México es el último país de tránsito migratorio, lo que no es igual que cualquier país de América Latina, que simplemente son países de tránsito. Desde la Patagonia chilena o argentina al río Suchiate, en la frontera con Guatemala, los migrantes pueden atravesar las fronteras sin mayores complicaciones. Los países en turno simplemente los dejan pasar y que se las arregle el siguiente país en la ruta.
Pero al llegar a México, las cosas se complican porque es el final de la ruta para poder llegar a Estados Unidos. Propiamente, México no puede otorgar una visa de tránsito para que los migrantes se dirijan a Estados Unidos, porque los migrantes no tienen visa para entrar a México y menos a Estados Unidos.
Por muchas décadas México operó como cualquier país de tránsito, simplemente dejó pasar y se lavó las manos, no era asunto suyo. Pero todo cambia cuando el flujo se hace masivo y arriban 200 mil migrantes al mes con la intención de llegar a la frontera norte.
La posibilidad de abrir la frontera, recibir a todos los migrantes con los brazos abiertos, darles una credencial con un permiso para transitar o residir por determinado tiempo en el país, como sucedió al comienzo de este sexenio, fue una postura políticamente correcta para un determinado público, humanitaria para los migrantes, e incluso se puede calificar de progresista, pero a la vez fue totalmente insostenible, como se demostró en la práctica.
La respuesta a esa política aperturista, promovida por el discurso de López Obrador y aplicada, sin análisis ni precaución, por el Instituto Nacional de Migración, derivó en la amenaza y el chantaje de Trump de imponer aranceles, que hubieran llevado al traste el tratado de libre comercio y de paso la economía mexicana.
La política migratoria de México sobre el tránsito de migrantes depende de lo que hagan otros países y de los acuerdos, negociaciones, amenazas y chantajes por parte de Estados Unidos. En principio, es un asunto de responsabilidad compartida con otros países, pero las políticas de contención al tránsito de migrantes no se aplican necesariamente en Panamá, Costa Rica, Guatemala u otros países, aunque formalmente haya ciertos acuerdos. Al final, es asunto de México y Estados Unidos.
En nuestro caso hay varias opciones de política pública con respecto a la migración en tránsito, todas parciales e insuficientes. En primer lugar, dejar pasar, como lo hace Guatemala o cualquier otro país de tránsito, y esta medida funciona en México cuando los flujos son moderados y se ajustan a las políticas estadunidenses. Hace unos meses, llegaron miles de ucranios a Cancún y luego viajaron a la frontera y fueron recibidos amablemente por Estados Unidos. Un caso histórico similar fue el de los cubanos. Hay una selectividad ejercida por el gobierno mexicano que define quién puede transitar libremente de acuerdo con criterios políticos, humanitarios, históricos, coyunturales, raciales y otros.
Una segunda opción es otorgar permisos de salida. El migrante irregular no es deportado, pero se le da un plazo para salir del país por alguna de sus fronteras, lo que en la práctica sería equivalente a una visa de tránsito para ir a Estados Unidos; muchos migrantes buscan esta solución por medio de abogados que tramitan sus casos, los migrantes suelen referirse a este documento como salvoconducto.
Una tercera medida es otorgar visas humanitarias para que los migrantes se queden legalmente en México por un tiempo determinado, hasta que arreglen su situación de manera definitiva, pero muchos de ellos se irán a Estados Unidos. Es una solución que no es inmediata y que requiere de trámites, presiones e incluso manifestaciones y protestas por parte de los migrantes, sería el caso de los haitianos.
En cuarto lugar, se aplican medidas disuasivas, como confinar a los migrantes en determinado lugar o ciudad, lo que sería el caso de Tapachula, donde se obliga a los migrantes a esperar la solución de su trámite, sea éste de refugio o de otro tipo de visa o solución. Para el caso de algunos centroamericanos, esa medida opera como disuasiva y optan por regresar, pero para migrantes de otros lares: haitianos, cubanos, venezolanos y otros, no hay posibilidad de retorno, así que esperan a que se les dé un tipo de solución. Es una olla a presión que finalmente termina en caravana que reclama una solución, en represión o en soluciones coyunturales.
Finalmente, queda la alternativa de la deportación. Lo que no es factible en todos los casos, sea que tienen un trámite pendiente o que es imposible o muy costoso deportarlos. Es el caso de los haitianos, que resultaría inhumano deportarlos a su país de origen y no pueden enviarlos a otro lado. Los trámites de deportación son más factibles en el caso de los centroamericanos, pero también es muy posible que vuelvan a entrar al país de manera irregular.
No hay solución fácil, dada la vecindad con Estados Unidos, la asimetría de poder existente y el contexto geopolítico de México al ser último país de tránsito. (Jorge Durand, La Jornada, Política, p. 12)
La Novena Cumbre de las Américas se llevará a cabo del 6 al 10 de junio en Los Ángeles, California, y el entorno que envuelve a este importante encuentro luce incierto. Estados Unidos será el país sede y, en automático, la adrenalina política ha encendido los ánimos de los analistas que siguen preguntándose: ¿qué mandatarios aún no le confirman a Joe Biden su asistencia? Algunos dirán que la agenda es lo más importante y no las ausencias, sin embargo, como se dice en la política: el mensajero es el mensaje y la falta de algunos mandatarios podría debilitar la reunión. Ahora bien, ¿qué temas se abordarán? Los tópicos a debatir serán la democracia, desarrollo económico y seguridad, aunque personas cercanas a la Casa Blanca prevén que la migración será el asunto central y, sabedores del panorama antiinmigrante que heredó Donald Trump, las discusiones podrían subir de tono.
Al ver el debate sobre la posibles ausencias de algunos mandatarios a la cumbre, recordé el libro La idea de América del Norte: una visión de un futuro como continente del Dr. Robert Pastor, colaborador del entonces presidente de Estados Unidos Jimmy Carter y quien tuvo reuniones con George W. Bush y Vicente Fox sobre el sueño de una Comunidad de Norteamérica. “Las grandes diferencias entre las naciones generan la idea de que debemos protegernos de los demás. Esto explica por qué muchos países americanos se han pasado más de 150 años construyendo barreras”, relata Pastor en su obra. El antecedente que plantea el autor enmarca la resistencia que persiste en nuestro continente a la hora de analizar y definir estrategias que rompan las barreras de las que habla Pastor. Desafortunadamente, y como lo llegué a comentar con el Dr. Robert Pastor en mi época de académico, la visión de una América en la que la migración sea por el talento de los migrantes y no por escapar de crudas realidades se ve todavía lejana.
Apenas la semana pasada, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) informó que ya son más de 100 millones de personas “expulsadas” de sus hogares en todo el mundo. En este contexto, vemos que las fronteras territoriales se han extendido hasta convertirse en muros de impotencia de algunas naciones que no han logrado afrontar de manera efectiva a la migración. En los noticieros vemos que la expulsión masiva es motivada por violencia, desastres naturales, crisis de estado, desaceleración económica, guerras y toda una poética de infortunios que obligan a estas personas a dejar sus países de origen.
En este sentido, la Cumbre de las Américas debe ser una suma de voluntades que se traduzca en políticas regionales de impacto inmediato. Mi reconocido Tonatiuh Guillén López, catedrático de la UNAM, escribió en un artículo la semana pasada que esta reunión “es una oportunidad para concretar nuevas formas de comprender y actuar en los procesos de migración, refugio y desarrollo, mediante acciones convenidas y corresponsables entre países”. Si tomamos en cuenta lo que indica el Pacto Mundial de Migración (el cual fue promovido por el gobierno mexicano y del que hizo caso omiso Estados Unidos) lo que comenta Tonatiuh tiene mucho sentido, y la tarea pendiente de los gobiernos que acudirán a la cumbre es garantizar una migración “segura, ordenada y normalizada”.
Entre los 23 objetivos que contiene el Pacto Mundial por la Migración, se habla de mitigar los factores adversos y estructurales que impiden a las personas construir y mantener medios de vida sostenibles en sus países de origen. También establece reducir los riesgos a los que se enfrentan los migrantes, respetando sus derechos humanos a través de protocolos, en los cuales, por cierto, Guanajuato es referente internacional según la ONU. Finalmente, considera crear condiciones propicias que permitan a todos los migrantes enriquecer nuestras sociedades a través de sus capacidades humanas, económicas y sociales, y así facilitar sus contribuciones al desarrollo sostenible a nivel local, nacional, regional y global.
¡Apertura! Así de simple y directo podría ser el eslogan de la Cumbre de las Américas, y no sólo por buscar abrir de manera organizada y normalizada las fronteras sino por la apertura de pensamiento y colaboración que debe imperar. ¡Vamos, vamos, vamos!, debería ser el grito de los líderes mundiales cada que se abra una posibilidad de reunirse para reorientar este mundo que cada vez tiene más fronteras (físicas y morales). Por lo pronto, estamos a horas de que inicie este encuentro y aunque no recibí invitación personal de la Casa Blanca ni de republicanos ni de demócratas, no estaría mal revisar cómo andan los vuelos a Los Ángeles, no vaya a ser que se requiera representación mexicana, y qué mejor que la de un estado como Guanajuato, en el que tratamos a nuestros vecinos de todo el mundo como personas y no como migrantes indocumentados. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 17)
En horas se sabrá si el presidente López Obrador acude a la Cumbre de las Américas, convocada por su homólogo estadounidense, Joe Biden. El encuentro inicia este lunes, y Washington está muy interesado en la asistencia del mexicano. En caso de que acepte, volaría a Tijuana y de ahí se trasladaría, vía terrestre, a Los Angeles, sede del cónclave. (Sacapuntas, El Heraldo de México, LA2, p. 2)
La relación entre México y Estados Unidos ha sido históricamente una relación compleja, asimétrica, así como interdependiente. También ha sido ambigua y contradictoria. Pero en los tiempos que corren, esta ambigüedad es cada vez más pronunciada y peligrosa para el interés nacional. El presidente López Obrador, en aras de afianzarse con base en demagogia en el espacio americano y diseminar su mensaje reivindicatorio de causas nacionales y ajenas que sólo él defiende, ha confrontado a Estados Unidos, a Joe Biden y a los actores que en Estados Unidos tienen genuinos intereses en México. Las repercusiones negativas en varios frentes son ya patentes (como el decremento gradual de las inversiones estadunidenses en nuestro país), no queriendo tener el gobierno de México un plan preventivo para el control de daños.
La política interméstica ha enfrentado diversos vaivenes desde que Donald Trump y AMLO coincidieron encantados en sus respectivas presidencias. En los tiempos actuales, la Presidencia de Biden ha definido claramente sus prioridades. Biden ya ha demostrado su determinación de recuperar, a través de varios frentes temáticos estratégicos, las reivindicaciones multilaterales que EU había postulado como espacios nodales para la conservación de la preeminencia en el orden global, la cual se ha deteriorado importantemente. Al tiempo que esto ocurrió, también sobresale el hecho de que se produjeron las inercias para que el impulso multilateralista, no sólo le permita lograr este objetivo, sino también para colocar en la agenda los objetivos estratégicos doctrinarios de su política exterior. Así pues, con Biden llegó un “presidente internacionalista”, fogueado en los temas globales. Apenas llegó a la Casa Blanca, Biden se encontró enfrascado en el juego bilateral que Trump y AMLO se habían fabricado y los esfuerzos de su equipo, desde el principio, fueron desentrampar el trato bilateral que había caído a profundidades sumamente demagógicas. En este sentido, en particular, preocupa el desinterés con que el gobierno actual de México ha tratado algunos de los aspectos históricos de esta relación y se haya concentrado más en provocar que en construir un diálogo de cooperación en línea con los intereses nacionales.
A pesar de contar con la claridad de su contraparte, el gobierno de López Obrador no ha dado señales de siquiera tener una idea de cómo quiere abordar integralmente la relación con el exterior y con EU, entendidas ambas como dos políticas distintas, toda vez que la relación con Washington, como ya se dijo, es una relación interméstica, es decir, que dada la cercanía territorial y política, tiene tanto contenidos domésticos como internacionales. El cansancio de Washington es notorio y me parece que ya dejó de tomarse en serio a AMLO, aunque Ken Salazar siga diciendo que por ser vecinos nos llevamos bien. El último desaguisado es la intención de hacer de la Cumbre de las Américas, a celebrarse el próximo 8 de junio en Los Ángeles, un circo con pistas de bajísima calidad. La relación bilateral es la relación externa más importante para México, toda vez que comerciamos más de 80% con Estados Unidos. Los tres grandes temas entre México y Estados Unidos, que han estado presentes en lo que va del siglo y también en parte del anterior, son migración, comercio y seguridad.
Al tiempo que estos tres temas pavimentan los principales espacios de la relación bilateral, constituyen también las ventanas de oportunidad y conflicto que han privado en la sociedad entre los dos países. Aun cuando los tres se tocan de alguna manera, tienen, en el más estricto sentido teórico, su propia esfera temática y funcional, muy a pesar de la insistencia de Washington (y el acatamiento de México) en vincularlos (migración vs. Seguridad).
Es por ello por lo que resulta inquietante que ante los grandes temas que están en la agenda bilateral, México se manifieste alegremente despreocupado o indiferente ante la relación con los EU de Biden y se la pase perdiendo el tiempo con trifulcas callejeras. Y con esto provocar una relación de cooperación más abiertamente asimétrica, dado el desinterés de México por fortalecer los puentes ya existentes y que han sido debilitados por esta actitud, al tiempo que se tendrían que construir otros que permitan armar una agenda de riesgo común ante los desafíos que la realidad impone a la asociación entre ambos países. (José Luis Valdés Ugalde, Excélsior, Nacional, p. 9)
Enrique Peña Nieto posee una visa dorada y encabeza el autoexilio de los mexicanos que salieron del país hace tres años y medio, cuando Andrés Manuel López Obrador llegó a la Presidencia de la República.
Recordarán que después del 6 de julio de 2018, algunos compatriotas temerosos de que México se convirtiera en Venezuela o Cuba salieron del país, llevándose familias y bienes. Ahora sabemos que dicho autoexilio existe, tuvo como destinos principales Estados Unidos y España, el primero por la cercanía, el segundo por el idioma. ¿Cuántos salieron del país? No lo sabemos, pero sí podemos intuir que básicamente fueron clasemedieros con doble nacionalidad o con la posibilidad de obtener la naturalización estadounidense o española.
Ellos son los poseedores de las visas doradas que naciones, como España y Portugal, otorgan a personas de un alto perfil. Recientemente, una amiga viajó a España, a su regreso me comentó que varios empresarios mexicanos del ramo inmobiliario están invirtiendo en las zonas más exclusivas de Madrid. Pisos de cien metros cuadrados en edificios con amenidades, cuyo costo ronda los tres millones de euros.
Migraron porque les era imposible vivir en un país gobernado por AMLO. Les deseo suerte. Si algunos piensan regresar después de 2024, creo que podrían permanecer allá por más tiempo, porque como van las cosas, probablemente Morena ganará nuevamente la Presidencia de la República.
Paradójico: en lo que va del sexenio de AMLO muchos españoles y estadounidenses llegaron al país, no sólo como turistas, sino como residentes, por el clima, la posibilidad de un mejor nivel de vida y por sus bellezas naturales.
Lázaro Cárdenas expulsó a Plutarco Elías Calles del país. José López Portillo designó a Luis Echeverría como embajador. Carlos Salinas de Gortari nunca pensó que Ernesto Zedillo encarcelaría a su hermano y que él tendría que autoexiliarse en Irlanda y Cuba. Marcelo Ebrard prácticamente huyó a Francia en el sexenio de Miguel Ángel Mancera en la Ciudad de México, hasta que reapareció en la campaña de Hilary Clinton.
España otorgó visa dorada a Peña Nieto, López Obrador le construyó un puente de plata, para vivir plácida y tranquilamente.
Más allá de que un fotógrafo de la prensa rosa o algún compatriota lo reconozca y lo exhiba en redes sociales, Peña Nieto nunca tendrá miedo de que algún sicario lo acribille en alguna calle, que alguna de sus hijas desaparezca en lo oscuro de la noche, o que sea víctima de algunos de los males que lejos de resolver cuando fue Presidente, empeoró.
Aspiro a que los compatriotas que viven fuera, los cientos con visa dorada, pero sobre todo los millones que sin papeles se fueron del país desplazados por la pobreza o por la violencia regresen a nuestro cielo, donde a pesar de nuestras diferencias cabemos todos, incluido Peña Nieto. Eso pienso yo, ¿usted qué opina? La política es de bronce. (Onel Ortiz Fragoso, El Heraldo de México, Estados, p. 9)