Opinión Migración 151121

Tu Opinión Reforma

Retenes incómodos

Recientemente he viajado a Reynosa en dos ocasiones por la Autopista. A unos 40 kilómetros de llegar a la ciudad se instala un retén militar que es verdaderamente incómodo, ya que la fila que se hace es como de dos kilómetros. Más adelante hay un operativo del Instituto Nacional de Migración y de regreso siempre te encuentras otro.

Total, es una pérdida de tiempo por la obsolescencia de las autoridades. (Ismael Herrera / Guadalupe, NL, Reforma, Nacional, p. 4)

Templo Mayor

INTERESANTE pinta para ponerse la gira que inician hoy en Washington un grupo de senadores en el que destacan la priista Claudia Ruiz Massieu, el perredista Miguel Ángel Mancera y el morenista Eduardo Ramírez Aguilar.

ENTRE otras actividades se reunirán con el poderoso presidente del Comité Judicial del Senado de EU, el demócrata Dick Durbin una de las voces más influyentes en temas migratorios y opositor al programa “Quédate en México”, tema que ha sido una papa caliente en la relación bilateral. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 8)

Migración, necesaria visión continental

La Novena Cumbre de Líderes de América del Norte, el próximo jueves 18 de noviembre en Washington, debe ser mucho más que una reunión protocolaria: de ahí tienen que emanar acuerdos concretos para atender y construir las bases para una solución de fondo al problema migratorio, en los linderos, si no es que ya está constituida en una franca crisis humanitaria.

Las escenas desgarradoras de familias enteras de migrantes, flujos incesantes de sur a norte, desde los países hermanos de Centroamérica y recientemente también desde el Caribe, sin exentar a núcleos crecientes de mexicanos, son un llamado contundente a la inmediata toma de decisiones, enmarcadas en políticas públicas concretas, para ir más allá de la simple contención física de un fenómeno con causas sociales profundas e históricas.

En la agenda prioritaria del encuentro entre los presidentes Andrés Manuel López Obrador, de México, Joe Biden, de Estados Unidos, y el primer ministro Justin Trudeau, de Canadá, figuran, además del tema migratorio, en el marco de una cooperación para el desarrollo, el Covid-19 y la seguridad sanitaria de América del Norte, así como la competitividad, en busca de condiciones para un crecimiento equitativo y exitoso.

Es la primera vez en cinco años que se reúnen los jefes de Estado de los tres países que integran el T-MEC, antes TLCAN, uno de los mayores mercados de libre comercio del mundo, pero al mismo tiempo el que mayores asimetrías presenta en los indicadores socioeconómicos de sus integrantes, lo que hace más apremiante definir nuevos términos para un libre tránsito de las personas, o cuando menos un programa de regularización y respeto a los derechos humanos, y no sólo un libre intercambio de mercancías, limitado a atender las necesidades de un capitalismo globalizado.

No olvidemos que, para empezar, está pendiente concretar un programa anunciado por el actual gobierno de Estados Unidos a fin de regularizar la estancia de más de 10 millones de inmigrantes, la mayoría mexicanos y centroamericanos, ya con años de estar contribuyendo a la creación y sostenimiento, con su trabajo, consumo e impuestos, de la mayor economía mundial.

Los tres temas contemplados en la agenda de la reunión de esta semana son álgidos y sensibles (salud, economía y migración), por lo que demandan de la mayor atención de los tres gobiernos, pero en la actual coyuntura, luego de la necesidad de universalizar el acceso a las vacunas, el acento debe estar puesto en la implementación de medidas de Estado y de incentivos al desarrollo continental para atemperar y regular los flujos migratorios.

La migración, lejos de disminuir, ha crecido conforme se ha consolidado el mercado de América del Norte, sobre todo en los tiempos de la pandemia sanitaria, y ahora con el ligero repunte de la economía global.

Las cifras son elocuentes y no requieren de interpretación. Estados Unidos arrestó entre octubre de 2020 y septiembre de este año a más de 1.7 millones de indocumentados que cruzaron la frontera con México, una cifra no vista en las últimas décadas, según registros oficiales de fines de octubre difundidos por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés).

Alrededor de 57 por ciento de las familias provenían de Guatemala, Honduras y El Salvador, región conocida como el Triángulo Norte de Centroamérica, pero también casi 600 mil de esas personas provenían de México, cientos de miles más de Haití y de otros países del Caribe.

Hecha la estimación desde enero pasado, la CBP calcula en cerca de un millón 800 mil el total de detenciones en la frontera al cierre del año fiscal 2021, lo que supera el registro de 1986, cuando 1.69 millones de personas fueron arrestadas en la frontera.

Es importante destacar que en este periodo se registraron más de un millón de expulsiones bajo el Título 42, una figura jurídica ostensiblemente discriminatoria y arbitraria legada por la anterior administración estadunidense, pues permite deportar de manera inmediata a los indocumentados con el pretexto de la propagación del Covid-19, como si los migrantes fueran un núcleo demográfico especialmente portador del virus.

Otro dato sensible es que durante el presente año ya se registró un récord de 145 mil niños migrantes detenidos y no acompañados, es decir, a la intemperie y sin ninguna protección para un tránsito de por sí complicado y azaroso. La mayoría de estos niños provienen de Centroamérica.

Por lo anterior, no sólo se necesita una visión regional sobre la migración, como expresó en un comunicado del 10 de noviembre el gobierno de Estados Unidos, se requiere de mucho más: una visión continental para atacar el fenómeno en la raíz y no únicamente en las consecuencias.

El próximo año México será el anfitrión de la Décima Cumbre de Líderes de América del Norte. Para ese encuentro deben estar ya en marcha, y no sólo proyectadas, políticas públicas concretas para desincentivar la migración del sur al norte. La generación de oportunidades de desarrollo, empleo y calidad de vida en los países hoy expulsores de la población migrante, con una visión continental, es la única vía para transitar de las medidas inmediatistas de contención a las soluciones integrales de fondo. (José Murat, La Jornada, Política, p. 18)

Quebradero/La Casa Blanca, una oportunidad

El encuentro en Washington es ciertamente importante. Son reuniones que bajo la complejidad regional y la situación interna de EU, Canadá y México permiten el intercambio de visiones y perspectivas en el cara a cara para evaluar el estado de las cosas.

Al Presidente da la impresión de que no le gusta que lo saquen de los espacios que domina. Cuando el tabasqueño pudiera perder el control de las reuniones en que participa trata de evitarlas. Se presume que a eso se debió su decisión de presentarse en el Consejo de Seguridad de la ONU y no en la Asamblea del organismo; como fuere, al final al Presidente no le fue del todo bien si nos atenemos a las opiniones de las delegaciones de Rusia y China.

Independientemente de estas consideraciones, la reunión de esta semana puede ser particularmente importante. Habrá que conocer los motivos por los cuales con cierta premura convocó el presidente  Biden al encuentro, qué es lo que está viendo y qué quiere.

La pandemia será sin duda uno de los temas. La apertura de la frontera ha cambiado las cosas y la zona ha tomado un respiro en particular por las fechas de fin de año; sin embargo, las amenazas del Covid no paran, en Europa hay claros indicios de lo que se nos puede venir.

Si no nos preparamos vamos a enfrentar serias consecuencias, se tienen que ir tomando medidas en lo inmediato de prevención, volver a cerrar las fronteras va a terminar por provocar problemas de enorme envergadura, lo cual acorde a nuestra economía vamos a ir mano en cuanto a repercusiones entre los tres países.

Sigue siendo un enigma el porqué el Presidente mexicano no usa por lo regular el cubrebocas como lo hizo en NY y de seguro tendrá que hacer lo mismo en Washington. El mal ejemplo cunde, es cuestión de recordar las desconcertantes y ligeras declaraciones de la gobernadora de Campeche.

A pesar de que al Presidente no le guste viajar al extranjero, deberá reconocer que el encuentro en Washington es una gran oportunidad para poner en la mesa, con la autoridad legítima que tiene, una serie de asuntos, los cuales para el país son de enorme relevancia.

Nunca dejará de ser prioritario el tema de las armas. Para EU es un asunto que concita una gran controversia. En tiempos en que Biden está a la baja no hay manera de que lo coloque en la agenda nacional, si de suyo es un tema de focos rojos bajo las actuales circunstancias en que está Biden no hay manera de ponerlo en la mesa para debatirlo y eventualmente tomar una decisión interna; la demanda que presentó el Gobierno de México sobre el tema en EU es un punto de partida.

Cerremos con un asunto ante el cual el gobierno mexicano ha tenido una actitud sólo reactiva. La migración se ha convertido en un problema de seguridad nacional. EU nos ha depositado un asunto que es regional. Nuestra frontera sur es el nuevo muro que impide a los migrantes llegar a la otrora “tierra prometida”.

Además, en muchos casos se han violado los derechos humanos de los migrantes. No han cambiado las cosas, a pesar de las innumerables promesas de campaña de Biden. Su voluntad ha sido sometida por la terca realidad en medio de la gran cantidad de problemas en que su gobierno está metido.

López Obrador está obligado a poner el tema en la agenda. Lo que está pasando con las caravanas migrantes debe obligar a que los gobiernos se responsabilicen. El Presidente no puede, por un lado, decir que admira a los migrantes, pero, por otro, manejar la migración como lo está haciendo.

No le gusta viajar al extranjero, pero este viaje es,  al mismo tiempo, una obligación y sobre todo una oportunidad.

RESQUICIOS

Acapulco no la ha pasado bien. La inseguridad, temblores y gobernantes han llevado al puerto a cotidianos apuros. A pesar de que en los últimos días se han presentado hechos de violencia brutales, las y los acapulqueños se acomodan buscando salir de la crisis. Por obvio que sea, Acapulco es su gente y ellas y ellos son quienes dan la cara. (Javier Solórzano Zinser, La Razón, LADOS, p. 2)

El espejo/Volver a escapar de México a Estados Unidos

Durante las dos últimas décadas creímos que el gran ciclo de migración de mexicanos hacia Estados Unidos había concluido y que, después de que millones de nuestros connacionales cruzaron la frontera sin papeles en los años ochenta y noventa, el papel de México ya no era el de un país expulsor de migrantes, sino de tránsito de millones de personas de otras nacionalidades que buscaban cumplir el sueño americano. Hoy sabemos que esto no es así, pues los mexicanos están escapando masivamente, una vez más, de México.

El primer movimiento masivo de mexicanos comenzó en los años cuarenta. Bajo el Programa Bracero, 4.58 millones de mexicanos fueron contratados durante 22 años para cruzar legalmente la frontera, a una tasa de alrededor de 209 mil trabajadores por año. Junto con este movimiento, miles de mexicanos que no formaban parte del programa también cruzaron la frontera para trabajar al norte del Río Bravo, sin importar que no tuvieran papeles. Sin embargo, fueron relativamente pocos los que se quedaron en Estados Unidos, pues entre 1940 y 1970, migraron 814,337 mexicanos, algo así como 27 mil por año. El crecimiento de la economía mexicana en esa época como producto del desarrollo estabilizador y el modelo de sustitución de importaciones hizo que la migración mexicana se mantuviera relativamente controlada.

Fue hasta que ese modelo llegó a sus límites y entró en crisis, durante los años ochenta y noventa, que comenzó el verdadero movimiento masivo de migrantes. Entre 1980 y 1990, la población mexicana que residía en Estados Unidos aumentó en 1.7 millones, o alrededor de 170 mil cada año, y con el colapso de la economía mexicana, no hizo más que agravarse. Para el año 2000, ya había 8.6 millones de personas nacidas en México que vivían en EU, a las que se sumaban 12.2 millones de personas que también eran mexicanas, pero que ya habían nacido al otro lado de la frontera.

A partir de ese momento, los cruces de migrantes mexicanos comenzaron a caer. Mientras que en el año 2000 las autoridades migratorias estadounidenses detuvieron a 1.64 millones de personas, de las cuales 1.61 millones eran mexicanos —es decir, 98% del total—, para el año 2018 esas cantidades y proporciones habían cambiado totalmente: de los 521 mil migrantes detenidos, 222 mil eran mexicanos —42% del total—. Eso es lo que nos llevó a creer que el ciclo de la migración masiva mexicana había concluido.

Sin embargo, esto ha comenzado a cambiar. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos ha reportado un incremento de mexicanos sin papeles intentando cruzar que no había sido visto en 20 años. En lo que va de 2021, 655,594 mexicanos han sido detenidos, casi 3 veces más de lo que se había visto en los últimos años. Los pésimos resultados para enfrentar el coronavirus, la crisis económica y la violencia desatada, junto con un incremento de la demanda de trabajadores en EU, han vuelto a orillar a los mexicanos a abandonar su tierra. Una vez más, escapar de México va a ser la única alternativa para millones de personas. (Leonardo Núñez González, La Razón, Mundo, p. 20)

Apuntes para AMLO en Washington

El jueves próximo, el presidente López Obrador se reunirá con Joe Biden y Justin Trudeau en la primera reunión trilateral de ese calibre en un lustro. Es una oportunidad inmejorable para revertir de manera definitiva una de las costumbres más peculiares e injustificables del presidente de México: evitar presentarse en foros internacionales. Hizo bien López Obrador en ir a Naciones Unidas y hace aún mejor en participar personalmente en la reunión con Biden y Trudeau. Hay muchas cosas que discutir.

Durante su viaje a Nueva York, el presidente adelantó que piensa aprovechar la oportunidad para plantearle a Biden que proteja debidamente a los migrantes, además de subrayar la necesidad de impulsar la regularización migratoria de los once millones de indocumentados en Estados Unidos.

 Lo primero es curioso. Hace tiempo que México perdió toda legitimidad moral para exigir buen trato a la comunidad migrante. No es casualidad que, después de la declaración, el director de Human Rights Watch para América, José Miguel Vivanco, le sugiriera a López Obrador atender su propio consejo. Antes que reclamar decencia y humanidad a Estados Unidos, el presidente debería asegurarse de que la autoridad mexicana respete a los migrantes, que sufren lo indecible en el sur de México y peor en el norte.

Lo segundo, sin embargo, es interesante. Desde hace décadas, los presidentes de México evitan manifestarse con claridad sobre el destino de los indocumentados en Estados Unidos o la necesidad de una reforma migratoria. Es una triste tradición que se escuda en la no intervención: le corresponde a cada país establecer su política migratoria y a otra cosa. Aunque esto es estrictamente cierto, la situación de la comunidad inmigrante en Estados Unidos (especialmente la mexicana) es tan singular que requiere de un papel más firme desde el gobierno de México. Nada hay de malo en que el presidente de México plantee, de manera respetuosa y clara, los argumentos por los que una reforma migratoria –o alguna solución similar– sería benéfica. Que López Obrador quiera subirse formalmente a ese debate en Estados Unidos es una buena noticia.

Pero hay cosas que el presidente debe tomar en cuenta.

Mal haría López Obrador en asignar la mayor parte de la responsabilidad a Biden y el partido demócrata. Aunque Biden prometió una reforma migratoria en campaña (como todos los candidatos demócratas en las últimas décadas), lo cierto es que su partido no tiene los votos en el Congreso para aprobar un proyecto de verdad ambicioso. Cualquier reforma de ley de ese calibre requeriría sesenta votos en el Senado, diez más de los que tiene el partido de Biden. Incluso si todos los demócratas votaran por el proyecto de reforma de Biden, que existe y es ambicioso, aun así se necesitaría el respaldo de diez republicanos, misión imposible. Los demócratas han tratado de darle la vuelta a ese obstáculo vinculando medidas de alivio migratorio a la negociación del presupuesto pero la “parlamentaria” Elizabeth MacDonough, quien establece los procedimientos del Senado, les prohibió hacerlo.

Esto no exime de responsabilidad a Biden y a los demócratas, pero es importante que el presidente López Obrador sepa a quién debe persuadir.

Y la respuesta no es el partido demócrata. Si de verdad quiere defender un proyecto de reforma migratoria en su viaje a Washington, el presidente López Obrador debería enfocar su fuerza retórica y legitimidad en el partido republicano, que no solo se ha opuesto por sistema a cualquier regularización de la comunidad indocumentada, sino que ha respaldado las políticas más anti-inmigrantes de Donald Trump —y de otros antes. Sería histórico si el presidente de México aprovecha su popularidad para hablar fuerte y claro con el liderazgo republicano en el Senado y la Cámara de Representantes. Son ellos los que realmente han bloqueado el alivio para los inmigrantes. Quizá López Obrador los convence… (León Krauze, El Universal, Nación, p. A9)

American curios/SOS otra vez

“Nunca antes ha sido tan impredecible nuestro futuro, nunca hemos dependido tanto de fuerzas políticas que no pueden ser confiadas en seguir las reglas del sentido común y el autointerés; fuerzas que parecen pura locura”. Hannah Arendt (citada por su discípula Samantha Rose Hill, como comentario sobre los tiempos que vivimos en Estados Unidos).

Cada vez es más difícil explicar que el país que se proclama como el faro democrático del mundo (el mismo cuyo gobierno suele juzgar casi todos los días a otros pueblos por sus supuestas fallas democráticas, y al mismo tiempo rehusa aceptar su pasado histórico de intervenciones e invasiones antidemocráticas por todo el mundo) ahora está dispuesto a poner en jaque a su propia versión de democracia. El proyecto neofascista que llegó al poder con Trump no ha sido derrotado.

Eso a pesar de que el ex presidente y su gente están bajo investigación por promover nada menos que una intentona de golpe de Estado, algo sin precedente en este país. Pero lo ocurrido el 6 de enero con el asalto al Capitolio instigado por Trump no acabó ahí, sino que esa insurrección, en parte armada, continúa hoy día. De hecho, varios de los autores intelectuales de ese asalto están rehusando cooperar con la investigación oficial del Congreso sobre lo ocurrido ese día. El 12 de noviembre, uno de ellos, Steve Bannon, fue acusado formalmente de desacato a la orden de comparecer ante el Congreso, pero todo indica que usará eso para sus fines políticos.

Día tras día Trump y sus aliados no han dejado de proclamar que la elección presidencial fue robada (algo que la mayoría de los republicanos opinan) y el ex presidente convoca a todo patriota real a sumarse a su movimiento para salvar a Estados Unidos de Biden y de la izquierda radical.

En mítines y reuniones hay cada vez más amenazas de violencia –algo nutrido durante cuatro años por Trump– contra demócratas, inmigrantes, minorías y todo opositor. Se habla de resistencia armada a la tiranía de las autoridades que se atreven a ordenar el uso de cubrebocas y promueven vacunas. Hay amenazas de muerte contra integrantes de juntas escolares y han duplicado las amenazas de violencia contra legisladores federales progresistas. Algunos asesores de seguridad ahora recomiendan a legisladores no realizar actos públicos. Por otro lado, un segmento significativo de republicanos consideran que podría ser necesaria una guerra civil; casi tres de cada 10 de los que creen que la elección fue robada opinan que la violencia podría ser justificada para salvar a nuestro país.

O sea, para Trump y sus seguidores el 6 de enero no marcó el fin de la presidencia de su líder, sino el comienzo de una reconquista –casi a cualquier costo– del poder en este país.

Hay una ofensiva para, efectivamente, minar el derecho al voto de las minorías, legislaturas estatales bajo control republicano están redibujando distritos electorales para garantizar sus mayorías, y hay esfuerzos encabezados por republicanos para prohibir ciertos conceptos y libros –sobre raza, identidad sexual, historia y más– en las escuelas públicas en estados como Texas (donde un legislador ya elaboró una lista de 850 libros) y Wisconsin.

Otros, como el ex asesor de seguridad nacional de Trump, general Michael Flynn, están abogando por tener una sola religión en Estados Unidos (la cristiana).

Mucho de esto brota de los escombros de 40 años del modelo neoliberal estadunidense, y los políticos derechistas han sido muy hábiles en generar divisiones entre los más afectados a través de viejas maniobras racistas, xenofóbicas y antimigrantes y, con ello, una vez más, los jodidos perciben como sus enemigos a los aún más jodidos.

El futuro de esta democracia ahora depende cada vez más de las fuerzas democratizadoras de este país –los defensores de los derechos civiles y sociales, sobre todo los jóvenes y los migrantes que han sido las vanguardias de las luchas por la justicia a lo largo de la historia de Estados Unidos– y sus aliados en el mundo.

Marc Ribot & Tom Waits. Bella Ciao. https://www.youtube.com/watch?v=n_pWpW4JlrM&list=PLJ7QPuvv 91JtXvNGLwJdQMIUqHlEn-gV7  (David Brooks, La Jornada, Mundo, p. 27)

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(Staff, Reforma, Opinión, p. 8)