Bajo Reserva
EL ‘HUB’ QUE NADIE ESPERABA BRINCÓ EN LA CONDESA
Por estos días ha sido muy recordada la oportunidad perdida de tener un “hub” aeroportuario en Texcoco, pero lo que nadie tenía considerado era el surgimiento de otro en la colonia Condesa de la Ciudad de México, no de actividad aérea sino de conexión mundial de espías. Luego de que el general estadounidense Glen VanHerck, jefe del Comando Norte, dijo en una audiencia en el Senado de aquella nación que actualmente hay más espías rusos en México que en cualquier otra parte del mundo, el diario The Washington Post se refirió a la representación de Moscú en nuestro país como un “hub” de agentes de inteligencia e hizo notar que las declaraciones del presidente López Obrador de que no somos colonia de nadie no responden al señalamiento ni a la real preocupación en el vecino del norte. Nos comentan que no es suficiente responder con frases pegadoras a las expresiones del embajador Ken Salazar sobre el tema, porque en Washington se están tomando muy en serio la amenaza que representan los “orejas” de Vladimir Putin en suelo mexicano. (El Universal, A2, p.2)
Disco duro
Reclutamiento de menores por criminales
En un espacio personal comenté lo grave que me parecía que un video que exalta la vida de los narcotraficantes y criminales fuera tendencia en redes la semana pasada, con millones de descargas, vía un grupo musical que se presenta hasta en el Foro Sol.
La entronización de la cultura criminal como algo “normal” en nuestra sociedad sólo conduce a que menores de edad y jóvenes se deslumbren con ese estilo de vida que aparenta ser de recompensas rápidas, dinero fácil, sexo, respeto social. En tales joyas de la apología de la violencia no se habla de las adicciones, la muerte, los asesinatos, la cárcel, la incertidumbre de vivir a salto de mata.
En la medida en la que la cultura del narco se cuele por nuestro sistema cultural tendremos más niños sicarios y un sencillo reclutamiento de jóvenes que aspiran a esa vida de lujos y “emociones” y que al final no serán más que piezas desechables de organizaciones delincuenciales mayores.
Por eso es importante la iniciativa presentada esta semana por dos diputadas federales, Andrea Chávez, de Morena, y Yolanda de la Torre, del PRI, ambas colaboradoras de este periódico y ambas provenientes de estados con graves problemas de inseguridad como los son Chihuahua y Durango, respectivamente, en la que plantean tipificar el delito de reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en la “Ley General de Trata de Personas”.
La diputada Andrea Chavéz, calificó esta iniciativa como prioritaria, porque además de que se atiende una recomendación realizada por la Organización de las Naciones Unidas en 2011 y 2015, la tipificación del reclutamiento como delito se suma a los esfuerzos que realiza el Gobierno de México para prevenir la vinculación de las y los menores a actividades delincuenciales.
La diputada de Morena describió como histórico este momento pues “representa el primero de una serie de pasos que daremos hacia una estrategia de prevención de la violencia que sufren niñas, niños y adolescentes”, por lo que resaltó la importancia de las y los servidores públicos federales que han acompañado está iniciativa: Félix Santana Angeles (Segob), Daniela Gómez Romo (Segob), Areli Rojas Rvera (SCPC) y Evangelina Hernández Duarte (Guardia Nacional).
La diputada Yolanda de la Torre señaló que el reclutamiento de niñas, niños y adolescentes por grupos delictivos es un tema que duele y deja heridas que difícilmente podrán sanar. Agregó que es un problema que por muchos años ha lastimado y violentado a la infancia y adolescencia de nuestro país, situación que no debe ser tolerada, por el contrario, es un tema que debe erradicarse con acciones concretas y con la coordinación y colaboración de todos los sectores de la sociedad.
Hace unos meses Saskia Niño de Rivera presentó su libro “Un sicario en cada hijo te dio”, en el que da cuenta de los testimonios de los estragos del reclutamiento infantil, tomados de menores sobrevivientes de esos infiernos, con las vidas quebradas y con pocas posibilidades de futuro.
Ésta debería ser la base de la contra propaganda a los grupos que endiosan a criminales en series de televisión o video musicales y punto de apoyo de legislaciones más duras contra criminales que todos los días suman a sus filas a niños y jóvenes. (Alejandro Jiménez, El Sol de México, República, p.2)
Retrovisor / Los amigos de Putin y el golpe al embajador Salazar
A falta de una posición gubernamental rotunda de condena a Putin, la Cámara de Diputados se convirtió en el escenario de representación de una pichicata política exterior frente al dolor del pueblo de Ucrania.
La presencia este jueves 24 de marzo del embajador de Estados Unidos, Ken Salazar, en el Salón de Protocolos, hizo evidente la falta de un enlace que opere en sintonía con el canciller Marcelo Ebrard en el Congreso, en materia diplomática. Y no sólo para fines de 2024.
Porque el reclamo, lamento y casi amago del representante de Joe Biden en México a los diputados es el colofón de un capítulo que también dejó al descubierto esa doble moral de rechazo y miedo con la que se mueven funcionarios y legisladores de la autoproclamada Cuarta Transformación frente a Estados Unidos: emocionados con las palmaditas del expresidente Trump y, a veces, francamente antiyanquis, si así lo dicta la narrativa oficial. Aunque, claro, todos quieren renovar sus visas USA.
Ese vaivén explica el deliberado bajo perfil que ante la invasión de Rusia a Ucrania tienen el canciller Ebrard, el embajador Esteban Moctezuma y hasta el elocuente Juan Ramón de la Fuente, representante en la ONU.
Esa doble moral es causa además de que, a un mes de la intervención de Putin, los diputados han sido incapaces de tejer un pronunciamiento digno de eso que pomposamente llaman la diplomacia parlamentaria.
Si bien, la oposición le quiso tender la mano al canciller Ebrard con la solicitud de ofrecer visas humanitarias a los ucranianos, el otrora político del diálogo plural prefiere asimilarse a la retórica mañanera, carente de empatía con un pueblo invadido y obligado a huir, una actitud que permea en los legisladores del bloque gubernamental.
Por eso, cuando Salomón Chertorivski (Movimiento Ciudadano) invitó el 10 de marzo a la embajadora ucraniana, Oksana Dramaretska, a ese salón de la Cámara de Diputados, algunos morenistas se asomaron sin que ninguno se tomara la molestia de expresar un sentimiento de solidaridad. Tampoco lo hubo del Partido del Trabajo que, al siguiente día, por conducto de su coordinador Alberto Anaya, convocó a instalar el Grupo de Amistad México-Rusia.
Las protestas de MC lograron postergar el disparate que, sin embargo, se concretó este miércoles 23 de marzo, con casi todos los diputados del PT, unos cinco de Morena y el decano de la Cámara, el priista Augusto Gómez Villanueva.
Fue delirante escucharlos exaltar la grandeza rusa como si la barbarie en Kiev fuera una película. Y verlos aplaudir la versión del embajador Víktor Koronelli contra los supuestos nazis del país invadido y su despedida: “Hay países como China, como India, como México que a la orden del Tío Sam nunca van a contestar yes, sir”. Diplomática de carrera, la exembajadora en Estados Unidos, Martha Bárcenas, resumió en Twitter la repulsión frente a ese momento: “Las declaraciones del embajador ruso faltan a la verdad. Se requiere de cinismo para afirmar que Rusia no comenzó la guerra. Da vergüenza que los diputados mexicanos se presten a este juego”.
La ausencia de representantes del PAN, PRD, PVEM y MC en la proclamada amistad con Putin limpió un poco la vergüenza generada por una mayoría legislativa que en menos de 24 horas debió encabezar, con el diputado morenista Miguel Torruco Garza, la instalación del Grupo de Amistad México-Estados Unidos.
Con esos antecedentes, el embajador Salazar soltó este ante diputados, ahora sí de todos los partidos: “Tenemos que estar en solidaridad con Ucrania y contra Rusia. Me parece que el embajador de Rusia que estuvo aquí ayer haciendo un ruido que México y Rusia estaban tan cercanos, eso, perdón, nunca puede pasar, nunca puede pasar”.
A medio encuentro se incorporó el coordinador de Morena, Ignacio Mier, obligado a explicarle al diplomático estadunidense: “México, de ninguna manera, con ninguna expresión, ni con la instalación de comités cambia su posición en la que repudia la invasión de un país a otro”.
Pero el daño estaba hecho: la apuesta del trato comprensivo con las circunstancias mexicanas del embajador Salazar había fracasado y su invitación a seguir los pasos que Benito Juárez y Abraham Lincoln dieron unidos, quedó desplazada por la ruda declaración que a esa misma hora compartió en EU el general Glen VanHerck, jefe del Comando Norte: México es hoy la más grande base de operaciones de las agencias de espionaje ruso.
Un recado militar que conlleva una advertencia del grado de documentación que en la Casa Blanca tienen de los nexos mexicanos con Putin.
A esa señal de que allá saben que la cercanía con los rusos no acaba en una ocurrencia de legisladores que alguna vez se soñaron comunistas, ayer se sumó la alerta de la representante comercial de Estados Unidos, Katherine Tai, de que tiene serias preocupaciones con la trayectoria de deterioro de la política energética de México.
Y es que los vecinos están molestos porque más allá de las fórmulas venezolanas que aquí se intentan practicar en lo económico y político, no terminan de entender a qué le tira el gobierno de López Obrador frente a Estados Unidos y el tirano del Kremlin.
¿Alguien sí lo tiene claro? (Ivonne Melgar, Excélsior, Nacional, p.8)
México SA
Cuidado: ¡Ahí vienen los rusos! // VanHerck es Jack D. Ripper // Ken Salazar y T.J. King Kong
¡Ahí Vienen los rusos, ahí vienen los rusos! es el título de una vieja película cómica (gringa, desde luego: The Russians are Coming, The Russians are Coming!, 1966, en plena guerra fría) cuya trama sólo es una pieza adicional del inagotable cuan anodino arsenal propagandístico estadunidense en el clásico esquema blanco y negro (donde de antemano se sabe quiénes son los buenos), siempre en contra del enemigo del mundo libre. Se trata de una pieza de humorismo político estadunidense perfectamente desechable, pero es útil para entender cómo el imperio se quedó varado en la historia, siempre en la creencia de que él y solo él es el salvador de la humanidad, lo que le da todo el derecho de hacer y deshacer.
Han transcurrido 56 años desde la comercialización de ese bodrio, y en el periodo cayó el Muro de Berlín, se desmoronó la Unión Soviética, se desintegró el bloque socialista en Europa, esas naciones subyugadas por el comunismo se incorporaron al mundo libre y se borró del mapa el Pacto de Varsovia… pero la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sigue ahí para lo que se ofrezca, mientras (versión gringa) los rusos no se cansan de plantar espías por todas partes.
En 1966, año del bodrio referido, el general Glen D. VanHerck –actual cabeza visible del Comando Norte de Estados Unidos– era un niño, pero resulta obvio que, goloso, mamó de propaganda gringa como la difundida en The Russians are Coming! Y le quedó el gusto, porque ahora se le ocurre la excelente idea de hacer un remake de dicha película, con un toque oriental, porque, dice, México es la base de operaciones más grande de las agencias de espionaje ruso, sin dejar de lado que la inestabilidad generada por el narcotráfico crea condiciones que pueden ser aprovechadas por agentes de Rusia y China que afectan nuestra seguridad nacional.
¡Brillante! Un Óscar para el general que no aporta una sola prueba de sus dichos (y los integrantes del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado estadunidense, ante los que el milico compareció, tampoco se mostraron interesados en abundar en el tema), pero que de cualquier manera asegura que México está abarrotado de espías rusos y, de pasadita, chinos (también malos en el remake), ambos “en contubernio con el narco autóctono”.
Ya picado, VanHerck (quien, guardada toda proporción, bien pudo ser el general Jack D. Ripper, aderezado con el nazi Dr. Strangelove) debería hacer otra película que podría titularse Con sangre en la boca, porque si alguien tiene regados espías y agencias de inteligencia por todo el planeta es, precisamente, el gobierno de Estados Unidos, el cual, dicho sea de paso, no sólo ha utilizado al narcotráfico para financiar sus múltiples guerras (en Nicaragua, por ejemplo), sino que ha destrozado a un sinnúmero de países en nombre del mundo libre.
En esa película, el general podría incluir al embajador Ken Salazar en un papel de esposa celosa y cornuda, toda vez que el diplomático sombrerudo se siente ofendido por la reciente instalación en la Cámara de Diputados del Grupo de Amistad México-Rusia (idéntico al que 24 horas después se estableció con Estados Unidos). Pero nada le quita el sentimiento de cornudo ni lo metiche, pues ante los inquilinos de San Lázaro reclamó por la cercanía de los gobiernos mexicano y ruso, algo que, dijo, nunca puede pasar, al tiempo que exigió unidad bilateral en contra de los malos para rechazar la guerra; el futuro de nuestras naciones está aquí, no en Rusia, y por lo mismo quiso obsequiar un mapa de México fechado en 1846 y una copia del Tratado de Guadalupe-Hidalgo de 1848 para recordar por qué estamos muy orgullosos de que nuestros países se acercan cada día más y celebren nuestra relación sólida y próspera.
Por cierto, los conocedores del séptimo arte dicen tener indicios de que antes de su exitosísima carrera diplomática (sólo ha sido embajador en México), Ken Salazar trabajó en el cine, concretamente en la película Dr. Strangelove (de Stanley Kubrick, 1964), en la que obtuvo el papel del comandante T.J. King Kong (erróneamente atribuido a Slim Pickens), quien, trepado en una bomba nuclear y al estilo texano, decide explotar una bomba nuclear, en nombre, claro está, del mundo libre.
Las rebanadas del pastel
Y a todo esto, ¿qué dicen en Palacio Nacional? Parece que a veces no se entiende lo suficiente; hay que mandarles telegramas avisándoles de que México no es colonia de ningún país extranjero. Somos un país libre, independiente, soberano, y no colonia de Rusia, China o Estados Unidos. (Carlos Fernández-Vega, La Jornada, Economía, p.16)