La 4T se acabó. Tuvo un rotundo fracaso, y no podía ser de otra manera. Lo que ahora está demostrando el Presidente es que debemos empezar a dudar de su sensatez y cordura. Está moralmente derrotado. Es el gobierno de cero resultados. De la corrupción. De la inseguridad y crisis económica.
Por eso tenemos que comenzar a pensar en el futuro, en lo que sigue. Planear a dónde queremos llevar al país. Tener esas conversaciones importantes.
Una de ella es el voto en el extranjero. No son sólo las remesas –el único “logro” que se achaca el presidente López Obrador– lo que puede aportar la enorme comunidad de mexicanos que vive en el exterior, sino abonar a nuestra democracia. Incluso, podrían determinar su destino en las próximas elecciones.
Según cifras del Instituto de los Mexicanos en el Exterior, en Estados Unidos viven cerca de 12 millones de connacionales habilitados para ejercer el derecho al voto y 6.3 millones de segunda generación con 18 o más años cumplidos –con padre o madre mexicana. Es decir, en 2018 residían en la Unión Americana 17.5 millones de mexicanos en edad para votar, lo cual es similar a la población de Chile, y son parte de una comunidad de más de 36 millones de personas de origen mexicano en suelo estadunidense.
No obstante ese enorme número, la Lista Nominal de Electores Residentes en el Extranjero (LNERE) en 2018, tras las actualizaciones solicitadas por medio de instancias administrativas y las resoluciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, se conformó por tan sólo 181 mil 873 ciudadanos.
De ese universo, en 2018 se contabilizaron 98 mil 470 votos para la Presidencia de la República, es decir, 54.14 por ciento de la lista nominal de mexicanos registrados en el extranjero, lo que representa una participación de más de 140% de lo observado en la elección presidencial de 2012, y de tres veces en tamaño respecto a los comicios de 2006.
A partir de los resultados oficiales publicados por el Instituto Nacional Electoral (INE), en 2018 se contabilizaron en total 56 millones 611 mil 27 votos para presidente de la República, de los cuales, 56 millones 512 mil 557 se emitieron en territorio nacional y 98 mil 470 desde el extranjero, es decir, tan sólo 0.17% de los votos fueron realizados por mexicanos que residían fuera del país.
Los cerca de 100 mil votos recibidos en ese año es una cantidad pequeña en comparación con el universo que podría ejercer su derecho al voto en México desde el exterior.
Los datos demuestran que hay un enorme nicho de oportunidad en el voto de los mexicanos en el extranjero. La estrategia que busque cualquier organización política frente a las elecciones de 2024 debe incluir a este sector, que incluso puede ser el fiel de la balanza.
Le toca al INE poner las bases para incrementar e incentivar la participación del voto de los mexicanos en el extranjero. A nosotros, la oposición, organizarnos frente a los embates antidemocráticos que todos los días se dictan desde el púlpito real. Lo que está en juego es nuestro futuro. Ni un paso hacia atrás. (Ricardo Alexander Márquez, Excélsior, Nacional, p.13)
LOS ÁNGELES.- El chofer de Uber que me llevó al restaurante iba bien fortificado. Además de la mascarilla había puesto un plástico que dividía los asientos de atrás con el del conductor. La aplicación, antes de subirme al auto, me había preguntado si llevaba cubrebocas. Un “no” me habría dejado en la calle. Con tantas precauciones, hubiera sido difícil que él o yo nos contagiáramos de Covid. Aun así, los dos desconocíamos lo más importante: yo no sabía si él se había vacunado y él no sabía si yo lo estaba. Los dos corrimos el riesgo y así me fui a cenar.
En el restaurante todos los que preparaban el sushi y el sashimi eran japoneses, y el resto del personal, con poquísimas excepciones, era latino. (Ahí, claro, se hablaba japoñol.) La regla no escrita -que la conocía perfectamente el chef Anthony Bourdain- es que sin inmigrantes no hay restaurante que aguante en Estados Unidos. Todos iban con máscaras. Y el peligro lo corrían ellos porque no sabían si los comensales nos habíamos vacunado o no.
Fue una experiencia distinta a la que tuve en San Francisco hace un mes donde, antes de entrar a cada restaurante, me pedían mi tarjeta de vacunación. Y más distinta aún a Miami, donde vivo. Ahí parece que no hay pandemia. En una cena con mi hijo en un restaurante italiano, nadie -ni los meseros- llevaban mascarilla. Pedir sal o agua era una innecesaria apuesta viral. Mejor desabrido y con sed que contagiado. Lo mismo ocurrió en una pizzería de moda en Miami Beach. Los amigos españoles con los que fui no podían creer lo que veían. Un restaurante sin un solo cubrebocas era muy 2019.
La confusión es la regla.
En Estados Unidos hay escuelas que ya no les exigen máscaras a sus estudiantes, ni siquiera en los salones de clase. Y otros donde es obligatorio incluso en el recreo al aire libre y para hacer deporte.
La gente está harta de vivir encerrada, asustada, enmascarada, con múltiples restricciones y sin un plan concreto que le ponga fin a esta tragedia. Pero la pandemia nos sigue matando y no hay más remedio que mantener medidas públicas como la vacunación, el uso de mascarillas y el distanciamiento social. No hacerlo sería como soltar a un niño de la mano cuando quiere cruzar una transitada carretera.
En algún momento, ojalá este año, lograremos un “equilibrio”, como lo dijo el doctor Anthony Fauci. “Espero que haya un momento en que ya las restricciones sean una cosa del pasado con suficiente gente vacunada y suficiente gente con protección debido a infecciones previas”. Cierto, los contagios por Ómicron van a la baja en muchos países y hay que adaptarse. Pero ese “equilibrio” del que habla el asesor presidencial todavía no llega.
A nivel mundial pasamos de 300 millones a 400 millones de contagiados en un mes. Y en Estados Unidos mueren más de 2,500 personas diarias por Covid. O sea: estamos muy lejos del fin de la pandemia.
Mientras tanto, todos dependemos de los más escépticos. Si los millones que rehúsan vacunarse lo hicieran, bajarían aún más los niveles de contagio, hospitalizaciones y muerte. No es cuento y es cuestión de salud pública. Lo dice el Centro para el Control de Enfermedades y lo sé en carne propia. A mí me dio Covid a fin de año, pero mis tres inyecciones de Moderna evitaron que terminara en un respirador en el hospital. O peor.
El Covid mata.
Ojalá fueran ciertas las mentiras que circulan en la internet. Pero he perdido la cuenta de las veces que he tenido que leer en el noticiero que alguien que se oponía a las vacunas se murió de coronavirus. Y más me duele cuando le creen a un charlatán, a alguien que no tiene ningún tipo de preparación académica o a un político ignorante que solo busca votos y poder. Más triste que morir es morir por una mentira.
Hay, lo sé, una pelea entre vacunados y no vacunados. Para los vacunados es difícil entender que alguien no quiera protegerse a sí mismo y a su familia. Para los no vacunados es, en el mejor de los casos, una cuestión de principios. Pero no se trata de puntos de vista equivalentes. La ciencia está del lado de los vacunados. La vida está del lado de los vacunados. La evidencia está del lado de los vacunados.
Lo irónico y triste es que el fin de la pandemia depende de los que menos creen que existe y a los que más mata. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Como si no existiera en México lo que establece la Constitución en materia de política exterior, como si no hubiera una experiencia de siglos en la materia, como si la Secretaría de Relaciones Exteriores no contara con múltiples reconocimientos y exitoso trabajo de embajadores y cónsules, profesionales de la política exterior que han dado a México prestigio en la materia. Y qué decir de los cancilleres mexicanos cuyas voces se han escuchado y respetado en el planeta entero. En lo general en el pasado hubo también aportaciones de cónsules y embajadores designados políticamente que aportaron también prestigio en sus encargos.
Dos elementos pesan en contra de la política exterior de México: el primero son las ausencias del presidente López Obrador de reuniones internacionales a las que asisten los primeros mandatarios de diversos países y continentes: recuérdense la reunión más reciente del G20 y la de la gran Cumbre sobre el Cambio Climático. En sentido contrario habría que recordar el reconocimiento a México y el trabajo de la canciller Patricia Espinosa, que posteriormente fue designada representante de Naciones Unidas para el Cambio Climático. Desgraciadamente hoy México avanza en sentido contrario, con múltiples decisiones entre las que destacan la producción de gasolinas con combustibles fósiles y que contribuye al cambio climático (petróleo o combustóleo, cuya desaparición avanza ya en el mundo entero), está también el rechazo a las energías limpias, y la cancelación de contratos con empresas de Estados Unidos y países europeos.
Frente a la actual situación, resulta importante recordar algunos grandes éxitos internacionales de lo que fue la política exterior de México. En primer lugar, el “Tratado de Tlatelolco” (se le nombró así por encontrarse ahí la sede de la Cancillería mexicana) para proscripción de armas nucleares en América Latina y el Caribe; fue la respuesta a la crisis de los misiles nucleares que estuvo a punto de estallar entre Rusia-Cuba y Estados Unidos en 1962. México tomó una crucial decisión encabezada por el secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda Álvarez de la Rosa, y el embajador Alfonso García Robles, que decidieron redactar un tratado para proscribir las armas nucleares en la región. Se terminó la redacción en 1964 y fue firmado en 1967; entró en vigor con la firma y el apoyo de todos los países de América Latina y el Caribe.
El Tratado de Tlatelolco (ahí se ubicaba la Secretaría de Relaciones Exteriores) unió a todos los países de la región latinoamericana y caribeña. Hoy el Tratado sigue vigente, con el mayor apoyo regional en el mundo. Otros tratados contra armas nucleares se han desarrollado en el mundo, aunque no son los suficientes para erradicar totalmente las amenazas nucleares, como consta en hechos recientes. El embajador Alfonso García Robles recibió el Premio Nobel de la Paz en 1982.
Los dramáticos acontecimientos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, siendo presidente Gustavo Díaz Ordaz, oscurecieron en lo inmediato aquel gran logro mexicano, latinoamericano y caribeño.
La proscripción de armas nucleares en América Latina y el Caribe sigue siendo el mayor logro contra las armas nucleares en el mundo. Los países firmantes mantienen su compromiso. La política exterior de México pasó a la historia.
Regresando a lo que ocurre hoy: México cuenta con un canciller, Marcelo Ebrard, con formación y experiencia. A principios del sexenio, el presidente López Obrador designó a embajadores que no pertenecían al Servicio Exterior pero que lo han hecho bien y que son: Juan Ramón de la Fuente como representante de México ante Naciones Unidas y a Juan José Bremer (con una larga trayectoria como Representante de México ante la UNESCO, ha sido embajador en la Unión Soviética, en Alemania, en Suecia, en Estados Unidos y Cuba). Otros embajadores que no pertenecen al Servicio Exterior pero que hicieron una excelente representación en otros sexenios son: Beatriz Paredes en Cuba y Brasil; Roberta Lajous en España y en Cuba. Eugenio Anguiano, que fue el primer embajador de México en China.
Posteriormente, López Obrador designó a embajadores sin experiencia alguna en Francia, Reino Unido y Turquía; en este último parece que el desastre es mayúsculo.
Las designaciones del presidente López Obrador de embajadores en el exterior llegó ya a una situación crítica, primero porque se rompió la costumbre diplomática de no anunciar la designación por parte de México hasta obtener el beneplácito del país en el que se van a desempeñar como embajadores. En Panamá se anunció como embajador de México al historiador Pedro Salmerón antes de obtener el beneplácito, la Canciller panameña anunció el rechazo dadas las acusaciones de mujeres que fueron agredidas sexualmente por Salmerón; la situación se tensó, cuando el Presidente afirmó que con el rechazo de la Canciller parecía volverse a la Santa Inquisición. Luego vino el anuncio de que se le sustituiría. El otro problema que se presentó es el de España, cuando el Presidente anunció como embajador al exgobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz, y posteriormente declaró la “Pausa en la relación de México con España”, hecho inusitado y ajeno a las relaciones diplomáticas. En ambos casos es previsible la falta de experiencia y capacidad de ambos designados: dos crisis simultáneas.
La otra crisis de política internacional para México es sobre las violaciones a derechos humanos en el caso de las caravanas migratorias, sin salida y caracterizado por la violencia. Lo que ocurre hoy es algo nunca visto en nuestra historia. De manera destacada con la acción militar para contener las migraciones.
México ha atravesado crisis distintas que tienen relación con las migraciones y siempre ha encontrado una salida. Tales son los casos de las migraciones centroamericanas hacia México, desde Nicaragua y posteriormente desde Guatemala, la recepción de miles de migrantes que pudieron permanecer por años en el territorio nacional y encontrar trabajo. Bien estaría poder analizar aquellos años y la política exterior de México en la COMAR (ayuda a refugiados) y la obtención de visas de trabajo de miles que permanecieron años en estados sureños como Chiapas. Y qué decir de la política y acción de Contadora.
Finalmente habría que revisar y recordar la recepción de miles de migrantes por el gobierno de Lázaro Cárdenas, que huían de la guerra en España en los años 30s y la recepción de migrantes que huían de las dictadoras en Chile y en Argentina, de manera destacada. Todos ellos encontraron en México la salvación, el trabajo, hogares e hicieron contribuciones importantes bajo los gobiernos mexicanos de Echeverría y de López Portillo, también ahí hay importantes lecciones de la política exterior de México.
México puede construir nuevas políticas, comenzando por la defensa de los Derechos Humanos. (Enriqueta Cabrera, El Universal, Opinión, p. 15)