El jueves pasado en la sesión del Congreso de la CDMX, Morena rechazó una propuesta del primer y único diputado migrante que ha tenido la capital en toda su historia para apoyar a los 28 chilangos que vivían en Ucrania y que volvieron al país como refugiados por la invasión militar de Rusia.
Mediante un punto de acuerdo, Raúl Torres, del PAN, pedía que la jefatura de gobierno de la CDMX apoyara a los chilangos a incorporarse al trabajo nacional debido a que tuvieron que evacuar de la noche a la mañana de aquella nación para salvar sus vidas por los constantes ataques.
Sin embargo, los diputados de Morena se negaron a respaldar el punto de acuerdo del diputado Torres, quien poco antes había reconocido el trabajo de la SRE al apoyar a nuestros connacionales para traerlos de regreso a nuestro país.
Ante la negativa de la mayoría, la coalición Va por México, conformada por PRI, PAN y PRD gritó al unísono el nombre de “¡Marcelo, Marcelo!”. Esto en clara referencia a Ebrard, quien había hecho parte del trabajo de rescate de los mexicanos, mientras los morenistas de la capital se negaban a apoyar a los 28 paisanos de la ciudad de México, quienes atraviesan por un momento difícil al haberlo dejado todo en Ucrania. Los de Morena reciben con los brazos abiertos y presumen las remesas que cada año envían nuestros paisanos, pero cuando se trata de apoyarlos nomás saben darles las espaldas.
Lo ocurrido en el Congreso pudo haber sido un punto a favor del gobierno de la jefa de Gobierno, pero lejos de ayudar a la titular de la administración local, por falta de tacto e insensibilidad política hicieron lo contrario, sobre todo porque durante el debate ocurrió esta vergonzosa escena.
—Soy Guadalupe Chávez (Morena), diputado presidente. Solo decir que tenemos un canciller de tremenda estatura: Marcelo Ebrard hace un extraordinario trabajo. Y me parece que el punto de acuerdo del falso mexicano— decía la diputada morenista mientras repetía lo que le decía al oído otra compañera suya, su tocaya de apellido Morales. Ahí fue interrumpida por un momento porque de nueva cuenta se coreó el nombre del canciller:
—Bueno, pero mírenlos —agregó la diputada Chávez—; están gustosos por el canciller que tenemos. ¡Muy bien, Marcelo! ¡Excelente canciller que tenemos! Qué bueno que lo reconocen. Por eso nuestro voto, pues va a ser en contra de este absurdo punto de acuerdo.
Con esos diputados que tiene la jefa de Gobierno para qué quiere enemigos. Ojalá los migrantes no olviden cómo los ven acá cuando vayan a pedirles el voto en el extranjero en las próximas elecciones.
UPPERCUT: Policías agredidos por Sandra Cuevas interponen recurso de revocación tras disculpa al argumentar que la declaración que ofreció al exterior del Reclusorio Norte no se acerca a una disculpa pública. (Alejandro Sánchez, El Heraldo de México, País, p. 5)
En una de las conferencias del presidente Andrés Manuel López Obrador después de la visita del ex presidente Luiz Inácio Lula Da Silva a México, señaló la importancia de alcanzar la integración, pero que se debía incluir a Estados Unidos, es decir, que alcanzara a todo el continente americano; el modelo a seguir sería la actual Unión Europea. Habría que recordar que uno de los objetivos de lo que iniciaría como la Comunidad Económica Europea, creada a partir del Tratado de Roma, fue buscar la unidad para fortalecerse y poder enfrentar, en la medida de lo posible y de forma autónoma, la lucha geopolítica entre Washington y la URSS, y la región se encontraba peligrosamente en medio.
Por eso una integración latinoamericana incorporando a Estados Unidos sería altamente contradictoria por la histórica injerencia de esa nación en los países de la región, cuyas repercusiones han sido muy dañinas.
Es una propuesta que seguramente extendería a escala continental las asimetrías que le recetaron a México los funcionarios de la administración de Salinas de Gortari a través del instrumento más neoliberal que fue la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) y su refuerzo el T-MEC, cuyas consecuencias las seguimos sufriendo: subordinación económica, la maquila como industria prioritaria, devastación del campo mexicano, caída del producto interno bruto (PIB) agropecuario, pérdida de la soberanía alimentaria que ha situado a México en el tercer lugar como importador de alimentos en el mundo y, finalmente, se convirtió en uno de los más importantes expulsores de trabajadores mexicanos indocumentados hacia Estados Unidos. Para Washington fue un momento estelar, pues le permitió afianzar su proyecto agroexportador alimentario y gracias al aporte de la mano de obra indocumentada mexicana se hizo efectiva la funcionalidad de la migración, es decir, la diferencia en el costo laboral unitario incrementó tanto ganancias como competitividad en favor de los empresarios.
La llegada de AMLO a la Presidencia, enarbolando como principio de su administración trastocar las condiciones que sustentan al neoliberalismo, lo enfrenta a una profunda lucha en la medida en que esos modelos están estructuralmente enraizados en la economía del país, y se oponen importantes intereses internos, externos y especialmente Estados Unidos. Esta nación puede ejercer su enorme poder por la desigual forma en la que se encuentra repartido y que se materializa en diversas formas de injerencia.
Habría que recordar la inicial propuesta migratoria del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, cuyo eje giraba en el respeto a los derechos humanos, al no control, sino otorgar visas humanitarias, refugio y asilo y eliminar cualquier forma de criminalización y, lo más importante, ir a las causas que provocan la migración forzada, por lo cual propuso, junto con la Cepal, un Proyecto Integral de Desarrollo, para los países centroamericanos Guatemala, El Salvador, Honduras y el sureste mexicano. La respuesta de la nación vecina fue fulminante. Donald Trump amenazó que, si México no cambiaba esa política migratoria y evitaba que los migrantes llegaran a su frontera sur se iba a construir el muro fronterizo que México tenía que pagar, se aplicarían aranceles, sin importar si se violaban los tratados firmados y todo ello salpicado de discursos xenófobos y racistas criminalizando a los mexicanos. Nuevamente la desigualdad de poder se hizo presente y lamentablemente el gobierno hizo modificaciones que lo han alejado de la propuesta inicial. Y si bien el presidente Biden ha tenido una posición de mayor tolerancia con el fenómeno migratorio, se ha comprometido con enviar al Congreso la reforma migratoria y concuerda con la idea de atacar las causas invirtiendo en los países emisores, son propuestas que hasta ahora no se han cumplido. De ahí la queja de AMLO “Estados Unidos apoya a Ucrania y olvida a Centroamérica” en relación con las inversiones enviadas a Ucrania.
No se puede dejar de lado que la propuesta del gobierno mexicano respecto a la reforma eléctrica ha merecido la visita de altísimos funcionarios del vecino país que, a pesar de la opacidad para conocer los temas tratados, son vistas como formas de cabildeo que ejercen presión en contra de su aprobación. De hecho, el propio embajador estadunidense en México, Ken Salazar, tuvo que recular por haber señalado que “México tenía derecho a hacer la reforma”.
En este incierto y convulso contexto mundial, la reactivación de la Celac “es un esfuerzo esperanzador y la reinvención de la unidad sudamericana es una demanda urgente”. Pero no hay que olvidar que el principal escollo de la integración latinoamericana es Washington y que “en esta etapa buscará asegurar su patio trasero” (Vicente Prieto). Todo ello en un marco en el que Joe Biden señala que “el mundo vivirá un cambio de orden internacional y Washington debe liderar el nuevo sistema” (Luis Manuel Arce). (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p. 11)
La guerra en Ucrania ha exhibido que para los gobiernos y las sociedades occidentales la capacidad de sentir empatía y mostrar solidaridad es determinada por el color de la piel de quienes requieren socorro. En estas semanas, Polonia ha recibido a casi 2 millones de ucranios que huyen de la conflagración, Hungría a más de 260 mil, Eslovaquia alrededor de 200 mil, y Rumania y Moldavia, a decenas de miles, mientras gobernantes, ciudadanos e incluso empresas de todo tamaño se han movilizado en las naciones desarrolladas para enviar toda la asistencia posible a los refugiados.
Esta actitud generosa y claramente loable contrasta de manera vergonzosa con la indiferencia e incluso hostilidad hacia quienes se encuentran en situaciones análogas a la de los ucranios, pero no comparten sus características físicas. Judith Sunderland, directora de Human Rights Watch para Europa y Asia Central, lo expresó con crudeza: “la maravillosa muestra de solidaridad con los refugiados ucranios contrasta fuertemente con el trato que reciben los migrantes y refugiados de otras partes del mundo, la mayoría de ellos morenos y negros”. Es el caso de casi un millón de integrantes del grupo étnico rohinya que se hallan confinados en Kutupalong, Bangladesh, considerado el mayor campo de refugiados del mundo. En ese un amontonamiento de viviendas improvisadas con láminas o con trozos de bambú y plástico, vive una población equivalente a la de Morelia, Michoacán, sin que a nadie parezca importarle y sin que se oiga hablar de ella, salvo cuando la golpea una nueva tragedia, como los frecuentes incendios mortales.
Acaso Occidente se desentienda de la situación de los rohinyas por ocurrir muy lejos de sus fronteras, pero no podría argumentar lo mismo ante los millones de personas que huyen de la guerra y el hambre en África y Medio Oriente. En este sentido, es imposible olvidar que desde 2016 la Unión Europea cerró un acuerdo ignominioso con Turquía para entregarle 6 mil millones de euros a cambio de que mantuviera cautivos a quienes intentaban alcanzar el espacio comunitario atravesando el territorio turco; medida descrita por la entonces primera ministra de Polonia con una frialdad pasmosa: “Hemos decidido”, dijo, “que el asunto de los inmigrantes se decidirá fuera de las fronteras europeas”. También es ilustrativa la actitud del actual gobierno polaco ante los kurdos que en noviembre pasado intentaban entrar a su país desde Bielorrusia: se trataba de apenas 4 mil personas, pero Varsovia desplazó a sus tropas para repelerlas, anunció la construcción de un muro en su frontera para cerrarla definitivamente a quienes clamaban por ayuda, e incluso calificó las solicitudes de asilo de una “guerra de tipo desconocido” en la que los civiles son usados como “municiones”.
El mes pasado, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) informó que mil 161 migrantes murieron en el mar entre el norte de África y Europa en el primer semestre de 2021, un aumento de 155 por ciento en comparación con el mismo periodo de 2020. Sólo en la ruta que va a Italia y Malta desde Túnez y Libia –la más peligrosa para los migrantes a escala mundial–, murieron 769 personas en ese lapso, y 18 mil desde 2014, una tragedia empeorada por la obstrucción e incluso criminalización de las autoridades europeas a las organizaciones que tratan de asistir a quienes se lanzan al mar en embarcaciones precarias. Al otro lado del Atlántico, gobierno y sociedad estadunidenses no han vacilado en apoyar al pueblo ucranio, al tiempo que mantienen inconmovibles sus políticas migratorias xenofóbicas y su indiferencia ante las circunstancias que fuerzan a cientos de miles de centroamericanos a dejar sus lugares de origen.
Ante este panorama, resulta increíble que los mismos gobiernos que practican de manera tan descarnada el racismo hacia los refugiados se sientan autorizados para aleccionar al resto del mundo en materia de derechos humanos y prácticas democráticas. (Redacción, La Jornada, Editorial, p. 2)
A tierras yucatecas, donde manda el pibil, el cocimiento lento en hojas de plátano, a la usanza de la barbacoa, ha llegado el wok de fuego fuerte y aceite humeante, para el salteado. En algunos pueblos de migrantes de Yucatán, por las noches, salen los cocineros norteños a preparar sus platillos de cerdo, pollo y verduras, aprendidos en los restaurantes y cocinas chinas de San Francisco, Los Ángeles y otros lares.
Nos llega de rebote la experiencia de muchos mexicanos que entraron a trabajar a los restaurantes chinos y a las grandes cadenas, como China Fun, donde el fuego, el wok y el salteado son ya una especialidad aprendida y dominada por estos cocineros.
Hace décadas que la afamada cocina yucateca arribó a Los Ángeles, San Francisco y Oregón, pero también llegó, de reversa, la cocina china, coreana, japonesa y mogol a muchos pueblos de México. Miles de migrantes retornados o deportados, que trabajaron en las cocinas de Estados Unidos, han regresado a sus comunidades a trabajar en la gastronomía y a fusionar especias, sabores, olores y técnicas culinarias.
En una investigación de hace unos años, nos preguntábamos si los cocineros que aprendieron distintas artes culinarias en Estados Unidos regresaban a trabajar en los grandes hoteles y restaurantes mexicanos. Y efectivamente, en las oficinas de los hoteles se guardaban muchos currículos de cocineros y pasteleros que ofrecían sus servicios y que demostraban haber trabajado en grandes y afamados restaurantes de cocina italiana, griega, india, china, libanesa, etcétera. Pero nadie los contrataba. Las gerencias nos informaron que las pretensiones salariales de los retornados eran excesivas y que preferían emplear a cocineros mexicanos.
Es muy lento el proceso de reconocimiento y valoración de las habilidades de los migrantes aprendidas en sus años de lucha, esfuerzo y superación en el extranjero. Miles de mexicanos tienen amplísima experiencia en labores de construcción, con madera y tablarroca y otros materiales, diferentes tipos de cultivo, riego y poda; restauración y hotelería; jardinería, carpintería, herrería y tantos otros oficios.
Esperar a que les den trabajo y los reconozcan es prácticamente imposible, aunque hay raras excepciones. Por eso surgen estos emprendimientos personales y familiares en pueblos y ciudades de migrantes, como los cocineros del wok, en Yucatán; los maestros de la pizza, en Puebla, o los de la cocina mongol, en el estado de México, y tantas otras experiencias singulares.
Prácticamente, en todos los pueblos de migrantes existe un negocio de pizza que incluye delibery, la mayoría se capacitaron en pizzerías de Estados Unidos y regresaron a emprender sus negocios. En una ocasión, en un tianguis en Mazamitla, Jalisco, encontré un puesto ambulante de pizzas de ex migrantes, donde la fila de personas que esperaban pacientemente a que salieran las pizzas de horno, que ellos mismos habían fabricado y que transportaban, de tianguis en tianguis, en una camioneta.
Son famosos los burritos de Moyahua, Zacatecas, donde los migrantes implementaron una técnica propia del fast food, donde pasas con tu charola a ver los diferentes guisados y allí, de manera inmediata, te sirven los burritos, tomas tu cerveza o refresco, pagas y pasas a una mesa a comer. En la carretera a Chapala, en Jalisco, está una escisión de los burros de Moyahua, que se llama Los Milagros de Dalila, donde atienden las 24 horas del día a cientos de personas. Los burritos llegaron con los migrantes a diferentes ciudades de Estados Unidos, pero regresaron a México con nuevas recetas y técnicas restauranteras.
En una ocasión, al entrevistar al dueño del restaurante La Troje, en Mazamitla, me dijo que volvió a México con sus ahorros para poner cualquier tipo de negocio, que no fuera un restaurante. Llevaba muchos años en la cocina y luego en el negocio restaurantero y estaba cansado y necesitado de un cambio. Pero, se dio cuenta de que no estaba ya en edad de nuevas aventuras y que lo que sabía era cocinar y manejar un restaurante, La Troje incluye varios platillos al estilo Tex-Mex.
En la Ciudad de México se hizo famoso el restaurante Maximo Bistro, de Eduardo García, quien pasó de trabajar en el campo estadunidense piscando tomates, a lavar platos en un restaurante, después llegó al Georgia Grill, en Atlanta, y luego a la Brasserie Le Coze donde aprendió a cocinar. Como muchos, fue deportado y vuelto a deportar. Finalmente, llegó al Puyol, donde terminó de cocinero en jefe y luego pudo abrir su propio restaurante en la emblemática colonia Roma.
Muchas historias de emprendimientos están cambiando el panorama culinario mexicano en los pueblos y en las grandes ciudades. Así como llegaron los libaneses con sus tacos árabes a Puebla y se mexicanizaron como tacos al pastor, llegaron a México los woks, las pizzas y tantos otros platillos de la mano de migrantes retornados. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 12)
El camino zigzagueante de México en el mayor conflicto geopolítico de este tiempo en Ucrania coloca al país en situaciones delicadas. La onda expansiva de la invasión rusa hace casi imposible proyectar el rumbo que tomará una guerra militar y económica de alcance global. Por lo cual, una política exterior de doble papel puede llevar a quedar mal con todos, aunque lo que se busque sea preservar el margen de maniobra interno y no pelear con ninguna de las potencias involucradas en la conflagración en Europa.
La magnitud del conflicto no deja a nadie al margen y el precio de la neutralidad puede ser alto si se observa cómo no comprometerse con señales equívocas. Eso puede leerse en la crítica del embajador de EU, Ken Salazar, al gobierno mexicano por sus buenas relaciones con Rusia, cuando la solidaridad –espeta– “debe ser con Ucrania”, o en las del Comando Norte sobre la presencia de espías rusos en el país. Para el gobierno de Biden es prioridad aislar a Rusia y presionar a su aliado en la geopolítica mundial.
La declaración fue una reacción a otra del embajador ruso, Víktor Koronelli, quien destacó en el Congreso los vínculos con México en medio de la invasión, durante la instalación del Grupo de Amistad México-Rusia, convocado por el PT de la coalición del oficialismo. Salazar ha encajado varios reclamos de injerencismo de EU por la reforma energética y crímenes de periodistas, sin dejar de ponderar las buenas relaciones bilaterales. Esta vez, sin embargo, no se contuvo de señalar preocupación de que la neutralidad de su vecino se pudiera escorar por la guerra, a riesgo de parecer un procónsul colonial: “No puede pasar que México y Rusia sean cercanos”, apostilló para dejar claro que EU vigila sus riesgos políticos con México.
La política exterior mexicana tradicionalmente ha encontrado en la no injerencia y respeto a la soberanía un reducto de neutralidad frente a las potencias desde la Guerra Fría, además de algunos dividendos en la interlocución en conflictos como el de Cuba o Centroamérica. Hasta un espacio para el derecho de pataleo, pero, en este caso, una posición mediadora para evitar tomar partido del todo –como exige EU– puede tener mayores costos. López Obrador ha dicho varias veces que México no participará ni en favor, ni en contra, es una postura de neutralidad de la política exterior.
Ante la llamada de atención, el derecho al pataleo. Previsible, el Presidente respondió a Salazar que “México no es colonia ni de EU o Rusia” para ventilar su malestar, a la vez que desestimar la declaración del jefe del Comando Norte, Glen VanHerck sobre la presencia de más espías rusos en México que en todo el mundo. Una protesta del que se siente defraudado o para compensar los riesgos para la seguridad de su gobierno por fenómenos que la guerra puede agudizar, como el crimen o el terrorismo en su frontera.
Otro reclamo, esta vez militar, a la posición de México frente al conflicto, a lo que López Obrador respondió que no sabe si en el país hay agentes de la inteligencia rusa. Hay que recordar que en 2020 se aprobó una iniciativa presidencial para limitar la presencia de agentes extranjeros y obligar a todos a solicitar autorización para entrar en México, aunque dedicada a la DEA por su papel en el caso Cienfuegos.
Como integrante del Consejo de Seguridad, México inició con una posición titubeante en la condena a Rusia por la invasión, el tema no estaba en la agenda presidencial, concentrada en refutar las críticas de Washington por los crímenes de periodistas. Su posicionamiento fue errático hasta advertir el riesgo de no condenar la invasión para la integridad de sus propias fronteras y verse obligado a alinearse con EU y Europa. Después votó a favor de dos resoluciones para reprobarla, pero descartó sumarse a las sanciones comerciales. Ahora la presión de EU arrecia y puede impactar en áreas muy sensibles como la cooperación política y militar. La declaración de su cúpula militar refleja desconfianza y problemas de comunicación con su socio y aliado, a pesar de su acercamiento desde la Iniciativa Mérida. Con estas expresiones quiere dejar claro que tiene puesta su atención en los pasos de México en la geopolítica mundial y sopesa los peligros de su política de neutralidad para su seguridad interna. (José Buendía Hegewisch, Excélsior, Nacional, p. 14)
Cuando Rafael Bernal escribió el Complot Mongol ofreció el panorama de un México invadido de espías de todos los pelajes y todas las banderas; sobre todo los soviéticos y los norteamericanos, la CIA y la KGB eran los personajes favoritos de la mitología en la era de la Guerra Fría, hace unos días, después del disparate de la celebración de la amistad ruso-mexicana, el jefe del Comando Norte de Estados Unidos nos informó que somos el país con más espías rusos en el mundo y, si lo saben, es que también nos están vigilando. Eso no es noticia, estamos en guerra, y esta conflagración es un macabro híbrido entre la Segunda Guerra Mundial y las guerras del futuro, que nos vigilen no extraña, que no hayamos querido darnos cuenta que somos parte del fenómeno y no simples observadores, es lo que alerta.
La guerra es el lugar sin límites, un espacio integrado por el campo de batalla, el teatro de los hechos como solía decirse y que implica también objetivos civiles, ésta es la mayor de las desgracias; un campo económico que ya está dejando sentirse por todo el mundo y en el cual somos parte del conflicto —somos socios importantes del líder de la OTAN— y por una dimensión simbólica, en la ONU estamos viviendo esa dimensión como protagonistas. Nos guste o no somos parte del conflicto.
La lógica de la guerra es rara, peculiar; hecha de miedo y de promesas de dolor y, cuando se participa de ella, todo cuanto se dice o se hace en un país se amplifica en los escenarios de la batalla. Los diputados que armaron su festiva comisión con el pretexto barato de la amistad entre los pueblos, nada más vacuo ni común cuando se habla de guerra, hicieron que el triunfo de la resolución que México y Francia logramos en la Asamblea General pasará por la sombra del doble discurso; su irresponsable ridiculez tuvo consecuencias.
En las guerras, a menos que se pueda evitar, hay que tomar partido y nosotros ya lo hemos hecho en la ONU y hay que ser consecuentes, pero también sucede que cuando no se está del lado del agredido, de manera expresa, se está con el agresor aun de manera simbólica; ésa es la diferencia entre Lázaro Cárdenas y Chamberlain respecto de la guerra de España.
Todo cuanto se dice desde un Estado durante el curso de la guerra está dotado de consecuencias y tanto el jefe del Estado, como su canciller, necesitan proteger la coherencia del discurso que, además debe fortalecer el discurso interno, de lo contrario la guerra exporta una de sus semillas más virulentas, la del caos y la confusión; el peor escenario que se puede tener en una guerra es no saber de qué lado se quedó uno, en la guerra no se puede contemporizar ni es el momento de tratar de quedar bien con todos; quien así lo hace corre el riesgo de los que pasan de bando en bando y son, como dice el Apocalipsis, vomitados de la boca del padre.
La guerra es el lugar imposible, el más nefasto y el más tiránico, no tiene ley ni honra, por eso hay que someter a los agresores a la férula de la convivencia internacional; que el embajador de Estados Unidos haga señalamientos, reclamos o solicitudes sólo puede asombrar a los más inocentes o a quienes fingen serlo; la guerra es la negación de la ley y de la civilización y sólo se explica en su lógica de violencia y en la manera en que trata constantemente de extender las ventajas de los contendientes, en la guerra no hay piedad, no hay honor ni tampoco justicia; quien trata con quienes participan de la guerra debe entender que cada palabra se interesa en el sentido bélico.
Un día no habrá más guerras, estoy seguro de ello, ya porque aprendamos a resolver nuestros conflictos de manera civilizada, ya porque no sobrevivamos para aprenderlo; mientras tanto, para evitar el ridículo y el descalabro, aprendamos a usar su lógica y su lenguaje. (César Benedicto Callejas, Excélsior, Nacional, p. 12)
