Opinión Migración 100122

Presas del narco

El destino de un migrante es incierto por las situaciones que deben enfrentar. Salen de sus lugares de origen huyendo de la violencia para ser presa de autoridades corruptas de otras naciones, de la violencia de agentes fronterizos, de la burocracia de oficinas migratorias, del clima extremo, de la discriminación y, por si faltara algo, también son blanco de grupos criminales.

Quienes llegan a la frontera norte mexicana —el último tramo en su ruta a Estados Unidos— lo hacen prácticamente sin dinero, pero decididos a dar el estirón final para cumplir su meta. Valiéndose de esa necesidad, traficantes de droga ofrecen apoyarlos de manera “gratuita” a cambio de trasladar mochilas con hasta 30 kilos de sustancias prohibidas.

En este punto, el panorama que los migrantes tienen enfrente es probablemente el más peligroso de los miles de kilómetros que han dejado atrás. El ingreso a territorio estadounidense se da a través de una zona desértica en la que los riesgos son las temperaturas de 50 grados, la falta de agua y las mordeduras de serpientes venenosas.

Con el fin de “ayudarlos”, las bandas delictivas les proveen de uniformes para camuflajearse en el desierto y tratar de pasar desapercibidos ante la Patrulla Fronteriza estadounidense.

Organizaciones de apoyo a migrantes intentan convencerlos de que desistan por medio de volantes y de advertencias directas de que es “difícil” y de que “no hay suficiente agua” en el camino para resistir. Distribuyen mapas de la zona llenos de puntos rojos con los sitios en donde han encontrado cuerpos sin vida en los últimos años. Los reportes de esas asociaciones son de casi 4 mil muertes en esa zona en dos décadas.

Mientras muchos perderán la vida en el largo trayecto, todavía no hay frutos de las promesas surgidas de gobiernos de la región (Estados Unidos, México y Centroamérica) para contener los éxodos masivos con inversión, trabajo y apoyos en las zonas expulsoras de migrantes. Cuanto más tarden en concretarse, más se acumularán las malas noticias en las que los migrantes son protagonistas y los grupos criminales extorsionándolos y usándolos para su beneficio, sin que alguien haga algo para impedirlo. (Editorial, El Universal, Opinión, p. A20)

Las barbas del vecino

Por lo menos en dos ocasiones recientes la historia nos ha dado la oportunidad de ver por adelantado las consecuencias funestas de no actuar a tiempo y con decisión informada. Casi con 10 años de ventaja, pudimos observar en Colombia las consecuencias de la generalización de la violencia que trajeron el crecimiento del crimen organizado y la decisión de gobiernos de seguir las directivas del gobierno estadunidense en materia de drogas. Sucedía en los 80 y en México se observaba con congoja la tragedia de los vecinos entrañables, pero con la seguridad de que en nuestro país nunca pasaría. “¿La colombianización de México? Eso es imposible”, se decía con complacencia. De poco sirvieron esos años de ventaja en los que se pudo estudiar el modus operandi de los narcotraficantes, su evolución hacia una amplia gama de delitos: secuestro, extorsión, tráfico de armas; sus incursiones en la política, la cadena de asesinatos de candidatos presidenciales y demás. Como si pudiéramos ver el futuro en una bola de cristal, fuimos testigos del fracaso absoluto de la política de erradicación de cultivos a través de sustancias químicas impulsada por la DEA. Y del fracaso del prohibicionismo antidrogas. Hoy, les podemos dar clases a los colombianos de cómo hacer todo mal y padecer la metástasis del crimen organizado en más y más microrregiones del país.

La segunda (triste) oportunidad que tenemos es observar el continuo deterioro de la democracia en Estados Unidos. Desde la toma del populismo de derecha del Partido Republicano hacia la mitad de los años 90, el fortalecimiento del Tea Party, la radicalización de presentadores de TV en medios que abiertamente cuestionan el sistema democrático, la multiplicación de asesinatos en escuelas y lugares públicos facilitada por la venta indiscriminada de armas de alto calibre, el fortalecimiento del racismo y del odio a migrantes en forma militante hasta cuajar todo esto en la candidatura y triunfo de Donald Trump.

Este pasado 6 de enero, en el primer aniversario del intento de toma del Capitolio por una turba insurreccionista, la atención estuvo centrada en el discurso del presidente Joe Biden, quien correctamente insistió en la responsabilidad del expresidente Trump. Sin embargo, me pareció más relevante el pronunciado el día anterior por el procurador general, Merrick Garland, responsable de la investigación sobre los hechos del 6 de enero. Después de informar de los avances en la investigación, Garland aludió a la multiplicación de hechos de violencia “que permean tantas partes de la vida de la nación que amenazan con normalizarse… y que son profundamente peligrosos para la democracia”. El Departamento de Justicia observa un aumento de la violencia en todos los niveles de la sociedad y que se dirige especialmente hacia personas que tienen amplia interacción con el público: “funcionarios y trabajadores electorales, tripulaciones de aviones, personal de escuelas, legisladores, periodistas, policías, funcionarios municipales, jueces, agentes del ministerio público… personas fundamentales para la seguridad de nuestras comunidades, de nuestros viajes, de nuestras elecciones”.

En el país que se fundó con el propósito de ser “un faro de esperanza y libertad” para el mundo, una parte amplia de su sociedad rechaza la democracia o al menos los fundamentos de ésta, como el respeto al voto y la existencia legítima de partidos, candidatos y corrientes de ciudadanos que piensan diferente a estos grupos radicales. Esos ciudadanos justifican la violencia del 6 de enero y creen que en las elecciones presidenciales de 2020 hubo fraude electoral y que ganó Trump.

¿Cómo se llegó a esto? Hay muchas causas. Desde conflictos no resueltos desde la Guerra Civil hasta los efectos negativos de la globalización en amplios grupos sociales. Pero, sin duda, uno de los factores más relevantes es la adopción por parte del liderazgo republicano, ahora casi completamente tomado por Trump, del abecé de la propaganda populista y el cultivo de un electorado manipulable. La verdad es la primera víctima y la mentira la gran triunfadora.

¿Estaremos viendo una versión de lo que puede suceder en México en un futuro no muy lejano? La gran lección del 6 de enero es que nada es para siempre. La democracia, como dice Timothy Snyder, es frágil y excepcional. Y en México lo es más: joven e imperfecta, sólo puede resistir y triunfar si cada uno y una de nosotros/as participamos, defendiendo instituciones como el INE, el Inai, la separación de poderes y tantas causas que nos da un gobierno inepto y que no cree en la democracia. (Cecilia Soto, Excélsior, Nacional, p. 10)

Tres breves notas críticas

Las remesas y los gobiernos

En junio del año pasado publiqué un tweet que sigue teniendo actualidad. Lo reproduzco aquí en lo fundamental, aunque con algunos cambios en su orden y en su extensión.

En términos económicos, las fuentes de las remesas son los ingresos de los trabajadores migrantes. Se trata de un resultado de la exportación de mano de obra. El dinero que los expatriados envían a sus familiares es una muestra de su sentido de responsabilidad, de su solidaridad, de su cariño. Las remesas, como dato, pueden interpretarse como evidencia de la falla de las políticas públicas del gobierno del país de origen del migrante para permitir, ya no digamos incentivar, la generación interna de empleos productivos. Por supuesto, en contraparte, los envíos son prueba de la capacidad de absorción de la economía receptora de la migración. En todo caso, es el gobierno de esta última el que podría mostrarse satisfecho.

Según las estadísticas oficiales estadounidenses, al cierre de 2021, el 17.8% de la fuerza laboral ocupada se integró por trabajadores nacidos en el extranjero, y una cuarta parte de ellos eran trabajadores mexicanos inmigrantes.

De paso, vale señalar que, en el verano del ’21, las detenciones (“encuentros”, se dice con pudor burocrático) de migrantes mexicanos en la frontera alcanzaron un pico de 200,000 personas. El dato más reciente es 173,000.

Las calificaciones, los talentos y las desigualdades

Allá por los primeros años de los sesenta del siglo pasado, siendo alumno de la Facultad de Economía, U.N.L., yo completaba mis (escasos) ingresos dando clases de geografía económica en una escuela para maestros de primaria. Restando lo que gastaba transportándome en autobuses urbanos, la verdad es que el saldo de la remuneración no llegaba a mayor cosa, pero la experiencia era muy interesante -entre otras razones, porque los alumnos eran marxistas, o creían serlo, o querían serlo-. Algún tiempo después, me inicié como profesor de finanzas públicas en la propia Facultad. Desde aquel lejano entonces al presente, con algunas discontinuidades inevitables, me he mantenido en contacto con la enseñanza.

Con esos antecedentes, me atrevo a discrepar de una opinión reciente, según la cual, a la letra: “una calificación no define el talento y sólo genera desigualdades”. La frase, creo yo, se presta a muchos equívocos. Para empezar, no hay tal cosa como “el talento”, así, en singular. Eso es evidente. Por ejemplo, no hay razón alguna para esperar que alguien que gana el Premio Nobel de Química sea también un virtuoso pianista. Además, “una calificación” (otra vez el singular) es apenas un instrumento formal, que pretende evaluar ciertos aspectos del desempeño de un estudiante específico en una clase en particular. Finalmente, en esos términos, las calificaciones de un grupo de alumnos, y la forma de su distribución, no “generan” desigualdades, simplemente ponen de manifiesto su innegable existencia. Casi sobra agregar que igualdad de oportunidades (deseable) no es lo mismo que igualdad de resultados (absurdo).

El Liberalismo y sus descontentos

He leído con aprecio (y a veces con provecho) varios libros de los escritos por Francis Fukuyama. Sabedor de ello, un amigo me sugirió uno más, cuya publicación está programada para mayo de este año: Liberalism and its Discontents. Supongo que se trata de una defensa del sistema. Por lo pronto, el título no es nada original.

Aun reconociendo la estatura intelectual de Fukuyama, dudo anticipadamente que los planteamientos de su obra puedan competir con los sólidos argumentos económicos y políticos de las luminarias del Liberalismo: Hume, Smith, Bentham, Ricardo, Menger, Mises, Hayek, Friedman, Buchanan…

Al respecto, en años recientes, me parecen muy recomendables dos textos sobresalientes, cargados de datos convincentes: 1) Why Capitalism?, de Allan H. Meltzer (2012); y, 2) Why Liberalism Works, de D.N. McCloskey (2019). (Everardo Elizondo, Reforma, Negocios, p.5)

Mitos y mentadas / Bienvenidos a México

WASHINGTON, DC. Acabamos muy bien el año y empezamos todavía mejor el 2022. Bienvenidos a México. En las últimas se[1]manas he escuchado de personas viajando desde distintos países y por varios puertos de entrada al país, quejándose sobre cambios en las políticas migratorias mexicanas para extranjeros. Son bien conocidas las quejas de parte de los sudamericanos, en particular con turistas y viajeros colombianos que tienen que pasar por el famoso “cuarto” de revisión y que a menudo terminan en de[1]portaciones, por algunos consideradas ilegales. Estas anécdotas están creciendo lentamente y en forma sostenida. En mi último viaje a Colombia en noviembre, una persona en un alto cargo en la administración pública colombiana que viajaba con su hijo de meses de nacido, por turismo y con suficientes recursos, me contó muy molesta que estuvo detenida en el aeropuerto de la Ciudad de México por casi 15 horas. Y qué decirle sobre esto: ¿Chequeos de rutina?

De estas penosas anécdotas ya no solo se escuchan de parte de sudamericanos. Ahora también las escucho aquí en Washington, DC. Por años, al igual que en Estados Unidos, el período de permiso para permanecer en el país como turista era de 180 días. Ahora en México están otorgando permisos por perío[1]dos mucho más cortos, inclusive de 10 días, muy por debajo de lo acostumbrado. Unos antiguos colegas me comentaban con mucha molestia que debieron pagar cambios en sus vuelos porque el permiso otorgado era menor a la estadía que tenían programada de tres semanas, ¿Qué tal algo así como anécdota de vacaciones?

Problemas migratorios no es nada nuevo. Es conocida por todos la dificultad para migrar a México, la impenetrable burocracia, el periplo angustioso, las filas y trámites interminables por las que tiene que pasar un extranjero para regularizar su permanencia en el país. Esto sin contar las innumerables trabas para formalizar su estadía, desde costos y requisitos adicionales para poder alquilar un inmueble, ya no digamos adquirirlo (peor si está en los famosos 50 kilómetros de las playas), crear una empresa, abrir una cuenta bancaria, obtener un permiso de trabajo o hasta para estudiar. Lo viví en carne propia. Llegando a los 10 meses de nacido a México y nunca pude sacar mi cédula profesional.

México no entiende. Muchos estudios han documentado la importancia para el crecimiento económico de un país de la migración calificada y la atracción de talento. Sin embargo, México sigue cerrando las puertas al talento del mundo, aún con ejemplos tan claros como Esta[1]dos Unidos, Canadá, Israel, Australia, Suiza, entre otros. Pero inclusive aquellos migrantes menos calificados, una actitud más proactiva y la promoción de inclusión económica y social de inmigrantes y refugiados puede generar un impulso importante y necesario en el país, particularmente en las economías de los estados fronterizos, según una publicación de #MásAperturaMenosBarreras.

Sumar a esta dificultad una actitud hostil con los turistas es un despropósito y una contra[1]dicción. Un país como México con vocación para el turismo no puede darse el lujo de tratar así a viajeros de diferentes partes del mundo. El turismo es una de las actividades más importantes para la economía mexicana, 9 de cada 100 pesos al PIB nacional y el empleo del 6% de los trabaja[1]dores remunerados. Siendo así ¿Cuál es el objetivo de formalizar ese trato con los visitantes?

Retomo las palabras de varios amigos y colegas aquí en Washington, DC: ¿Qué pasaría con los residentes legales mexicanos en Estados Unidos si recibieran el mismo trato que reciben los migrantes legales en México? ¿Qué pasaría con los turistas mexi[1]canos en Estados Unidos con un trato similar? Les dejo a su imaginación. (Jacques Rogozinski, El Financiero, Economía, p. 11)

Remesas históricas

Migrar siempre será complicado. Proceso doloroso para el que viaja y proceso doloroso para quienes permanecen. Familias partidas porque algunos de sus integrantes se han visto obligados a dejar la comunidad en la búsqueda de ofrecer un mejor nivel de vida a quienes se quedan. Considero que nadie deja su tierra si no es porque en ella no encuentra los satisfactores mínimos que requiere.

Estamos profundamente orgullosos de la gran labor que realizan nuestros paisanos lejos de sus comunidades. Además, nos manifestamos enormemente agradecidos con ellos por su generosidad y el sacrificio que realizan para enviar dinero a nuestro país.

Las remesas que envían nos benefician a todos, no sólo a sus familias directas. El dinero enviado genera gastos, ahorros e inversiones que se traducen necesariamente en consumo, producción y creación de empleos.

Aunque el primer objetivo de los envíos de dinero es la satisfacción de las necesidades alimenticias, de salud, vestido, adquisición o mejoramiento de vivienda y lo necesario para estudiar, algunos estudios revelan que los dólares enviados son fuente de capital para más de medio millón de pequeños negocios, principalmente dedicados al comercio de distintos productos básicos.

Datos del Banco de México revelan que el 2021 ha sido el año en que mayor monto de remesas ha recibido nuestro país, alcanzando la histórica cifra de 46 mil 833 millones de dólares, que convertidos a pesos son 954 mil 990 millones.

Se habla mucho del valor de las remesas que nuestros paisanos mandan permanentemente a sus familiares en nuestro país. Si las comparamos con otros montos de la economía nacional, podremos realmente dimensionar su importancia.

Por ejemplo, las remesas recibidas durante el 2021 son aproximadamente 14 veces más que el presupuesto anual del estado de Oaxaca, más de 35 veces el de Durango y casi el doble de los egresos que registrará el Instituto Mexicano del Seguro Social en el periodo 2022. De ese tamaño su valor. ¿Qué haríamos sin ellas?

El apoyo que nuestros paisanos dan a nuestra economía es fundamental y digna de reconocimiento. El objetivo de todos deberá ser, lograr las condiciones de prosperidad y bienestar necesarias para que absolutamente nadie se vea obligado a migrar y si en dado caso alguno así lo decide, el viaje sea absolutamente voluntario.

Las remesas enviadas a nuestro territorio son sólo uno de los grandes beneficios que su esfuerzo otorga; no podemos dejar de lado la productividad y los efectos que generan en la economía de las comunidades en las que trabajan. En retribución a la gran labor que realizan, resulta prioritario avanzar en distintas estrategias que les permitan una mayor certeza y seguridad al menos por parte de las instituciones mexicanas en México y en el extranjero. La creación de una procuraduría de defensa del migrante, el fortalecimiento y gratuidad de los servicios consulares, el respaldo en la repatriación y los programas de apoyo a sus comunidades de origen podrían ser una forma de agradecer activamente su labor. (David E. León Romero, La Razón, México, p. 8)