Hasta hace poco tiempo, menos de un lustro, los flujos migratorios de tránsito por México estaban constituidos mayoritariamente por hombres jóvenes que viajaban solos; su origen eran principalmente los países del norte de Centroamérica. Por su parte, también hasta hace poco tiempo, la migración mexicana hacia los Estados Unidos se había estabilizado en números reducidos y así perduró prácticamente por una década, desde el año 2008. Hoy el panorama es completamente diferente.
Para comenzar, actualmente el flujo irregular de tránsito por México y desde nuestro país (es decir, de mexicanos) es el más alto registrado. Los meses de julio, agosto y septiembre del 2021 fueron el punto más elevado de la curva, con algo más de 200 mil eventos de arribo mensuales a la frontera sur de los Estados Unidos, intentando cruce irregular o solicitar refugio.
Dado que las autoridades de ese país aún regresan inmediatamente a migrantes y refugiados a México -sin mayores trámites, ni registro adecuado por ambos gobiernos- el número de personas es menor debido a que puede reintentarse el propósito (dicho sea de paso, el procedimiento de retornos expeditos tiene menos protocolos formales que el comercio fronterizo de papas). En todo caso, el número actual de personas en movimiento hacia el norte es impresionante.
De ese gran total, considerando al país de origen, el aspecto sobresaliente de la problemática de la migración y del refugio es que principalmente se trata de un asunto mexicano: 60 mil personas en septiembre, por ejemplo. Es decir, actualmente el 31 por ciento del total captado por la autoridad migratoria de Estados Unidos es de nacionalidad mexicana. Esa cantidad es cuatro veces mayor que los migrantes procedentes de El Salvador y más del doble que los nacionales de Guatemala o de Honduras. Para Estados Unidos, prácticamente un tercio de la problemática migratoria es ahora mexicana.
En estas condiciones, no podemos dar lecciones a otros países sobre cómo resolver la materia. En vez de estar insistiendo en sembrar árboles y dar becas a la juventud de Centroamérica para evitar la migración, la atención del gobierno debiera concentrarse en los factores que en México han vuelto a impulsar la migración hacia Estados Unidos. Para dar una fecha precisa, a partir de junio del 2020 se reinició el flujo de mexicanos hacia el norte, incrementando progresivamente, y al parecer no habrá arbolitos suficientes para evitarlo. La tendencia se consolida cada vez más.
Como en los viejos tiempos, la amplia mayoría de los migrantes mexicanos son personas adultas, en edades productivas, principalmente hombres. Se trata de un perfil que cumple las características del modelo de quienes tradicionalmente habían buscado alternativas laborales en Estados Unidos. La estadística de los últimos meses demuestra que ahí vamos de nuevo, por los caminos de antaño.
De lo anterior, la conclusión principal es que la verdadera caravana migrante de estos tiempos en realidad es mexicana y es muy superior a la que hoy está en movimiento en Chiapas (por lo menos, a la fecha de escribir esta nota). Ya es tiempo de que la caravana mexicana se reconozca entre las prioridades de la agenda gubernamental, asumiendo además que uno de sus componentes son personas con necesidad de protección internacional, pues no la encuentran en México.
Si bien la motivación central de la nueva movilidad mexicana es de naturaleza económica, no hay que minimizar el efecto de la violencia e inseguridad que generan desplazamientos forzados de personas escapando de sus comunidades. Los albergues de las ciudades fronterizas del norte están llenos de víctimas de esas violencias regionales y narran historias parecidas a las hondureñas, por ejemplo. Efectivamente, hay necesidad de abrazos y especialmente de una estrategia pública que empiece al menos por reconocer la problemática, la económica y la de refugio: existen, están en expansión. Volvimos a salir. (Tonatiuh Guillén López, Reforma, Opinión, p. 8)
En Occidente, frecuente pero incorrectamente se hace referencia a la palabra “crisis” en chino -escrita con un carácter formado por dos trazos, uno que representa peligro, el otro que representaría, según esto, oportunidad- a manera de ofrecer aliento y llamar a la búsqueda de soluciones a retos que enfrentamos.
Si bien el uso equivocado de esta etimología se ha convertido en un tropo retórico, no cabe duda que muchas crisis efectivamente encierran oportunidades y que en la arena de las políticas públicas y las relaciones internacionales, nunca debemos desperdiciar una crisis.
Hoy el continente americano enfrenta una crisis de enorme magnitud. Incluso antes del desastre económico detonado por la pandemia de Covid-19, la cual según la Organización de las Naciones Unidas ha generado un aumento de 22 millones de nuevos pobres y 8 millones de nuevos extremadamente pobres en el continente solo en 2020, el movimiento de personas en América Latina y el Caribe ya se estaba intensificando.
Como nunca en la historia americana, hay un número sin precedente de migrantes, refugiados y personas internamente desplazadas a lo largo y ancho de las Américas. La Oficina del Alto Comisionado para Refugiados de Naciones Unidas calcula que hay 82.4 millones de personas desplazadas forzosamente (refugiados y personas desplazadas internamente) a nivel global; de estos, por ejemplo, cerca de 5 millones son venezolanos, la mayoría en Colombia, y más de un millón de haitianos.
Y en el continente americano hay que sumarle a cientos de miles de migrantes moviéndose por todo el hemisferio buscando llegar sobre todo a la frontera entre México y Estados Unidos. En este momento, están cruzando diariamente el Tapón del Darién, en Panamá camino hacia México y nuestra frontera con EEUU, un promedio de 1,000 migrantes.
Hace unos días ya había 100,000 solicitudes de asilo en nuestro país formuladas ante la Comar (el récord era 70,000 en todo 2019). Y el viernes pasado, el servicio de aduanas y protección fronteriza de EEUU (CBP) divulgó las cifras de migrantes y refugiados detenidos en la frontera con México durante el año fiscal 2021: 1.7 millones, la cifra más alta registrada desde 1986. Sólo en septiembre se detuvieron a 192 mil personas.
No es difícil explicar por qué 57% de los estadounidenses creen que la Administración Biden debe prestar más atención a la frontera, por qué el GOP va a alcahuetear este tema electoralmente en los comicios legislativos de 2022 o por qué Biden está determinado a no poner en riesgo -a costa de muchos otros temas que impactan la agenda bilateral- la cooperación mexicana en la materia.
Por ello ésta es una crisis que México no debe desaprovechar, y lo debe de hacer tanto para poner su casa en orden como para, aquí sí, liderar en Latinoamérica y el Caribe con este tema. Me explico. Es incuestionable que México requiere mejorar sustancialmente sus capacidades de control y monitoreo fronterizo, tanto en el sur como el norte.
Inami y Comar no pueden seguir siendo canibalizadas por el presidente y deben contar con recursos y personal para el desempeño de sus tareas. Para bailar danzón se necesitan dos, y así como nosotros exigimos en 2007 a EEUU asumir un paradigma de responsabilidad compartida para atender los retos de la agenda bilateral, México debe poner de su parte para fortalecer su seguridad y controles fronterizos.
Pero la política migratoria reducida a una de mano dura emanando de México para frenar la transmigración conlleva consecuencias que me parece no se han aquilatado del todo en nuestro país, particularmente a la luz del debate en redes sociales y en la opinión pública mexicana sobre la transmigración centroamericana y haitiana y quienes en ese grupo son potenciales refugiados. Se está volviendo cada vez más común ver los términos ‘refugiado’ y ‘migrante’ usados indistintamente en el discurso mediático y público.
Pero hay una gran diferencia entre ambos conceptos y es una distinción importante con implicaciones de fondo. Confundirlos -o a propósito meterlos en la misma canasta- conlleva problemas serios: desvía la atención de protecciones legales específicas que requieren los refugiados y perjudica el apoyo público hacia ellos y la institución del asilo en momentos en que más refugiados que nunca necesitan de dicha protección.
Estas son personas a quienes negarles el asilo puede traerles consecuencias mortales. El derecho internacional define y protege a los refugiados. La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 y su Protocolo de 1967, así como otros instrumentos legales, son el andamiaje para la protección moderna de los refugiados, andamiaje al que pertenece México y que por lo tanto conlleva obligaciones y responsabilidades para nuestro país.
La protección de los refugiados tiene muchos ángulos. Uno de los principios fundamentales establecidos en el derecho internacional es que los refugiados no deben ser expulsados o devueltos a situaciones en las que sus vidas y libertad puedan verse amenazadas. Incluyen el acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes así como medidas que garanticen que sus derechos humanos básicos sean respetados, que les permitan vivir en condiciones dignas y seguras, mientras los ayudan a encontrar una solución a más largo plazo. Los Estados tienen la responsabilidad primordial de ofrecer esta protección.
Los migrantes, en cambio, eligen trasladarse no a causa de una amenaza directa de persecución o muerte, sino principalmente para mejorar sus vidas, encontrar trabajo o para la reunificación familiar, entre otras razones. A diferencia de los refugiados, quienes no pueden volver a su país de forma segura, los migrantes lo pueden hacer y continúan en principio contando con la protección de sus gobiernos (como es el caso de los 5 millones de migrantes indocumentados mexicanos en EEUU).
Para los gobiernos esta distinción es importante. Los países tratan a los migrantes de conformidad con su propia legislación y procedimientos en materia de inmigración. En el caso de los refugiados, los países los tratan aplicando normas internacionales sobre el asilo y protección a los que están obligados y que están definidas tanto en su legislación nacional como en el derecho internacional.
Por ende, en los flujos hacia nuestra frontera sur hay migrantes, la mayoría, y refugiados. Hacia los segundos, México tiene obligaciones internacionales. Y hacia los primeros, México y los mexicanos debiéramos tener coherencia, con lo que exigimos a EEUU con respecto a nuestra diáspora ahí (que ha mandado más de 23 mil millones de dólares en remesas al año) y con lo que somos, un país expulsor de migrantes.
Sí, México debe controlar y fortalecer sus fronteras -cosa que nunca se ha logrado- pero no a costa de olvidarnos de lo que somos y de una brújula moral y un mínimo de congruencia. Políticas y discursos de mano dura -y la xenofobia que caracteriza muchas cuentas en redes sociales en estos momentos- solo nos estallarán como al cohetero, en muchas direcciones y con muchas esquirlas, internas e internacionales.
Ningún país puede darle la vuelta a una crisis migratoria con la mera aplicación de leyes y medidas de control fronterizas. Ese error, que ha cometido una y otra vez Estados Unidos, no debe replicarse, ni en México ni en otras partes del continente. Invariablemente he argumentado que una diplomacia libre de riesgos será siempre una diplomacia libre de resultados.
Por ello México debiera hoy pugnar sin dilación por un acuerdo continental para mitigar, gestionar y ordenar los flujos migratorios, trabajando con las agencias relevantes de la ONU y organizaciones de la sociedad civil (que tienen botas sobre el terreno para actuar y responder de manera ágil y con el pulso adecuado para entender las comunidades y zonas en las que operan) con objeto de mejorar los mecanismos de protección (incluidos los temporales) para las poblaciones desplazadas y en movimiento más vulnerables.
Asimismo, como parte de ese acuerdo integral continental, México tendría que buscar establecer vías complementarias para ordenar y proteger esos flujos, como la reunificación familiar y acuerdos temporales para la movilidad laboral circular en sectores económicos específicos y para regiones específicas; movilizando a instituciones multilaterales regionales y subregionales de financiamiento del desarrollo para apoyar programas de empleo y otros tipos de apoyo de desembolso rápido para comunidades receptoras; intensificar la diplomacia regional en materia de vacunas; y seguir centrándose en la imperiosa necesidad de la gobernanza eficaz. Estas acciones permitirían además a México ayudar de una manera más estructural y sostenida a Biden, cerrándole el flanco de ataque del GOP, que es también, ojo, un ataque a México.
En lugar de jugar al bote pateado e instrumentar un refrito de políticas que no funcionan (como la reinstauración del infausto programa conocido como “Remain in México”), podríamos, con imaginación diplomática y con un golpe de timón, encarar esta crisis de manera integral y concertada, y con un paradigma mexicano -en contraste con uno impuesto desde Washington- en materia de política migratoria. Aún más importante, ayudaría para contrarrestar una sensación de caos que alimenta las narrativas nativistas y el tufo xenófobo que ya no es solo privativo de Estados Unidos sino que se empieza a despedir en otras naciones del continente, incluyendo México. (Arturo Sarukhan, El Universal, Opinión, p. 17)
Retales
CAPELLÁN. No cabe duda que perdimos al padre Solalinde, convertido en el capellán de Palacio Nacional. Ahora sale con que la caravana migrante que marcha hacia el norte, con escala en Ciudad de México, es una conspiración del gobierno de Estados Unidos en complicidad con los ricos mexicanos para echar a perder el viaje de López Obrador a Naciones Unidas. Así o más loca y retorcida la cargada. (Joaquín López Dóriga, Milenio Diario, Al frente, p. 3)
De esto y de aquello…
En vez de atender problemas actuales, como la escandalosa venta y prostitución de niñas en Guerrero o los excesos policíacos en la caravana de migrantes que viene de Chiapas a la CDMX, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos va a reabrir el caso Colosio, ocurrido hace ¡27 años!, con la pretensión de “distraer” lo que hoy ocurre en el país.
POR cierto, que habrá que ver de qué manera, y hasta dónde, efectivos de la Guardia Nacional y de las corporaciones policíacas, recibirán órdenes de detener la caravana en su rumbo a la frontera con Estados Unidos, con el riesgo de que se registren hechos de violencia más graves que los ocurridos en Tapachula. (Francisco Cárdenas Cruz, La Razón, México, p. 8)
La inseguridad sigue siendo una norma, con situaciones gravísimas como las vividas este fin de semana no sólo en Tulum, sino también en Matamoros, en Sinaloa, en Tijuana, en Chihuahua y otros lugares del país. La presencia de los grupos criminales mexicanos, según la ONU, abarca ya cuatro continentes y las políticas de contención lo único que logran es empoderar a esos mismos grupos criminales, que ahora, también, entre muchas otras actividades, se han apropiado del tráfico de migrantes.
La nueva caravana que inició en Chiapas y se dirige al norte del país es un desafío al gobierno estadunidense, pero también a nuestra seguridad nacional. En un momento especialmente delicado para la administración de Biden, esa caravana será tomada tanto por demócratas como republicanos como una provocación. Y así responderán.
Y en medio de todo esto, no hay operación. El Presidente habla todos los días de todo y de todos, pero sus funcionarios no aparecen. Luego de un inicio muy prometedor, el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, no ha aparecido; el de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, tampoco ni siquiera ante el debate del Paquete Económico 2022; en el ámbito de la seguridad se ofrecen más datos controvertidos que certidumbres; para la cumbre climática no tenemos una agenda definida; López Obrador inaugurará la presidencia de México en el Consejo de Seguridad de la ONU con un discurso, ha dicho el propio Presidente, contra la corrupción, cuando el tema no está en la agenda del Consejo y cuando México es uno de los países peor evaluados en términos de corrupción en la OCDE. Y en medio de todo esto se nos dice que nuestro modelo como país es Dinamarca. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 10)