entre “ser o no ser”.
Si no son capaces de ordenar civilizadamente la migración, ni acabar con el Covid aun teniendo vacunas de sobra, y tampoco pueden lograr que los niños que viven bajo la línea de pobreza vayan desayunados a una buena escuela, ni financiar el plan de energías limpias para mitigar el cambio climático, ¿qué sentido tenía ganarle a Trump?
¿Para qué quiere gobernar el Partido Demócrata?
Ya ganaron, tienen mayoría en las dos cámaras, y ni así pueden.
Biden se encerró con sus legisladores para ponerles los pies en el piso.
Sin ningún triunfo entre las manos, ¿qué van a presumir ante sus electores en los comicios intermedios del próximo año?
Peor aún: llegarán a sus distritos a decir que la agenda demócrata no avanzó, por culpa de… los demócratas.
Es que los republicanos todavía no han metido las manos, y el paquete de infraestructura, vital para la sobrevivencia del gobierno, está detenido (por ahora) en el campo demócrata.
Biden propuso un proyecto de inversión en infraestructura física de un billón 200 mil millones de dólares, y otro de infraestructura social por 3 billones 500 mil millones de dólares a gastar en 10 años.
Los legisladores progresistas del Partido Demócrata dijeron que no votarían el plan de infraestructura, consistente en carreteras, puentes, puertos, etcétera –para el que hay amplio consenso–, mientras no haya acuerdo en el programa de infraestructura humana.
Para explicarlo en lenguaje que nos es familiar: cuando ellos dicen “primero los pobres”, exigen que ese planteamiento se concrete en el presupuesto, y no sólo sean discursos y promesas.
Ello incluye prekínder universal, recursos para guarderías, apoyo para el cuidado profesional de ancianos, escuelas equipadas, expansión de los servicios médicos a bajo costo, escuelas, internet de banda ancha para todos, apoyo económico por cada hijo en familias en condición de pobreza, licencias con goce de sueldo por embarazo o enfermedad, transición acelerada a energías limpias, entre otros puntos.
Los moderados dicen que un plan de tres y medio billones de dólares, “por ahora”, es un exceso. Va a provocar aumento del déficit e inflación. Deuda, que pagarán futuras generaciones. Aceptan “sólo” un billón 500 mil millones en infraestructura social.
Ambas partes tienen buenas razones para sustentar sus puntos de vista, pero los mataría no llegar a un acuerdo y ser ellos quienes frenen a su propio gobierno.
A eso fue Biden al Capitolio el viernes: a convencer, a salvar al Partido Demócrata, a no perder por adelantado su reelección.
En la prensa de Estados Unidos señalan, desde los dos lados del tablero político, que el presidente se puso del lado de los progresistas y acudió a forzar un arreglo cercano a su propuesta de 3.5 billones de dólares.
Y los republicanos se frotan las manos.
Un senador usualmente equilibrado, como Mario Rubio, por Twitter acusó al programa de Biden: “Esto ni siquiera es socialismo… es marxismo”.
Polarizado como está EU, esas palabras tienen efectos de preocupación entre la gente. Más aún aquí Florida.
Seguramente Biden va a alcanzar el apoyo de su partido en torno a una cifra de 2 billones de dólares.
Para su desgracia, los dos billones (de lograrse) no van a dejar contentos a unos ni a otros.
Más allá del desenlace de las negociaciones sobre infraestructura, este impasse muestra que las divisiones entre moderados y progresistas, dentro del Partido Demócrata, llegaron para quedarse durante el resto de la legislatura.
Si logra un acuerdo de 2 billones, que lo festeje el presidente.
Y el resto de su presidencia tendrá que trabajar de apagafuegos para sofocar las llamas que salen desde las dos fracciones de su partido, cada vez más alejadas ideológicamente, en un laberinto de desconfianza mutua.
Mientras los demócratas se distancian, Trump unifica a su base.
La semana pasada tuvo expresiones de solidaridad con los alguaciles que fueron suspendidos porque atacaron, a caballo y látigo en mano, a migrantes haitianos.
Eso se juega en estas semanas.
Biden o Trump. (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, p. 36)
Para un país fundado sobre la exterminación de los indígenas y la explotación de esclavos africanos y después inmigrantes para su desarrollo económico, el color sigue siendo factor determinante para explicar su presente.
Hoy día los defensores de un pasado definido por la hegemonía blanca tienen razón en estar alarmados. Según cifras recientes del Buró del Censo de Estados Unidos, el país se diversificó de manera significativa esta última década con todo crecimiento en población conformado completamente por latinos, asiáticos, afroestadunidenses y los que se identifican como de más de una raza. Más aún, la población blanca por primera vez se redujo durante esta última década. De acuerdo con el censo, el número de los que se identifican como blancos se desplomó en 8.6 por ciento, a sólo 58 por ciento de la población. Demógrafos calculan que aproximadamente para 2045 los blancos serán una minoría más en Estados Unidos.
A la vez, a pesar de conquistas y reformas logradas por luchas sociales, el racismo no ha sido superado, de hecho, algunos argumentan que la justicia racial ha retrocedido en años recientes. Proclamaciones políticas sobre la igualdad racial son contestadas por datos nada ambiguos: los afroestadunidenses son el grupo más grande de los encarcelados (33 por ciento, casi triple del 12 por ciento que representan en la demografía nacional); uno de cada tres hombres afroestadunidenses nacidos en 2001 será encarcelado por un tiempo durante su vida; uno de cada mil hombres y jóvenes negros morirán a manos de la policía; uno de cada tres niños negros viven en la pobreza, ocho de cada 10 adultos negros con algún nivel de estudio universitario reportan haber sido víctima de discriminacion racial. Para los latinos, los datos son sólo un poco menos terribles.
En casi cualquier rubro socioeconómico, los afroestadunidenses, latinos e indígenas están, como siempre, muy por debajo de todos los demás. Y el racismo sigue siendo una de las principales herramientas de políticos para dividir a los trabajadores.
Más aún, no se puede entender el debate sobre migración –ahora y a lo largo de la historia del país– sin el lente de raza. Es casi imposible recordar noticias sobre redadas, arrestos masivos, detenidos y deportados de migrantes blancos, y eso que existen, por supuesto (6 por ciento provienen de Europa y Canadá, según el Migration Policy Institute).
Más de 44 millones de residentes en Estados Unidos nacieron en otro país, el número más alto de inmigrantes en cualquier nación del mundo, según Pew Research Center. Pero los inmigrantes indocumentados de hoy, sobre todo latinos y otros de color, padecen de un trato dramáticamente diferente al que recibieron la mayoría de los millones de inmigrantes blancos que ingresaron sin papeles entre 1900 y la década de los 60, los cuales no fueron sometidos a redadas y deportaciones (https://www.brookings.edu/blog/how-we-rise/ 2021/03/26/us-immigration-policy-a-classic -unappreciated-example-of-structural-racism/).
Los cientos de agrupaciones de odio –incluidos neonazis, el Ku Klux Klan y otros supremacistas blancos– son las tropas de choque de la derecha republicana, y las filas más fervientes de Trump, que sigue cultivando el racismo y el movimiento antimigrante. Las más de 250 medidas promovidas por republicanos en 45 estados están diseñadas para suprimir el voto de color –de afroestadunidenses, latinos e indígenas– así como de blancos pobres. Son los mismos que acusan que los migrantes indocumentados están votando de manera ilegal como parte del gran fraude inexistente que dicen haber robado la elección de Trump. Están asustados, incluso listos para destruir a a su propia democracia para salvarse y mantener “su America”.
El intento de golpe de Estado del 6 de enero, las maniobras para suprimir el voto, la cultivación del odio contra migrantes, son todo parte de una ofensiva derechista tal vez sin precedente en este país, una que representa la peor amenaza a lo que se llama democracia en Estados Unidos.
Pero el futuro de este país es a todo color. (David Brooks, La Jornada, Opinión, p. 27)
Cuando escuché que la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela ya ha producido seis millones de migrantes y refugiados, el doble de la cantidad de personas que han huido de Afganistán, mi primera reacción fue a pensar que esa cifra ya llegó a su tope.
Sin embargo, me equivoqué: todo indica que aumentará mucho más.
Se estima que el número de refugiados y migrantes venezolanos crecerá en un millón el año que viene, me dijo el jefe de la oficina de la Organización de los Estados Americanos (OEA) que se ocupa de los refugiados venezolanos, David Smolansky, en una entrevista.
Si las cosas siguen como ahora, para fines del año que viene habrá 7 millones de venezolanos migrantes, superando el número de refugiados sirios, me dijo Smolansky.
Según cifras de la OEA, en los últimos seis años han migrado 1.8 millones de venezolanos a Colombia, 1.1 millones a Perú, 450 mil a Ecuador, 460 mil a Chile, 270 mil a Brasil, 180 mil a Argentina, 103 mil a México, 230 mil al Caribe y 520 mil a Estados Unidos.
“La dictadura de Maduro ha producido más migrantes y refugiados que el régimen talibán”, me dijo Smolansky.
Hay tres razones principales por las que es probable que la cantidad de migrantes venezolanos siga creciendo, dicen los expertos.
En primer lugar, la crisis humanitaria sigue empeorando. Según un nuevo estudio de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, la tasa de pobreza ha aumentado a un asombroso 94.5 por ciento de la población.
El salario mínimo en Venezuela, sumado a un subsidio alimentario obligatorio, es de apenas dos dólares mensuales. Sí, leyeron bien, dos dólares mensuales.
El 50 por ciento de los venezolanos en edad laboral no está trabajando, según el estudio, titulado Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2021, y que se hizo con base en 14 mil entrevistas. En la mayoría de los casos, la gente renuncia a su empleo porque les es más caro pagar el transporte público para ir a laborar que quedarse en casa.
La hiperinflación ha hecho que la moneda venezolana se haya convertido en un chiste: un dólar se cotiza en 4 millones de bolívares. Un viaje en autobús cuesta un millón de bolívares.
Maduro ha permitido una dolarización de facto, mediante la cual los venezolanos que reciben remesas familiares en dólares del exterior pueden vivir bastante bien, pero son un pequeño porcentaje de la población.
La segunda razón por la que muchos expertos predicen una nueva ola de refugiados es que muy probablemente las negociaciones entre el régimen y la Oposición no resulten en una apertura política significativa que pudiera dar esperanzas para el futuro.
En las negociaciones, que están teniendo lugar en México, la Oposición está pidiendo condiciones mínimas para participar en las elecciones locales de noviembre.
Pero Maduro se ha negado a permitir, entre otras cosas, un tribunal electoral independiente y el acceso equitativo de los candidatos de la disidencia a la radio y la televisión.
Una nuevo golpe de desesperanza podría alentar a más venezolanos a irse. En los últimos años, el éxodo ha crecido después de cada intento fallido de celebrar elecciones libres.
La tercera razón de un posible aumento de migrantes es que, a medida que los países latinoamericanos vacunan a más gente contra el Covid-19, relajarán sus restricciones de viajes en 2022. Muchos venezolanos podrían aprovechar esa circunstancia para emigrar.
A la luz de todo esto, es hora de que las democracias de todo el mundo se den cuenta de que el éxodo venezolano no cesará a menos que se ponga fin a su causa: una dictadura brutal que según Naciones Unidas ha asesinado más de 7 mil manifestantes pacíficos en los últimos años, y cuya corrupción e ineptitud ha creado la peor crisis humanitaria de la región en los últimos tiempos.
A menos que las democracias aumenten su presión sobre Maduro para que permita elecciones libres, y no lo legitimen como vergonzosamente lo hizo el Presidente de México el mes pasado, el éxodo venezolano crecerá aún más, y seguirá exigiendo más recursos económicos en toda la región. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 15)