Opinión Migración 230722

Hay calores que matan

Un niño de tres años murió dentro de un auto. ¿Causa de muerte? Calor excesivo. Esto ocurrió hace unos días muy cerca de mi casa en Miami. Lo encontraron casi a las cuatro de la tarde, cuando la sensación térmica era de 38 grados. El padre, aparentemente, se descuidó y lo dejó en el auto.

Es el décimo niño que muere este año dentro de un auto debido a las altas temperaturas. En promedio, 38 niños mueren anualmente en Estados Unidos en circunstancias similares.

El calor es un asesino silencioso.

Morir de calor es cada vez más frecuente. Hace poco tuve que ir a San Antonio, Texas, a cubrir la muerte de 53 inmigrantes dentro de un tráiler. El chofer, según su testimonio, no se dio cuenta de que el aire acondicionado no estaba funcionando en la parte posterior del camión. La temperatura dentro del tráiler pudo alcanzar los 51 grados.

El planeta está sobrecalentado este verano. Las redes sociales son un compendio de masivas calenturas: la fría Londres es uno de los hornos más candentes del planeta y esta semana registró la temperatura más alta de su historia; hay cientos de muertos por la ola de calor en España y Portugal, además de varios incendios sin control; China tiene ciudades en el norte con 40 grados e inundaciones en el sur; Monterrey sufre una sequía extrema y a sus presas apenas les queda cinco por ciento de agua; nadie se salva.

Las olas de calor no se ven como los tornados, tsunamis o huracanes. Pero últimamente son tan intensas y peligrosas que la ciudad de Sevilla en España y varias organizaciones científicas han decidido ponerles nombres: Zoe, Yago, Xenia, Wenceslao y Vega.

Hay otras ciudades -Los Ángeles, Melbourne, Atenas…- que están considerando implementar medidas similares a las de Sevilla. Y la alcaldesa Daniella Levine-Cava del condado Miami-Dade, donde vivo hace tres décadas, estableció este año la primera Heat Season para concientizar sobre los peligros del calor de mayo a octubre.

Reconozco que el aire acondicionado me molesta mucho. No lo aguanto. Prefiero sudar un poco en la noche y abrir las ventanas del auto que ponerlo. Su ruido es tan molesto como el de un mosquito cerca del oído y no hay nada más incómodo que llegar en pleno verano a un lugar congelado. Tiendas, cines, restaurantes… son mi infierno helado. Mis mayores peleas familiares -lo confieso- son por el aire acondicionado; cuando yo paso por un termostato lo subo o lo apago mientras el resto de la familia lo vuelve a prender y a bajar. Y en la oficina, donde ponen el aire como si fuera Alaska, me verán con suéter casi todo el día. Crecí en la Ciudad de México sin aire acondicionado, donde el frío o el calor se regulan como en cualquier altiplano, poniéndose y quitándose capas de ropa.

Pero estos últimos días, igual en Europa que en América, ni un radical anti-AC como yo puede aguantar placenteramente los estragos del cambio climático. Estamos reventando al planeta.

Negar el cambio climático por nuestra culpa es tan absurdo e ignorante como decir que Donald Trump ganó las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos. “Estamos experimentando un rápido calentamiento (del planeta) debido a actividades humanas, como la quema de combustibles que desprenden gases a la atmósfera”, ha concluido un reporte de Naciones Unidas. La década del 2010 al 2019 es la más caliente de la historia. Y no estamos en camino de cumplir las promesas del Acuerdo de París para evitar que el planeta se caliente más de 1.5 grados centígrados por arriba de la época preindustrial. Si pasamos ese límite, las consecuencias serán desastrosas.

“Ahora o nunca”, concluye el último reporte de Naciones Unidas sobre el cambio climático. Pero la inacción de muchos gobiernos parecería decir que hemos escogido colectivamente el “nunca”. La alternativa, según el secretario General de la ONU, António Guterres, “es la acción o el suicidio colectivo”.

Hay calores que matan. El asunto ha pasado de lo anecdótico a convertirse en noticia mundial. En Estados Unidos morirán 59 mil personas en el 2050 por el calor extremo, calcula el Atlantic Council.

De pronto, ese plácido verano post- pandémico que tanto estábamos esperando nunca llegó. La pandemia sigue aquí, los mares calientes prometen muchos huracanes y aún faltan dos meses para el otoño. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)

La paciencia de Joe Biden

Ante el pliego de cinco peticiones y concesiones que hizo el presidente López Obrador a Joe Biden en su reciente visita a Washington, hubo una respuesta tajante: paciencia. “No quiero sugerir que no hay problemas porque los hay, lo que hay que tener es paciencia para poder solucionarlos”, sentenció Biden tras el protocolariamente inusual discurso de 31 minutos que dio AMLO en la Oficina Oval. Las cinco cosas que López Obrador puso sobre la mesa, entre las que destaca la solicitud de más visas de trabajo temporales, se desdibujaron en el comunicado conjunto que publicaron ambos gobiernos.

En cuanto a la migración, tema previsto como central en la reunión, se ratificó que el marco de trabajo será el acordado en la pasada Cumbre de las Américas, desairada por AMLO porque Estados Unidos no invitó a los dictadores de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Paradójicamente, el rubro en el que ambos mandatarios parecían tener más cercanía, es en el que más están quedando a deber. Así lo demustra la muerte de 53 migrantes (26 mexicanos) abandonados en un tráiler a las afueras de San Antonio, Texas, el pasado 27 de junio.

Derivada de la debilidad interna que enfrenta Biden (13 por ciento de los votantes estadounidenses cree que el país va en el camino correcto y 64 por ciento de los votantes demócratas preferirían un nuevo candidato presidencial en 2024, según una encuesta reciente del New York Times) podría entenderse la cierta condescendencia que ha tenido con AMLO en los últimos meses. Necesita que México siga conteniendo a los migrantes en su frontera sur porque, de cara a las elecciones intermedias de este año y a las de 2024, los republicanos están explotando electoralmente la crisis migratoria.

Pero a la luz de los últimos acontecimientos que conciernen a la relación bilateral, la condescendencia parece haber terminado y lo que parece haber perdido Biden ante su homólogo mexicano es justo eso, la paciencia. El ajuste de tuercas es evidente en dos temas centrales para la agenda del primero que chocan directamente con las políticas del segundo: seguridad y energía.

La reciente captura del narcotraficante Rafael Caro Quintero en suelo mexicano contradice la estrategia de seguridad que hasta ahora había seguido AMLO, enmarcada en la frase “abrazos, no balazos”. “No se ha detenido a capos porque no es nuestra función principal”, subrayó el Presidente en su conferencia de prensa matutina del 30 de enero de 2019. Versiones periodísticas apuntan a que presuntamente fue la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, quien entregó a AMLO la pista de la ubicación de Caro Quintero y le pidió su captura durante el desayuno que ambos tuvieron. Algo rechazado por la Cancillería mexicana. Si bien tampoco ha quedado clara la participación que tuvo cada gobierno en la captura, es evidente la importancia que tiene Caro Quintero para el gobierno estadounidense, que ofrecía 20 millones de dólares por información que ayudara a su captura y ha pedido su extradición.

En cuanto al tema energético, Estados Unidos también decidió dar un paso adelante de la diplomacia. Si bien en el comunicado conjunto, Estados Unidos y México reconocen que la base de la competitividad de América del Norte es el T-MEC, la Representante Comercial estadounidense, Katherine Tai, no ve tan claramente que México esté cumpliendo cabalmente con el tratado comercial. Así lo deja ver su reciente solicitud de consultas de resolución de disputas a sus contrapartes mexicanas por “ciertas medidas de México que están socavando a las empresas estadounidenses y a la energía producida en Estados Unidos por favorecer a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y a Petróleos Mexicanos (Pemex)”.

El presidente López Obrador minimizó la solicitud con la canción “Uy, qué miedo” de Chicho Che. Con esa respuesta, AMLO se exhibió descolocado ante la paciencia de Joe Biden, la cual parece haber colmado. (Diego Bonet Galaz, Reforma, Opinión, p.9)