Opinión Migración 191122

Linotipia / Un extraterrestre en el exilio

La llamada ocurrió en noviembre de 2021, en La Habana. En un lado de la línea, un hombre gritaba ofensas y órdenes. El otro interlocutor, el periodista Abraham Jiménez Enoa, no entendía de qué iba aquello. Captaba palabras sueltas: seguridad, Estado, pasaporte. Finalmente, escuchó algo como esto: “Ve a migración. Te vamos a dar tu pasaporte. Tienes que irte. Si no te vas, te vamos a meter a la cárcel”.

Abraham nació en 1988 en una familia humilde, principalmente de militares. Leyó su primer libro siendo casi un adolescente. Llegó al periodismo con el sueño de narrar juegos de beisbol. Terminó dirigiendo cuatro años El Estornudo, una revista que se ha convertido en un referente del periodismo independiente en Cuba.

Antes de aquella llamada, nunca había salido de Cuba. Nunca se había puesto un traje, ni había pasado de la zona de seguridad en un aeropuerto. Durante cinco años, trató de obtener un pasaporte, pero el gobierno cubano se lo impidió. “¿No me vas a dar las gracias?”, le dijo aquella persona, que nunca se identificó, durante la llamada de noviembre. “Las gracias, ¿por qué?”, preguntó él. El hombre comenzó a vociferar de nuevo. Y Abraham colgó.

Aturdido, el periodista se sentó en la sala de su casa, en silencio. Se debatía en la sensación agridulce del “destierro inevitable” y la emoción de conocer, por primera vez y a los 33 años, cómo era el mundo fuera de Cuba. Salió de la isla poco después, cuando su esposa obtuvo un empleo en Barcelona. En el aeropuerto, unos hombres (agentes del gobierno, cree él) los seguían, hablaban por teléfono, vigilaban que se fuera. Solo cuando el avión despegó, dice Abraham que creyó que en verdad se iría. Antes, sentía que en cualquier momento podrían detenerlo, llevarlo a la cárcel, o al arresto domiciliario al que lo forzaron varias veces en los últimos años.

Esta semana, usó por primera vez un esmoquin. Recibió un premio del Comité para la Defensa de los Periodistas (CPJ), en Nueva York, uno de los más prestigiosos para periodistas en todo el mundo. En su discurso, denunció que en Cuba ser un periodista es convertirse en un criminal, porque el país no permite ninguna forma legal de periodismo independiente.

“Nací en un país donde todos los canales de televisión, las emisoras de radio, las revistas, están por ley dirigidas por el Partido Comunista”, dijo, frente a un auditorio de corresponsales, grandes ejecutivos de medios, reporteros que cuentan el mundo para la vasta audiencia estadounidense.

Junto con él, el CPJ premió a periodistas de Rusia, Ucrania, Vietnam, Kurdistán, quienes han enfrentado a regímenes que buscan callar toda crítica, silenciando a la prensa con cárcel, exilio, violencia física y económica. Todos tienen en común que han decidido “seguir adelante”. Muchos deben hacerlo ahora desde afuera.

“Cuando llegué a Barcelona no me sentía como un extranjero, sino como un extraterrestre”, me dijo Abraham, cuando lo entrevisté en Manhattan. Columnista del Washington Post, él ahora asume el reto de contar su país desde Europa. “Casi todos los periodistas independientes de mi generación han salido. Yo era uno de los pocos que quedaba en Cuba”.

Los meses antes de irse, Abraham cubrió las protestas masivas de julio de 2021 en 62 puntos de Cuba, las más grandes de las últimas seis décadas. “La represión estaba desbordada. Jamás pensé que el gobierno llegaría a ese nivel de violencia física. Lo más difícil para mí fue estar en la calle, reportando, y seguir en el cuerpo del periodista, controlarme ante las escenas de ancianos con sus hijos gritando libertad, de la policía golpeando gente”, me dijo.

Ahora, Abraham usa su premio para hablarles a quienes manejan los medios de prensa, que publican cada vez menos noticias sobre Cuba, y a los “trasnochados que siguen creyendo en la Revolución cubana”. Dice que está aprendiendo a vivir de nuevo, en un mundo engorroso, lejano, cuyo ritmo vertiginoso no logra seguir.

Ahora depende de sus fuentes en Cuba para que le cuenten lo que ven, como muchos editores y reporteros cubanos que habían encontrado un espacio para hacer periodismo independiente, con la apertura del Internet en la isla, y ahora hacen lo que pueden desde lejos mientras “venden croquetas y cargan ladrillos para sobrevivir”.

Pero Abraham dice que tiene claro el papel que le toca: “Tenemos que seguir, porque si nosotros no contamos Cuba, nadie la va a contar”. (Peniley Ramírez, Reforma, Opinión, p.10)