PREJUICIOS Y DESACUERDOS
La Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas, de la Segob, que encabeza Adán Augusto López, realizó un estudio sobre cómo se percibe a los migrantes en el país. 74.6% de los entrevistados dijo no estar de acuerdo en que se les niegue una fuente de empleo y 65.1% señaló que existen prejuicios hacia los que viven en situación de movilidad de otros países. (Sacapuntas, El Heraldo de México, LA2, p. 2)
Como el segundo corredor migratorio con mayor flujo en el mundo (el primero es India) y, por sí mismo, un continuo hacedor de migrantes, México había normalizado ya el tránsito de personas indocumentadas hacia Estados Unidos y, con ello, el de víctimas mortales. Hoy, sin embargo, las cifras están sacudiendo conciencias, tanto por la acostumbrada continuidad de los flujos migratorios, como por lo relativamente novedoso de la masividad en el tránsito: una gran cantidad de migrantes se unen en numerosas caravanas y ello hace muy notorios sus padecimientos y carencias.
A partir de 2016 comenzamos a recibir continuamente migrantes en caravanas. La Pandemia por Covid 19, el gran disruptor de los flujos migratorios en todo el mundo, pudo contenerlos durante 2020, pero a partir de 2021 se renovaron con nuevos bríos, y a México llegaron 18 mil haitianos, para concentrarse en Ciudad Acuña, Coahuila, esperando pasar a Del Río, Texas.
Esta última migración masiva, que concentró varias caravanas, fue la que finalmente nos puso en alerta: México corre el riesgo sufrir de una crisis humanitaria migratoria y, hay que decirlo, no estamos preparados.
Así lo corroboró la penosa tragedia de finales de junio pasado, en la que perecieron en un tráiler, en Texas, a causa del calor, 53 migrantes, entre ellos 27 mexicanos. El gobierno texano consideró este lamentabilísimo acontecimiento como el caso más mortífero de tráficos de personas en la historia reciente de Estados Unidos.
Hay, pues, en las circunstancias descritas, un panorama sumamente preocupante: ya no es solo la pobreza o incluso la aspiración de alcanzar el “american way of life” lo que motiva a los migrantes, es el desplazamiento debido a regímenes autocráticos de gobierno que han resultado un fracaso, han conculcado libertades, perseguido opositores y empobrecido a casi toda la población, con la triste consecuencia de un crecimiento inusitado de las actividades del crimen organizado, que se ha vuelto por sí mismo un gran expulsor de población.
De no corregirse esta situación, podríamos ser, en nuestro propio territorio, testigos de una tragedia como la de Texas. ¿Cuándo México va a tratar a los migrantes de otros países como nos gustaría que trataran a los nuestros en los Estados Unidos? (Rubén Moreira, El Sol de México, Análisis, p. 14)
Miami, FL.- Por primera vez en 30 años un demócrata está en posibilidad de ganar la gubernatura del segundo estado más rico, el segundo más poblado y el segundo más grande de Estados Unidos: Texas.
La batalla es por todo: el demócrata, de ganar, algún día jugará su suerte para ser presidente de este país.
El republicano puede serlo dentro de dos años.
Lo espectacular de estas elecciones, a celebrarse el próximo 8 de noviembre, es que en Texas los republicanos suelen ganar por casi 20 puntos, y esta vez se les puso enfrente un político joven (49) oriundo de El Paso, carismático, que ha tenido la osadía de retar en su cara a los más radicales exponentes del partido de Trump.
Se trata de Robert Beto O’Rourke, exdirigente empresarial, exalcalde de El Paso, exrepresentante por el distrito 16 de Texas en el Congreso federal de 2013 a 2019.
Hace un mes estaba 15 puntos abajo del gobernador Greg Abbott (65), que se postula a la reelección, y en cuatro semanas la diferencia se redujo a cinco puntos.
Beto encaró personalmente a Abbott en una conferencia de prensa por la falta de control de armas, luego de la masacre en Uvalde, donde un tipo mató a 19 niños y a dos profesores con un rifle AR-15.
Antes de ello O’Rourke ya despuntaba como figura por su arrojo.
En las pasadas elecciones para senador desafió a un personaje importante del Partido Republicano para quitarle su escaño, Ted Cruz.
Lo tildaron de desubicado por tan desproporcionada pretensión, pero con una campaña competitiva atrajo la atención nacional y perdió ante una “vaca sagrada” del radicalismo republicano por el estrecho margen de 2.6 puntos, con lo que estableció un récord de votos para un demócrata en una elección de mitad de periodo en Texas.
Greg Abbott, el gobernador, antimexicano del Tea Party –el ala radical de los republicanos–, es visto como uno de los dos posibles candidatos de su partido a la Presidencia en 2024 si Donald Trump declina.
Pero se le atravesó Beto O’Rourke en su propia casa, Texas.
O’Rourke tiene posiciones progresistas en diferentes temas, como es el control de armas y la no penalización del aborto, mientras que el actual gobernador es apologista de la libre venta de armamento y acaba de impulsar una condena de 100 años de cárcel a las mujeres que recurran al aborto.
Una encuesta de Quinnipiac, levantada en Texas después de la masacre de Uvalde, indica que Abbott tiene el apoyo de 48 por ciento de los votantes, y O’Rourke alcanza 43 por ciento de las preferencias.
Y de acuerdo con la más reciente encuesta –la semana pasada– de la Escuela de Asuntos Públicos de la Universidad de Houston, Beto no ha caído y le pisa los talones al gobernador Abbott, 49-44.
En diciembre, la ventaja de Abbot era de 15 puntos (52-37), de acuerdo con la misma casa encuestadora.
Beto está cerca, pero tiene dos problemas, Biden y la migración proveniente de México.
Apenas 31 por ciento de los electores texanos aprueban el manejo de la frontera por parte de Biden, en una encuesta de mediados de febrero del Dallas Morning News y la Universidad de Texas en Tyler.
O’Rourke ha sido siempre un defensor de la migración y un amigo de México, hasta que la realidad lo puso entre la espada y la pared. Y no sabe cómo moverse en un tema que está entre los primordiales del electorado.
México no era un problema para Texas, más que la porosidad de la frontera por donde entran guatemaltecos, hondureños y salvadoreños. Ahora son mexicanos la mayor parte de los migrantes ilegales detenidos por la Patrulla Fronteriza.
No son cantidades menores, sino 380 mil “encuentros” con mexicanos en poco menos de seis meses por parte de la Patrulla Fronteriza.
O’Rourke se ha visto vacilante en el tema que hace un año o dos era claro y categórico: regularizar migrantes y aprovechar sus talentos.
Pero la realidad cambia cuando son cientos de miles de mexicanos los que se brincan la barda o cruzan el río.
No es fácil defender al vecino del sur cuando en lugar de ir a Washington con una carpeta de garantías para la inversión y así lograr que los mexicanos se queden en México, la máxima autoridad del país fue a la Casa Blanca a pedir más visas de trabajo para mexicanos… en Estados Unidos.
Beto O’Rourke puede ganar, pero lo daña el tema fronterizo.
Ahí Abbott convence con su radicalismo trumpiano: construcción de más muro fronterizo y miles de miembros de la Guardia Nacional de Texas en la frontera con México. (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 36)
Con la llegada al poder, el Partido Nacional Revolucionario (predecesor del PRI) ocupó parte de su discurso oficial al buen estilo de Maquiavelo, en buscar responsables externos de las desgracias económicas y otras índoles que les suceden a los mexicanos. Arropados con una historia nacional manipulada, el PRI diseñó a dos villanos principales: Estados Unidos y España. Los primeros por sus invasiones en el siglo XIX y los segundos por haber conquistado a los aztecas
Es indudable que la política expansionista de ambas naciones en los siglos XIX y XVI, respectivamente, repercutió en México, siendo potencias mundiales que buscaban territorios, riquezas, influencia y poder sobre sus adversarios. El intervencionismo de Estados Unidos en el siglo XX también ha quedado patente, sobre todo en los países que no se alinearon a su ideología democrática y sus intereses comerciales. La última vez que “un extraño enemigo” osó poner sus plantas en suelo mexicano fue hace 174 años. Las invasiones extranjeras fueron exitosas por una sencilla razón: la rivalidad de los pueblos prehispánicos primero y la desunión de los mexicanos, trescientos años después.
Desde entonces el mundo ha cambiado radicalmente: Estados Unidos y España son los principales socios económicos de México. Pero la desunión nacional persiste, porque así conviene a quienes sustentan su éxito político en la confrontación y miedos internos de los mexicanos. Los gringos son los villanos favoritos del imaginario político nacional y nuestros “amigos” son quienes sufren de la misma “opresión del imperialismo yanqui”.
En Estados Unidos viven más de 35 millones de personas nacidas en México que han formado familias nacidas allá, la mayor parte de ellos desplazados por la pobreza y violencia en su patria. Sin contar a todos los que murieron en el intento de cruzar la frontera, incluidos los 53 migrantes que fallecieron en el contenedor de un camión en Texas recientemente.
A excepción de los gobiernos panistas de Fox y Calderón, que veían a Estados Unidos como lo que es: su principal socio económico y estratégico, los gobiernos priistas y el actual morenista han utilizado al vecino del norte como pretexto de cuanta crisis surge. Claro, ese mensaje sólo se proclama en México donde los presidentes se sienten invulnerables y todopoderosos, envalentonados por la distancia, su corte y seguidores. Pero la realidad se vuelve insostenible en los encuentros personales.
López Obrador boicoteó con dolo la Cumbre de las Américas para protestar por no invitar a los dictadores del hemisferio, Castro, Maduro y Ortega. Esto no debe de haber caído muy bien a Biden, sobre todo en año electoral y con la importancia que representa el problema migratorio en aquel país. Mientras el gobierno mexicano concedió a la política de amenazas de Trump todo lo que pidió —so pena de imponer aranceles que ahorcarían la economía local—, incluyendo el uso de la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas para servir de facto como muro contra los inmigrantes ilegales, con Biden se envalentona al encontrarse con un político conciliador de la vieja guardia; pero la política externa mexicana ha confundido la diplomacia norteamericana con debilidad. Esto es un grave error.
Los mensajes sutiles no se hicieron esperar. López Obrador no fue recibido al llegar a la Casa Blanca, se cumplió con el protocolo de mensajes conjuntos y reuniones privadas de corta duración y Biden viajó a Oriente Medio para visitas de Estado en Israel y Arabia Saudita, dejando al jefe del Estado mexicano sin reuniones con los principales miembros del Congreso y del gabinete. El discurso de más de 30 minutos del Presidente mexicano, hablando de “historia” presidencial de Roosevelt, fue irrelevante, exhibiéndose sin la personalidad y seguridad que muestra en el ambiente controlado de las conferencias diarias desde Palacio Nacional y, afortunadamente para él, no se programó una conferencia de prensa sin los tradicionales reporteros a modo.
Más allá de las lecturas de protocolos y actitudes, esta visita a Washington no produjo nada concreto a México, excepto la promesa de invertir miles de millones de pesos de los mexicanos para infraestructura de contención migratoria en la frontera. Es hora de aceptar la alianza mexico-americana. Japón y Alemania en ruinas lo hicieron al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, mejoraron sus economías y encontraron un gran aliado donde antes había un enemigo. (Carlos Kenny Espinosa Dondé, Excélsior, Nacional, p. 13)
Sentados frente a frente en la Oficina Oval, un AMLO incómodo y un Biden condescendiente, demostraron que, en este momento, Estados Unidos y México son un matrimonio mal avenido. Desde la boda celebrada en 1994, con la firma del Tratado de Libre Comercio, la relación había tenido altos y bajos, pleitos y reconciliaciones, abrazos y alguno que otro madrazo. Pero todos los gobiernos han sabido que están unidos hasta que la muerte de la integración norteamericana los separe. Por el bien de los niños -el T-MEC, los migrantes, la seguridad, la cooperación bilateral en una multiplicidad de temas- han procurado llevar la fiesta en paz, y seguir casados a pesar de las ganas de aventarse los platos. En este sexenio la tensión ha escalado por las traiciones de AMLO y las frustraciones de Biden, y por eso el tenor de la reunión en Washington. Tenían que sentarse y tomarse las manos y sacarse la foto para convencer a la familia de que no hay un divorcio en puerta.
Por debilidad y las constricciones de la política interna, Biden ha tolerado los desaires, las críticas y la belicosidad de un presidente mexicano que juega la carta antigringa cada vez que le conviene. Ante Trump, el habitante de Palacio Nacional cedía demasiado; ante Biden el mal aconsejado macuspano se confronta demasiado. Ante las exigencias del bully estadounidense, AMLO decidió ser esposa sumisa; ante las demandas del demócrata debilitado, AMLO se convirtió en esposa despechada. Regateando el reconocimiento al triunfo de Biden y coqueteando de vez en vez con Trump. Poniendo en jaque la inversión estadounidense con los vaivenes de la reforma energética. Guardando silencio sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas por las dictaduras latinoamericanas, pero sugiriendo el desmantelamiento de la Estatua de la Libertad por la persecución estadounidense a Assange. Si en la relación con Trump AMLO fue una seda, en la relación con Biden no ha parado de ser papel de lija.
Por su parte, Biden se ha visto obligado a guardar silencio, y dormir en el sofá luego de ser expulsado de la cama matrimonial. Sabe que necesita la ayuda lopezobradorista para cazar migrantes, detener caravanas, aceptar a los deportados, prevenir una crisis fronteriza que sus adversarios en el Partido Republicano querrían capitalizar. Sabe que, con sus acciones y declaraciones, AMLO está violando en letra y en espíritu un tratado comercial cuya renegociación celebró. Entiende que el gobierno actual ha producido una erosión democrática, ha impulsado una regresión energética, y ha tolerado una conquista territorial por parte del crimen organizado. Pero Biden ha podido hacer poco al respecto, porque reconoce que, si asumiera una postura más crítica, alimentaría el antiamericanismo con el cual AMLO lucra políticamente. López Obrador ha logrado salirse con la suya porque su cónyuge tiene otros problemas en la oficina, que inciden en cómo puede comportarse en casa.
Pero detrás de la tregua pactada en Washington, y presumida en México, empezó a vislumbrarse un cambio de actitud, un apretón de tuercas del marido molesto a la mujer que se siente empoderada. Detrás de la calidez fotográfica, se asomó la frialdad protocolaria. No fue una visita de Estado con todos los honores, no derivó en acuerdos sustantivos en el tema migratorio o las visas agrícolas, no llevó a la aceptación de las propuestas lopezobradoristas y de las ocurrencias que planteó. AMLO regresó con el corazón caliente pero con las manos vacías.
Lo que sí produjo fue el compromiso mexicano de pagar 1500 millones de dólares para mejorar el control fronterizo y migratorio. Lo que sí entrañó fue un jalón de orejas al embajador Ken Salazar por la actitud obsequiosa que lo ha caracterizado. Lo que sí indujo fue la captura de Rafael Caro Quintero, sólo unos días después. El prófugo capturado y en vías de ser extraditado tendrá mucho qué decir sobre Manuel Bartlett y el asesinato del agente de la DEA, Kiki Camarena; sobre AMLO y su “estrategia” hacia los cárteles; sobre si Morena se ha convertido en el brazo político del narcotráfico en algunos estados que gobierna. El casamiento es para las buenas y las malas, en la salud y en la enfermedad. Estados Unidos y México no van camino al divorcio, pero sí están atorados en un miasma matrimonial, y Biden le está recordando a AMLO los compromisos de su acuerdo prenupcial. (Denise Dresser, Reforma, Opinión, p. 11)
Luego de la debatida visita a Washington del presidente Andrés Manuel López Obrador, parece irremediable preguntarse si México y Estados Unidos viven un nuevo capítulo de El Oso y el Puercoespín, el libro que hace casi dos décadas presentó el exembajador Jeffrey Davidow.
Para EU, la relación con México “es un punto de inflexión”, dice Ken Salazar, actual embajador de ese país que hoy es foco de atención de la política mexicana por su cercanía con López Obrador (aunque sería criticado si no lo fuera).
“Los retos son extremadamente desafiantes”, comentó Salazar en el curso de una reunión con periodistas en la que señaló migración, seguridad, pobreza, energía y clima como factores interconectados no sólo en la región norteamericana sino en el mundo. Que en el caso de México y Estados Unidos algunos de ellos sean los mismos que se enfrentaban hace 20 y hace 40 años no es sorpresa.
Publicado en 2006, El Oso y el Puercoespín es una parábola creada por Davidow, que fue embajador de EU en México entre 1998 y 2002, para describir la relación entre su país, un oso que desea abrazarlo todo, pero es insensible a nada que no sean sus propias necesidades del momento, y el hipersensible puercoespín mexicano, atento siempre a cualquier cosa que perciba como ofensa o desdén.
La situación descrita por la imagen ya era vieja para entonces, pero sigue presente, tanto porque la actual situación es similar: “las fuerzas que unen a México y EU, así como la ignorancia y la arrogancia de ambos lados, que impiden una mayor cooperación”.
Y por supuesto, en su libro consignó lo que consideró como “manipulación” de la información sobre narcotráfico en México, mientras anotaba que la política migratoria estadounidense había sido un fracaso bajo cualesquier punto de vista.
Nada nuevo bajo el sol. De hecho, podría considerarse que Salazar vive lo que podría ser un nuevo capítulo de ese libro, de esa complicada relación. De acuerdo con Salazar, Estados Unidos y México se han convertido en países receptores de migrantes “en cantidades que nadie anticipó”, impulsados por gobiernos disfuncionales en el Hemisferio Occidental.
Salazar no lo dijo de esa manera, pero esa situación obliga a cambios de mentalidad, a que los dos gobiernos colaboren, se acerquen, acepten realidades y fortalezcan su asociación en una región norteamericana que es por definición una potencia con o sin México.
La insistente invitación estadounidense a participar no es simplemente por bondad. Hay intereses geopolíticos, estratégicos y económicos, así como realidades políticas y sociales, que la hacen un imperativo para ambos países.
La colaboración, sin embargo, no será fácil, comentó Salazar, aun cuando haya lo que el embajador desearía ver como una disposición del presidente López Obrador a mejorar sus relaciones con el gobierno y los inversionistas estadounidenses.
Porque El Oso y el Puercoespín es todavía una descripción válida. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 27)
1) Un estadista reconoce sus limitaciones. La política exterior no es lo suyo y AMLO debe hacer acopio de sensatez —pedirle humildad sería demasiado— para asesorarse de quienes sí saben.
2) La asesoría ha de ir del formalismo protocolario —que en diplomacia no es “obsesión monárquica” sino una mensajería simbólica, engorrosa pero necesaria— a los temas de fondo, estratégicos y tácticos. La negociación con una superpotencia no puede sustentarse en ocurrencias, por más que AMLO esté en posición de fuerza y Joe Biden de debilidad.
3) La verdadera “obsesión monárquica” es insistir en que la relación con una democracia tan compleja como la de Estados Unidos se reduzca al diálogo entre los dos presidentes. Es un grave error desairar al Congreso, a los medios y a los think tanks, y es un despropósito creer que los legisladores del partido en el poder de allá son tan sumisos como los de acá, quienes se limitan a obedecer a un monarca presidencial que —proclaman— encarna a la nación.
4) La indefendible defensa de AMLO a Donald Trump debería terminar pronto: elogiarlo a él y condenar las posturas antiinmigrantes de Greg Abbott et al es morderse la lengua. El gobernador de Texas y sus similares son émulos del trumpismo, meros repetidores de las consignas racistas —particularmente antimexicanas— que Trump patentó entre los republicanos de hoy.
5) Toda acción hostil suscita una reacción hostil. No se puede menospreciar a senadores y congresistas y a la prensa y esperar buen trato de su parte. Bastantes enemigos gratuitos hay en el mundo para empeñarse en tener más.
6) Grillarse a un embajador es útil pero insuficiente, especialmente cuando los problemas no están en la Casa Blanca. De nuevo: a quienes AMLO tiene que ganarse es a otros actores que allá sí cuentan y a los que ha ignorado, si no es que insultado.
7) Es ingenuo creer que, por ser “una buena persona”, quien gobierna a Estados Unidos es políticamente torpe. Sin infundirle miedo a AMLO como hizo Trump, Biden ha logrado que México siga haciendo el trabajo sucio en la migración, que invierta más en infraestructura fronteriza y quizá que capture al capo de su elección. A cambio de hacer oídos sordos a las quejas de algunas empresas y a la bravuconada nuestra de cada día —con todo y desmonte de la estatua de la libertad— Joe Biden le saca a AMLO lo que quiere. Le deja la retórica de la bravura y se queda con los hechos de la asimetría. AMLO es muy astuto, sin duda, pero en este caso habría que ver de qué lado ha estado la sagacidad.
8) La insustancialidad del encuentro representa el primer cobro de facturas a AMLO —sutil pero inequívoco— por su ausencia y por su labor de zapa en torno a la Cumbre de Los Ángeles. Tuvo que aceptar mala fecha y agenda ajena.
9) A los paisanos migrantes hay que dedicarles algo más que palabras bonitas. Hace dos años AMLO los agravió al hacerle un acto de campaña en la Casa Blanca al presidente que más los ha insultado y maltratado, y en esta nueva visita se negó, una vez más, a reunirse con las organizaciones de paisanos.
10) No todo el neoliberalismo es malo para AMLO: el libre comercio, prescrito en los diez mandamientos neoliberales del Consenso de Washington, es su gran prioridad. ¿Qué sería de la economía mexicana sin el TMEC? (Agustín Basave, Milenio, Política, p. 14)
DICEN QUE el gobierno de México capturó a Rafael Caro Quintero gracias al reclamo de Estados Unidos que nomás no ve claro con su socio del sur ni en comercio, ni en energías limpias y mucho menos en seguridad.
DE AHÍ que resulta curioso -pero no sorprendente- que la propia DEA haya presumido que sus agentes participaron en el operativo para capturar al viejo capo. Eso provocó que de inmediato saltara a negarlo el representante diplomático de México, Ken Salazar, ¡perdón!, es el embajador de Estados Unidos.
CONOCIENDO al presidente Andrés Manuel López Obrador, lo más probable es que en su mañanera de hoy se lamente por la falta de consideración para un criminal de la tercera edad acusado de narcotráfico y homicidio, pero no de los 14 marinos que murieron tras haber participado en el operativo de captura.
Y ES QUE, si una golondrina no hace verano, la detención de un narco tampoco cambia la política de seguridad de brazos caídos ante el crimen. Lo de Caro Quintero fue apenas una ofrenda para Washington, por lo que los delincuentes en México pueden estar tranquilos, ya que seguirán recibiendo abrazos. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 10)
El viernes, la primera autoridad en confirmar de manera oficial la detención de Rafael Caro Quintero fue la Administración de Control de Drogas (DEA) de los Estados Unidos, no obstante que el operativo lo realizó la Marina Armada de México en la sierra de Sinaloa.
El delincuente, que fue llamado El Narco de Narcos en los años ochenta y sobre el que se ofrecía la mayor recompensa de esa Agencia, de 20 millones de dólares, fue liberado por un “error judicial” en agosto de 2013 y desde entonces vivía prófugo de la justicia, acusado, entre otros crímenes, de asesinar al agente de la DEA Enrique Kiki Camarena, en 1995.
Casualmente, esta detención se dio tres días después de la visita que hizo el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en la Casa Blanca.
Pero no es el primer arresto que hace el Gobierno de la Cuarta Transformación, de un capo de la droga, enmarcada en una visita de un funcionario del Gobierno estadounidense.
El 15 de marzo de este año, las Fuerzas Armadas también arrestaron a Juan Gerardo Treviño alias El Huevo, líder del Cártel del Noroeste… Y dicha detención se dio horas antes de la visita de Alejandro Mayorkas, secretario de Seguridad de Estados Unidos a México. ¿Otra casualidad?
Los funcionarios de la Cuarta Transformación se han encargado de enfatizar que este Gobierno no es sumiso a los intereses del vecino país del norte, que las cosas han cambiado y que ahora el presidente López Obrador no obedece a capitales externos. ¿Será?
En la reunión que sostuvo la semana pasada el primer mandatario con Joe Biden se lograron tres acuerdos fundamentales, ninguno a favor de los campesinos y migrantes mexicanos.
Se acordó que México invertirá mil 500 millones de dólares para reforzar y modernizar la infraestructura en la frontera, y es que si bien siempre se ha exigido a Estados Unidos que combata el paso de armas ilegales a territorio mexicano, lo cierto es que en nuestra frontera no existen autoridades o radares que permitan identificar el contrabando de armas.
También se cerró un trato para comprar 20 mil toneladas de leche en polvo, lo que ocasionó molestia en los productores de leche mexicanos, con quienes el presidente López Obrador se había comprometido a invertir en proyectos para detonar y diversificar a la industria, no a seguir adquiriendo en el extranjero y a un mayor costo el alimento; además de no cumplir su promesa de ser autosuficientes en la producción de leche.
Y otro de los compromisos fue la compra de un millón de toneladas de fertilizantes a Estados Unidos; mientras que nuestro vecino apoyará dichos proyectos, pero con el recurso que ya tenía presupuestado, es decir nada nuevo.
Con estos nulos resultados se dicen diferentes. ¿Cuál cambio?
Y en Pregunta Sin Ofensa:
¿Será suficiente el pésame a las familias de los 14 integrantes de la Marina que fallecieron en el desplome de un helicóptero, luego de haber apoyado en la detención del narcotraficante Caro Quintero? Los abrazos sin balazos no están funcionando. (Karina Aguilar, 24 Horas, CDMX, p. 7)
A partir de la fallida idea de una política exterior sometida a la eficacia de una política interior, es como este gobierno se tropieza en cada esquina.
Y si a eso se agrega la temerosa aversión presidencial de abandonar el rancho porque fuera del solar nativo, como si no se hallara.
Candil apagado de la calle –cuya mayor audacia internacional ha sido promover la siembra de matitas en Guatemala o El Salvador—se goza en la oscuridad de la casa, donde sin embargo puede hacer y deshacer; decir y desdecirse, bandear como si fuera piragua en mar revuelto, y nada sucede. Sus corifeos, sus adeptos, devotos y clientes electorales sometidos a la gratitud gástrica de las insuficientes pensiones, todo se lo perdonan, y sobre todo él mismo, gozoso en la persistente autoindulgencia de cada mañana se contempla en el espejo de su gratificación.
Todo sale bien. No se trata de concursos de urbanidad; tampoco se debe prestar atención a los resultados; es mejor atenerse a la bondad de las intenciones y a la audacia de las conductas de cerca brincada. Como en el Salón Oval. Nada en concreto, como no haya sido comprar leche pulverizada y fertilizantes para garantizar nuestra “autosuficiencia”.
Pero cuando todo eso estaba fresco, apareció casualmente la mano punitiva de la DEA en México. Y con ella la parca para catorce marinos asesinados en la zona del operativo para recapturar a un individuo liberado por nuestro siempre fallido sistema judicial.
–¿A quién le interesaba capturar al narcotraficante Rafael Caro Quintero?
–A nadie. La DEA quería capturar al homicida Caro Quintero quien asesinó (u ordenó el asesinato) de un espía de los suyos. Kiki Camarena, albísima paloma entre los blancos pichones.
Eso justifica la declaración de Anne Milgram, cabeza de la institución desde 2021:
“Nuestro increíble equipo en México trabajó en conjunto con las autoridades mexicanas para capturar y arrestar a Caro Quintero, acusado en EE. UU. de torturar y asesinar al agente especial Kiki Camarena… por más de 30 años, hombres y mujeres de la DEA han trabajado sin descanso para llevar a Caro Quintero ante la justicia”.
Esta declaración es absolutamente absurda.
¿Cómo la DEA trabajó treinta años en México para capturar a Caro Quintero si este personaje estaba preso?
Caro Quintero salió de la prisión hace 9 años. Había estado enjaulado en los años durante los cuales la DEA aparentemente lo buscaba.
Y no ha de ser tan increíble ese equipo, salvo por la lentitud. Si se tardaron nueve años en capturarlo (durante ese lapso una reportera –Anabel Hernández–, les pasó bajo las narices y entrevistó a placer a Caro). A Osama Bin Laden lo prendieron en diez. Y por ambos ofrecían la misma cantidad de dinero en recompensa por el soplo o el chivatazo.
Ese montón de dinero se lo deberían entregar a “Max” para comprarse todas las croquetas del mundo. Un sabueso de largas orejas hizo lo imposible para tanto gringo espía durante tres décadas.
Y por si eso fuera poco, debemos memorizar esta advertencia del procurador estadounidense, quien nos ha dicho, no hay lugar donde pueda esconderse quien agreda a sus muchachos.
“Ha sido –dijo– Merrick Garland, fiscal general de los EU, “la culminación de un trabajo incansable de la DEA y de sus socios mexicanos… No hay escondite posible para quien secuestre, torture y asesine a un agente estadounidense…”
Pero el gozo de la DEA es del tamaño de las contradicciones del gobierno mexicano cuya relación, aparentemente, se había deteriorado desde las acusaciones contra el general Salvador Cienfuegos, ex secretario de la Defensa Nacional, quien inocente o culpable, se pasó sus largos días preso en aquel país.
Sin embargo el gobierno de México incurrió una vez más en lo mismo: En el combate a los narcos, EU pone los helicópteros y nosotros los muertos. (Rafael Cardona, La Crónica, LaDos, p. 2)