México es un país cerrado a la inmigración. Aunque ha sido en ocasiones solidario con los españoles republicanos, con los sudamericanos perseguidos por las dictaduras y con los guatemaltecos que escapaban de las masacres y el genocidio.
Ahora toca ser solidarios con los haitianos, los venezolanos, los nicaragüenses, los cubanos y tantos otros desarraigados de sus lugares de origen. Y en ese sentido México, se ha quedado a atrás en cuanto a la acogida. Ya no se trata de migración en tránsito y de dejarlos pasar a Estados Unidos. Muchos se quieren quedar en la nación, pero no los dejan, les dan largas, los encarcelan en Tapachula.
Los datos duros y fríos demuestran este rezago. Un millón y medio de venezolanos acogidos en Colombia; 700 mil en Perú; 300 mil en Ecuador, Chile y Brasil, este último acogió, de manera oficial, a 85 mil haitianos y Chile, a unos 18 mil. Estados Unidos, a pesar de todos los peros, ha recibido a más de 300 mil solicitantes de refugio en años recientes.
Le toca a México ser solidario. Una caravana de 4 mil desarraigados, hombres mujeres y niños se dirige a la capital y toca la puerta de Palacio Nacional, donde dicen que vive un hombre sensible a las causas populares y al pueblo desprotegido. Hace unos años los migrantes de otra caravana le pedían al presidente Trump que los dejara entrar y respondió con gases lacrimógenos y el muro apuntalado. Ahora llaman a la puerta del palacio de gobierno en el Zócalo.
En los últimos tres años, México ha otorgado refugio a más de 150 mil personas. Éste es una vía que se puede utilizar y que hay que agilizar y defender, pero no es la única, hay que ofrecer otra alternativa de regularización. Ya lo dijo la Comar, muchos de estos migrantes desarraigados no cumplen los requisitos formales para acceder a este trámite.
Pero hay 30 mil personas que ya están en México y retoman el grito de los mexicanos del barrio de Pilsen, plasmado en un mural de Chicago: Aquí estamos, aquí nos quedamos.
¿México tiene la capacidad para recibir y acoger a otros 100 mil inmigrantes? ¿Unos 30 mil que ya están en el territorio y otros 60 mil que irremediablemente llegarán?
Veamos las cifras, que son las que ayudarían a definir las políticas migratorias. El censo de 2020 informa que habían 1.2 millones de extranjeros en el país, de los cuales 400 mil son hijos de mexicanos nacidos en Estados Unidos, es decir binacionales. La resta nos deja con 800 mil extranjeros, en un país de 126 millones. En términos relativos 0.63 por ciento y en términos estadísticos: ¡nada!
Por otra parte, el citado censo pone en evidencia que ya terminó el proceso de transición demográfica y, por tanto, el bono demográfico que aportaban trabajadores jóvenes al mercado de trabajo estadunidense. No obstante, la pandemia ha vuelto a reactivar la emigración de jóvenes y la nación a perder población. Ambos factores evidencian desequilibrios en el mercado de trabajo que pueden ser llenados fácilmente con migrantes, siempre y cuando se les den facilidades para su trámite migratorio y se les oriente hacia zonas donde hay demanda de trabajo.
El salario mínimo en México, incluso el de la zona fronteriza de 10.70 dólares por jornal, no ofrece ninguna ventaja comparativa con Centroamérica, son prácticamente iguales. El salario mínimo de Costa Rica para migrantes nicaragüenses, por ejemplo, es de 17 dólares. Sin embargo, en nuestro país hay mejores condiciones en cuanto a salud, educación, prestaciones, infraestructura y oportunidades de progresar y mejorar que en América Central. No así para el caso de los haitianos que percibían mejores salarios en Brasil y en Chile, pero no todo es cuestión de salarios, si fuera por eso se habrían quedado en Panamá, donde el ingreso mínimo mensual es de 625 dólares.
Los flujos migratorios son cada vez más complejos en cuanto a las causas y su composición. Y las políticas migratorias se deben ajustar a las circunstancias cambiantes. La política de deportación de centroamericanos no funciona, tan es así que varios miles vienen en caravana y estuvieron esperando meses en Chiapas. Tampoco funcionó la política de confinamiento en Tapachula y la negativa del Inami a solucionar las demandas de los migrantes y los reclamos de la población mexicana afectada.
Tampoco han funcionado las propuestas tramposas que hacen los funcionarios de migración. Devolver a las mujeres embarazadas y con niños a Tapachula para hacer el trámite, es simplemente hacer el trabajo sucio, para que no lleguen a Estados Unidos, donde tienen derecho a solicitar asilo.
En este momento, ya no se trata de inmigración, donde los gobiernos pueden controlar los flujos y ponen requisitos que deben cumplirse, tampoco estamos en la fase de tránsito donde el gobierno dejaba hacer y dejaba pasar, se lavaba las manos y campeaba el tráfico y la trata; ahora entramos a una fase de migración en sentido propio, de un fenómeno natural imparable, donde la gente y los pueblos buscan comida, seguridad, refugio y oportunidades que no encuentran en sus lugares de origen.
Se trata de un éxodo de los pueblos más pobres de continente: Haití, Honduras, Nicaragua y Venezuela, con estados fracturados y capturados por oligarquías y clases políticas corruptas; con pueblos reprimidos que ponen en evidencia el fracaso del neoliberalismo y lo que llaman socialismo.
En este caso, sí vale una política de abrazos y no balazos. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 17)
El pasado 4 de noviembre, en las inmediaciones del municipio de Pijijiapan, Chiapas, un grupo de entre mil y mil 500 migrantes, procedentes de Centroamérica, agredieron a elementos de la Guardia Nacional que pretendían cerrarles el paso rumbo a Comitán. El resultado fue de cinco elementos federales heridos, uno de ellos conmocionado.
La serie de testimonios videograbados dan cuenta de cómo de forma feroz, bien organizada, armados con piedras y palos, lograron dispersar e incluso perseguir a los elementos de la Guardia Nacional hasta los camiones que los transportaban. Es de llamar la atención la violencia con la que los migrantes atacan bien organizados, relevándose en la primera línea y sin temor o reserva alguna persisten en sus agresiones, en tanto que los integrantes de la Guardia Nacional retroceden sin responder a la furia de los atacantes.
La primera cuestión es bajo qué condiciones legales se debiera proceder en contra de que siendo o no mexicanos, atacan físicamente a la principal autoridad de seguridad pública del país. Estas situaciones crispan la de por sí delicada situación de un proceso, que si bien es de carácter humanitario, con las excesivas manifestaciones de violencia ejercida y documentada contra las autoridades de México, muy poco ayudan al proceso.
Es evidente, y hay plena constancia de ello, que la difusión en los medios digitales y convencionales de comunicación internacionales lanzan una alerta muy seria a las autoridades estadounidenses, respecto de la determinación de los migrantes para pasar, a toda costa, a ese país. No hay duda que la virulencia del enfrentamiento también es una señal de alerta para el gobierno mexicano y las autoridades locales, desde luego para que, ojalá y no, se susciten nuevas confrontaciones. En ese sentido, la conducta y disciplina mostrada por los integrantes de la Guardia Nacional pone en evidencia la capacitación y adiestramiento para hacerle frente a estos antagonismos al Estado mexicano.
El avance por el territorio nacional de esta nueva caravana de migrantes, que apenas comienza, puede a la vez ser un punto de partida para poner en práctica diversas medidas de organización y control en el largo desplazamiento. Las migraciones, por cualquier motivo, forman parte de la naturaleza humana. Desde la que procede de África y que se dispersó por todo el planeta. Aquí la cuestión es que la violencia de quienes solicitan –y con razón– trato digno y humanitario. Pero no es menos cierto que de parte de los migrantes se deben cumplir las leyes del país huésped, en este caso México, para así estar en condiciones de entendimiento.
Lo visto y sucedido el pasado jueves en Chiapas, desafortunadamente, va en sentido contrario. Son escenas sin precedentes. Se trata de una severa llamada de atención a propósito de la consistencia y disposición al menos de esta caravana de migrantes, para alcanzar nuestra frontera con Estados Unidos a toda costa. (Javier Oliva Posada, El Sol de México, Análisis, p. 16)
El presidente López Obrador ha dejado claro que lo suyo es la política interna, la operación cotidiana para impulsar su idea de “transformar a México”. No hay otro caso en el mundo en que el jefe de Estado aparezca diario a hablar de todo tipo de asuntos, algunos propios de su responsabilidad y otros nimios, anecdóticos, superficiales, que no abonan a lo que él proclama como su convencimiento de respetar la “investidura presidencial”. Muy raras veces habla de su política exterior.
Lo anterior es obvio, sólo viajó a Estados Unidos, a un encuentro inevitable, con Trump, de triste memoria; el comentado desencuentro con Pedro Sánchez, presidente de España, y el viaje a la frontera con Guatemala para reunirse con su homólogo. Ha recibido en Palacio Nacional a varios mandatarios y líderes políticos, destacando Kamala Harris y el poderoso secretario de Estado Antony Blinken. Anfitrión pasivo en el encuentro de la Celac, donde cedió a su canciller Marcelo Ebrard el liderazgo para coordinar a los presidentes y primeros ministros, fuera de los protocolos oficiales.
En los próximos días viajará a Nueva York a presidir una sesión del Consejo de Seguridad (puesto rotativo que ahora le corresponde a México) donde adelantó que hará una denuncia sobre la corrupción como uno de los retos principales que enfrenta la humanidad.
El cambio climático es hoy un reto de sobrevivencia para la especie humana. El secretario general de las Naciones Unidas, el portugués António Guterres, lo expresó con claridad y dramatismo: “Estamos cavando nuestra propia tumba… nuestra adicción a los combustibles fósiles está empujando a la humanidad hacia un abismo, tenemos por delante una difícil decisión: o acabamos con ella o acaba con nosotros”. Más claro, ni el agua.
Por su lado, la joven activista sueca Greta Thunberg, encabezó una marcha con más de 25 mil participantes, denunciando que la reunión fue un fracaso: “Es obvio que no resolveremos esta crisis con el mismo blablablá; necesitamos hacer recortes drásticos de emisiones nunca antes vistos”.
Según la Organización Internacional de las Migraciones, “los migrantes, por motivos ambientales, son personas o grupos de personas que por un cambio repentino o progresivo en el medio ambiente, se ven obligados a abandonar su lugar habitual de residencia, ya sea de manera temporal o permanente, desplazándose dentro de su país o hacia el extranjero”.
Esta organización estima que en el año 2020 alrededor de siete millones de personas de 104 países emigraron fuera de su territorio como resultado de desastres naturales. Los cinco países más afectados son Afganistán, India, Pakistán, Etiopía y Sudán. A ello se suman desplazamientos domésticos como son los casos en China, con 5 millones; India, 3 millones, y en el mismo Estados Unidos, 1.2 millones de personas (!).
La gravedad del cambio climático fue el tema de la reciente reunión celebrada en Glasgow, Escocia, a la que asistieron 105 jefes de Estado. Miles de delegados oficiales y organizaciones ambientales compartieron sus preocupaciones, experiencias y sugerencias sobre posibles caminos a seguir.
López Obrador no asistió y una vez más delegó su representación en el secretario de Relaciones Exteriores. Otra oportunidad perdida para que el Presidente pudiera escuchar lo que se piensa hoy en el mundo sobre este tema, conversar con otros líderes y entender que México no puede abstraerse de adoptar políticas públicas emergentes para cooperar en este esfuerzo inédito. ¿Qué razones tendrá para no aprovechar este foro? ¿Entenderá que el riesgo de una crisis sin precedente es real?
En este espacio he sostenido que en el mundo de hoy, los asuntos públicos tienen un carácter “interméstico”, concepto que reconoce la fusión de lo internacional con lo doméstico. Se ha construido una especie de fiscalidad trasnacional, donde lo que sucede en cualquier país es difundido en unos cuantos segundos o en el mismo momento en que tiene lugar. Gobiernos, políticos y funcionarios son responsabilizados de sus actos u omisiones como nunca antes. ¿Seguiremos negando lo obvio? (Gustavo Mohar, Excélsior, Nacional, p. 14)
Viaje relámpago
De pisa y corre será el viaje que realizará el presidente López Obrador a Nueva York, para hablar ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el próximo martes. Además de emitir su discurso, se reunirá con el secretario general del organismo, Antonio Guterres, y está en veremos un encuentro con migrantes, que revisa el embajador Juan Ramón de la Fuente. (Sacapuntas, El Heraldo de México, p. 2)